Carlos V. Trilogía Completa 38. Solo un hombre
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38. Solo un hombre

Solo un hombre

La lucha estaba siendo feroz a las puertas de Tremecén.

Diego Fernández de Córdoba, marqués de Comares, había visto cumplidas todas las peticiones que le había hecho al nuevo y joven rey de Castilla.

Al principio, la guerra les estaba siendo favorables, pero la llegada de Ishaq, hermano de Baba Aruj, trayendo más refuerzos consigo, había igualado las fuerzas.

La muerte extendía su frío manto sobre jóvenes y veteranos en aquellos días. La sangre teñía de rojo la tierra y los buitres llenaban sus estómagos sin distinguir a los caídos de uno y otro bando. Pero Diego Fernández Córdoba recibió nuevas tropas que aportarían a su ejército fuerzas renovadas.

La violencia persistía y el olor de la guerra había llegado, disipando el aroma de las especias.

Solo los gritos desgarradores de los heridos podían acallar el sonido de los cañones españoles y la respuesta de los hombres de Aruj en lo alto de las murallas.

El humo nublaba aquella mañana de primavera, una más donde el choque de las fuerzas enfrentaba a los hombres con la incertidumbre de saber si sobrevivirían para ver un nuevo amanecer.

— ¡Sultán! son 3.000 españoles y 7.000 bereberes, partidarios del antiguo gobernador de esta ciudad. Han dedicado todo este invierno a preparar esta campaña y vienen dispuestos a recoger los frutos.

En la misma sala del consejo, Aruj abrió los ojos de par en par al escuchar las desalentadoras noticias de la boca de uno de sus informadores. Hassan a su lado se mostraba más perplejo tras recibir aquella noticia. Ishaq, el hermano del sultán, marcó su semblante con el ceño.

— ¡10.000 hombres!— repitió Aruj en voz alta, acompañando sus palabras con una risa nerviosa que servía para disimular su temor —.

10.000 hombres dices. Vaya, parece que ese reyezuelo ha decidido tomarnos en serio.

Hassan ¿Cómo ha ido el trabajo en las murallas?

¿ Ha cumplido con su parte ese cristiano?

— Baba Aruj, el cristiano ha cumplido, por el momento resisten.

No obstante, estamos hablando de la fuerza de 10.

000 hombres. Hasta la más robusta de las murallas puede doblegarse bajo el fuego de un ejército tan numeroso.

No sé cuánto podremos resistir. Tal vez si enviamos emisarios a Hizir para que nos preste más ayuda.

— ¿Y dejar Argel indefensa? No.

— Una huida a tiempo siempre es una victoria — intervino Ishaq.

— ¿Huir? ¡Nosotros no huimos sin antes luchar! — Aruj golpeó la mesa con la mano de plata, dejando la marca de su golpe en la madera astillada.

— Baba… — Hassan trató de mediar —. Jamás nos hemos enfrentado a un ejército tan poderoso. Están bien armados, no han venido aquí solo con el metal de sus espadas, también traen consigo el fuego de sus cañones.

Aruj apretaba los dientes, odiaba la idea de tener que abandonar su conquista más reciente.

Con su mano sana, frotaba la plata que cubría el muñón de su brazo amputado, como si aquella acción le diera clarividencia y le ayudase a desentrañar la solución a ese nuevo peligro que se cernía sobre él y sus hombres.

— Nunca has replicado ninguna de mis órdenes, Hassan.

Nunca. Pero hoy es diferente. Tal vez sea que te has hecho todo un hombre, hijo mío.

— Aruj posó su mano sana sobre el hombro del joven Hassan —.

Si hoy me contradices es porque crees que me equivoco al plantear que nos quedemos aquí para resistir ¿Es así?

— Así es Baba — respondió Hassan con determinación —. Vayamos a Argel, aguardemos ahí la llegada de los cristianos, tras unas murallas más fuertes y junto a la fuerza de Hizir.

Aruj miró a su hermano, tratando de buscar una respuesta en él. Ishaq asentía despacio, afirmativamente. Sabía que Hassan tenía razón.

— Está bien. — Aruj se mostraba resignado —. Está bien. Preparadlo todo. Avisad a los hombres. Partiremos al anochecer, bajo el cobijo de la oscuridad. Dad aviso a todos.

— ¿A todos? — preguntó Hassan.

— A todos — ratificó el sultán.

— Deberíamos planear una salida escalonada para asegurar la retirada — indicó Hassan —. Deja que yo me encargue de la defensa, para salvaguardar la retaguardia. Ello garantizará que llegues a salvo a Argel.

— Ello también asegura la muerte de los que se queden aquí a defender la ciudad mientras yo huyo. De ninguna manera. O abandonamos la ciudad todos o no la abandona nadie.

— Piensa bien lo que dices. — Hassan se encaró a Aruj como no lo había hecho antes.

— De ninguna manera voy a abandonar a mis hombres a su suerte ¿Por quién me has tomado?

Tengo más de cincuenta años, siempre me ha acompañado la fortuna y no me abandonará hoy.

Pero si tengo que morir que sea junto a los míos.

— Aruj y Hassan mantenían un pulso con sus miradas —.

Ya me has desautorizado una vez hoy. No te voy a permitir que lo conviertas en costumbre.

Hassan bajó la mirada. Aruj le había aseverado como un padre lo haría con un hijo desobediente.

— Per… perdóname Baba.

— Deja de disculparte y acata mis órdenes.

Hassan se llevó el puño a su pecho y se inclinó levemente ante el sultán para después retirarse.

Aruj se sentó en una silla, preocupado como jamás lo habían visto los ojos de Ishaq.

No lo podía disimular, tal vez había llegado el momento de rendir cuentas ante todos aquellos a los que había desafiado.

Hassan había recorrido los pasadizos que llevaban a los límites del palacio.

Una bruma le sobrevino, los hombres iban de un lado a otro transportando cubos de agua, tal vez con la intención de apagar algún incendio.

Pronto se encontró a Sancho, quieto, como un espectador más, observando las operaciones de defensa de la ciudad.

Hassan se acercó a él, su paso se avivó con largas zancadas, como si quisiera descargar su furia hacia él, como si aquel cristiano hubiese portado consigo el infortunio por lo que estaba sucediendo y no la advertencia de lo que estaba por venir.

En todo caso habían sido malos augurios que se estaban cumpliendo.

Iba a echar mano a su daga pero se refrenó, dar muerte a ese cristiano, no eran las órdenes que le había encomendado Aruj.

— ¡Cristiano! — gritó Hassan —. Te quiero pegado a mí. No quiero perderte de vista. Nos vamos.

Al caer la noche y tras los preparativos, Aruj y sus hombres abandonaron la ciudad. El fuego de los cañones españoles había cesado y habían dado tregua para dar descanso a las tropas, pensaban reanudar el ataque al amanecer, como habían hecho en las últimas jornadas.

Las luces de las antorchas no fueron necesarias, ya que la propia luna bañaba el camino de plata, aunque el cielo de la noche aún se cubría con tintes ocres por el resplandor del fuego que estaba consumiendo la ciudad que habían dejado atrás.

Aruj se llevaba consigo además de los hombres y los caballos, carromatos llenos de las riquezas que había atesorado en sus últimas conquistas, oro y joyas además de las que él portaba encima.

Caminaban en una calma interrumpida por los cascos de los caballos y el paso de los miles de hombres a los que les quedaba un largo camino de medio millar de kilómetros.

Tal vez en cinco o seis días alcanzarían su objetivo, deteniéndose solo lo justo para darse descanso.

— Los tesoros solo nos retrasarán — aseveró Ishaq que cabalgaba junto a Aruj.

— No tienes en cuenta la avaricia de esos españoles hermano.

Nos quedan por delante varias jornadas hasta llegar a Argel en las que esos malditos cristianos nos pueden dar alcance.

No es lo mismo viajar con las manos vacías que ir soltando por el camino alguna que otra mercancía.

Desde que hemos salido hemos aligerado la carga.

Aruj se permitió una risa, era de satisfacción. Ishaq que siempre había destacado por ser la cabeza pensante entre todos su hermanos en ocasiones acusaba la carencia de ingenio y sorprenderle era algo que satisfacía al sultán.

— Lo único que haces es dejar un rastro — indicó Ishaq.

— Su avaricia los retrasará. El oro y la plata son nuestras armas en esta huida. Que discutan entre ellos para ver quien se queda con el botín. Se lo contaremos a Hizir con un buen banquete cuando lleguemos a Argel.

— Eso tal vez te funcione con cientos. Pero no con miles. — Ishaq no compartía el optimismo de Aruj que trataba de creerse sus propias palabras.

— Por Alá Ishaq, enmascara tu desesperanza, al menos delante de los hombres.

Tras una jornada y tras recorrer más de 8 leguas, un alto en el camino era necesario.

Con las ropas polvorientas y los pies cansados aún quedaba un largo recorrido por delante hasta llegar a la seguridad que demandaban tras las murallas de Argel.

El río Huexda era un buen lugar para dar de beber a las bestias y a los hombres, organizar la marcha y aclarar los pensamientos, además, no se percibía la presencia de los cristianos que se habían propuesto darles caza.

Aruj se paseaba entre todas sus tropas, insuflaba ánimos, se preocupaba por los heridos.

Alguno se disculpaba por no haber sabido defender Tremecén, la ciudad que habían abandonado, pero Aruj extendía las manos y los arropaba como un padre haría con sus hijos.

Nadie entre sus tropas tenía malas palabras para él y él no las tenía para nadie.

Se harían fuertes una vez más y contratacarían haciendo temblar a esos cristianos, convirtiéndose como lo habían hecho en el pasado, en la más terrorífica de sus pesadillas.

Aquel sarraceno de la mano de plata era indestructible y eso era algo que sabían tanto sus aliados como sus enemigos.

Aruj llegó donde se encontraba Hassan junto a aquel prisionero español, Sancho.

El joven pirata acogido años atrás por el mismísimo Barbarroja, no se había separado del prisionero.

Quería vigilarlo de cerca, ya que no sería la primera vez, que Sancho, quién valientemente había liderado la defensa del peñón de Argel, intentaba huir.