Carlos V. Trilogía Completa 27. Un cordero entre los lobos
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27. Un cordero entre los lobos

Un cordero entre los lobos

Sancho Lezo había perdido la noción del tiempo.

No sabía cuanto llevaba cautivo. Por sus cabellos largos y su espesa barba, sabía que habían pasado meses, pero había llegado a un punto donde los días le parecían horas.

Demasiado débil para pensar. Se alimentaba de las sobras y la luz del sol no llegaba a su celda.

Quien gritaba, quién hablaba más de la cuenta, era castigado.

Se preguntaba por qué no le mataban, tal vez la respuesta era que quitarles la vida era un acto demasiado compasivo y no había mayor castigo que la penuria de vida que llevaban.

De nuevo unos pasos. Era otra vez aquel joven pirata de cabellos oscuros y ojos azules.

Había escuchado que le llamaban Hassan. Tal vez ese no fuera su verdadero nombre, lo había oído hablar con otros prisioneros.

Dominaba bien el castellano y el catalán.

Demasiadas lenguas para alguien que vivía de la piratería.

Sí, era él, eran sus pasos, Sancho ya lo reconocía por el eco que dejaban sus pisadas entre los muros de las mazmorras.

Y ante Sancho a pocos centímetros, su rostro emergió.

— ¿Tu eres Sancho verdad? — Hassan abrió la celda y se echó a un lado esperando a que Sancho saliera—. Vamos, no tengo todo el día.

Sancho se levantó del frío suelo. Le dolían los huesos y los pocos músculos que le quedaban fuertes.

Pensó en echar a correr, pero era inútil ¿A dónde podría huir?

¿Hasta donde le permitirían sus fuerzas llegar?

Salió de su celda y se situó junto a Hassan.

Lo estudió en busca de algún arma u objeto punzante que pudiera arrebatarle.

El mango de una daga asomaba de su cinto, pero sabía que sería inútil siquiera intentarlo: lo había visto luchar frente a las murallas de Argel el día en que lo capturaron y sabía bien que aquel muchacho era diestro y hábil.

— Camina delante de mí y no hagas ninguna estupidez — advirtió Hassan.

Sancho obedeció y empezó a caminar en línea recta por el pasillo, pasando por delante de las celdas donde aguardaban más españoles en silencio, manteniendo las penurias de su encierro, enfermando cada día un poco más y padeciendo las consecuencias de aquella maldita humedad que se filtraba por las paredes basta llevar a sus huesos, arraigándoles más en el suelo.

— ¿Dónde… dónde vamos?

— Baba Aruj quiere verte.

— ¿Barbarroja? ¿Qué… qué quiere de mí?

— ¡Calla! — ordenó Hassan —. Hablaras solo cuando te pidas que hables y cuando te lo pidan, más vale que lo que digas sea de interés.

Finalmente Hassan y Sancho salían de aquellas mazmorras a través de una escalinata.

La luz del sol le bañaba enteramente por primera vez en meses, el calor le envolvía con un manto invisible, como si emergiera de unas aguas ponzoñosas y por fin pudiera respirar aire fresco.

En ese momento una veintena de hombres armados le rodearon para escoltarle.

Pasaron por delante del mercado donde se estaba comerciando con esclavos, algunos españoles ya sabían cual iba a ser su destino, pasando una vida de servidumbre, resignados aceptaban marchar con sus nuevos amos.

Pronto llegaron a un edificio. Hassan ordenó a los hombres armados que esperasen fuera.

Sancho advirtió que aquel lugar se trataba del hamman.

Estaba vacío, a excepción de un sirviente que emergió de entre los arcos que poblaban el lugar.

Los ecos de las pisadas eran más pronunciadas. En el camekan Hassan se paró

— Antes de ver a Aruj debes asearte.

Sancho asintió. Se quitó toda la ropa, fue un alivio desprenderse de aquellas prendas que casi se habían quedado aferradas a su piel. Cuando se encontró completamente desnudo, el sirviente le otorgó un paño para envolvérselo alrededor de su cintura y unos zuecos de madera.

— No creo que así tratéis a todos vuestros prisioneros — comentó Sancho mientras se calzaba.

— ¿Te he pedido que hables? — Con esas palabras, Hassan le hizo un gesto para que siguiera andando.

Llegaron a la sala templada. Ahí Hassan con un gesto autoritario señalando el agua, ordenó que se metiera en aquella gran bañera.

Sancho se desprendió de la tela. Se lo pensó dos veces, pero finalmente accedió.

Metió un pie , después el otro. El agua no estaba ni fría ni caliente, estaba a una temperatura ideal.

— No tenemos todo el día — dijo Hassan.

Sancho finalmente sumergió el resto de su cuerpo en el agua, se sentó, el agua le cubría hasta la cintura.

Era una sensación agradable, placentera, una sensación que añoraba después de pasar todos aquellos días confinado en su celda, pensando que nunca más sentiría algo parecido al placer.

Se estiró, se dejó llevar y se sumergió hasta cubrir totalmente su cabeza, era una manera de aislarse de aquella realidad por unos segundos.

Ahí bajo el agua no había nada más que el sonido de su pulso y la corriente.

Permaneció bajo la superficie todo lo que su aguante le permitió y hasta expulsar su última burbuja de aire.

Cuando emergió y se aclaró la vista, ya no estaban él y Hassan solos en aquella sala.

Otro hombre, con una gran barba cobriza de gran corpulencia y de abultada panza se metía en el baño.

Uno de sus brazos acababa adornado con una mano de plata.

Otros dos hombres que se parecían a él, esperaban contemplando a Sancho.

Empezaron a hablar en su lengua, Sancho no entendía lo que decían, pero por lo que pudo leer en sus expresiones, había total confianza entre ellos.

— ¿Estás seguro de que es este? — le preguntó Hizir a Hassan —. No parece gran cosa.

— Tú tampoco pareces gran cosa y todos te temen en el mar —. El comentario de Ishaq hizo que Hassan y Aruj que se había metido en el agua, explotaran en una enorme carcajada.

— Aún no entiendo qué quieres de él, Baba — le indicó Hassan a Aruj —. Sigue siendo un miserable cristiano.

— Mira quién fue a hablar. Tú también fuiste cristiano. Sé lo que me hago, chico. Tú limítate a traducir mis palabras para que el cristiano me entienda.

— Pero…

— ¡Hassan! —. Aruj se dirigió en un tono autoritario que Hassan recibió de sorpresa, uno en el que el muchacho no estaba acostumbrado. Pero era justificado, Aruj no solía repetir sus órdenes pues se solían cumplir a la primera palabra. Mucho menos habitual era sus mandatos fuesen contradichos.

— ¿Cuál es el mensaje? — preguntó de mala gana Hassan.

Aruj extendió los brazos y se acomodó en la bañera. Tenía mucho que decir, sabía lo que había de decir. Lo había memorizado en su cabeza.

— Mi nombres es Aruj. Los míos me llaman Baba Aruj, en señal de respeto. Los tuyos me llaman Barbarroja. Así me llamáis vosotros a causa de vuestra ignorancia.

»Vosotros cristianos, que tendríais que estar al otro lado de este mar y no en estas tierras.

— Aruj fue señalando uno a uno a los hombres que se encontraban en la sala —.

Ese de ahí es Hizir, mi mano derecha en el mar.

Ese otro es Ishaq, lleva nuestras cuentas porque es el que tiene más seso de todos nosotros.

Y este joven que te ha traído a mí es Hassan, a parte de mis hermanos, él es en el hombre al que confiaría mi vida.

»Muchos otros corsarios se han unido a nosotros, como Curtogoli, seguramente habrás oído hablar de ese cabrón.

Todos se unen a mí porque saben que a mi lado son invencibles.

Seguramente pensarás de mí que soy un demonio, y no, no vas desencaminado.

Pero no soy mucho peor que aquellos que te abandonaron para morir frente a las murallas de mi ciudad.

Yo nunca dejaría atrás a mis hombres. Eso es lo que me diferencia de los tuyos.

Sancho escuchó con atención la traducción que hacía Hassan de las palabras de Aruj. El español no agachó la cabeza en ningún momento y miraba con desdén a todos los piratas que estaban en aquella sala.

— ¿Qué es lo que quieres de mí? — Hassan tradujo la pregunta de Sancho.

— Los otros prisioneros han dicho que tú eras el hombre al mando en el peñón.

Mi primera intención al conocer tu identidad era rebanarte la cabeza delante de todos y colocar tu putrefacto cráneo clavado en un pica frente a la mezquita.

Pero, por otro lado has despertado mi curiosidad.

Quería saber quién era el hombre que durante tantos meses ha resistido mi voluntad como no lo han hecho otros ¿Cómo alguien tan insignificante no se dejaba doblegar y era capaz de dar fortaleza a sus hombres?

Y ahora te veo frente a mí. Lo primero que he pensado es que no eras gran cosa, como bien ha señalado Hizir, aunque también debo reconocer que los meses en la mazmorra te habrán causado mella.

Pero ahora veo tu mirada y no encuentro miedo donde otros se estarían cagando al estar en mi presencia.

Solo encuentro ira donde otros temblarían.

Veo ganas de seguir luchando, pero ¿Contra quién?

— Hassan tradujo una a una las palabras de Aruj.

— Desde hace meses espero la muerte. No la temo, no temo lo que seas capaz de hacer.

Sé lo que le hiciste al antiguo gobernador de la ciudad.

Lo mataste aquí, en estos mismos baños. Si me has traído aquí para acabar conmigo…

¡Hazlo! — Hassan traducía las palabras de Sancho con una malévola sonrisa.

Sabía que las últimas palabras del cristiano, podrían ofender a Aruj y al tiempo que las pronunciaba desenfundó su cimitarra.

Aruj alzó su mano sana. De esta manera detuvo cualquier acción de Hassan. Tosió y empezó a hablar muy despacio.

— Hassan, ha sido cristiano… como tú — Aruj arrastraba sus palabras, en un esfuerzo por pronunciar bien cada una de ellas en un errático castellano —. Yo le enseñé mi lengua. Él un poco la suya. He decidido que no te voy a matar. Sería desperdiciar un buen hombre que podría servir bien… a mí.

Sancho sonrío amargamente con esfuerzo. Pero al hacerlo, sintió dolor en todas sus articulaciones.