Carlos V. Trilogía Completa 29. El poder de Barbarroja
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29. El poder de Barbarroja

El poder de Barbarroja

Sancho había sido testigo de primera mano de la fuerza de Barbarroja.

Permanecía siempre cerca de su captor. De hecho a los ojos de aquellos que no le conocieran, con su cabello largo, su barba recortada y su túnica de telas caras, podría haberse hecho pasar por un sarraceno más, tal vez un notable, alguien de prestigio.

Aruj trató, en más de una ocasión, acercarse a él, Sancho no entendía aquella obsesión que su enemigo tenía por conocerle más, tampoco lo entendía Hassan, que seguía desconfiando del prisionero al que Aruj trataba como un invitado.

Aunque apenas comiera, compartía mesa con Aruj y Hassan.

Aquel cristianofue espectador en primera línea, de las hazañas de aquel corsario.

Los gobernantes de las ciudades vecinas temían a Baba Aruj y con razón lo hacían.

El primero que vio la ambición de Mano de Plata fue el gobernador de Tenés, al suroeste de Argel.

Temeroso, convenció a otros pequeños reinos del peligro que suponía Aruj y reunió un gran ejército de diez mil hombres repartidos entre caballería e infantería.

Sin duda aquel ejército hubiese causado el temor de cualquier enemigo en un tiempo no tan lejano.

Antes de que aquel gran ejército llegase a Argel. Aruj les salió al encuentro con tan solo mil quinientos arcabuceros. Sancho fue testigo de cómo un ejército que superaba casi en diez hombres a uno a su enemigo, sufría la más desastrosa de las derrotas.

El sol abrasador y los proyectiles que como lenguas de fuego salía de las bocas de los arcabuces, convirtieron un buen día en un infierno.

Los caballos de los enemigos caían sobre sus patas traseras aplastando a sus jinetes.

Algunos de los equinos emprendían la huida arrastrando a aquellos que los montaban, quienes habían tenido la desgracia de dejar enganchados sus pies a los estribos, sufrían una dolorosa agonía antes de ser ensartados por las espadas sedientas de sangre.

En cuanto a la infantería de aquel ejército confederado y unido contra Aruj, poco o nada podría hacer. Ellos blandían acero y Aruj portaba el fuego que les masacraría.

Lejos de retirarse y sin apenas bajas, avanzó a Tenés.

Nadie la defendía ya, solo los ciudadanos, que conocedores de sus hazañas lo aceptaron como su nuevo sultán.

Sabían que tenía una mano de plata por la que brotaba riqueza para sus amigos y un brazo de hierro que impartía el más cruel de los castigos a sus enemigos.

Tantos eran los que lo temían como los que le estimaban.

Y Sancho de nuevo fue testigo, como lo fue en Argel y como lo fue en Tenés, de como Aruj y su ejército avanzaban más al suroeste, sin dilación sobre Tremecén.

Como de nuevo Aruj y sus armas de fuego derrotaban un ejército que superaba en número ampliamente al del corsario y como de nuevo entraba a una nueva ciudad, victorioso, celebrando su triunfo, desfilando por las calles de la ciudad montado en su caballo, como lo harían los antiguos reyes del pasado y portando como estandarte una pica por la que la sangre resbalaba hasta empapar su mano de plata.

En el otro extremo de la pica y mostrándola con orgullo a sus nuevo súbditos, estaba clavada la cabeza del antiguo gobernante de la ciudad: con la mirada perdida, capturando en su mueca los últimos horribles momentos de su vida.

Aruj era aclamado durante el desfile que encabezó junto a sus tropas.

A pocos metros, Sancho marchaba a pie junto a Hassan .

El corsario se regocijaba por los cánticos de sus partidarios en aquella ciudad dividida; algunos lo apoyaban y muchos otros callaban por temor.

Aún así, el grito en el cielo de los que repetían el nombre de Baba Aruj, se elevaba sobre el cielo de Tremecén, acallando el silencio de los temerosos e hinchando de orgullo el pecho de Aruj.

— Para la gente de aquí ahora es un padre — dijo Hassan sorprendiendo a Sancho, debido a que ese hombre que hablaba su misma lengua, nunca se dirigía a él.

— ¿Un padre? Lo temen — respondió Sancho sin temer la reprimenda de Hassan.

Pero Hassan no se mostró molesto, seguía con sus ojos fijos en la espalda de Aruj.

Parecía sentirse orgulloso de Aruj, de cómo él mismo, sin pertenecer a un buen linaje o haber nacido en buena cuna, se había convertido en sultán de una gran región.

Y él, un niño abandonado, a los cuidados de un campesino que le maltrataba, era uno de sus hombres de confianza.

— A un padre se le puede tener y amar a partes iguales — concluyó Hassan.

Orán. Al este de Argel.

Entre el mar de un intenso azul y las grandes montañas que a los atardeceres adquirían un intenso tono rojizo, Orán permanecía inquieta.

Las noticias del oeste llegaban y eran preocupantes.

Desde su despacho, el gobernador, Diego Fernández de Córdoba, marqués de Comares, recibía la noticia, por parte de su primer oficial, Ernesto Trujillo: Tremecén había caído..

Trujillo era un joven de facciones suaves y cabellera clara que admiraba a su gobernador.

No era para menos, de hecho, Diego Fernández de Córdoba le había servido de inspiración.

El gobernador era un militar curtido, había pasado ya la barrera de los cincuenta años, prueba de ello eran su barba nevada por los inviernos pasados, aunque aún conservaba sus espesas cejas negras sobre unos ojos de un negro intenso.

Había visto y participado en la reconquista cristiana, desde Granada, Málaga, Bugía hasta Orán.

Ganó el favor del rey católico Fernando, gracias a su participación en la conquista de Navarra bajo las órdenes del duque de Alba.

Pero siempre era admirado por los suyos, por haber plantado la cruz cristiana al otro lado del mar.

No era solo el legado de los reyes católicos el que estaba en juego, sino también el suyo propio.

— Ese Barbarroja ha llegado en el peor momento para nuestra corona. Ese nuevo rey que debe llegar a España, desconoce la magnitud del problema. — El veterano militar paseaba de un lado a otro del despacho con las manos cruzadas en su espalda, como si estuviera pensando en voz alta.

— Podéis enviar una carta pidiendo ayuda mi señor.

El marqués de Comares reaccionó en seguida, moviendo la cabeza repetidamente y negando, ante la sugerencia de Trujillo.

— No, no. Eso sería subestimar de nuevo a ese demonio, como hizo ese necio de Diego de Vera cuando se dispuso a atacar Argel.

No quiero que me pase lo mismo: huir con deshonra y con el rabo entre las piernas.

Debemos insistir en que la eliminación de ese malnacido de Barbarroja es esencial para garantizar nuestra posición en estas tierras.

— Diego Fernández de Córdoba parecía masticar sus palabras antes de escupirlas —.

Debo ir yo, Trujillo. Marcharé a recibirlo y yo convenceré a nuestro puberto nuevo rey que debe usar todos los recursos que tenga a su alcance para atajar este problema.

Debe hacerse así. En este nuevo mundo, debemos gobernar las costas a ambos lados del mar si queremos dominarlo.

A Trujillo le recorría la duda, algo que el marqués de Comares percibió.

— ¿Qué te ocurre?

— No es nada mi señor. Solo pensaba en los infortunios que padeció Diego de Vera cuando marchó a reconquistar Argel. Esa derrota que sufrió… Sin duda ese Barbarroja es astuto. Sí, de ello no cabe duda, pero…

— Habla sin rodeos Trujillo. Ya sabes que no me gusta que me enreden con divagaciones.

— Es solo que lleva muchos años, demasiados, masacrando nuestras naves y a nuestros hombres; en el mar, en las costas. No comete errores o tal vez sea que no se le puede matar.

Diego Fernández de Córdoba desenvainó su espada con rapidez dejando suspendido un eco metálico por unos instantes en el aire. Puso la hoja ante él y la contempló con sus ojos negros e intensos.

— Entonces habrá que ver si sangra. Mostrarle de que color son sus vísceras. Convencerlo de que a todos nos llega la hora. Si piensa que no puede morir, será el mayor error que habrá cometido jamás.