28. La amargura de una traición #2
—Está bien, está bien. Tengo el conocimiento de que os han traicionado dos personas muy allegadas a vuestra persona.
— ¿Cómo dices? — Carlos abrió ojos y boca, tratando de asimilar las palabras se su consejero.
— Así es majestad. Lo que oís. He intentado escoger las palabra adecuadas para tratar de causaros el menor daño posible.
— Chièvres hacia uso de un pensar fingido —, pero aún así sé que vuestro dolor al conocer esta traición es inevitable.
No obstante, por vuestro bien debéis ser conocedores de los actos cometidos por aquellos que han actuado a vuestras espaldas.
— ¿Quién ha sido? ¿Qué ha pasado?
El señor de Chièvres miró a un lado y a otro buscando que no hubiese oídos indiscretos.
— Leonor, majestad. Vuestra hermana y… Federico.
Carlos se echó la mano a la frente y arrastró su palma por la cara. Era sorpresa, era incredulidad.
— ¡Mientes!¿Me has engañado todos estos años? ¡Me advirtieron sobre ti pero no les quería creer! — Carlos se desgañitaba entre gritos.
Guillermo de Croy extendió las manos como si pidiera la misericordia del rey.
— Ma… majestad. Siento ser el portador de tan malas noticias, pero por piedad, perdonadme.
Os he sido siempre leal a sabiendas de que pudiera sufrir vuestra cólera.
No me arrepiento de lo que os he dicho, porque creo que os he servido bien.
Pero si veis conveniente que me retire, así lo haré si es esa vuestra voluntad.
— ¡Es lo mejor que puedes hacer Guillermo! ¡ Lo último que esperaba es que pretendieras que me enfrentara a Federico o a mi propia hermana!
El señor de Chièvres hincó la rodilla en el suelo y agachó la cabeza en señal de sumisión.
— Si es lo que deseáis, así lo haré. Entiendo que si preguntarais a vuestra hermana os lo negaría todo y como es evidente, vos la creeríais.
No obstante… — El señor de Chièvres elevó el mentón y dirigió sus ojos a los del rey, acompañándolos de un centelleo —.
Sé a ciencia cierta que la princesa porta una carta oculta en su torso, escrita por el puño y letra del príncipe de Baviera.
Se la ha entregado antes de que os encontraseis a Leonor en esta balconada.
La llevaba oculta mientras hablaba con vos y se la ha llevado a sus aposentos.
— Por tu bien espero que digas la verdad, Guillermo —. Carlos sonó amenazante, Guillermo de Croy nunca lo había visto así, al menos hasta donde le alcanzaba la memoria.
Carlos salió corriendo y atravesó todas las estancias.
En su recorrido se cruzó con Francisco de los Cobos, su nuevo secretario, nombrado directamente por el señor de Chièvres.
A penas había intercambiado más que un par de palabras con su señor, solía consultar los asuntos del correo del rey directamente con el consejero.
En un intento banal, de los Cobos intentó romper el hielo con su nuevo señor sin reparar en los andares airados de Carlos y se dirigió a él.
— Majestad si tiene un momento quería hablarle de…
— !Ahora no! — respondió Carlos sin detenerse y dejando con la palabra en la boca a de los Cobos.
Enseguida llegó frente a la puerta que daba a los aposentos de Leonor.
Sin llamar, sin a penas pensarlo, abrió la puerta sorprendiendo a su hermana.
Estaba echada sobre la cama, portaba dos papeles en su mano.
Leonor se levantó de súbito para recriminarle a Carlos aquella intromisión a sus aposentos al tiempo que trataba de ocultar las cartas a su espada.
El rey fijó su mirada en aquellos dos documentos.
— Her… hermano. Ahora mismo no estoy presentable. Podrías dejarme…
— Estás vestida, estás presentable. Dime qué ocultas. — Carlos dio un paso traspasando el umbral de la puerta.
— Na… nada. — Leonor arrugó los papeles en sus manos sudorosas.
— Dímelo Leonor ¡Ahora! — Y Carlos se abalanzó sobre su hermana. Sin esfuerzo le arrebató aquellas dos hojas.
Carlos sujetaba fuertemente las cartas mientras marchaba en busca de la puerta.
Leonor se quedó ahí de pie, quieta, congelada, sin saber bien lo que había ocurrido, ni siquiera había empezado a leer las palabras que le había dedicado Federico en el momento en el que su hermano irrumpió en su habitación.
Quería desear estar viviendo un mal sueño, como los que a veces había tenido temiendo ser descubierta.
Pero no, no lo era, de hecho estaba despertando se su burbuja de ilusiones, una que se acababa de evaporar a su alrededor, dejando al descubierto un mundo gris ante ella, el real, el de un silencio interrumpido por sus propios sollozos.
Leonor pasó cerca de una hora tendida en su cama.
Cuando trató de abrir la puerta se su habitación, descubrió que estaba encerrada, posiblemente Carlos lo hubiera ordenado.
Aún así, se mantenía en calma, como si se hubiera quitado un peso de encima.
La verdad se había descubierto. Ya no era necesario buscar excusas o palabras que justificasen sus actos.
Ahora solo esperaba que se respetase su voluntad.
Ella estimaba a su hermano, él la estimaba a ella.
Lo entendería. Tendría en cuenta su voluntad, a cada segundo se convencía más de ello, además, Federico era un príncipe alemán, siempre había velado por ellos desde pequeños por mucho que Carlos pensase que ella no merecía menos que un rey, Federico ocupaba una buena posición.
A todo ello le estaba dando vueltas Leonor cuando cuatro golpes secos la alertaron y las puertas se abrieron. Leonor se levantó de golpe de su cama. Ahí, con el semblante más serio que había visto en él, el señor de Nassau esperaba en el umbral.
— El rey quiere veros princesa. Yo os acompañaré.
Leonor no se demoró, reaccionó al instante a las indicaciones del señor de Nassau. Se dirigió directamente a las dependencias de Carlos atravesando pasillos y salas continúas y sobretodo, tratando de mantener la calma.
— ¿Qué quiere mi hermano? — preguntó Leonor para romper el silencio incómodo.
El señor de Nassau se encogió de hombros.
No sabía que contestar a aquella Leonor que sin darse cuenta se había hecho mujer, y es que él la seguía viendo como una niña.
Por eso cuando Carlos le contó el contenido y el contexto de la carta que le arrebató a su hermana, Enrique de Nassau, no pudo reaccionar más que con una mueca se desaprobación.
No sabía que responder porque no entendía como Federico y Leonor podrían haber mantenido un romance. Para él era algo antinatural.
Cuando llegaron a las dependencias de Carlos, el rey ocupaba el centro de la mesa. En uno de los extremos se encontraba el señor de Chièvres y en el otro Federico.
Carlos la miraba con intensidad, Guillermo de Croy con una sonrisa— no pudo o no quiso disimular su satisfacción — Federico tenía sus ojos clavados en las dos hojas que enseguida identificó como la carta que le había escrito a la princesa.
— Cierra la puerta, Enrique — ordenó Carlos al señor de Nassau que entró en la estancia después de que lo hiciera Leonor.