35. Lo prohibido
Lo prohibido
— Majestad. Viene a presentaros sus respetos Germana de Foix, viuda de vuestro difunto abuelo. — En aquella sala de audiencias la voz de Chièvres sonaba como un eco lejano. Era ella, la mujer que le deslumbró desde una balconada el día de su llegada a Valladolid.
Incluso todas las personalidades que aquel día desfilaban frente al joven rey, pasaban ante él como un cortejo de sombras, porque a su mente solo volvía el rostro de aquella mujer doce años mayor que él, de facciones delicadas, ojos tiernos y mejillas rosadas sobre una faz blanca.
Las miradas de ambos se encontraron, se detuvieron en aquel primer encuentro.
La reina viuda se percató de aquel vigor en la juventud de Carlos y del deseo que descubrían sus ojos.
En un acto reflejo apartó la mirada, encendiendo aun más sus mejillas.
La cuestión era si alguien más se había percatado de aquella chispa que haría derretir la nieve de la cumbre más alta en aquel invierno.
Cualquier excusa era buena para encontrarse de nuevo con aquella mujer, tal vez la organización de un banquete, un nuevo torneo.
Cualquier motivo que sirviese para embriagarse del lujo de la corte borgoñesa que el nuevo rey había traído consigo.
Donde de nuevo las palabras se ausentasen pero las miradas hablase por si solas.
¿Y Leonor? Leonor era consciente de que algo le sucedía a su hermano, lo veía en su leve temblor cuando estaba cerca de aquella mujer, la que había sido esposa de su abuelo materno, lo veía en sus ojos con la búsqueda incesante de Germana, y en momentos espontáneos de euforia inexplicable.
Ella mismo había vivido un secreto parecido, un amor prohibido que Carlos no dudo en cortar de raíz, sin importar lo que ella sintiera por Federico, del que ya no sabía nada, pero por el que no había dejado de sentir.
Él tenía derecho a vivir su secreto, pero ¿Y ella?
Aquella situación enfurecía más aún a Leonor y la alejaba de la voluntad de reconciliarse con Carlos.
A penas quedaba nada del cariño que le procesaba meses atrás, aunque pareciera que hubiera pasado una vida entera.
El joven rey cada vez disimulaba menos aquellas miradas que se perdían en los rasgos de Germana.
Una de aquellas noches de baile, el rey reunió el valor al ver a Germana danzar en medio del salón junto a los cortesanos.
Carlos se levantó de la mesa, avanzó sin importarle nada más que encontrarse frente a ella.
Se detuvo a dos pasos de Germana, justo cuando los músicos hicieron una pausa antes de tocar la siguiente pieza.
Con la ausencia de los acordes se hizo el silencio y unos leves murmullos que Carlos desoyó: No sabía ni quería saber si aquellos comentarios hacían referencia a él, le daba igual, solo estaba centrado en aguantarle una vez más la mirada a Germana, que esta vez, a unos pocos centímetros, no retiraba, o al menos no lo hizo hasta que los músicos lanzaron las primeras estrofas que vibraron en el aire.
Hasta ese momento apenas habían intercambiado un par de palabras, pero un gesto de su mano valió, para que ella le entendiera.
Juntaron sus palmas e iniciaron la danza al son de la música junto a los cortesanos que llenaban en salón.
Estuvieron unos largos segundos solo hablando con sus miradas un lenguaje que no se descifra con palabras, que derrumba cualquier barrera idiomática y que contiene una fuerza tan fuerte como los elementos.
Hasta que en ese momento sí, esa vez fue Carlos quién se rindió y no resistió la penetrante mirada de Germana.
— ¿Os incómodo Majestad? — preguntó Germana en un tono solo audible para Carlos. El joven rey se agitó al escuchar el peculiar timbre de su voz.
— No… es solo que… — Carlos se trababa, tanto quería decir y tan poco esclarecedoras eran sus palabras.
Era nítido el concepto que tenía sobre aquella mujer, pero todo se embarrullaba cuando quería expresarlo.
Era embrujo quizás, como si Germana le hubiese hechizado.
Tal vez aquella mujer tenía poder sobre los reyes, tanto que era capaz de torcer toda voluntad.
O tal vez temía decir cualquier cosa que pudiese importunar a Germana.
— Me he dado cuenta de como me miráis vos. — Tal vez los años le habían otorgado convicción a Germana para hablar libremente y sin miedo. Sin duda tenía el arrojo que a Carlos le faltaba —. No deberías mirarme así, Carlos —. Incluso se atrevió a hablarle sin dirigirle ninguna dignidad regia.
— ¿Recordáis que soy el rey? — Carlos reunió todo el valor para dirigirle esa pregunta a Germana. Ella solo se limitó a sonreír y a seguir bailando.
Aquella era la primera vez que la había visto sonreír.
Era decidida y tal vez lo que más le atrajo fue precisamente eso, que no lo trataba por su título, no importaba quién era, si no más bien que con su mirada atravesaba las lujosas telas borgoñesas que aquella noche vestía Carlos, penetrando en huesos y cartílagos que todo mortal posee sin distinción, hasta llegar a su alma.
Era Carlos quién parecía tener que aprender mucho de ella.
Tras aquel baile, el joven rey buscaba cualquier oportunidad para estar a solas con ella.
No existía pretensión alguna en sus intenciones, más que únicamente percibir su presencia.
Al menos pensar en ella le hacía olvidarse de todo lo demás, de aquellas cortes que le debían ratificar como rey, y del distanciamiento con su hermana.
Los jardines, los salones, la estancia y la biblioteca.
En ese último lugar fue donde Carlos encontró el valor para plantarse frente a ella, mientras Germana sostenía un libro que acababa de coger de un estante.
— ¿Deseáis algo mi rey?
Aquella voz le resultó lo suficientemente melosa para caer extasiado. Y era esa boca las que habían pronunciado dichas palabras. Unos labios rosados que Carlos desconocedor de aquel mundo nuevo que se abría ante él, deseaba probar y besar.
Carlos se lanzó al vacío y sus labios encontraron los suyos, eran cálidos, embalsamadores.
Durante unos segundos sintió como Germana le correspondía, se dejaban llevar hacia un sueño profundo, hasta que ella abrió los ojos bruscamente como en un súbito despertar.
Le apartó con sus manos y le dio una bofetada que enrojeció la mejilla del rey.
Germana se llevó las manos a la boca, sorprendida por haber tenido las agallas de abofetear de aquella manera al soberano.
— Lo… lo siento majestad, pero… — Germana llevó su suave mano al Pómulo enrojecido de Carlos —, no está bien como me miráis, como me buscáis… no está bien nada de esto.
— Vos hacéis lo mismo conmigo ¿Acaso pretendéis enloquecerme?
— No… no es mi intención majestad… disculpadme.
— ¡Bastará con que no os volváis a dirigir a mí!
— Carlos dio media vuelta para marchar. No era él quien hablaba sino su orgullo herido y el impulso de su juventud.
Pero se detuvo al notar la suave mano de Germana sujetando su muñeca.
Se volvió para confirmar que efectivamente, ella no le dejaba marchar.
No sacudió el brazo. Se quedó de nuevo hechizado por su mirada, por aquella boca entreabierta que ya había saboreado.
— No… no puedo prometer que no me vuelva a dirigir a ti Carlos. — De nuevo Germana abandonaba cualquier trato regio hacia el muchacho. — No puedo evitar mirarte, ni buscarte. Sé que no está bien, quisiera que no fuese así. Pierdo el decoro por la forma en la que me miras.
Esa vez fue Germana la que se lanzó en busca de la boca del rey, esa vez sí se sumergieron en un prolongado beso prohibido, solos, a ojos únicamente de Dios.
Carlos sintió como el calor que nacía en su boca se extendía por todo su cuerpo hasta sus pies .
La carne dominaba a la razón y la piel se hacía dueña de su voluntad.
Pero no sabía que hacer, jamás antes había estado con ninguna otra mujer.
Fue Germana quién dio por finalizado aquel beso y quién se apartó para volver a encontrarse con la mirada confusa del rey.
— Está noche me honrarías si acudes a mis dependencias.
Carlos no dijo nada más, se marchó. Por un lado se sentía culpable.
Nadie le había preparado para ese tipo de situaciones, no sabía si era amor, un sentimiento que antes jamás había experimentado más allá del fraternal.
Pero si tenía la certeza de que se trataba de deseo.
Un deseo por poseer, por acaparar toda la atención de Germana y de que solamente tuviera ojos para él.
Pero estaba perdido y ella parecía ganarle a él en experiencia y maestría.
Al llegar la noche y tras una tarde que se le hizo larga, acudió a la dependencias de Germana,.
Había estado inquieto, nervioso, pero lejos de sentirse agotado se mantenía fortalecido a pesar del nudo que le estrangulada desde la boca del estómago al bajo vientre.
Tal vez el remedio para vencer aquel mal que le atormentaba era volver a verla.
Decidido dispuesto a desclavarse el puñal invisible que le causaba la hemorragia, entró en su habitación. La encontró sentada en una silla, junto a su cómoda, vestía sus mejores galas. La luz de las velas que iluminaban parpadeante su rostro, la hacía más bella.
Carlos se acercó, tímido e inexperto ante la dama que se mostraba segura.
Tragó saliva. Se mantuvo de pie frente a ella, pero Germana no dijo nada, solo le miraba con ojos hipnóticos, evaluando los pasos de su joven rey.
Carlos hincó la rodilla frente a Germana tomó su mano y la besó.
Volvió de nuevo sus ojos a la dama, pero ella seguía ahí, escrutándole, pero esa vez dibujó una sonrisa pícara que encogió el corazón del rey.
De nuevo Germana fue quien tuvo la iniciativa del primer beso de la noche.
Tomó las manos del rey y las guio por los senderos que el joven no se atrevía a recorrer solo, hacia su cuello, sus tersas montañas y bajando aún más hacia el nacimiento de Venus, donde la espuma del mar se transformaba en néctar.
Con cada beso, con cada caricia, se despojaban más y más de sus ropas, hasta quedarse solo con el calor de la piel del otro fundiéndose sobre la cama.
Pero siempre era ella la que llevaba las riendas, la que sabía mejor que él como debía mover su cuerpo y lo que debía hacer con su pene.
Ella Se lo introdujo y lo notó húmedo entre sus piernas.
Pero aún así sentía más y más calor. Quería entrar aún más en ella, en aquel palacio incomparable.
Empujaba para no salir nunca más de ahí, con ansia, con ahínco.
Ella lo permitía, le abría las puertas de par en par.
Hasta que llegó el éxtasis, uno prolongado, acompañado de un placer que le hacía desvanecerm Carlos se preguntó si ella habría sentido lo mismo.
En aquellos instantes de descanso, Carlos había encontrado el remedio a aquel mal que le aquejaba desde el preciso momento en el que por primera vez contempló la figura de Germana.
Había saciado su sed, pero sabía que tal vez en unas horas, al día siguiente o en dos jornadas, desearía volver a beber de aquella fuente.
No dijeron nada y a oscuras se contemplaron entre leves caricias.
— Deberíais marchar ya. — Germana había vuelto al trato regio —. No podéis amanecer aquí.
Carlos sabía que Germana tenía razón. Aquella era la realidad y no le agradaba.
Se ladeo y mirando el techo, puso sus manos bajo su cuello.
Pronto el rey de tantos reinos debería partir de Castilla y se separaría de Germana, aquella idea le agradaba menos.
Era rey, y por una vez en tanto tiempo, querría sacar beneficio de su condición como monarca.
— Después de que se celebren las cortes de Castilla y una vez me hayan ratificado rey en este reino, partiré a Aragón para que hagan lo propio.
— Entiendo entonces majestad que en breve nos despediremos — respondió Germana mientras acariciaba el torso de Carlos.
— No. Vos conocéis ese reino mejor que yo y me acompañareis.
Germana se reincorporó y observó a Carlos.
Quería comprobar que hablaba en serio. Así era, tenía la mirada decidida.
No era buena idea, aunque rey, era un muchacho aún.
Tal vez se había ilusionado demasiado. Parecía que Carlos no veía a Germana como un simple divertimento y eso era peligroso, un escándalo a los ojos de caballeros y cortesanos. Pero Carlos hablaba con convicción.
— Majestad. No creo que sea buena idea lo que estáis sugiriendo.
— Os lo ordenaría como vuestro rey, pero dejaré la elección en vuestras manos.
La razón le dictaba a Germana que no aceptase la descabellada sugerencia del rey. Pero una fuerza más poderosa que sobrepasa a la propia voluntad se apoderó de ella y es que a Germana, como a Carlos, no se le pasaba por la cabeza alejarse de su nuevo amante. A pesar de las consecuencias.