Carlos V. Trilogía Completa 25. El deber de una reina
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25. El deber de una reina

El deber de una reina

Como buena hija de los Reyes Católicos, María, sabía cuál era su deber en el mundo.

Había sido criada y educada para llevar a cabo su cometido al igual que sus hermanas.

Catalina estaba haciendo lo propio en Inglaterra junto al rey Tudor, Enrique.

Su hermana Juana también lo intentó, pero de ella decían que había enloquecido tras la muerte de su esposo, Felipe de Habsburgo.

Su hermana Isabel no logró poner a prueba su deber como reina.

Tras casarse con Manuel, el rey de Portugal, murió al dar a luz a su primer hijo.

El señor se la llevó muy joven, a los dieciocho años.

La pena del rey duró poco, ya que la propia María ocupó el lugar de su hermana.

Se casó con Manuel y ascendió como reina lusa.

Diecisiete años después, diez habían sido los hijos que había engendrado, diez veces se había enfrentado a aquella batalla que solo a las mujeres correspondía, arriesgando su vida por traer al mundo una nueva.

En la mayoría de ocasiones cumplió con su deber, no solo su matrimonio sirvió para establecer alianzas, sino que también trajo al mundo herederos sanos y fuertes, a excepción de María, la niña que llevaba su mismo nombre, quien murió a los tres años.

La reina María descansaba en su cama. Llevaba dos días indispuesta, esperando la venida de un nuevo hijo.

Estaba atendida por el médico y la matrona que le iban a atender en el parto.

Había mandado a llamar a sus hijos mayores, Juan e Isabel, quien debía su nombre a su abuela, la reina católica de Castilla.

La joven princesa de catorce años poseía unos cabellos dorados, bañados por el sol.

Era bella, en su mirada no había atisbo de simpleza, era culta, instruida.

Una doncella que cualquier rey querría para sí.

Era risueña, se había criado entre sus hermanos.

Siempre había estado al lado de su madre, acompañándola en cada nuevo embarazo y viendo cómo su belleza se apagaba con el paso de los años, como su pigmentación se aclaraba tras enrojecerse con el dolor de cada nuevo parto, como sus ojeras se pronunciaban tras cada una de las innumerables noches en vela.

Su hermano Juan, dos años mayor que Isabel, presente en la cámara de la reina, también sentía un especial afecto por Isabel y el resto de sus hermanos.

Era de aspecto altivo, pero muy afable en la cercanía.

Sus cabellos eran largos y oscuros. Su mirada trasmitía seguridad y determinación.

El primogénito era feliz, pero solía irritarse cada vez que le recordaban el peso que debía recaer sobre sus espaldas como heredero de un reino que estaba prosperando gracias al comercio de ultramar que aportaban las tierras descubiertas al otro lado del océano.

Aún así se sentía risueño, no podía borrar una sonrisa permanente en su cara y ello llamó la atención de su madre, la reina María.

— Tienes un brillo especial hijo. Te lo veo — dijo la reina recostada y con una fina voz que delataba el esfuerzo que realizaba por ocultar su dolor.

— Es por esa princesa Habsburgo, Leonor, esa con la que le van a prometer — respondió Isabel —, Leonor.

Ante el comentario de su hermana, las mejillas de Juan se encendieron. Eran pocas las ocasiones que Isabel tenía para ver a su hermano mayor ruborizado y ello le hacía gracia.

— ¿Es así? — preguntó la reina —. Que dichoso serás si te enlazas con quién deseas. Siempre y cuando no olvides tu papel como futuro rey.

— Así es madre. Por favor madre, es mi deseo el que las negociaciones del compromiso lleguen a buen puerto — pidió el príncipe Juan —. Me han dicho que es culta y he comprobado por un retrato suyo que es hermosa.

— Todo saldrá bien si el acuerdo beneficia a las dos partes — dijo la madre llevándose la mano al vientre aquejándose —. Pero sobretodo quiero que todos estéis bien. Quiero que…

La reina se incorporó. El dolor estaba creciendo, irradiando no solo en su vientre, también a sus caderas, bajando como un torrente por su pierna.

Buscaba comodidad y tumbada no lo conseguía.

Bajo su espalda sentía como si el filo de una daga penetrase bajo su piel, hurgando y retorciendo hasta llegar hasta sus entrañas.

— ¡AHHH! — La reina no podía contener más el dolor que se escapaba por su boca. Era diferente al que en tantas otras ocasiones había padecido. Se dejó caer de cuclillas, apoyándose en la cama.

— ¡Madre! — Isabel acudió al auxilio de la reina que negaba con la cabeza.

La reina sentía sus piernas mojadas cuando un líquido cálido resbalaba por ellas.

Sabía que había llegado la hora, había alumbrado muchas veces a lo largo de su vida.

Pero esta vez era diferente, su interior se desgarraba, aquella nueva vida parecía escarbar en sus entrañas en busca de la luz.

María llevó su mano bajo su vestido, palpó el líquido pegajoso, descubrió la mano y la encontró enrojecida, acompañada de un olor casi metálico. Era sangre.

— ¡Sacad a los príncipes de aquí! — le ordenó el médico a las matronas —. ¡Ya viene!

Los príncipes obedecieron las indicaciones del médico, pero Isabel no perdía de vista a su madre a la que estaban tumbando en la cama.

La guardó en su retina hasta que el filo de la puerta la sepultó en su memoria.

Guardando sus últimos gestos y la última mirada que le dedicó antes de quedar batallando tras la puerta.

Los gritos de una reina escalaban por los muros del palacio y la terraza de la torre hasta descender a las orillas del Tajo.

Los marineros que con sus embarcaciones transitaban el río se estremecían al escuchar aquellos alaridos que desgarraban el cielo cubierto por espesas nubes.

Aquello era un mal augurio para los hombres de la mar.

Isabel era una más de las que se sacudía ante el sufrimiento de su progenitora. Su hermana pequeña Beatriz, un año menor que Isabel, había acudido a refugiarse con ella, tapándose los oídos con sus manos.

— ¿Qué le pasa a madre? —preguntaba Beatriz.

Pero Isabel no respondía, conmocionada y asustada tal y como estaba su hermana pequeña.

Preguntándose si aquel era el destino final que le aguardaba a las mujeres, horrorizada por el día en que a ella también le tocase sufrir aquel calvario — ¡Isabel!

— insistió Beatriz, e Isabel reaccionó y volvió en sí. Miró a su hermana y agarró su mano.

— Vamos, ven conmigo.

Isabel casi arrastraba a su hermana sujetando con la otra mano el volante de su vestido para así permitirse dar mayores zancadas.

Salieron de los pasillos y por una puerta accedieron al patio interior que atravesaron hasta llegar a la capilla.

Y el cielo gris bramaba, sin saber las hermanas si en realidad se trataba de los gritos de su madre en la lejanía.

— Reza conmigo Beatriz, reza — musitaba Isabel con las manos orantes y arrodillada ante el altar —. Reza por nuestra madre.

Beatriz imitó a su hermana mayor y se unió a ella.

Las dos lo hicieron en silencio, solo alguna lágrima derramada hablaba por ellas.

Lo hicieron durante horas, mientras las velas se consumían dejando sombras temblorosas.

A fuera las nubes eran cada vez más negras dejando el cielo a punto de desbordarse en un llanto.

Y a lo lejos, los alaridos cada vez más débiles, se apagaban.

Isabel no sabía las horas que había pasado ahí de rodillas frente al altar junto a su hermana, había perdido la noción del tiempo, hasta que tras ella sintió un gélido viento que le sobrevino cuando las puertas de la capilla se abrieron.

Por ellas entraba su padre, el rey Manuel.

A punto de cumplir los cincuenta años sus cabellos oscuros aunque peinado en canas le daban una apariencia más joven.

Acostumbrado a verlo orgulloso y erguido, Isabel se alarmó al verle en su caminar errático y cabizbajo.

Sus ojos del azul del mar que bañaba su reino, estaban enrojecidos.

El rey se acercó y se arrodilló entre sus hijas.

Las rodeó con sus brazos y dejó finalmente escapar una lágrima.

— Vuestra madre no lo ha conseguido — dijo con pesar —. Dios ha decidido llevársela.

Isabel y Beatriz descargaron finalmente toda la tensión y angustia que se derramaban en un mar de lagrimas.

«Que dios más cruela» pensaba Isabel «que dios más injusto, ese que aparta a su madre de sus hijos»

No había consuelo en el regazo de su padre, no había nada que pudiera hacer cesar el llanto. Finalmente Beatriz sacó fuerzas para hacer una pregunta más, tal vez la muerte de su madre hubiese servido de algo.

— ¿Qué hay de la criatura que portaba en su vientre?

— Ha sido un niño. — Manuel negó con la cabeza —. Condenado. No ha podido recibir el bautizo.

La reina había muerto. Fueron días de una melancolía que se instaló en cada una de la dependencias del palacio y que invadió a cada uno de los miembros de la familia real de Portugal: a sus ocho hijos y al rey que acababa de enviudar.

Aquellas eran las batallas a las que reinas y campesinas debían enfrentarse, no había posición privilegiada en esa guerra, ni vanguardia ni retaguardia. A veces se ganaba y otras veces se perdía.