31. Borgoñeses por castellanos
Borgoñeses por castellanos
— El borgoñés ya ha llegado. Ha desembarcado con todo su séquito en el norte — así se refería Juan Bravo al nuevo rey de España.
Juan Bravo tenía una mirada decidida que acompañaba con un prominente bigote y un cabello castaño que dejaba caer sobre sus orejas.
Había acudido a la casa de Juan de Padilla quién estaba casado con María Pacheco, prima de Juan.
Cómo Padilla, Juan Bravo descendía de la baja nobleza Castellana, a diferencia de su prima María, perteneciente a la influyente casa Mendoza.
Estaban manteniendo aquella conversación en torno a una mesa, acompañando la charla con pan, queso y vino y con el cobijo que ofrece el calor de un hogar encendido.
El pretexto de la visita de Bravo, junto a su esposa Catalina, fue darle el pésame por la reciente muerte del pequeño Pedro, el único hijo que Padilla y María concibieron y quién apenas había empezado a vivir.
— Si nuestra posición era precaria ahora lo será aún más — continuó Bravo — ¿A quien crees que le otorgará honores ese nuevo rey extranjero? ¿Crees que se acordará de los castellanos?
— No debemos precipitarnos — atajó Padilla.
Padilla tenía el cabello corto y una espesa barba que cubría su boca, lo que hacía difícil identificar sus emociones, si reía o se irritaba se lo guardaba para él.
Además su mirada era la de alguien siempre cabildante.
Su aspecto escuálido le hacían ver como un hombre alejado de la guerra, ello podría inducir al engaño a aquellos que osaran infravalorarlo por una primera impresión.
— No debemos tomarnos el asunto de este nuevo rey a la ligera — insistió Bravo —. Tienes buena oratoria, a ti los hombres te respetan, te escucharían, te seguirían.
—¿Seguirme a donde?
María Pacheco se levantó y posó sus manos sobre los hombros de Padilla que permaneció sentado y pensativo.
La mujer tenía una belleza singular y una mirada picara bajo unas cejas pronunciadas.
Tenía una espesa cabellera, unas piernas fuertes por las largas tardes en las que acostumbraba a montar a caballo y unos labios generosos con los que colmaba de besos a su esposo cada noche.
Padilla se llevó su mano al hombro, para acariciar la piel de su mujer.
Se desprendía en ellos algo atípico de los matrimonios entre miembros de su misma clase social y es que su compromiso había sido más por amor que por conveniencia.
El padre de María Pacheco, Iñigo López de Mendoza, jamás aprobó el enlace, de hecho María había renunciado a la herencia de su familia por casarse con un hidalgo de posición inferior a la suya.
María no tenía intención de iniciar pleito alguno por reclamar su parte de la herencia, le bastaba con una pequeña dote, vivir su romance y renunciar a su apellido paterno para adoptar el de su madre.
— Mi primo tiene razón — espetó María. Muchos se verán perjudicados por la llegada de los borgoñeses y muchos serían los que te seguirían.
— No es el momento — sentenció Padilla —.
Mi padre va a renunciar a la capitanía general del reino y pedirá que yo le suceda en el cargo como ya hizo con la regiduría de Toledo.
Mientras me asiento en la capitanía dejaremos que ese nuevo rey extranjero cometa sus errores, si es que los comete.
Dejaremos que sea las propia gente de Castilla la que se de cuenta del agravio que se comete contra ellos en caso de que así sea.
Los hechos convencen más que las palabras.
Por el momento no quisiera que me acusaran de conspirador ni de traidor.
Al fin y al cabo, no soy nada más que un hombre ante el poder absoluto del rey de muchos reinos.
— María besó su mejilla y Padilla suspiró, como siempre lo hacía, al sentir el calor de sus labios. Aquella tarde su esposa solo lo instigaría una vez más.
— Un solo hombre portando una antorcha puede incendiar la montaña más alta.