36. El principio del cisma
El principio del cisma
Johann Von Staupitz, regresaba a la universidad en la que un día fue decano.
Antes de entrar en el edificio, no pudo evitar vislumbrar las nubes negras que hacían palidecer aun más la fachada blanca.
Dios estaba furioso, debía estarlo. Temía que si no se resolvía aquel asunto que había generado la controversia de Martín Lutero, el todopoderoso abriera el cielo y sobre todos los mortales cállese con gran furia su ejército celestial.
Cuando accedió al edificio, en un largo pasillo que antecedía a un aula, no tardó en ver a su antiguo pupilo Martín Lutero, rodeado por curiosos que Staupitz adivinó que podrían ser estudiantes.
Lutero intercambiaba palabras con cada uno de ellos, parecía relajado, como si no fuese consciente de a lo que se enfrentaba, y es que la gravedad de sus palabras habían hecho que el mismo Santo Pontífice actuara.
Cuando Lutero vio tras sus oyentes a Staupitz alzó las manos pidiendo disculpas.
Su reducido público le abrió paso y se acercó con la alegría en su rostro por reencontrarse con un viejo amigo.
— Excelencia, es una sorpresa y un placer encontraros aquí. Veo que echabais de menos el hogar.
— Padre Martín. Veo que tu popularidad se acrecienta — respondió Staupitz con un cariz serio.
Martín Lutero se inquietó al vislumbrar la frialdad con la que su antiguo mentor le trataba, miró hacia el grupo de estudiantes con los que hasta hacia unos pocos instantes intercambiaba impresiones.
— Se puede decir que han surgido muchos interrogantes, muchas preguntas desde que publiqué las noventa y cinco tesis. No era mi intención incomodar a nadie.
— Lo que importa no son las intenciones querido Martín, son las consecuencias.
Las copias de esas noventa y cinco tesis están circulando libremente por toda Alemania, y eso es algo que ha empezado a incomodar al Santo Padre.
— Staupitz trató de controlar el tono de su voz, pero era evidente, por su piel encendida, se daba entender que el viejo maestro de Lutero estaba airado.
— No era mi intención incomodar al Papa. — Lutero se mostró calmado, a pesar de percibir que el nerviosismo en su antiguo mentor estaba escalando.
— Pues sí Lutero, le has incomodado. Por eso estoy aquí, para advertirte como un viejo amigo.
— Staupitz apoyó su mano en la pared y se llevó la otra al pecho, como si las fuerzas le flaqueasen —.
El Santo Padre le ha encargado a un profesor dominico que investigue todo lo referente a tus escritos, Silvestre Mazzolini se llama.
—Bien… bien. Les irá bien instruirse un poco.
—Martín, por el amor de Dios ¿No te das cuenta de la gravedad de la situación? Te están empezando a ver como un apóstata y un hereje y te juzgarán por ello.
—Mazzolini está invitado a venir a esta universidad y debatir conmigo — respondió Lutero extrañado — . ¿A que tienen miedo?. Si tan convencido están de que tan equivocado estoy les invito a que delante de todos me dejen en evidencia. Lo único que he hecho ha sido basarme en las santas escrituras.
— ¡Martín! — exclamó Staupitz como lo haría un padre autoritario a un hijo en rebeldía —.
Martín — esta vez Staupitz trató de sosegarse —.
Me van a nombrar promagister de la orden para discutir contigo tus tesis.
Te conozco y como tú también entiendo que el gobierno de la iglesia debe cambiar ¡Pero no ahora!
No ahora. El mundo no está preparado, tú no estás preparado.
No basta con que alces la voz. 5e enfrentarás no solo a la expulsión de la orden, no solo a la excomunión.
Te enfrentarás a que te quemen en la hoguera.
Lutero sonrió, miró condescendientemente a Staupitz y suspiró. Su rostro estaba relajado, a pesar de acabar de escuchar de boca de su viejo amigo los riesgos a los que se exponía.
— Padre Staupitz, sigo siendo aquel mismo hombre al que vio por primera vez. He visto con mis propios ojos la furia del cielo ¿Creéis que tengo miedo? No sé si Dios o Santa Ana decidieron salvarme aquel día de la tormenta. No lo sé. Pero ¿Y si fue precisamente para cambiar las cosas?
— ¡No seas soberbio Martín! — Staupitz de nuevo se encendió de ira —. Me voy con la consciencia tranquila, sabiendo que te lo he advertido.
Martín Lutero no quiso darle importancia a la visita de su antiguo mentor y amigo, Johann von Staupitz.
Desde que publicó sus noventa y cinco tesis, Staupitz, no había sido el primero en hacerle una visita, en advertirle y recriminarle, Lutero se había acostumbrado a vivir en el ojo del huracán, unas veces eran clérigos, otras veces siervos y otras veces grandes señores.
Todos le advertían sobre las consecuencias de sus palabras, pero Lutero no se arrepentía a pesar que por el camino perdiese innumerables amigos que le dieron la espalda.
Al acabar la jornada, Lutero estaba recogiendo las pertenencias en su despacho, aún le quedaba el resto de la tarde por delante: más estudio, preparar su sermón.
Le faltaban horas en el día. Antes de que saliera por el umbral de la puerta, una figura le cerró el paso.
Portaba ropas ricas, su barba arremolinada y llena de canas, su piel era grasa y su mirada caída.
Lutero pudo reconocer en seguida de quién se trataba, era Federico III de Sajonia en persona.
Lutero dio un paso y otro paso atrás, para permitir la entrada de aquel hombre, el mismísimo gobernador y príncipe elector de Sajonia, quién entre otras responsabilidades, tenía voto a la hora de elegir al próximo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Ese hombre de aspecto bondadoso y mirada de hierro, había sido el fundador de aquella universidad donde Lutero, primero estudió, se doctoró y después ejerció como profesor.
Sus ojos de más de medio siglo habían visto mucho, pero siempre expresó su admiración por Lutero.
Cuando Federico entró en el despacho de Lutero y paseó sus ojos sobre los papeles que estaban depositados sobre el escritorio. El sacerdote se apresuró a recogerlos.
— Son solos unos escritos — dijo Lutero.
— ¿Es sobre esas noventa y cinco tesis vuestras? — El príncipe elector de Sajonia extendió su mano para que Lutero le entregase los documentos. El sacerdote así lo hizo.
— Algo así — respondió Lutero, buscando la reacción en los ojos de Federico de Sajonia que paseaban sobre las palabras de Lutero —. Entiendo las molestias que haya podido causar. Solo trato de precisar y puntualizar lo dicho en mis tesis.
El príncipe elector de Sajonia estudió los gestos en el rostro de Lutero, tratando de leer que es lo que pensaba realmente y en seguida le devolvió los documentos.
— Parece que os estáis disculpando, padre ¿Hay algo que hayáis escrito o dicho de lo cual estéis arrepentido?
— No… no, alteza.
Federico asintió y dibujó una leve sonrisa que desconcertó a Lutero. No, no había malicia en ella.
— Cuando me propuse fundar esta universidad, lo hice con la intención de que Wittenberg fuese un camino a seguir por otras ciudades.
Lo hice por proteger el conocimiento. Tal vez ambicioné mucho, padre, pero después os veo a vos, antiguo alumno de esta universidad y ahora profesor.
Quisisteis llenaros de ese conocimiento desoyendo los dogmas establecidos, no solo esto, habéis alcanzado el techo de nuestro saber y lo estáis arañando.
Entonces uno se da cuenta de cuan peligroso es el conocimiento, es como un fruto prohibido capaz de condenarlos a todo, o por lo menos al que predica con él.
— El príncipe Federico bajó su mirada con pesar, compadecido por el destino incierto de Lutero —.
Evidentemente me refiero a vos padre Lutero.
Cuando fundé esta universidad, jamás pensé que nadie llegase tan lejos.
Martín Lutero se hallaba inmerso en sus pensamientos, no sabía cómo tomarse las palabras del príncipe elector ¿Era una reprimenda?
Era cierto que había ocasionado muchos problemas con sus pregones, tantos como para incomodar al propio Federico de Sajonia, quién siempre había protegido a artistas y humanistas de todo tipo.
Su intención no era incomodar a nadie más, sino dar su punto de vista sobre el gobierno de la iglesia y el modo en el que este concedía indulgencias a todo aquel que las pagaba, sin tener en cuenta el arrepentimiento del pecador.
En su interior tenía una voz que no podía acallar.
El príncipe elector siguió reflexionado en voz alta.
— Veréis. Prohibí expresamente la concesión de indulgencias en mi territorio. A mi modo de ver, ese tipo de prerrogativas no es más que tratar a la iglesia como si no fuera más que una ramera. Aún así, ese arzobispo, Alberto de Brandeburgo, las ha seguido promoviendo. Todo para complacer al Papa.
»Ahora decidme padre ¿Sentís miedo por vos?
— Si no tuviera miedo, no sería más que un loco. Por su puesto que lo tengo. — A pesar de sus palabras, Lutero mostraba seguridad y entereza.
— Puede que todos lo tengamos — suspiró el príncipe de Sajonia —. Es una manera de hacernos sentir vivos.
»Veréis padre, vos me hacéis ver lo que de verdad debe ser el cristianismo y aún así algunos os llaman Anticristo, cuando en realidad lo que queréis hacer es salvarnos a todos de la condena eterna.
— Lutero asintió, enmudecido por el apoyo que le estaba prestando Federico de Sajonia —.
Sé que se ha abierto una causa contra vos que os puede conducir a la muerte.
Por el momento os puedo decir que no temáis, ya que ni el Papa ni el emperador se atreverán a enfrentarse a mí en estos momentos.
No temáis pues estáis bajo mi protección.
Martín Lutero estaba digiriendo aquellas palabras.
Había conseguido un aliado poderoso, no negociando con riquezas, ni realizando ningún tipo de pacto mercantil.
No había comprado el favor de aquel príncipe, simplemente lo había convencido con sus palabras y sus argumentos.
Podía cambiar las cosas, podía transformar el mundo tal y como era concebido, pero sabía a ciencia cierta que no todos estaban preparados para dicho cambio.
El mundo iba a cambiar, pero ¿Cuál era el precio que reyes, príncipes, religiosos y plebeyos, estaban dispuestos a pagar?