26. Castilla no puede esperar
Castilla no puede esperar
Había pasado más de un año desde la muerte de Fernando el Católico.
Un tiempo en el que Castilla reclamaba a su rey.
Era demasiado tiempo posponiendo el viaje de quién debía sentarse en el trono.
Los argumentos en contra de Carlos crecían día a día entre los grandes del reino castellano.
Ello lo sabía Maximiliano, quién veía peligrar el sueño del gran imperio Habsburgo.
El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había decidido reunirse con su nieto.
Lo haría a las puertas de la catedral de Lier, acompañados cada uno de un amplio séquito donde el señor de Chièvres como siempre, permaneció junto a su señor, como su sombra.
En el momento del encuentro sonaron las campanas del campanario del centro de la urbe situada junto al edificio de justicia y las galerías comerciales, anunciando así el medio día.
Lier era una ciudad bella. Sus edificios se reflejaban como espejos en las aguas claras del Nete. Lier era una ciudad colorida gracias a sus edificios más modernos , que contrastaban con la milenaria piedra de los templos y construcciones más emblemáticas.
Carlos vio acercarse a su abuelo, el emperador Maximiliano.
Lejos de portar una expresión que mostrara ilusión por el encuentro de un abuelo con su nieto, su rostro era serio y su ceño estaba permanentemente marcado.
Carlos titubeaba, como rey, aún le creaba congoja la presencia de su abuelo y emperador al que admiraba y respetaba.
Junto al emperador también encaminaba el encuentro uno de sus consejeros de máxima confianza, Mercurio de Gattinara, quién guardaba un semblante más relajado.
Los dos se detuvieron frente a Carlos. Gattinara hizo una leve reverencia.
— Emperador. He encargado dos vidrieras para conmemorar nuestro encuentro — apuntó Carlos en un intento de ganarse el afecto de su abuelo.
— Sí, sí… muy bien. — Maximiliano realizaba aspavientos con la mano como si quisiera apartar de la conversación todo tipo de temas banales. Realizó una fugaz mirada a Gattinara y otra más severa a Chièvres—. Vayamos dentro Carlos. Tenemos que hablar a solas.
Carlos tragó saliva, miró a Chièvres, como si buscase la aprobación de su consejero, se lo encontró moviendo la cabeza afirmativamente: tras ello Carlos asintió.
Abuelo y nieto accedieron a la catedral.
Parecía más grande por dentro que por fuera, incluso se diría que más espaciosa y más iluminada de lo que podría llegar a parecer debido a la piedra gris que vestía la fachada.
Maximiliano se sentó en uno de los primeros bancos de la nave central.
Contemplaba todos los adornos escultóricos que decoraban las columnas y que ascendían a los arcos que ordenadamente se sucedían hasta el altar.
Maximiliano dio un paseo por sus recuerdos y los extrapoló en voz alta.
— Aquí Carlos empezó todo, hace ya veintiún años.
— No os comprendo. — Carlos se extrañó ante las palabras del emperador.
— Aquí tus padres se unieron en sagrado matrimonio.
Es este el lugar donde empezó todo — el emperador suspiró —.
Han pasado tantas cosas desde entonces: la muerte de tu tío, recién casado con Margarita y el que debía ser el heredero de Castilla; la muerte de tu padre; la locura de tu madre.
Ahora todo ha recaído en ti, tan joven. Puede que mi hija finalmente tuviese razón sobre ti.
Era demasiado pronto apartarla de la regencia para que tú ocuparas tu lugar, pero este viejo emperador terco que tienes frente a ti no le hizo caso.
— Abuelo, eso no es justo. Lo hago lo mejor que…
Maximiliano alzó la mano para frenar las protestas de su nieto.
— Cometí un error contigo y me equivoqué al confiar en la palabra del señor de Chièvres. Ese afán por contentar a Francisco de Francia. Esa manera de postergar tu viaje a España. No sé cuáles son los intereses que le mueven a Chièvres , pero no te benefician en absoluto.
— Al menos él ha estado a mi lado cuando tú no lo estabas — protestó Carlos, pero enseguida se arrepintió. Hubiera querido no haber pronunciado aquellas palabras.
— Proteger el legado Habsburgo requiere de ciertos sacrificios. — Derepente al emperador le entró un ataque de tos, se ahogaba. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo echó a la boca.
— Abuelo ¿Estás bien?
Maximiliano asintió y sonrió a su nieto, ese muchacho imprudente, pero que al menos mostraba compasión por un pobre anciano.
— No sé cuantos años me quedan. Lo que está claro es que cuando yo no esté, recaerá sobre ti la responsabilidad no solo de engrandecer nuestra casa, sino también de garantizar la pervivencia de mi legado.
Es injusto sí, tú lo has dicho antes, pero es tu destino.
— Maximiliano se apoyó en el antebrazo de Carlos para alzarse y se puso frente a su nieto —.
No me iré de Flandes hasta que te vea embarcar en los puertos de Zelanda.
— El cardenal Cisneros me ha remitido en sus cartas que todo marcha bien en Castilla.
— Cisneros ha cumplido los ochenta años ya.
Es un anciano que no verá lo que será Castilla en diez años — replicó Maximiliano —.
No eres consciente de lo importante que es ese reino para ti.
Si pierdes Castilla pierdes el Mediterráneo y pierdes América, tu puerta al nuevo mundo.
Y por si no lo sabes, tan bien que dices que le va a Cisneros, envío una expedición a Argel tomada por los piratas.
Los supervivientes han vuelto con las manos vacías y con el rabo entre las piernas.
Un rey debería estar ahí, tratando de resolver los problemas de su reino y no esperar a que se los resuelvan otros.
— No tenía conocimiento sobre lo de Argel ¿Qué hay de Flandes? — preguntó Carlos.
— No te preocupes por ello. Lo he organizado todo.
No habrá regencia en tu ausencia, lo que habrá es un consejo.
Por supuesto el señor de Chièvres no formará parte de él.
El consejo lo conformará gente de mi total confianza y tú tía Margarita encabezará dicho consejo.
En caso de que se produzca alguna situación extraordinaria, yo acudiré para resolverla.
— ¿Así que tú lo has dispuesto todo en mis dominios?
— Tu falta de atención me ha obligado a ello. — Maximiliano no dio lugar a réplica. — Querido nieto, no le des el gusto a mi hija de decirme que me equivoqué —.Tras decir aquellas palabras, tomó el pasillo para salir de la catedral.
Las palabras de Maximiliano eran duras hacia su nieto, tal vez había adquirido una actitud fría, pero todo ello fue necesario y dio resultados.
Carlos último los preparativos de su viaje en Middelburg Un gran séquito le acompañaría, entre ellos su fiel amigo Enrique, señor de Nassau y Guillermo de Croy.
Carlos no quería abandonar su tierra natal.
Veía el puerto frente a él con naves que arribaban y otras que zarpaban.
Enrique de Nassau le acompañaba en aquel encuentro con el mar, siempre preocupado y pendiente de su señor.
Veía la preocupación en el rostro del joven rey.
Carlos debía abandonar su tierra natal para afrontar una aventura incierta, sabiendo que Francisco, el rey francés, era astuto y estaba al acecho.
A pesar del tratado firmado, podría aprovechar la ausencia del rey para mover ficha sobre los Países Bajos o sobre Italia, e incluso utilizar a su marioneta, Carlos de Egmond, para alterar de nuevo el orden en sus dominios.
Demasiadas preocupaciones, demasiados pensamientos, demasiada incertidumbre y pocas respuestas que solo el tiempo revelaría
— ¿Todo preparado para el viaje? — preguntó Enrique de Nassau.
— Esperando vientos favorables, la bula papal y un par de asuntos que debo resolver.
— Me refiero a vos majestad — ¿Vos estáis preparado?
Carlos lo miró extrañado por el acierto de sus palabras, parecía que el señor de Nassau siempre sabía elegir las frases adecuadas que le hacían despertar y es que aquella era una pregunta que Carlos aún no se había hecho durante los preparativos del viaje.
— Ni siquiera sé si estoy preparado para tanto. Estoy donde estoy por una serie de casualidades que me han llevado a heredar reinos tan dispares como distanciados. Además creo que he decepcionado al emperador. No. No estoy preparado amigo mío.
— Nadie nació preparado, majestad. — El señor de Nassau se volvió y miró directamente a los ojos de Carlos —. Tal vez esa serie de casualidades sean una conspiración del destino. Un designio del señor y vos sois el elegido.
— ¿Por qué yo? — preguntó Carlos.
— Sois hijo y nieto de reyes ¿Qué más queréis? ¿Acaso el hijo de Dios no era solo un simple carpintero?
— Siempre encuentras respuesta y solución a cualquier inclemencia, aunque tus palabras podrían sonar a herejía al compararme a nuestro señor — Carlos al fin sonreía —.
Ello me hace ver que eres el adecuado y al menos una de mis decisiones será la más acertada.
Con mucho pesar debo decirte que no me acompañarás a Castilla.
— No os entiendo majestad. — El señor de Nassau se quedó con la boca entreabierta.
— No. No partirás conmigo amigo mío. Tengo un cometido mayor para ti que te impedirá acompañarme.
Te nombro a ti, Enrique de Nassau, comandante en jefe de todas las tropas de los Países Bajos.
Tendrás total libertad para desplegarlas si así se requiere.
Solo confío en ti para que en mi ausencia se preserve la paz en un gobierno eficiente.
El señor de Nassau abrió ampliamente los ojos, mostrando sorpresa.
— Majestad…. Yo, no sé qué decir. Me… me honráis.
—Eres en quién más confío, mi querido Enrique. Por eso no se me ocurre nadie mejor que tú para preservar la seguridad de estas tierras.
— Espero no defraudaros. Honraré vuestra confianza con mi servicio. Pero no puedo negar que me hubiera gustado acudir a vuestro lado a las tierras de las Españas.