33. La llegada de un rey #3
Un hombre en particular, de cabellos blancos y tez morena, habló animadamente con él señor de Chièvres, después se acercó al rey junto al consejero real.
Caminaba encorvado y con una ligera cojera.
Carlos le tenía en alta estima, había sido su capellán, además en su servicio en Castilla había actuado como secretario de Estado y recientemente había sido nombrado obispo de Badajoz.
— Majestad. Aunque vuestras primeras Cortes están convocadas para diciembre posiblemente no se celebrarán hasta el próximo año — dijo Mota.
— Sería prudente que Mota fuese quién las presidiera — añadió Chièvres.
— Lo más probable es que se traten las demandas de siempre majestad: que las carnes no salgan de los reinos; la acuñación de moneda pequeña, sobre todo para los plebeyos y que concedáis audiencia dos veces a la semana, y…
bueno… otras de índole más personal hacia vos majestad: pedirán que aprenda la lengua del reino o que el infante, vuestro hermano Fernando, no abandone el reino, al menos hasta que se haya casado y tenga herederos.
Carlos suspiró, acababa de llegar y ya debía enfrentarse a todas aquellas súplicas. El señor de Chièvres supo leer el agobio en la expresión del rey.
— No os preocupéis majestad. Nosotros nos encargaremos de todo.
Un hombre entrado en años, con un andar marcial y el semblante serio, se abría paso entre caballeros, señores y damas.
Hasta llegar donde estaban Mota y Chièvres.
Los apartó como los demás, sin importarles quienes eran.
El consejero del rey, tambaleándose y desconcertado observó a aquel hombre, de buenas ropas, curtido y fino bigote.
No parecía un plebeyo, ni tampoco un extranjero.
Al percatarse, la guardia real se interpuso entre el rey y aquel hombre.
— Debo ver al rey. Es urgente.
— Si tenéis alguna petición las tendréis que pedir en las Cortes. Como todos — intervino Chièvres.
— ¡Exijo ver al rey! —repitió el hombre.
Fernando, a pocos metros, se percató de aquel encontronazo que se estaba produciendo entre Chièvres y al que identificó como Diego Fernández de Córdoba. El infante se aproximó para mediar.
— ¡Esperad! — dijo el príncipe —. Marqués de Comares.
No os esperaba aquí recibiendo a mi hermano.
— Fernando se dirigió a Carlos —. Majestad.
Haríais bien en atender a este buen servidor del reino.
Mi abuelo… nuestro abuelo Fernando, le nombró virrey de Navarra por su leal servicio.
Actualmente es gobernador de Orán y Capitán General.
Sí se presenta ante vos con tanta urgencia es porque tiene algo importante que decir y que precisa de vuestra más absoluta atención
— Gracias alteza. — El marqués de Comares le hizo una leve reverencia al príncipe, mostrándole todo el respeto que no había mostrado por Carlos.
— Ahora no es el momento — insistió Chièvres.
— Hablad por favor. — Carlos desautorizó a su consejero.
Diego Fernández de Córdoba miró a un lado y a otro, asintió y empezó a relatar.
— Majestad. Tenéis un serio problema en vuestras fronteras del sur.
Debéis entender que si no controláis el mar, las incursiones de los piratas asolarán nuestras costas.
»Deberíais por la seguridad de todos vuestros reinos, enviar una gran flota a la Berbería.
Pero esta debe ser mucho mayor que la que enviasteis la última vez al mando de Diego de Vera, pues ese Barbarroja es un demonio.
— ¿A qué os referís? Yo no he enviado flota ni grande ni pequeña. Tampoco se me ha pedido. No sé me ha informado de ello. — Carlos miró a Chièvres buscando alguna explicación, pero lo único que encontró fueron excusas.
— Veréis majestad. Vuestros dominios son numerosos y extensos. Hay problemas en todos los rincones del mundo. El cardenal Cisneros que en gloria esté, solicitó la autorización para enviar una flota que pudiera hacer frente a la amenaza de ese Barbarroja. Se le autorizó y…
— No fue suficiente — intervino el gobernador de Orán —. Esta cuestión tan grave debería haber sido supervisada por el mismo rey.
Carlos negó con la cabeza y miró con inquina a su consejero.
Chièvres supo leer la decepción en la cara de su señor, sin duda la intromisión de aquel veterano resultaba un traspiés en sus planes de ser la única voz que Carlos escuchase.
Pero ser repuso, sabía que con un poco de ingenio, su posición sobre Carlos seguiría siendo predominante..
— A partir de ahora, las cuestiones referentes a nuestras fronteras tendrán prioridad y serán trasladadas a mi persona.
También os lo digo a vos, de los Cobos —.
Carlos dirigió una mirada inquisidora a su secretario.
De los Cobos tragó saliva y vislumbró con el rabillo del ojo la reacción de Chièvres, el hombre que le había ordenado que escribiera cartas a la reina Juana en nombre del rey.
La culpa cada vez pesaba más en sus espaldas —.
Ahora marqués. Decidme que necesitáis y os lo daré.
Con esas palabras Carlos se volvió y se alejó de su consejero y su secretario junto a Diego Fernández de Córdoba] El príncipe Fernando les acompañaba.
Chièvres posó sus ojos sobre el infante. Era él su siguiente objetivo, alguien de quien debería deshacerse.