Carlos V. Trilogía Completa 38. Solo un hombre #2
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38. Solo un hombre #2

— Deberíamos retomar la marcha —. Hassan oteó el horizonte yermo mientras pronunciaba sus palabras.

— Los hombres están cansados — respondió Aruj —. Bebe un poco, descansa tus pies y sigue pegado al cristiano. Cuando lleguemos junto a Hizir…

Pero Aruj no terminó su frase. Todo empezó como una leve vibración en la tierra que a penas él solo percibía.

A medida que los eternos segundos pasaban, cada vez más y más hombres sintieron aquella vibración que se había tornado temblor, haciendo que las pequeñas piedras en el suelo trepidasen queriendo huir del lugar .

En el horizonte donde hacia unos escasos minutos solo se percibía la inmensidad del mundo, se alzaba en ese momento una polvareda.

Hassan fue el primero en reaccionar.

— ¡Debes cruzar el río Baba! — debemos asegurar que cruzas el río. Yo me quedaré aquí a liderar a los hombres. Debes marcharte con Ishaq.

— ¡No me digas lo que debo hacer!.

Aruj se enfureció como nunca antes lo había hecho con Hassan, pero más que por la intervención del muchacho, fue por darse de bruces con la realidad.

Había pensado que una vez más seria más astuto que sus rivales, que su huida sería limpia y que su escapada, se contaría entre los suyos, como una acción heroica más de Baba Aruj.

El mismo que había ayudado a sus hermanos musulmanes a cruzar el estrecho, el que había saqueado infinidad de puertos cristianos y que se había convertido en la principal pesadilla para aquellos que se echaban a la mar.

El mismo que de ser un mercader, hijo de un proscrito y tras servir a príncipes y reyes como corsario, se había convertido en sultán.

Tal era su fama, que sabía que sus perseguidores se conformarían con él.

— ¡Escuchadme! — Aruj gritó a viva voz y se hizo el silencio entre los miles de hombres que le acompañaban.

Se acercaron a él formando un semicírculo, dejando un espacio entre Aruj y ellos —.

Esos infieles, solo me quieren a mí. No os voy a pedir que os quedéis aquí para morir mientras yo huyo.

Yo no soy así ¡Solo me quieren a mí! — Aruj se golpeó con fuerza en pecho —.

Vuestras insulsas vidas no les importan.

Así que marchaos. Cruzad el río. Yo… yo me llevaré a unos cuantos por delante antes de que me prendan.

— Aruj desenvainó su cimitarra y la alzó para que todo el mundo la viera.

Ishaq abandonó el grueso de las tropas y se acercó a su hermano. Se puso a su altura, como un igual y dirigió unas palabras a Aruj, con una voz potente, para que el resto de los hombres le escucharan.

— ¡Abandonarte a tu suerte!. Esa es la única orden que no obedeceré. ¡O cruzamos todos, o no cruza nadie!

Ninguno de los hombres se mostró disconforme con las palabras de Ishaq, nadie dio un solo paso atrás, todos secundaron sus palabras con ovación.

Ninguno de ellos quería abandonar a Baba.

Solo Sancho se mostró sorprendido por ver la fidelidad que las tropas procesaban a su líder, dispuestos a seguirle a una muerte segura.

Aruj enmudeció, guardó unos segundos de silencio, para reunir fuerzas y pronunciar nuevas palabras que saldrían entremezcladas por la emoción y el vigor que invadían su cuerpo en aquel momento.

— ¡Sois una panda de insensatos! — Aruj dejó soltar una sonora carcajada, paseando sus ojos por cada uno de los miles de rostros que no mostraban miedo —.

Vosotros decidís como vivir y como morir.

Decidisteis vivir libres, decidís no huir, morir luchando.

¡Por Alá, qué orgulloso estoy de vosotros!

¡Qué orgullo que después de tantos años, me sigáis llamando Baba!

— Y Aruj detuvo el paseo de sus ojos en el rostro del joven Hassan —.

¡Bañémonos con la sangre de esos infieles cristianos!

¡Llevémonos a cuantos más podamos con nosotros!

¡Qué jamás olviden el nombre de Baba Aruj!

— ¡Baba Aru! ¡Baba Aruj! — coreaban en una sola voz miles de gargantas. Aquel nombre que llegaba a los oídos de los cristianos, como Barbarroja.

Hassan era uno más de los que vitoreaba a su amado padre.

Lo hacia convencido, con el fervor del más acólito de los hombres bajo el mando de Aruj.

Sancho enmudecía, jamás había visto nada igual.

Pero no había tiempo para sumergirse en pensamientos, los cristianos estaban cada vez más próximos.

Tal vez, bajo la confusión de la batalla que estaba por empezar, Sancho pudiese unirse a los suyos.

Los hombres formaban una línea de defensa, preparaban sus armas. La caballería se formaba tras los arcabuceros y frente a ellos la infantería. Todo era improvisado, no había tiempo para la estrategia, ni para la preparación de la defensa de sus vidas.

Mientras todos se afanaban en organizarse, Aruj, se acercó a Hassan, siempre pegado a Sancho.

— Alguien tiene que contarle a Hizir lo que está apunto de acontecer hoy.

— Los gritos de esos cristianos retumbarán desde la montaña más alta al otro lado del mar. La gesta llegará a los oídos de Hizir, sin duda.

— Tú deberías contárselo, Hassan, hijo mío. Quiero que seas tú quien le diga lo valientes que hemos sido Ishaq y yo, lo valientes que han sido todos los hombres que nos acompañan en este día

— ¡De ninguna manera! — protestó Hassan.

— Has crecido a mi lado. — Aruj hizo una señal alzando su mano y cuatro hombres avanzaron hacia Hassan — ¿Qué clase de padre sería si te dejase morir hoy?

Hassan trató de zafarse, pero se vio sorprendido, estaba dispuesto a liberarse de las manos que lo atenazaban hasta el punto de bañar la hoja de su cimitarra con la sangre de aquellos hombres, pero fue inútil.

Lo amordazaron, lo maniataron y por último le dieron un golpe en la cabeza para dejarle seminconsciente.

Quedó tendido en el suelo, sumergido en la inconsciencia, tal vez en aquellos instantes hubiera podido percibir la voz de Aruj en la lejanía, cuando se agachó ante él, retiró un mechón de pelo que cubría sus párpados cerrados y le habló por última vez.

— Espero que puedas perdonarme hijo mío.

— Aruj se reincorporó y dirigió unas palabras, las más amenazantes que nunca había recibido Sancho —.

Tengo dos opciones y ninguna de las dos resultarán de tu agrado: aquí serás un estorbo, en medio de esta batalla seguro que se te pasa por la cabeza apuñalarme por la espalda, así que podría destriparte aquí mismo, como último espectáculo para mis hombres.

— A muchos de los hombres les agradaba aquella opción, ver retorcerse a aquel cristiano hasta su último aliento era algo que les satisfaría y lo mostraban con sus gritos —; la otra opción es apelar a tu consciencia.

En Argel, la vida de cientos de prisioneros depende de cómo desempeñes tu labor.

Cabalga llevando a Hassan, ponle a salvo tras las murallas de Argel y así tal vez Hizir no vuelque su irá sobre esos desgraciados que aguardan en las mazmorras.

Sancho no dudó, asintió, no había mucho tiempo para pensar en aquella oferta, ya vería si por el camino se deshacía de Hassan o no, la cuestión en aquel preciso momento era huir del alcance del brazo de hierro de Barbarroja.

En seguida tomó un caballo que uno de los hombres de Aruj le acercó.

Como un saco de heno, colocaron a Hassan en la grupa y sin despedidas, retomó el camino ,cruzando un pequeño puente de pontones que le llevaría a la otra orilla del río, a salvo y libre de la tiranía de Aruj.

Los fieles a Aruj estaban dispuestos para la batalla, esperando la llegada de los enemigos. Ninguno de ellos temblaba de miedo y si lo hacían, lo hacían por la emoción, por el ansia de una última batalla.

Un sudor frío recorría la frente de Aruj, miró a su espalda.

Sancho, el cristiano cautivo ya había cruzado a la otra orilla, en ese momento se permitió sonreír satisfecho.

El enemigo estaría demasiado ocupado antes de poder darle alcance a Hassan.

Él seguiría su legado, él haría que nadie olvidase su nombre.

Todo fue más rápido de lo que Aruj habría esperado.

Al ejercicio español habría que sumarle las fuerzas ziyánidas, partidarias del antiguo gobernador de Tremecén.

Estos fueron los primeros en lanzarse con la caballería sobre las fuerzas de Aruj y sus sarracenos.

Barrían con sus espadas a todos aquellos que encontraban a su paso, cercenando brazos y piernas, sesgando vidas y tiñendo de rojo las aguas del río.

Aruj miraba a su alrededor, perplejo, con los ojos bien abiertos ¿acaso era aquella toda la batalla que podrían ofrecer sus hombres?

Sus tropas se mermaban con cada embestida, mientras la infantería enemiga avanzaba.

Para cuando llegaran, poca resistencia podrían ofrecer.

Lo único que hacían sus hombres era rodear a su padre Aruj, lo protegían con sus vidas, pero poco más podían hacer.

No había tiempo para recalcular la situación, quiso volver en sí, pero de nuevo la realidad le daba una nueva estocada.

Vio el rostro de su hermano Ishaq en el suelo, sin vida, sin luz, envuelto en el manto de cadáveres que formaban sus hombres.

Ya no había jubilo en las voces de sus tropas, solo gritos desgarradores.

Aruj reaccionó, lanzándose con su cimitarra y su mano de plata hacia todo un mar de enemigos.

Con un gritó despertado se lanzaba a su propia muerte.

Tan rápido fue que en un momento se hizo el silencio, solo roto por el siseo de las alas desplegadas de los buitres, que sobrevolaban y esperaban que el campo se despejara para darse un banquete de reyes.

Un silencio roto también, por el único hombre en pie que agitaba un hacha rodeado por soldados españoles que a su alrededor se reían y hacían burla sobre él.