Carlos V. Trilogía Completa 30. Las noventa y cinco tesis
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30. Las noventa y cinco tesis

Las noventa y cinco tesis

— ¿Pero qué está haciendo?

— No… no lo sé. Parece poseído.

Cada vez más y más curiosos se arremolinaban en torno al padre Martín Lutero.

Con su mano en alto y sosteniendo un martillo, golpeaba el clavo que atravesaba la parte superior de las hojas que contenían las palabras del propio Martín.

Lutero no hacía caso a los comentarios que se producían a su espalda e iban dirigidos a su persona.

Algunos tenían curiosidad, otros lo trataban por loco y no pocos le empezaban a ver como un hereje, sobretodo cuando afeaba las prácticas que acostumbraba a acometer la iglesia.

Pero el padre Lutero les ignoraba, él seguía concentrado martilleando, clavando él mismo lo que había escrito, con su hábito negro, propio de los monjes agustinos.

Él hacia como nadie, el trabajo que la hubiese podido encomendar a cualquier otro.

Lo quería hacer él mismo, porque el peso de sus palabras podrían haber sido una pesada carga para cualquier otra espalda.

Lutero acababa de clavar su última hoja, bajó el brazo con el que sostenía su martillo y dio un paso atrás para contemplar su obra.

En ese instante que se tomó podría haberse arrepentido y arrancar todas aquellas hojas que colgaban del portón principal de la iglesia, de esa manera hubiera evitado el ciclón que sería capaz de tambalear al mismo Santo Padre de Roma sentado en el trono de San Pedro.

Pero no, respiró hondo y se echó a un lado para que los primeros curiosos leyesen sus noventa y cinco tesis.

Las hojas cubrían el portón de la iglesia, estaban al alcance de todos los ojos que estuvieran dispuestos a acercarse. Lutero miraba las reacciones de todos aquellos que empezaban a leer su verdad.

— Pa… padre ¿Qué es esto?

— Sí… ¿Qué es?

Lutero se acercó a los escritos clavados en la puerta. Extendió su mano y las señaló con el martillo, antojándose un juez acusando al reo.

— Nada más y nada menos que una lista. Es una lista de los noventa y cinco puntos que propongo para establecer un debate con quien esté en disposición de hacerlo. Nos estamos desviando de las auténticas enseñanzas de Cristo.

— ¿Qué queréis decir, padre Lutero? — preguntó otro curioso.

Lutero se alejó de sus escritos y se introdujo entre la muchedumbre, abriendo un círculo a su alrededor. Todos aguardaban sus palabras entre murmullos.

— Quiero decir que no se puede comerciar con el perdón. Un sacerdote no puede expiar nuestros pecados. Ni siquiera puede el más alto ministro de Dios.

— ¿Se debe referir al santo pontífice? — se escuchó decir a alguien.

— No… no se puede comerciar el perdón, hermanos.

El perdón debe venir desde el arrepentimiento espiritual interno y no de las palabras falsas que van dirigidas al sacerdote que concede la indulgencia.

Lo único que hacen los sacerdotes concediendo sus indulgencias es crear a más pecadores ingenuos que creen que con un pago sus pecados temporales serán perdonados.

¡No y no! No basta el pago hermanos. Por desgracia y con esa creencia, muchos serán condenados al martirio eterno y todo por ignorar las sagradas escrituras.

Lutero se abrió paso y abandonó atrás a decenas que acabaron siendo cientos.

Discutían, debatían sobre esas tesis y sobre las palabras que Lutero había lanzado.

No pocos estaban a favor de la reflexión que Lutero acababa de lanzar, otros seguían pensando que era un hereje o el mismísimo anticristo profetizado por San Juan en su libro de las revelaciones.

Lutero no se quedó a intercambiar más impresiones , había mucho por hacer.

Dejó la chispa en medio de aquella plaza que daba al palacio de Wittenberg, pero el incendio que se debía extender primero por Alemania y después por Europa aún no había empezado.

Halle (Alemania) residencia del arzobispo elector de Maguncia.

En su despacho, el arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, estaba releyendo incrédulo, una a una las palabras de la carta que había recibido: eran las noventa y cinco tesis de Lutero.

La carta contenía unas palabras que indirectamente le señalaban a él, ya que además de ostentar el cargo episcopal, era un príncipe elector.

La acumulación de cargos le obligaba a pagar al Papa una suma de 24.

000 ducados. Para realizar el pago, el mismo Papa le autorizó a vender indulgencias en su territorio.

Sí, sin duda le señalaba a él. Apretó los dientes, arrugó los papeles y los echó a la chimenea.

Quería pensar que con el fuego aquellas palabras se quemarían convirtiéndose en cenizas que acabarían olvidadas.

Pero las cenizas también se pueden esparcir a los cuatro vientos.

Palacio de Santa María la Mayor (Roma) Unos días después.

Hacía ya muchos siglos que Roma había dejado de ser el centro del mundo.

Aún así, el poder de antaño aún se veía reflejado en sus calles y edificios.

Tal era dicho poder, que todos los reyes de la cristiandad respetaban la palabra del Papa de Roma.

De hecho, la excomunión a cualquier hombre por parte del pontífice, podría suponer la perdición de cualquiera, por muy poderoso que fuera.

En la plaza donde se situaba la basílica, el rojo cardenalicio prevalecía sobre la piedra.

Los grandes capetos cubrían los rostros de los que ahí transitaban, evitando que el pontífice los identificara desde las alturas.

La basílica era propia de su posición, se alzaba hacia el cielo orgullosa, siendo el lugar digno para albergar al representante de Dios en la tierra.

No era la casa de un carpintero, pero si la residencia de alguien poderoso, reflejado en el mármol del exterior y el dorado en el interior.

En una de las suntuosas estancias, el legado Aleandro informaba a León X, el santo pontífice.

León X había nacido como Giovanni di Lorenzo, pertenecía a familia de los Medici, una de las más poderosas de la península Itálica y que habían visto florecer su poder en Florencia.

Era enérgico, contaba con cuarenta y cinco años y llevaba al frente de la iglesia cinco años.

Era graso, de ojos pequeños. Su cabeza estaba despejada de cabello alguno.

— Santo Padre, han llegado noticias desde Alemania. Esas doctrinas de ese sacerdote se están extendiendo. Muchas iglesias amanecen con esos escritos en sus puertas.

— Ya pasará, ya pasará — se convencía el Papa serenado —, ese Lutero no es más que un borracho alemán. No te preocupes, cuando esté sobrio se le pasará.

El Papa no sabía cuan equivocado estaba.