Carlos V. Trilogía Completa 33. La llegada de un rey #2
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33. La llegada de un rey #2

A partir de este punto, y a pesar de mantener sus diferencias, los dos hermanos avivaron la charla. Leonor también se unió a ellos.. Por fin aquel encuentro se había convertido en una estampa familiar.

El señor de Chièvres los contemplaba, siempre cavilando, siempre callado, siempre vigilante.

Lo hizo a la llegada del aislado monasterio, entre hachas que iluminaban la noche y los sonidos que emitían las criaturas nocturnas.

Algo se le escapaba. Quería tenerlo todo atado, no dejar cabos sueltos que pudieran alterar ninguno de sus planes.

Su sobrino, el nuevo arzobispo de Toledo se le acercó a él para hacerle compañía en sus pensamientos.

— ¿Qué sucede? — preguntó — ¿Os veo preocupado? ¿Es por la reina Juana?

El señor de Chièvres se volvió y mostró una sonrisa amarga.

— La reina Juana ya es un problema resuelto.

Me he encargado de todo. He hecho que el rey nombrase al marqués de Denia, gobernador de Tordesillas y jefe de la casa de la reina.

Un hombre al que he recompensado bien y al que le he prometido más concesiones en un futuro.

Si cumple bien su función no tendremos que preocuparnos con que la reina aparezca para estar más cerca de su hijo.

— ¿Qué función es esa? — preguntó el sobrino.

— Ocultarle la realidad a la reina. Alejarla de las ventanas del mundo.

Estaba demasiado cuerda la reina en nuestra última visita a Tordesillas.

Nos conviene que tanto esos nobles castellanos como el populacho e incluso su hijo el rey, piensen que está enloqueciendo más y más cada día.

Para acrecentar la locura de la reina también cuento con Francisco de los Cobos.

Aunque al principio mostró reticencias, apelando a su consciencia, ese castellano me debe el favor de haberle nombrado secretario del rey.

Todo el mundo tiene un precio. Él será quien redacte las cartas en nombre de Carlos para hacerle ver que la decisión de mantenerle encerrada nace de su propio hijo.

La reina no tendrá a quien apelar y dejará de incordiar.

Por supuesto el rey no sabe nada de este asunto.

— El señor de Chièvres vio como su sobrino asentía, comprobando así que seguía el hilo de la conversación —.

En cuanto al infante Fernando: lo que me preocupaba de él eran sus pretensiones al trono.

El rey Carlos ha actuado bien siguiendo mis consejos, advirtiendo a Fernando su disposición a apartar a todos aquellos que influyeran sobre él.

Pero ahora me preocupa que se produzca una rápida cercanía entre ellos y que sufran un repentino ataque de amor fraternal.

Eso no le convendría a aquellos a los que tantos cargos hemos prometido en este reino.

Temo que el rey siga el consejo de su hermano quién conoce más las costumbres de esta tierra.

Al día siguiente Valladolid lucia sus mejores galas. Las calles rebosaban alegría y el pueblo se hacinaba para ver pasar todo el poder de los Habsburgo: un acontecimiento que aquella ciudad regia no había visto antes.

Los infantes y hombres de armas fueron los primeros que desfilaron ante los ojos del pueblo.

Tras ellos, la caballería se hacía paso en una marcha lenta, firme y sin pausa.

Los grandes señores de Castilla eran los siguientes, seguidos de los borgoñeses.

Seguía el querido infante criado en Castilla, Fernando quien lucía la enorme cadena de oro de la orden del Toisón de Oro, otorgada por su reciente nombramiento .

Le acompañaban el arzobispo de Zaragoza, Alonso de Aragón, el cardenal Adriano de Utrecht, antiguo tutor de Carlos y el nuevo arzobispo de Toledo, Guillermo de Croy que desfilaba orgulloso.

Juan de Padilla y Juan Bravo contemplaban en primera fila como las ovaciones de los asistentes se acrecentaba ante el paso del príncipe Fernando. A Padilla y Bravo se les había unido Francisco Maldonado, un hidalgo venido de Zamora.

Maldonado era de cabellos y barba castaña, de ojos rasgados y perfil afilado.

— Está claro que el pueblo desea a Fernando como rey — musitaba Maldonado.

— Pero antes que Fernando está la reina Juana, ella sigue siendo la legitima reina — espetó Padilla —. Sí este nuevo rey extranjero no prioriza los intereses de los castellanos, atraer a la reina Juana a nuestra causa legitimará nuestras pretensiones.

— ¿Si prioriza los intereses de los castellanos? — preguntó con sorna Bravo observando el cortejo real —. Salta a la vista la pomposidad de los borgoñeses… se ve claro quienes serán los nuevos dueños de Castilla y quien obtendrá el favor del rey.

Mientras los tres nobles seguían con sus cábalas apareció el rey transitando la vía a lomos de un caballo blanco.

Levantó los vítores de su pueblo, pero estos fueron algo menores que los dedicados a su hermano.

Carlos saludaba tímidamente a sus súbditos.

Portaba un jubón dorado cubierto de un chaleco negro al igual que su gorra.

El estilo borgoñés y su lujo entraban por la puerta grande.

Le acompañaban a su paso un embajador del Papa y otro del emperador.

Quienes concluían aquel desfile fueron el señor de Chièvres que miraba al frente sumergido en sus pensamientos. Lo hacía junto a Leonor, la nueva princesa.

Finalmente la guardia de arqueros y las damas de la corte, acompañadas cada una por un caballero concluían aquella muestra de fuerza.

El nuevo rey se sentía abrumado por tantos que habían acudido a recibirle.

Paseó sus ojos por los rostros llenos de jolgorio de todos aquellos que lo vitoreaban y fijó su mirada también en aquellos que callaban y que le observaban con escepticismo, no eran pocos.

Pero su vista se perdió en una balconada, donde una elegante y hermosa mujer le observaba con un porte recto y sereno.

El caballo que montaba siguió su trote, pero el quiso detenerse ahí a contemplarla.

No era la más bella que jamás hubiera visto, pero tenía algo que le atrapaba.

Al cabo de unos días se enteraría de que se trataba ni más ni menos que de Germana de Foix, la viuda del difunto rey Fernando.

Carlos llegó al edificio de las Cortes, todos le felicitaban, junto a él iban de los Cobos y Chièvres. El joven rey se encontraba abrumado. Al no conocer aún la lengua castellana, también se sentía extrañado.