Carlos V. Trilogía Completa 37. Las audiencias del rey
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37. Las audiencias del rey

Las audiencias del rey

Las cortes de Castilla celebradas en febrero se habían llenado de exigencias.

Pero las más destacadas fueron las de aquellos señores castellanos que pedían que se respetase los designios de la difunta reina Isabel la católica.

También pedían que el infante Fernando, su príncipe, el que se había criado en Castilla con sus costumbres, tan diferentes a la de aquellos recién llegados borgoñeses, no abandonara España.

Pero lo que aún más le extraño a Carlos era aquella insistencia de tantos que pedían que a la reina Juana, se le diera un trato justo, a la altura de su título y es que eran muchas las voces que aún la reclamaban.

A Carlos eso le vino de nuevo, ya que había dejado ese tema en buenas manos, en la de su consejero más leal, las manos que le arropaban de niño por las noches cuando se despertaba huyendo de las pesadillas, las viejas manos del señor de Chièvres.

Junto a su corte había llegado a Zaragoza.

La ciudad le había recibido con el mismo calor y recelos a partes iguales, que el día en el que entró por primera vez a Valladolid.

Llegó ahí junto a su hermana Leonor y su hermano Fernando, tan querido en Zaragoza como en Castilla.

Por un momento Carlos sintió una sensación que odiaba sentir, eran celos.

También les acompañaba Germana, la viuda del viejo rey aragonés Fernando.

Germana había empezado a acusar miradas llenas de suspicacia de los más cercanos a Carlos, entre ellas las del consejero más leal del rey, el señor de Chièvres, y la de la princesa Leonor.

Al presentarse ante las cortes de Aragón, un reino aún más complicado de gobernar que el castellano, le esperaban más audiencias, más quejas, más reclamos.

El lugar donde Carlos iba a pasar sus próximos meses sería el palacio de la Aljafería.

Le gustaba pasear por sus estancias, bajo los techos de bovedillas y sus patios y admirar las inspiraciones islámicas que adornaban el edificio en su mampostería.

Si algo apreció a su llegada, fue aquel encuentro entre dos mundos, reflejado en la arquitectura de los palacios y catedrales.

Bajo el artesonado mudéjar del salón del trono, el arzobispo de Zaragoza, Alonso, esperaba a Carlos.

El rey lo había mandado a llamar. Alonso aún no sabía el motivo, tal vez a sus oídos hubiera llegado el descontento que acusaba el hijo ilegítimo de Fernando el Católico.

Pronto averiguaría la razón de su requerimiento.

El rey entraba al salón junto al señor de Chièvres.

El rostro de Carlos era el de alguien contrariado, no obstante, Chièvres se mostraba sereno y desenfadado, sin duda se veía satisfecho por como estaba fluctuando todo desde la llegada de Carlos a las Españas.

No se le veía preocupado por las quejas cada vez más persistentes en los dos reinos.

Al fin y al cabo, toda la tensión recaída sobre las espaldas de aquel joven rey que acababa de cumplir dieciocho años y aquello era algo evidente en su semblante siempre preocupado.

Cuando el rey se acercó lo suficiente, Alonso hizo una reverencia.

— Gracias por acudir a mi llamada — dijo Carlos en un titubeante castellano.

— Majestad. Me alegra ver que ya os atrevéis a usar el idioma de Castilla. Sin duda son buenas noticias. — Alonso miró con condescendencia al príncipe —. Bien majestad, me habéis llamado y aquí me tenéis.

Carlos asintió, miró a Chièvres esperando una reacción en su viejo consejero. En silencio, Chièvres movió la cabeza de manera afirmativa, dando el visto bueno a una conversación previa que habían tenido.

— Excelentísimo señor — empezó a decir Carlos, pero sumergido en sus divagaciones y balbuceos, no salía ninguna palabra clara de su boca.

— Arzobispo — intervino Chièvres ante las dudas de Carlos —.

Nuestro rey está algo inquieto. Veréis, le preocupa la actitud que han adoptado ciertos señores de Castilla y sobre todo aquí en Aragón.

Parecen contrarios a aceptar la autoridad de nuestro señor.

Hablando claro, algunos siguen empeñados en ver al infante don Fernando como el legítimo heredero de estos reinos.

Incluso muchos son los que consideran a nuestro señor príncipe y no rey.

Es tan ridícula esta situación, que los mandatos y despachos que reciben en Aragón por parte de su Majestad, no se abren o son devueltos cuando hacemos uso del título de rey en ellos.

— Chièvres se encogía de hombros mientras hablaba, como si no entendiera dicha situación —.

Es inaudito. La verdad que sí, es inaudito.

— Los aragoneses somos obstinados — respondió Alonso desenfadado y tratando de normalizar dicha situación con sus palabras —. Debéis entender que el príncipe Carlos, — Alonso remarcó la palabra “príncipe” arrastrando cada una de sus silabas —,debe ser ratificado rey en las cortes de Aragón.

— Sin duda vuestra intervención sería de gran ayuda para no hacer que estás cortes en Aragón sean eternas.

— Chièvres se acercó al arzobispo Alonso y empezó a caminar a su alrededor, como una serpiente tratando de hipnotizar a su presa —.

Muchos os escucharán por ser hijo del difunto rey Fernando, aunque bastardo, portáis su sangre.

— Chièvres remarcó la palabra bastardo, haciendo que Alfonso la sintiera como una punzada —.

Si tenéis voluntad, la gran mayoría de señores de Aragón tendrán en cuenta vuestras palabras.

— Chièvres se detuvo en la espalda de Alonso y susurrando en un tono casi amenazante indicó —.

Hay otro asunto que inquieta a nuestro señor. Aún no le habéis jurado lealtad.

Alonso, aparentemente herido ignoró del todo al consejero real para dirigirse a Carlos que hasta ese momento había contemplado el diálogo como un espectador.

— No os lo toméis a mal, príncipe. Pero antes debería jurarle lealtad a la reina Juana. — Y se volvió hacia Chièvres para decirle entre dientes —. En persona.

— Eso arzobispo no es posible — respondió Chièvres adquiriendo un cariz serio —. La reina Juana no está en condiciones para recibir a nadie.

— ¿Seguro? Creo que la realidad es que no os interesa que vaya de visita a Tordesillas para ver a mi medio hermana. Estáis en una posición cómoda, hacéis y deshacéis cuanto queréis, otorgando señoríos a los extranjeros que han llegado con vos. Como vuestro sobrino, el nuevo arzobispo de Toledo.

— ¡Basta! — ordenó Carlos antes de que el señor de Chièvres replicase —. Espero que en un futuro os ahorraseis estos espectáculos en mi presencia. Arzobispo, os agradezco vuestro tiempo. Haced lo que consideréis oportuno.

— Majestad. — Alonso se inclinó sutilmente hacia Carlos, lo suficiente para mostrar respeto, pero no para mostrar sumisión.

Alonso abandonó el salón del trono, no sin antes dedicarle una mirada de absoluto desprecio al señor de Chièvres.

Cuando las puertas se cerraron Chièvres empezó a caminar de un lado a otro del salón, con las manos cruzadas en la espalda, pensativo y con el ceño fruncido.

Carlos no tardó en advertir la preocupación en su consejero.

— ¿Hay algo que te preocupe Guillermo?

— Majestad. — El señor de Chièvres negaba con la cabeza repetidamente —. Cargáis ya demasiado en vuestras espaldas y me remueve la consciencia que mi consejo pueda acarrearos más peso aún.

— Habla Guillermo. Te pido que seas claro conmigo y que no te andes con rodeos.

— Está bien majestad. Es sobre lo que ya os he comentado en varias ocasiones y que me duele tanto decir.

— Chièvres mostraba un pesar teatralizado, pero vio una oportunidad brillante para exponer el tema que le llevaría a librarse de un nuevo obstáculo —.

Me alegro que os hayáis encontrado con vuestro hermano, sé que la relación es difícil.

Sin duda es solo cuestión de tiempo en que dicha relación vaya a mejor.

No obstante, mientras vuestro hermano siga a vuestro lado, en las Españas, sobre vos siempre persistirá la larga sombra de la duda y la traición.

»Vuestro hermano seguirá teniendo sua partidarios, sin ir más lejos el propio arzobispo de Zaragoza.

Lo mejor para ambos, es que el infante Fernando se marche lejos y que sus acólitos le olviden.

Tal vez una decisión acertada sería enviarle a Flandes, además, con vos ocupado en los asuntos de Castilla y Aragón, los Países Bajos tal vez estén reclamando un príncipe de sangre. Todos salimos ganando.

—No sé… tal vez el arzobispo de Zaragoza tenga razón. Debería ir a visitar a mi madre. Entiendo su enfado

—No majestad. No debemos tener ninguna concesión con quien no desea juraros lealtad. Recordad quien sois. Sois el rey.

— Bien. — Carlos destensó sus músculos —. Gracias siempre por vuestros sabios consejos.

El señor de Chièvres asintió. Más que por la aprobación de Carlos, porque estaba consiguiendo sus objetivos. No debía haber más influencia sobre el joven rey que la suya propia.

— Majestad. Este no es el último asunto del día. El embajador portugués espera.

— Que pase — respondió Carlos.

Las puertas de nuevo se abrieron para recibir en el salón al embajador portugués. Un hombre robusto que vestía un jubón negro al igual que su capa y con franjas rojas que decoraban sus ropas.

El embajador se acercó al trono e hizo una reverencia a Carlos y esté con un gesto de mano pidió que se incorporara.

— Hablad.

— Majestad — dijo sin dilación el embajador portugués —.

Mi rey está satisfecho por las buenas relaciones y predisposición que vos presentáis como nuevo rey de nuestros vecinos reinos.

No obstante hay una serie de asuntos que le inquietan.

— El embajador dirigió sus ojos a las reacciones de Carlos, pero con un sutil gesto Carlos le pidió que siguiera —.

En primer lugar, lo que le preocupa a mi rey es que hayáis acogido bajo vuestra protección el servicio de un traidor hacia nuestro rey don Manuel, me refiero a ese Fernando de Magallanes.

Ese hombre a desobedecido a nuestro rey en su empeño con lanzarse a la mar en busca de una locura.

Carlos no respondió y miró a Chièvres quién lo hizo por él.

— Estos asuntos, buen embajador, de quien esté a nuestro servicio o no, atañen a las Españas y a nadie más.

En cuanto a valorar si el empeño de Magallanes es una locura, os recuerdo que la búsqueda de las indias occidentales también fue considerada una locura en su día y desde entonces solo nos ha traído riquezas

— Le daré vuestra respuesta a mi rey — respondió el embajador. Que se quedó de pie esperando seguir hablando.

— ¿Hay algún asunto más que queráis tratar?

— Sí, majestad. Mi rey, Don Manuel quiere estrechar sus lazos con Castilla. Había pensado en ofrecer la mano de mi señora, la infanta Isabel. Es tres años menor que vos majestad, de una edad similar. De buen seguro que vuestra unión daría frutos generosos.

— El rey don Carlos, ya está comprometido con la infanta María de Francia — se adelantó a decir Chièvres.

Era cierto. Aquella cuestión se le solía olvidar a Carlos. Aquella niña con la que se había comprometido por llegar a una paz con Francisco de Francia. La princesa contaba solo con poco más de dos años. Eso hacia que habitualmente ignorase su compromiso.

— ¡Esperad! — dijo finalmente Carlos sin consultar a Chièvres. Mi compromiso aún no se ha materializado. Además se dice que esa infanta es frágil en salud. Esperad unos meses y recibiréis mi respuesta.

— Así lo haremos — respondió el embajador —. El rey también querría comprometerse con vuestra estimada hermana, la infanta Leonor.

Chièvres soltó una sutil risa y miró a Carlos para después dirigirse al embajador.

— ¿El rey? Seguro que el infante Juan será un magnífico rey, pero espero y deseo que Dios, le otorgue muchos años de salud a don Manuel.

— No me habéis entendido consejero — dijo el embajador —.

El rey ha estado muy apenado por la muerte de su esposa, María, y tía de vuestro soberano don Carlos.

De hecho pensó en realizar un retiro espiritual y en abdicar en favor de nuestro príncipe Juan.

Pero ha llegado a sus oídos las alabanzas sobre la belleza y los modales de la infanta Leonor.

El compromiso sin duda facilitaría las relaciones entre los reinos de las Españas y Portugal.

Y haría que mi rey dejase al margen las empresas que tengáis entre mano con Magallanes.

Carlos se quedó pensativo ¿Qué pensaría su hermana, la que había sido su compañera de vida desde que sus padres se marcharan?

Sin duda no le haría gracia ser entregada a un rey que le triplicaba la edad en lugar de al heredero de la corona portuguesa.

Pero aún así era rey. Sin duda aceptar tal propuesta acentuaría su distanciamiento con Leonor, apartada de Federico de Baviera, el hombre al que verdaderamente amaba.

Pero antes de que Carlos pudiera emitir palabra alguna, como pasaba en tantas y tantas ocasiones, el señor de Chièvres ya había respondido por él, con la ceja arqueada y la satisfacción en su rostro, dejando al embajador portugués agradecido por llevar buenas nuevas a su rey.

Aquella decisión, como tantas otras, la había tomado Chièvres por él.

Carlos no contradijo a su consejero, como iba a hacerlo, si él estuvo siempre junto a él, arropándole cuando era un niño.