Carlos V. Trilogía Completa 32. Los brazos de una madre #2
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32. Los brazos de una madre #2

El señor de Chièvres se quedó a solas en el patio con la reina Juana.

La mujer aún estaba asimilando lo sucedido ¿Era un sueño?

¿Era realidad? Juana quiso pellizcarse pero al final se detuvo, no quería emborronar la sonrisa que había dejado tendida en su boca, ni tampoco aquella sensación llamada alegría, la cual había olvidado.

— Majestad — empezó a decir el señor de Chièvres —.

No quisiera parecer pretencioso, pero la realidad es que el tiempo apremia.

— La reina Juana borró todo atisbo de felicidad y le dirigió una fulminante mirada —.

Veréis majestad. Sería bueno que por vuestra parte dejaseis claro vuestra posición con respecto a vuestro hijo.

— ¿A qué os referís? Hablad claro, sin aspavientos ni rodeos si no queréis acabar con mi paciencia.

El señor de Chièvres tragó saliva, no se esperaba tal contundencia por parte de aquella reina.más lúcida que loca.

— Veréis majestad. Seguís siendo la reina de Castilla. Hasta ahora han reinado en vuestro nombre otros: vuestro propio padre y después el cardenal Cisneros. Había pensado que por el bien de la gobernabilidad del reino, sería bueno que le cedierais todos vuestros derechos, tal vez la abdicación…

— ¿Ha eso habéis venido? ¿Ha sugerir que abdique? — Juana hablaba con una voz áspera que era capaz de cortar el aire a su interlocutor.

— Pienso que sería una buena manera de legitimar a vuestro propio hijo. Muchos creen que Fernando, al ser criado por vuestro padre y no en una corte extranjera, tiene más derecho sobre el trono.

Juana dio dos pasos y se enfrentó al señor de Chièvres, siendo todo lo reina que a pesar de su cautiverio.

— Me han tratado de loca. Me han privado de mi libertad.

Me lo han arrebatado todo y ahora vos venís aquí a pedirme que renuncie a mi título, la única dignidad que me queda.

— Juana levantó el dedo índice de manera autoritaria —.

Fernando es tan hijo mío cómo Carlos. Las Cortes sabrán bien a quien rendir cuentas.

— Y… ¿Os arriesgaríais a que el reino se vea envuelto en una guerra civil entre hermanos?¿Entre vuestros dos hijos?

— No temáis. Mientras yo sea reina no permitiré guerra alguna.

Pero si me decís que mi hijo no ha venido a ver a su madre, sino a resolver asuntos de la corona se puede volver por donde ha venido.

— Juana se dio cuenta al tiempo del grosor de sus palabras y reculó tranquilizándose —.

Espero que esta noche no se hable de política.

La velada pasó en una cena que aunque fría al principio por la actitud de una reina herida, finalmente transitó hacia la cordialidad.

Fue una amena charla distendida entre aquellos lazos de sangre que el paso de los años convirtió en poco más que unos desconocidos.

No, no se habló de temas sucesorios, se rememoraron recuerdos que los hijos tenían vagos o inexistentes, pero que la reina atesoraba como momentos de una época feliz.

. El señor de Chièvres guardaba silencio en la mesa, era testigo de aquel reencuentro, y tuvo la inteligencia de no estropearlo hablando de política.

Tras la cena siguió la charla frente al fuego de la chimenea acompañando aquel momento único, del olor de la leña ardiendo, del calor que da cobijo y de la placentera sensación de pensar por unos momentos de que no existe nada más en el mundo.

Así estuvieron juntos hasta horas intempestivas donde les venció el sueño.

Antes de irse a dormir y tras haber vencido la primera capa de frialdad, Carlos tenía una pregunta que hacerle a su madre.

— ¿Dónde está padre?

— Le sigo velando todos los días — respondió Juana —. Está depositado en este convento.

Sin decir una palabra más, Juana empezó a caminar. Carlos la observaba, la reina se volvió y esperó a que su hijo la siguiera.

Anduvieron en silencio por los lúgubres pasillos durante no más que un par de minutos hasta llegar a una sala aún más oscura. Juana tomó una antorcha e iluminó a su paso la habitación. En un altar reposaba un sarcófago sellado. Juana se arrodilló frente a la fría piedra y puso su mano sobre ella.

— Ni un solo día le he dejado solo. Desde entonces llevo el luto como una fiel esposa.

«¿Es esta la locura de su madre?» se preguntó Carlos. El rey imitó a Juana y se arrodilló ante el sarcófago. Miró a su alrededor, la techumbre y las paredes desnudas de ornamento.

— Este no es un digno lugar de reposo para mí padre. En cuanto pueda me lo llevaré de aquí.

— ¿Lo harás?

Carlos asintió y la reina le miró con orgullo.

— Serás un buen rey. De eso no me cabe duda.

— La reina adquirió un tono circunspecto —.

No sé cuáles son tus intenciones al venir a verme, hijo.

Si realmente añorabas a tu madre o tratar de convencerme de que abdicara de todos mis títulos.

— A Carlos aquellas palabras le agarraron por sorpresa —.

Como hija de los Reyes Católicos y su legitima sucesora, seguiré siendo la reina de Castilla hasta el día de mi muerte.

Tú gobernarás en nombre de los dos, pero no renunciaré a mi título.

— Madre… — Carlos balbuceaba —. Yo no pretendía…

Juana levantó su dedo índice y los puso sobre los labios de su hijo, haciendo que Carlos no articulara más palabra.

— Es tarde. Ha sido un día de intensas emociones. Vayamos a descansar.

Al día siguiente, a las puertas del monasterio, llegó el final de aquel efímero encuentro y con ello las despedidas.

Fue el día más radiante desde que los dos hermanos pisaron las tierras de Castilla.

Leonor se fundió en un largo abrazo, primero con su madre y después con Catalina que llevaba consigo un aura de tristeza. Carlos también hizo lo propio.

— ¿Volverás a visitarme, hijo?

— Siempre que tenga un momento de paz, será este el primer lugar al que acudiré.

Catalina se agarró a la pierna de su hermano.

— Llévame contigo… — La niña se corrigió para hacer su súplica más solemne — Mi rey . Vivo Aquí desde que nací. Encerrada. Llevadme con vos.

Carlos miró al señor de Chièvres y este hizo un movimiento sutil negando con la cabeza. Juana trató de llevarse a sus brazos a la niña. Pero esta se revolvía.

— ¡Es suficiente Catalina! — dijo Juana.

— ¡No quiero vivir toda mi vida aquí! — Y Catalina, entre llantos, regresó a la pierna de Carlos.

Carlos se inclinó hacia la pequeña y posó sus manos sobre sus hombros. Catalina se calmó

— Algún día regresaré a por ti.

— ¿Me lo prometes? — preguntó la niña sorbiendo la nariz.

— Te lo prometo.

Tras la despedida era el momento de retomar el camino hacia Valladolid.

Carlos lo hizo con energías renovadas y con el espíritu reconfortado.

Leonor desanimada ya que la incertidumbre sobre su futuro persistía y Guillermo de Croy, Señor de Chièvres, con muchas preguntas sobre en qué estado iba a encontrar los ánimos en torno al trono.

Pero una de sus dudas se despejó en cuanto un jinete salió al encuentro del rey y su séquito en medio del camino. El señor de Chièvres, al desmontar de su caballo y acercarse al mensajero, fue el primero en recibir el mensaje.

Carlos veía como Chièvres asentía, se mostraba sorprendido para después clavar sus ojos en el suelo. El consejero se acercó al rey.

— Majestad. No debemos demorarnos más. El cardenal Cisneros, ha muerto.