Carlos V. Trilogía Completa 34. Esperando la furia
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34. Esperando la furia

Esperando la furia

Era la oportunidad de escapar. Sancho Lezo llevaba tiempo observando el ir y venir de las caravanas comerciales que llegaban a la ciudad.

Sin duda, las ropas adecuadas y gracias al poco conocimiento de la lengua nativa, debido a los últimos meses que había pasado junto a Aruj y Hassan, le ayudarían para pasar desapercibido entre los comerciantes y a ser visto como uno más en el momento de abandonar la ciudad.

No es que el trato que le hubiese brindado Aruj fuese denigrante, lejos de eso, le había tratado como un invitado enviado por el mismísimo Gran Sultán de Estambul.

Procuraba buen alimento para él y si Sancho hubiese querido, no le hubieran faltado las suaves y delicadas manos de una esclava.

Escapar de Aruj era una cuestión de principios y es que a pesar de las buenas palabras y los modales, aquel hombre que se mostraba hospitalario, seguía siendo Barbarroja, el terror de los mares, un sanguinario asesino y el enemigo de toda la cristiandad.

El zoco de la ciudad bullía en un ir y venir de comerciantes y clientes.

El olor de las especias invadía el lugar.

Algunos guardias vigilaban para que se mantuviese el orden pero no se percataron de la presencia del cristiano .

Sancho caminaba entre la gente, cubriendo su rostro con un hamtar de color azul oscuro.

Nadie había dado la voz de alarma por su ausencia, era lo esperado, Aruj le había permitido moverse libremente por la ciudad, por lo tanto sus captores tardarían en acusar su ausencia, con suerte sería al caer la noche, cuando Sancho ya se encontrase a muchas millas de la ciudad hacia el noreste, dirección a Orán.

Sancho se detuvo un momento para estudiar el terreno.

Algunos de los comerciantes iban a marchar ya.

Era la oportunidad de unirse a ellos y su caravana camellos.

Cuando dio un paso hacia delante, el frío de una daga en su cuello le detuvo.

El metal punzaba en la yugular, con la justa precisión para dejar que un pequeño hilo de sangre resbalara por su cuello.

Sabía que cualquier movimiento en falso podría suponer el fin.

La voz de quién la portaba. fue reconocible por Sancho al momento.

— ¿Crees que Baba Aruj dejaría que te movieras por la ciudad sin unos ojos que te custodiaran? — preguntó Hassan, conteniendo su daga.

— Tenía… tenía que intentarlo — respondió Sancho con la voz entrecortada.

Hassan retiró su daga y empujó a Sancho provocando su caída. El cristiano se reincorporó para ver cómo la mano derecha de Barbarroja escondía el acero. Parecía que por el momento no iba a haber castigo.

— Tienes suerte, suerte de que Baba Aruj te quiera con vida. Créeme que disfrutaría viendo cómo te desangras. Ahora acompáñame. El sultán te reclama.

Escoltado por Hassan y una docena de guardias, Sancho no tardó en acudir a la llamada de su captor.

Se reunió con él en el palacio del Mexuar.

Lo hicieron a través de los pasadizos subterráneos que llegaban desde los límites del palacio hasta el corazón del edificio.

Cuando salieron de los pasadizos, Sancho pudo comprobar como los silos se llenaban de provisiones, sin duda, Aruj se estaba preparando para un contratiempo, tal vez un asedio.

Una veintena de arcos de herradura rodeaban el patio donde el agua de la fuente central nutria el canal que transitaba hacia sus cuatro costados.

Ahí esperaba Aruj. Los guardias se marcharon.

En el patio solo quedaron Sancho, Hassan y el propio Aruj.

En su expresión, el sultán no parecía molesto por el intento de fuga de Sancho, aún así, un halo de preocupación le envolvía.

Quería disimularlo, pues no quería contagiar con pesimismo a sus tropas.

— Gracias por acudir a mi llamada, Sancho. — El español no respondió y Aruj volvió a hablar — ¿Qué tal tu paseo por el zoco?

— Con compañía inesperada — respondió Sancho mirando a Hassan.

— No quiero correr riesgos. — Aruj abrió los brazos como si tratara de justificarse —. Espero que lo entiendas, no quiero que confundas mi hospitalidad con tu condición, aunque con privilegios sigues siendo mi prisionero.

— Me has llamado y aquí estoy.

Aruj le dio la espalda a Sancho y dirigió sus ojos al agua que emanaba de la fuente. Sin duda no quería mostrar su preocupación, ni siquiera a Hassan.

— Me han llegado informes. Ese nuevo rey cristiano vuestro ya ha llegado a Castilla. Tengo entendido que está preparando una nueva expedición contra mí sultanato. Sé que Alá está de nuestro lado, pero no quiero correr riesgos.

— Ya te advertí que la sangre la habrías de pagar por la vertida. La deuda de tus crímenes se acrecienta día a día.— Sancho no se arrugaba ante aquel hombre que podía ordenar su ejecución inmediata.

Sin preaviso, Hassan golpeó con su puño el bajo vientre de Sancho, cortando su aire y haciendo que cállese sobre sus rodillas.

—Contén tu lengua.

Aruj alzó la mano, haciendo de esta manera que Hassan se detuviera.. Sancho se reincorporó dolorido, tratando de recuperar el aire.

— Quiero que me ayudes — dijo Aruj ignorando las altivas palabras de Sancho —. Tú y tus hombres resististeis bien durante meses, gracias a tu mando y a la fortificación de vuestras defensas. Quiero que ayudes y des consejo en la fortificación de nuestras ciudades.

— ¿Por qué crees que te ayudaría? — respondió Sancho desafiante.

Aruj se acercó despacio a Sancho, con calma, con los brazos abiertos, desarmado. Parecía suplicar, pero no era así. Su buen trato hacia su cautivo tenía un único fin.

— He sido un buen anfitrión, creo yo. Durante muchos años he aprendido a tratar a mis hombres con respeto, a ganarme su lealtad sin castigo.

Esa ha sido la razón que nos ha traído hacia aquí.

Han luchado con bravura no solo por ellos mismos si no porque también lo han hecho por mí, y he querido hacer lo mismo contigo.

Aún así has rechazado todos los privilegios que te he brindado: banquetes, mujeres e incluso riquezas.

Por esa razón sé que no te convenceré con palabras.

Ni siquiera lo haré dejándote cicatrices o muñones.

No quería llegar a esto. No quería, pero no me dejas otra alternativa.

Si no quieres devolverme con tu colaboración la hospitalidad que te he brindado tal vez esto te haga recapacitar.

— Aruj miró su mano de plata, aquella que a veces aplicaba como un brazo de hierro —.

Me ha llegado correo desde Argel. Hizir va a atacar con toda su furia el peñón donde tus hombres resisten.

En caso de que tenga éxito, tomará prisioneros, todos los que pueda.

Los unirá a los que ya capturamos. Ahora la vida de todos esos hombres depende de la decisión que tomes y de cómo desempeñes tu labor.

Evidentemente si tu respuesta no es de mi agrado, serás el último en morir, pero antes de exhalar tu último aliento te haré pasar un infierno y verás como paso a cuchillo a todos y cada uno a los tuyos.

»Yo puedo detener a Hizir, soy el único al que escucha ¿Qué me dices?

— Miserable. — A Sancho se le congeló el alma. Aquel Barbarroja había puesto en sus manos la vida de cientos de hombres y le estaba haciendo decidir entre la lealtad hacia un rey al que no conocía o a los hombres con las que tantas penurias había pasado.

— Con lo poco que te conozco sé que tengo una respuesta. — Aruj soltó una risotada para destensar la situación —. Hassan, tú le acompañarás, tendrás en consideración todas sus observaciones.

— Por mucho que yo ayude, si los reinos de Castilla y Aragón atacan con toda su furia, poco podrán hacer las fortificaciones que puedas levantar — indicó Sancho.

— Sé que cumplirás con tu parte. — Con su mano de plata, Aruj hacia leves movimientos, ordenando que se marchasen e indicando así que aquella reunión había finalizado.

Hassan asintió, acatando como siempre las órdenes de Baba Aruj, pero lo hizo de mala gana. Miró a Sancho y se dirigió a él.

— Espérame junto a los silos. Espero que no se te pase por la cabeza hacer ninguna tontería más. Ya sabes lo que está en juego.

Sancho se marchó resignado, Hassan contuvo su voz hasta que le vio desaparecer tras los arcos que envolvían el patio.

Aruj aguardó sus palabras mostrándose impaciente.

— ¿Qué te inquieta? — preguntó Aruj.

— Baba ¿Crees que nos podemos fiar de ese cristiano?

— ¿Tenemos otra opción? Tiene el honor del que carecemos y le faltan los escrúpulos que poseemos.

Antes de que sus hombres encuentren la muerte, elegirá ayudarnos.

Nadie más que él nos podrá decir dónde atacará nuestro enemigo, como y cuando lo hará.

Ahora no pierdas más el tiempo aquí conmigo, los preparativos aguardan y no nos queda mucho tiempo.

Hassan se llevó su puño al pecho, inclinó levemente la cabeza en señal de respeto a Aruj y se marchó, dejando solo a aquel pirata al que el mundo cristiano temía, Barbarroja, mano de plata, un hombre que nació sin riquezas y que se hizo así mismo, desde el dolor, desde la venganza, hasta convertirse en sultán.

Mirando la corriente del agua que nacía desde la fuente que observaba, Aruj sintió miedo por primera vez, miedo a perder todo por lo que había luchado en todos aquellos años de incursiones, saqueos y conquistas.

Hassan finalmente se reunió con Sancho en la entrada de los pasadizos, se hizo con una antorcha y sin mediar palabra, se adentró en la oscuridad seguido por el cautivo.

Desandaron el camino que les había llevado a palacio.

El día ya estaba cayendo, pero el lecho debería esperar, había mucho trabajo por hacer y poco tiempo que perder.

Caminaban en silencio, como solían hacer siempre, pues Hassan era poco receptivo a las preguntas de Sancho. Aquella noche iba a ser diferente.

— Eres cristiano ¿ verdad? — Hassan como era habitual en él, no respondió, pero Sancho volvió a insistir —. Necesito entender cómo alguien nacido cristiano puede estar del lado de este asesino. Como incluso se puede referir a él como un padre. Tal vez ello me dé una razón para ayudaros.

Hassan detuvo su marcha y miró a Sancho, el fuego iluminaba su cara, dejando ver a un más la claridad en sus ojos azules.

— ¿Qué la vida de los hombres cautivos en Argel dependa de cómo desempeñas tu papel, no te es razón suficiente?

— Al no recibir respuesta por parte de Sancho, aquella pregunta se perdió en el viciado aire de los pasadizos —.

No soy cristiano, soy un hombre libre, más libre de lo que llegué a ser en mi niñez, donde no fui esclavo de un señor sino de un pordiosero que me golpeaba y me daba la ración justa para no desfallecer.

Baba rompió mis cadenas, como la de muchos otros que le siguen..

Jamás me ha golpeado, jamás me ha abandonado y siempre ha cuidado de mí.

Le llamo Baba porque no he conocido otro padre más que él ¿Acaso tú no harías lo que fuese por tu padre? ¿No le serías leal?

— Soy leal a mi rey

— Un rey que no sabe de tu existencia. — Con una rapidez sobrehumana, Hassan sacó su daga y la sostuvo en alto frente a Sancho —.

Si ahora mismo te rebanara el cuello y dejase que te ahogaras en tu propia sangre, tu rey al que tan leal eres ni se inmutaría, seguiría con lo que estuviese haciendo: disfrutando de su cacería, degustando un banquete o follándose a alguna concubina.

Él seguiría disfrutando de sus placeres, mientras tú agonizas.

A ese hombre le eres leal. — Hassan volvió a guardar su hoja —.

Pero estás de suerte. Por una razón que yo no comparto, ese al que llamas Barbarroja y que calificas de sanguinario te quiere vivo — Hassan le dio la espalda a Sancho —.

Andando. Ya hemos tenido suficiente charla por hoy.

Hassan y Sancho emprendieron la marcha hasta salir de los límites del palacio.

Durante el camino, Sancho le dio vueltas a las palabras de Hassan.

Su lealtad no nacía del miedo al castigo, sino del respeto, del amor que podría procesar un hijo hacia su padre, de la unión que podría tener junto a sus hermanos, no de sangre, pero sí verdaderos hermanos de armas.

Aquella lealtad los hacía peligrosos, no iban a entregar sus vidas por deber, sino por devoción hacia Barbarroja.

Sancho no compartía las palabras de Hassan, un hombre que había olvidado su vida anterior como cristiano y había vuelto a nacer bajo el amparo de un nuevo padre.

No compartía sus razones pero, las entendía.

Y sin quererlo, por primera vez, Sancho se empezó a cuestionar su papel en el mundo.