Carlos V. Trilogía Completa 28. La amargura de una traición
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28. La amargura de una traición

La amargura de una traición

Seiscientos cortesanos acompañarían a Carlos a su camino para encontrarse con el trono castellano.

A aquella mareante cifra se debía sumar a los marineros que desempeñarían el manejo de las naves que poblarían en su marcha la heladas aguas del Mar del Norte hasta cruzar el Canal de la Mancha, para encontrarse con el Atlántico en el último trayecto hasta el norte de la Península Ibérica.

Para muchos que zarparían era una nueva oportunidad para empezar de nuevo y cubrir todas sus aspiraciones: Como el señor de Chièvres y su sobrino.

que reunidos en torno a la mesa de Guillermo de Croy comentaban sus planes.

— Tenemos las puertas cerradas aquí, en los Países Bajos, sobrino.

Al menos mientras la zorra de la duquesa Margarita siga ocupando el consejo.

— Chièvres hablaba con resquemor, como solía hacer lejos de los oídos de su señor —.

Pero cuando se cierra una puerta se abre una ventana.

El cardenal Cisneros ya está mayor. Compraré el favor de muchos que nos acompañan a Castilla, usaré mi influencia sobre el rey para que ocupen cargos de importancia.

A ti, mi querido sobrino, te reservo el arzobispado de Toledo.

Me miras perplejo sobrino. No te preocupes.

— ¿Vuestra influencia sobre el rey? Tiene muchos pajarillos revoloteando sobre su cabeza, y muchos de ellos piulan contra vos.

Vuestra influencia sobre él, ya no es la de antaño — respondió el sobrino desanimado —.

Además, como creéis que reaccionarán los nobles de Castilla si los dejamos de lado.

Os recuerdo que ellos tienen un pretendiente criado en las costumbres castellanas, que habla su misma lengua castellana y no es otro que Fernando, el hermano pequeño de Carlos.

El señor de Chièvres se pasó la lengua por los labios y sonrió auto complacido.

— Me subestimas sobrino, me subestimas. — El señor de Chièvres empezó a andar de un lado a otro de la habitación como si con sus pasos estuviera teniendo el cuidado de no trastabillar con el arduo plan que había elaborado—.

Aún no te he dicho lo que tengo entre manos para que uno de esos pajaritos deje de revolotear sobre la cabeza de nuestro joven rey.

En cuanto a los problemas que pueda tener Carlos por el descontento de los nobles castellanos, es algo que no nos atañe y que tendrá que resolver él solo si puede.

Lo importante es que para cuando eso suceda, nosotros estemos bien posicionados ocupando cargos de poder y ¿Qué mejor que estar bajo el amparo de la iglesia?

Sin duda, muchos de los que se beneficiarían de los planes del señor de Chièvres, serían castellanos como Don Juan Manuel que en su día marcharon a Flandes en busca de asilo, debido al apoyo que habían prestado al padre del rey, Felipe, contra las aspiraciones de su abuelo Fernando al trono de Castilla.

Otros que acudirían a ese largo viaje serían los príncipes Alemanes, como Federico de Baviera que aspiraba a ocupar rentas y señoríos.

Pero Federico ambicionaba algo más, no por posición o prestigio sino por algo tan elemental e irracional como el amor.

Esa pretensión no era otra que la mismísima mano de la hermana de su rey.

Carlos. Otros marcharían camino a lo desconocido, pero el viaje sería mucho más incierto para la propia Leonor.

Asomada en un balcón, con la vista en el Engelen , la nave sobre la que debería embarcar en unos pocos días, la princesa contemplaba una nueva puesta de sol, jamás se había detenido en los detalles de tal espectáculo, viendo como el sol se fundía en el horizonte como un terrón de azúcar y tras él cual, un manto estrellado empezaba a cubrir el mundo.

Le invadía también un sentimiento de soledad.

Querría haber compartido aquellas puestas de sol con Federico sin temor a que nadie les descubriera.

Hacia solo tres cuartos de hora, que había tenido uno de esos encuentros fortuitos con Federico y ya le añoraba.

En ese choque provocado, Federico le hizo entrega de una carta.

Leonor la había guardado bajo su vestido, entre sus pechos, aún no la había leído, quería reservarse sus palabras para cuando volviera a sus aposentos y donde no hubiera unas vistas tan bellas que contemplar.

— Te pasas los días contemplando el horizonte, Leonor. — La voz de su hermano la sorprendió —. Además percibo la tristeza en esa mirada que dejas perdida en el mar. Pueden ser dos cosas. Añoranza o melancolía.

Leonor forzó una sonrisa. Trataba de contentar a su hermano para así no preocuparle en demasía. Pero su tristeza no se podía ocultar tras una máscara forzada del regocijo.

— No es nada Carlos. No sé cuándo volveremos y hay muchas cosas que echaré de menos. Nuestra tía Margarita por ejemplo. Esperó que esté bien.

— La señora del consejo estará bien — respondió Carlos con desdén.

— Estas muy errado con ella, hermano. Siempre ha mirado por tu bien.

— Y por mantener su regencia — Carlos negó con la cabeza —, cosa que al final, de una manera u otra ha conseguido. De todas formas este viaje nos hará bien. Será bueno alejarnos de aquí y despegarnos de esta tierra, aunque sea un poco.

— Tal vez tengas razón.

— Además — añadió Carlos —. Tendremos la oportunidad de visitar a nuestra madre.

— Apenas la recuerdo — se sinceró Leonor —. Para mí se ha convertido en una extraña. Siempre quedará el consuelo de que al regresar encontraremos aquí a nuestra tía.

— Sí… pero… — Y Carlos frunció su ceño.

— Pero ¿Qué? — preguntó Leonor, alarmada por el cariz serio que había adquirido el tono de su hermano.

— Isabel y Maria, nuestras hermanas ¿Cuánto hace qué no las ves? Si las negociaciones sobre tu compromiso con el príncipe portugués prosperan, es posible que no regreses a esta tierra en años.

Leonor tragó saliva. Tenía ganas de llorar. Hasta ese momento no se había planteado una posibilidad tan real sobre el matrimonio con el príncipe portugués. No obstante se mantuvo fuerte y no se doblegó.

— ¿Tú quieres eso Carlos? Hemos crecido juntos y ahora esto… ¿No acusarás mi ausencia?

Carlos se rascó la cabeza. Estaba inseguro, por supuesto que no deseaba separarse de Leonor.

— No. No lo quiero Leonor, lo sabes. Pero es lo que debe hacerse. Siempre se ha hecho.

— Eres rey. Tú puedes cambiar las cosas. — Leonor clavó sus ojos en el mar, no se atrevía a mirar a su hermano porque sabía que en ese instante se derrumbaría.

— Me pides demasiado , hermana.

— ¿Acaso tú no me pides demasiado?

— ¡Es tu deber! — Carlos alzó la voz, como pocas veces lo había hecho con su hermana.

Leonor dio un paso atrás, pareciendo una niña reprendida por su padre.

Estaba sorprendida de que quién adquiría esa sustitución de la figura paterna, fuese su hermano, un año menor que ella —. Lo siento Leonor. Perdóname.

— No pasa nada — respondió Leonor algo agitada —. Disculpadme majestad, me gustaría ir a mis aposentos a descansar. — Leonor se dirigió a Carlos con una reverencia y con un tono irónico.

— Espera Leonor. Ti..tienes razón. Soy el rey. Sí algo pudiese hacer. Cuando lleguemos a Castilla hablaremos, de lo que quieras contarme, de lo que necesites.

—¿Lo prometes? — La cara de Leonor se iluminó con una sonrisa sincera —.Tengo…tengo mucho que contarte.

—Sí

— Majestad. — Los dos hermanos se volvieron tras escuchar aquella voz que reclamaba la atención del rey. Era el señor de Chièvres. Era tan sigiloso que ninguno de los dos se había percatado de su presencia y desconocían cuánto tiempo llevaba al tanto de la conversación.

— Leonor, déjanos solos, retomaremos está conversación … — Carlos se dirigió a su hermana y esta asintió obediente.

A pesar de tratar de disimularlo, la comisura en la boca del señor de Chièvres dibujaba una leve sonrisa, aún así era indetectable para el joven príncipe, ya que esta se escondía entre los surcos y pliegues que cubrían la tez del consejero.

— Siento importunaros, majestad.

En los últimos días, Carlos se había empezado a cuestionar su relación con el señor de Chièvres.

Tanto Federico de Baviera Como Enrique de Nassau le habían advertido sobre la excesiva influencia que el consejero tenía sobre su persona, incluso escuchaba en su interior la voz se su tía Margarita advirtiéndole sobre las aduladoras palabras que le dedicaba Chièvres y que no buscaban más que su propio beneficio.

También estaba la perdida de confianza de Maximiliano hacia el hombre que él mismo colocó junto a su nieto, una desconfianza que se fraguó no solo por los múltiples retrasos que pospusieron el viaje a España sino también por la tímida respuesta que Chièvres dio ante las pretensiones del rey de Francia.

Eran muchos los motivos que empujaban a Carlos a distanciarse del que hasta el momento había sido su consejero más leal.

Aún así no dejaba de ser alguien que había velado por él desde que era prácticamente un niño y la sensación que sentía Carlos era extraña, como si por otra parte estuviera en deuda con él.

— ¿Qué quieres Guillermo? — dijo con sequedad Carlos.

Guillermo de Croy se acercó a su señor y con una mano paternal que posó sobre la espalda de su señor, rebasando todas las líneas entre súbdito y soberano.

— Mí rey… mi señor. No sé… no sé cómo abordar este asunto. Es, es…—Chièvres miró hacia donde había marchado Leonor para cerciorarse de que les habían dejado definitivamente solos.

— Habla sin rodeos. No estoy de humor para acertijos.

El señor de Chièvres cabeceó afirmativamente.

Respiró hondo y destapó aquella jugada que llevaba semanas guardando bajo la manga.

Era él momento de derribar todas las murallas, no habría otra ocasión.

Era el momento de recuperar la confianza del joven rey y de silenciar todas aquellas voces que evitaban que Carlos solo escuchará a su consejero.

— Mi rey, ante todo siento ser el portador de malas noticias. Pero es mi deber serviros en todo momento.

—Ya te he dicho que no quiero adivinanzas.