28. La amargura de una traición #3
Carlos miró a los dos amantes, primero a uno que no se atrevía a levantar la vista y después a su hermana que se mantenía serena y firme. Después el rey levantó la vista y dirigió su mirada sobre el hombro de su hermana donde se encontraba el señor de Nassau.
— ¿Sabías algo de esto? — Enrique quedó atónito ante la pregunta que Carlos formulaba mientras daba pequeños golpes con su dedo índice sobre las hojas arrugadas.
— Majestad… yo. Por supuesto que no.
— Lo pregunto porque dos de las personas en quien más confiaba me han traicionado. Ya no sé que pensar… No lo sé.
— Majestad. El señor de Nassau no estaba al corriente. Este secreto solo lo sabíamos la princesa y un servidor, y al parecer alguien más. — Y Federico lanzó una mirada que contenía rabia a Guillermo de Croy.
— ¿Secretos a tu rey? — Carlos levantó la voz. Estaba enfadado como nunca lo había estado, impulsado además por su rabia juvenil.
— Tenía pensado majestad… pediros la mano de vuestra hermana durante el viaje. No habría nada que nos hiciera más feliz a ambos.
— ¿Y quién te crees que eres Federico?
— Soy Federico, hermano de Felipe del Palatinado, príncipe elector que en un futuro os puede hacer emperador.
— ¿Es eso un chantaje? — Carlos se levantó de su asiento airado —. ¡Mi hermana! ¡la hermana de tu rey! ¡No merece menos que ser reina! ¿Con qué derecho te crees de privarle de tal honor? ¡Has envenenado su cabeza!
— Majestad. — Leonor tragó saliva y paseo sus ojos por la mesa, donde le observaban todos los reunidos.
Se iba a dirigir a su hermano como el rey que era y no como al muchacho con el que se había criado.
Algo a lo que no estaba acostumbrada —. Soy tan culpable como el príncipe de Baviera en este asunto.
Por ello el castigo debe ser el mismo para ambos.
Carlos quedó pensativo. Por un momento le conmovieron las palabras de su hermana y el respeto con el que se dirigía a él. Negó con la cabeza y miró al señor de Chièvres. Guillermo de Croy asintió, como si aprobara la orden que iba a dar. Un orden que parecía consultada previamente.
— Por desgracia sigues siendo mi hermana y no te puedo aplicar el mismo castigo que a tu cómplice.
Tal y como estaba planeado, vendrás a Castilla conmigo.
Sea como sea, cerraré tu compromiso con la familia Avis.
Te casarás con el príncipe Juan de Portugal y así pasarás a ser el problema de otro .
— Leonor recibió con amargura cada una de las palabras que salían de aquel hermano al que no reconocía.
Se mantuvo erguida, obediente, recta, como una estatua.
Pero no pudo reprimir que el cristal en que cubría su iris azul se quebrara y las lágrimas empezarán a brotar, resbalando por su mejilla hasta perderse en su barbilla, formando ese goteo pausado pero continuo que sería capaz de formar una estalactita tras cumplirse su deseo de detener ahí su camino y no embarcar jamás —.
En cuanto a ti, Federico, quién no solo has sido mi consejero, sino también mi amigo, ahora no puedo mirarte sin pensar en lo que has hecho.
Ya no eres bienvenido en la corte. Señor de Nassau. Lleváoslo lejos de mi vista.
Enrique de Nassau miró a Federico, derrotado y después vio a la princesa de pie, detenida, llorando pero manteniendo su orgullo en alto.
— Ma… Majestad si se me permite hablar, Federico de Baviera siempre os ha sido leal. Pienso que seria un error prescindir de…
— Señor de Nassau. — Chièvres se pronunció por primera vez en aquella reunión —. No deberíais manchar vuestro bien nombre defendiendo al traidor.
— ¡Te arrancaré tu lengua bífida, maldita serpiente! — Federico se levantó en un arrebato.
— ¡Basta! — gritó Carlos —. ¡Marchaos todos! ¡Dejadme solo!
Federico fue el primero en levantarse y avanzar hacia la puerta.
Se detuvo ante la princesa que permanecía inmóvil y que había dejado en sus rostro el surco de sus lágrimas.
La contempló, se contemplaron. Lo hicieron detenidamente, capturando cada uno de los detalles.
Posiblemente aquella sería la última vez en que se vieran.
Quería besarla, probar sus labios por última vez, pero aquella ofensa, ante los ojos de Carlos, hubiese desencadenado una guerra que bien hubiera válido la pena por Leonor.
— Tarde o temprano ese Chièvres lo pagará — farfullaba entre dientes Federico.
El señor de Nassau también se marchó y después lo hizo Leonor. El señor de Chièvres permaneció sentado, sin poder disimular la satisfacción en su rostro. Saboreaba su victoria, estaba donde debía estar, más cerca del rey que nadie en la corte.
— Guillermo. Tú también — ordenó el rey, y el señor de Chièvres tras vacilar unos instantes, obedeció.
En solo un par de días el rey partía a Castilla.
Había caído ya la noche. El señor de Chièvres ya no venía a arroparle como cuando era niño.
Su hermana había dejado de ser aquella niña con la que jugaba, y sus amigos…
¿Qué amigos? Todos querían algo de él, todos querían acercarse a su rey.
Carlos se sentó, dejó escapar una lágrima, porque a pesar de partir con una corte de seiscientos miembros, sentía que marchaba solo.