27. Un cordero entre los lobos #2
—! Jamás me pondría a tu servicio¡
— También eres leal a los tuyos. Eso es bueno ¿ Pero los tuyos han sido leales a ti? Te dejaron aquí para tú morir y ellos zarpar con sus barcos.
— ¿Creéis que los míos no volverán? No conoces la fuerza de Castilla, ni la de Aragón. Arrasarán con todos vosotros.
— Que vengan — respondió con los brazos abierto Aruj y con ojos centelleantes , sintiéndose emocionado por la próxima batalla que podría llegar y que acrecentaría su leyenda —.
Por supuesto que volverán. Pero resistiremos.
— Aruj adquirió un tono amenazante —. He oído que en Castilla tenéis un nuevo rey ¿Dónde está?
¿Espera que otros hagan sus guerras por él?
Esa es la diferencia entre cualquiera de mis hombres y tú.
Tú eres leal por deber. Ellos me son leales porque yo les soy leal. Tu rey no sabe ni que existes.
— Vivís una ilusión…. ¡Todos vosotros! — replicó Sancho —.
No tenéis el apoyo de vuestros vecinos. Tenéis enemigos, tan musulmanes como vosotros en Tenés y Tremecén.
Por no hablar del Gran Sultán de Estambul ¿Creéis que le habrá hecho gracia que hayáis tomado el poder por vuestra cuenta y que os hayáis autoproclamado sultán?
Sancho sonrió tras lanzar aquellas palabras.
Iba a morir, que más daba, tenía los días contados, pero no cedería ante ese pirata.
Tenía la satisfacción de vencerles en aquel dueño dialéctico.
Contaba con el placer de saber que tanto Barbarroja como sus hombres serían pasados por la espada.
Le confortaba vaticinar el futuro a los mortales enemigos que tenía frente a él.
Sin duda estaban en un callejón sin salida, pero su gozo duró hasta que Aruj lanzó una sonora carcajada que borró de un plumazo la sonrisa de Sancho.
— ¿De dónde crees que he sacado a todos estos turcos que me han acompañado hasta Argel? ¿Por qué crees que el Gran Sultán Selim no ha enviado a nadie a detenerme? Crees que me he lanzado aquí a la aventura sin haberlo pre… predes.. ¿Cómo se dice Hasan?
— Predispuesto.
— Sí… eso ¿Te crees que me hubiera lanzado a Argel sin haberlo predispuesto todo? — Aruj miró a Hassan. Estaba cansado de usar esa lengua cristiana y asintió para que el joven continuara.
— Hace dos años establecimos relaciones con el Gran Sultán.
Le enviamos como presente un gran buque francés.
El gran Selim nos obsequió con telas y joyas.
Hombres y galeras dispuestas con cañones.
Para el Gran Sultán somos más útiles que cualquiera de estos gobernadores capaces de venderse a los cristianos.
No nos detendremos solo en Argel. Nos extenderemos sobre todos aquellos que nos consideran enemigos.
— Sé que no te puedo convencer con suculentos botines o hermosas mujeres — intervino Aruj —.
No, tú eres de otro tipo de hombres. De los que quedan pocos.
Pero acabarás por ver el sentido de mis acciones, de una manera u otra.
Me acompañarás en mi próxima campaña y tal vez conociéndome más, te animes a contarme los entresijos que los tuyos siguen en la batalla.
Tú los debes conocer mejor que nadie. — Aruj se levantó y salió del agua.
Enseguida el sirviente le alcanzó un paño con el que se cubrió —.
Seguramente, ese nuevo rey niño que tienes, sea poderoso por títulos y tierras heredadas de otros que usurparon lo que quisieron antes que él.
Su apellido le ha hecho grande, no sus manos, no su coraje.
Y aún así se cree el heredero del mundo.
» Lo único que heredé yo de mi padre fue una pequeña embarcación con la que empecé a comerciar.
También heredé el odio a los cristianos gracias a un miserable que le arrebató la vida a mi hermano Ilias.
Lo hizo por la espalda, como el cobarde que era…
ante mis ojos. Todo lo demás me lo he ganado yo; el respeto, el poder…
Me importa una mierda tu apellido cristiano.
No me importa si te amamantaron en un establo o en una cuna de oro.
Para mí todos los hombres son iguales ¿Acaso es así para tu joven rey?
Aruj se acababa de cubrir con una túnica ayudado por el sirviente.
Sancho quedó pensativo por las palabras de aquel hombre que no sabía nada sobre el orden establecido, ese orden que sin duda garantizaba el correcto funcionamiento de todo y el buen gobierno.
Era verdad que Barbarroja lo había conseguido todo por sí mismo, pero ello no justificaba la muerte y el caos que había dejado a su paso.
No había legitimidad alguna en sus actos.
No estaba bien lo que hacía. Sus palabras no eran más que excusas de un usurpador.
Se debe decir que sonaba convincente, pero los cantos de sirena también podrían parecer provenir de estilizados cuellos de hermosas doncellas en medio de la bruma del mar.
— Alimentad bien a este cristiano, alimentado y dadle una cama cómoda — ordenó Aruj antes de marchar, aceptando Hassan a regañadientes —. Este cristiano será mi invitado y será testigo de primera mano de mis próximas conquistas.
Sancho seguía siendo un prisionero de Barbarroja, así lo sentía. Estaba en una jaula de oro de la cual saldría solo para marchar a la guerra junto a su captor.