Carlos V. Trilogía Completa 32. Los brazos de una madre
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32. Los brazos de una madre

Los brazos de una madre

Para el señor de Chièvres, aquel no había sido la idílica llegada que hubiera soñado.

De hecho, se había acomodado en Flandes.

Las circunstancias le obligaron a cambiar de planes, debido a la perdida de confianza que había sufrido por parte del mismo emperador Maximiliano.

No obstante había eliminado a Federico de Baviera, el rey se había distanciado de su hermana Leonor y el señor de Nassau se había quedado en tierra para defender los intereses de su rey en los países bajos.

Volvía a ser él, la única voz que escucharía Carlos y el muchacho ya empezaba a ceder a la voluntad de su viejo consejero.

“Os agradezco Guillermo vuestra sinceridad. No he sido justo con vos” En más se una ocasión durante ese viaje, Carlos le había dedicado esas palabras al señor de Chièvres.

El señor de Chièvres cabalgaba junto a su sobrino, que ya contaba con veinte años. Estaba fatigado por el viaje. Pero ya estaban llegando a la planicie, dejando así atrás Los verdes montes del norte.

— Supongo que ahora el camino hasta Valladolid no será tan pesado — dijo Guillermo de Croy sobrino.

— No vamos a Valladolid — respondió con rotundidad el tío —. Aún no.

— No comprendo.

— El Cardenal Cisneros está enfermo y muy anciano, es cuestión de días que le venza el tiempo.

Por cartas ha insistido en entrevistarse con nuestro rey.

No sabemos cuáles son las palabras que le quiere trasmitir a Carlos.

Por prudencia es mejor esperar que la fría mano de la muerte se pose sobre ese cardenal e ir ya cuando el camino esté despejado.

— El señor de Chièvres miró a su sobrino con intensidad —.

Para ti sobrino será el arzobispado de Toledo que ostenta Cisneros.

El más rico de Castilla y que predomina sobre las demás diócesis.

El sobrino sonreía para así mismo. Pasó su lengua por sus labios. Ya saboreaba el poder que iba a atesorar. Pero de pronto cambió el gesto al caer en un detalle que a su tío se le habría podido haber pasado por alto.

— Tengo entendido que Isabel la católica prohibió la obtención de oficios a extranjeros.

— Te olvidas de algo sobrino. Carlos es rey y puede hacer y deshacer lo que crea conveniente. Haré que te naturalice como castellano.

— No creo que los súbditos castellanos apoyen dicha decisión. —El sobrino mostraba su preocupación en el rostro.

— Bueno. Eso ya será un problema que tendrá que solventar el rey por su cuenta.

Sobrino y tío se miraban satisfechos, pero el sobrino volvió su mirada unos pasos más adelante donde se encontraba Carlos encabezando la marcha. Parecía debilitado. Sintió lástima por un momento, pero por otro lado pensó que los problemas que le pusiera ocasionar a su rey eran una minucia.

— ¿Y hacia donde nos dirigimos, tío?

— Verás… no me ha llevado mucho tiempo convencer al rey para dirigirnos a Tordesillas. Carlos lo ha tenido a bien y Leonor también. No es para menos. Llevan once años sin verla.

El sol de Castilla se hacía notar a pesar de acercarse el invierno.

Aquel era un clima bien distinto al de los Países Bajos.

Un paisaje diferente, donde predominaban los campos abiertos que parecían hechos de bronce y oro.

Carlos se había distanciado de sus séquito, cabalgaba junto al señor de Chièvres y Leonor.

No tardaron mucho en visualizar el palacio de Tordesillas que se elevaba sobre el resto de la villa con unos bastos muros que le daban un aspecto de fortaleza, pero decorado en toda su extensión con exquisitos detalles mudéjares, que le alejaban de la apariencia de ser una prisión, no era para menos ya que su interior estaba destinado a albergar a toda una soberana.

Era aquel sin duda el presidio digno de una reina.

Pasaron por delante del palacio y siguieron avanzando para llegar a una morada más humilde, el monasterio de Santa Clara.

Pasaron los arcos de la entrada y fueron a parar a un patio ornamentado con arbustos y cipreses.

El verde y el blanco en las paredes, otorgaban paz en aquel lugar de retiro.

A penas transitaba una sola alma. Los pasillos de la segunda planta que se vislumbraban a través de los arcos que asomaban en el patio se veían vacíos.

Solo el sonido de los pájaros y de la brisa agitando las hojas caídas de los árboles, rompían el silencio.

— Si me permitís majestad, iré a ver si ya está lista — anunció Cisneros.

Carlos asintió y permaneció esperando en aquel patio vacío junto a Leonor, entre ellos aún imperaba un silencio incómodo que ninguno de los dos estaba dispuesto a quebrar. Ni siquiera en aquel momento donde los pensamientos se arremolinaban y los nervios se enmarañaban en el estómago.

— Buenas tardes.

Una voz infantil les sorprendió. Era una niña , vestía de negro, demasiado joven para haber adquirido el hábito.

Sus cabellos eran oscuros, su piel blanca y sus labios rosados, A pesar de los pocos años con los que contaba la muchacha, poseía una mirada penetrante y curiosa impropia de una doncella de tan corta edad.

Parecía gozar de cierto descaro. Aquella niña correteaba en el monasterio como si nada y se dirigía al rey con muy poco modales.

Tal vez, no sabía a quien estaba hablando.

A pesar de sus humildes ropas, su espontaneidad no le hacían ver como una plebeya acostumbrada a arrodillarse ante los señores que se encontrase a su paso.

— Buenas tardes. — El rey sonrió por primera vez en muchos días, debido al descaro que presentaba aquella niña.

Leonor se acercó y se arrodilló ante la niña.

— ¿Quién eres? No sé si deberías estar aquí.

— Tampoco yo sé si deberíais estar — repuso desenfadada la pequeña.

Unos pasos que retumbaron en todo el patio hicieron que los hermanos dejarán de prestar atención a aquella extraña pequeña.

El momento había llegado. Primero emergió de entre los arcos el cardenal Cisneros, con un aire solemne se detuvo.

Tras él se escucharon otros pasos, sonaban decididos, marcaban el tiempo de aquellos a los que se les debe esperar. Eran los pasos de una reina.

A Carlos se le erizó la piel. Una chispa le recorría de los pies hasta la nuca y lo mismo le sucedió a Leonor.

La reina Juana vestía de negro. Pero no era la misma a la que recordaban vagamente Los pliegues en su piel empezaban a asomar a la superficie, más acentuados aún debido a las penas y pérdidas sufridas.

Su cabello había empezado a clarear y su mirada era triste, más incluso de lo que recordaban en los lejanos pasajes de la infancia que acostumbrar a teñir la realidad con filtros más alegres.

Juana miró un momento a sus hijos, contempló a una hermosa joven que estaba derramando unas lágrimas incontenibles y a un joven alto y de cuerpo esbelto que se llevaba una mano a la boca y que contenía su emoción. Juana se dirigió a Chièvres.

— ¿Quiénes… quienes son? —. Y Juana miró de nuevo a sus hijos y a la pequeña niña —. ¿Tú los conoces, Catalina?

— No, madre — respondió la pequeña, provocando que Leonor y Carlos la observaran conmocionados. Era Efectivamente, su hermana más pequeña, a la que jamás habían conocido.

Juana miró una vez más a Carlos, lo hizo detenidamente y entonces entreabrió boca y bajó aún más los ojos. Carlos se acercó despacio a Juana, se arrodilló ante ella, tomó su mano y la besó.

— Tú… ¿Carlos? E… eres tú. — La mano de la reina empezó a temblar a medida que la acercaba al rostro de Carlos —. ¿Le… Leonor? No, no puede ser ¿De verdad sois vosotros? ¿Cómo habéis crecido tanto en tan poco tiempo?

— Majestad — intervino el señor de Chièvres. Ya han pasado once años. Cuando marchó de Flandes, mi señor tenía seis años y ahora tiene diecisiete. La princesa Leonor que en aquel entonces contaba con ocho años, ahora tiene diecinueve.

Y la reina Juana dejó que sus lágrimas rebasaran sus mejillas como dos estrellas fugaces.

Besó la cabeza de su hijo, entonces Carlos sintió el calor de los labios de una madre.

Se acercó a Leonor y la abrazó, y la princesa sintió el resguardo de su progenitora.

Catalina contemplaba la escena desconcertada, con su cabeza llena de dudas.

— Acércate a conocer a tus hermanos — dijo Juana extendiendo su mano y la pequeña se unió conmocionada.

Los cuatro formaron un coro en medio de aquel patio. El señor de Chièvres contemplaba la escena, no conmovido, sino más bien satisfecho. De nuevo había orquestado una escena que a bien seguro hacía que se ganara aún más el afecto de su rey.

Al principio no las tenía todas consigo.

Cuando llegaron fue el primero en solicitar audiencia con la reina Juana, quería tantear y ver cómo reaccionaba ante el recuerdo de sus hijos.

Lo cierto es que no esperaba encontrársela en sus cabales, por todo aquello que había escuchado sobre ella, pero sí, aquella mujer a la que habían tomado por loca, parecía en pleno uso de sus facultades.

Precisamente por ello fue más sencillo parlamentar con ella, pero por otro lado, su segundo objetivo, parecía requerir de algo más de tacto por su parte para que esté fuese llevado a buen termino.

— Once años ya — repetía Juana —. De verdad que no me puedo creer que estéis aquí. Supongo que estaréis cansados por el viaje. Habrá sido largo y duro. Por favor, acomodaros en vuestros aposentos y esta noche cenaremos juntos.

Mientras que Carlos y Leonor se despedían de su madre, Catalina percibió un brillo que jamás había visto en su madre.

Por su parte Carlos se sentía confuso: durante toda su vida le habían dicho que su madre había perdido el juicio.

Esperaba encontrarse a una mujer ida, sin ninguna noción de la realidad.

Pero no, encontró los brazos de una madre.

Catalina se dispuso a acompañar a Leonor. Tenían mucho que contarse.