Carlos V. Trilogía Completa 33. La llegada de un rey
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33. La llegada de un rey

La llegada de un rey

Carlos y su séquito avanzaban. Era el final de un largo viaje que había comenzado dos meses atrás desde que abandonasen los puertos de Zelanda.

Chièvres permanecía junto a su rey, inseparable, volviendo a ser de nuevo la voz de la conciencia de su señor.

A su otro lado le hacía costado su secretario, Francisco de los Cobos, quien como castellano de origen le tenía al tanto de las novedades del reino durante su periplo.

A pesar de estar a las puertas del invierno, aquel clima a Carlos, le resultaba agradable.

Los campos de trigo que se vislumbraban radiantes parecían absorber el sol, mientras la verdor vegetal, parecía conservar las lluvias de los últimos días.

A punto de llegar a la villa de Mojados, un séquito se encontró de frente con la corte del rey.

El hombre que iba en cabeza, parecía estar a punto de llegar a los cincuenta.

Llevaba lujosas ropas blancas con hilos de oro, un manto azul que cubría sus hombros y un solideo que cubría su cabeza.

Carlos se inclinó hacia su secretario y este habló solo para su rey.

— Es Alonso de Aragón majestad. Hijo ilegítimo de vuestro difunto abuelo Fernando y arzobispo de Zaragoza.

Carlos asintió. Alonso de Aragón descabalgó y realizó una solemne reverencia. Carlos bajó de su caballo y ayudó al arzobispo a reincorporarse.

— Bienvenidos a estas vuestras tierras, majestad — dijo el arzobispo. Me llena de gozo estar ante vuestra presencia. Quería venir a recibirle, pero supongo que aún tiene mucho por hacer. Habrá tiempo para conocernos algo más.

— Por supuesto que sí eminencia.

— Antes de que partáis y disculpad mi curiosidad — El arzobispo detuvo el paso del rey que volvía a su caballo —. Todos lamentamos la muerte del cardenal Cisneros. Quería preguntar a su majestad si ya había pensado en alguien para cubrir el gran vacío que ha dejado en el arzobispado de Toledo.

Carlos miró al señor de Chièvres dubitativo y este asintió altivo. El sobrino del consejero real, también presente en la comitiva sonreía. En seguida se volvió hacia Alonso de Aragón.

— No os preocupéis, el arzobispado tiene ya su arzobispo.

— ¿Se puede saber quién? — preguntó extrañado Alonso de Aragón.

— Guillermo de Croy, sobrino del señor de Chièvres — respondió sin dilación el rey.

— Pero… es extranjero — se quejó Alonso —. Ese hombre es extranjero. Este nombramiento va en contra de las costumbres castellanas, majestad.

El señor de Chièvres miró a Alonso con cierta condescendencia.

— Eminencia, se trata de un cierto formalismo que el rey resolverá. Los tiempos han cambiado. Ahora su majestad no solo reina sobre Castilla y Aragón, también lo hace en tierras lejanas. No consideréis extranjeros a aquellos que viven bajo el dominio del rey.

Antes de que el arzobispo de Zaragoza pudiera replicar, el suelo empezó a temblar bajo los pies de Carlos, todos empezaron a sentir el mismo temblor en la tierra.

Algún caballo se mostraba inquieto. Pronto Carlos pudo divisar a que era debido aquella alteración de la calma del lugar.

Leonor también lo pudo ver en medio de la polvareda que levantaban en el camino una cincuentena de caballos.

Carlos enseguida reconoció la figura de su antiguo tutor, Adriano de Utrech, al que Carlos recientemente había nombrado inquisidor, primero de Aragón y después de Castilla.

Hacia tanto que no lo veía que le extrañó verle portando el rojo cardenalicio.

Carlos sonreía satisfecho al ver cómo había prosperado su mentor, afianzando su posición en la iglesia.

Pero quién iba en cabeza en aquella cabalgata era otro.

Era joven, no tenía más de quince años, era delgado, su cabello era negro y tenía una mandíbula marcada.

Cuando se aproximaba y el camino se hubo despejado de la densidad del polvo, gracias a que los equinos bajaron la marcha.

Leonor pudo ver en seguida el parecido entre su hermano Carlos y ese desconocido muchacho.

Antes de que Carlos pudiese seguir reparando en la presencia de aquel muchacho y preguntar sobre su identidad a su secretario, Adriano desmontó de su caballo para mostrarle sus respetos al rey.

— Mi joven señor — se apresuró a decir Adriano . A un tono inalcanzable para los oídos de los testigos añadió—. Espero que hayáis seguido practicando el latín.

El comentario de Adriano le arrancó una sonrisa a Carlos. El alumno y el maestro se fundieron en un sincero abrazo.

— Antes de decir nada más, debéis conocer a alguien con suma urgencia. — Adriano señaló al muchacho al frente de la caballeriza.

El chico desmontó. Su semblante era serio y su andar orgulloso.

Pasó sus ojos por todos los miembros de la corte borgoñesa que acompañaba a Carlos.

Identificó entre los cortesanos al propio de los Cobos al que saludó con un leve cabeceo que fue correspondido.

Siguió paseando sus ojos hasta que su mirada se cruzó con la del rey.

Ahí marcó aún más su ceño y rápidamente bajó la vista.

Hincó la rodilla ante el nuevo rey de Castilla y Aragón.

Sobretodo los borgoñeses le miraban preguntándose quien era. En seguida obtendrían la respuesta.

— Me presento ante vos, majestad. Soy Fernando de Habsburgo, infante de España. Soy vuestro hermano.

Leonor desmontó ayudada por un cortesano y se acercó a Fernando titubeante para ayudarle a incorporarse.

Carlos se quedó paralizado durante un momento.

Su único hermano varón estaba ahí ante él, pero no era cariño lo que veía en la mirada de aquel muchacho , sino resentimiento. Tal vez fuese duda o temor.

Leonor le abrazó y Fernando le devolvió un abrazo frío.

— Ella es tu hermana Leonor — dijo finalmente Carlos.

— Lo he supuesto majestad — respondió Fernando con un aire gélido.

— Hay un monasterio franciscano cerca de aquí, en Abrojo.

Pasaremos noche ahí para preparar nuestra entrada a Valladolid.

Me gustaría hermano que pasarais la noche con nosotros y que entrásemos juntos en la ciudad.

Sin duda vos conocéis este reino y sus costumbres mucho mejor que yo.

Cabalgad a mi lado y contadme sobre vos, sobre lo que convengáis.

— Sin duda es una excelente idea — intervino Adriano que fue testigo privilegiado del encuentro y quiso romper el silencio pronunciado de Fernando.

Aquel ofrecimiento agarró por sorpresa a Fernando.

El joven infante no emitió palabra alguna, solo asintió y montó en su caballo.

Su comitiva se unió a la del rey y enseguida empezaron a avanzar, uno junto al otro, auditados por Adriano que iba un paso por detrás.

Pasó un buen cuarto de hora sin que ninguno de los dos emitiera sonido alguno.

Solo los cascos de los caballos impedían tornar aquel silencio en sepulcral.

Carlos no sabía como dirigirse a su hermano.

Lo único que sabía era que muchos los que le apoyaban, muchas voces las que le guiaban y que algunas de esas voces habían empezado a conspirar para qué Fernando se alzara como rey de Castilla.

Por suerte Adriano había estado ahí para amortiguar los ánimos de Fernando y silenciar a aquellos que pretendiesen levantarse en armas.

No sabía hasta que punto su hermano estaba familiarizado con dicha conjura.

Solo sabía que en caso de que decidiera reclamar el trono para sí, muchos aragoneses y castellanos se unirían a él.

El se había criado en la corte de Fernando el católico.

Era más castellano que flamenco y por ello del gusto de muchos a los que no le agrada la llegada de un extranjero como nuevo rey.

— Habéis demorado en demasía vuestro viaje —dijo finalmente Fernando —.

Habéis hecho esperar al pobre Cisneros hasta el mismo día de su muerte.

Dicen que el cardenal debió haber muerto antes, no podía ni siquiera firmar sus cartas.

Quién le tomaba la mano decía que aquellas manos eran heladas como las de un cadáver.

Aguantó en su agonía por veros incluso más allá de lo que le permitieron sus fuerzas, hasta que no pudo vencer un solo día más y la muerte hizo su oficio.

— Tuvimos contratiempos en el viaje — respondió Carlos.

— Tuvisteis más de un año tras la muerte de nuestro señor abuelo para presentaros en Castilla.

Carlos tensó sus músculos. Estaba contrariado, no hubiera jamás esperado tal desaire y contundencia por parte de su hermano pequeño al que acababa de conocer.

— Vuestras palabras son ásperas para el recibimiento de un hermano que no conocíais.

—Así somos en las Españas, ya os acostumbraréis. Si hubieseis conocido a nuestro abuelo Fernando, sabríais bien que castellanos y aragoneses solemos ir de frente y sin rodeos. Tal vez vuestros aires flamencos me hayan hecho olvidar por un momento que sois mi hermano.

—Será eso, que habéis olvidado que sois mi hermano.

Pero no olvidéis que soy vuestro rey.— Carlos trataba de templar su nervio.

Su hermano no reaccionó ante su advertencia y permanecía con aquella misma actitud osca.

No quería encolerizarse en aquel primer encuentro con Fernando —.

Os voy a decir lo que vamos a hacer. Hoy mismo en nuestra parada en el monasterio os voy a nombrar caballero de la Orden del Toisón de Oro como gesto de buena voluntad.

Mañana llegaremos a Valladolid y entraremos juntos a la ciudad.

En cuanto a aquellos que envenenan vuestra mente y puedan malmeter entre nosotros, los iré apartando uno a uno, por vuestro bien y el mío.

No es solo mi voluntad no enfrentarme a vos, sino también que es voluntad de nuestra madre.

Fernando borró el ceño marcado que había permanecido sobre sus ojos desde su encuentro con Carlos.

— ¿Habéis visto a nuestra madre? ¿Cómo está?

— ¿Cuánto hace que no la veis? — preguntó Carlos.

— No lo recuerdo. Me dijeron que estaba incapacitada para verme.

— A mí también me dijeron lo mismo — respondió Carlos.