Carlos V. Trilogía Completa 24. El orgullo del comendador #2
14%

24. El orgullo del comendador #2

«Su orgullo nos matará a todos» pensaba.

Se había llevado consigo a la mitad de sus hombres, dejando a la otra mitad protegiendo el peñón.

Cuando llegaron frente a las murallas, antes de que pudieran plantar los cañones, una fina lluvia empezó a derramarse sobre los españoles.

Miró al mar que empezaba a embravecerse.

Las grandes naves españolas empezaban a danzar sobre las olas.

Alguien gritó y cada vez más y más gargantas resonaron.

No era la lluvia precipitándose sobre ellos.

Las puertas de la ciudad se abrían vomitando de ella a turcos y bereberes que se abalanzaban decididos sobre los españoles.

Ciudadela de Argel

Aruj sonreía mientras contemplaba el despliegue de los españoles.

No solamente porque su plan iba tal y como tenía previsto.

Los españoles confiados esperaban que los hombres de Aruj quedasen resguardados tras las murallas, pero en lugar de ello, decidió lanzar a sus huestes con Hassan en cabeza y sorprender al enemigo.

Pero no esperaba que Alá le sonriera de esa manera aquel día lanzando su tormenta.

Aruj abrió los brazos, alzó el mentón y dejó que la lluvia cayera sobre su cara.

Las gotas resbalaban por su rostro hasta perderse en su espesa barba.

La tormenta que había enviado era propicia para dificultar las maniobras de las pesadas naves españolas frente a las ágiles galeotas de Hizir, pero ¿Dónde estaba Hizir?

— Mira Ishaq. Mira bien. Esos cerdos cristianos ya están temblando ante el coraje de nuestros hombres. Pero aún no han visto lo mejor de todo.

Ishaq se acercó junto a su hermano. También sonreía, conocedor del plan que Hizir y Aruj habían elaborado.

De pronto el silbido de las balas de los cañones fue seguido por las grandes salpicaduras que el mar escupía cerca de las naves españolas.

Ishaq oteó al horizonte. Hizar había llegado con el grueso de su flota.

Veintidós galeotas que gracias a la pericia de los hombres de Hizir, no tardaron en rodear a la flota de Diego Vera.

Frente a las murallas de Argel.

Las columnas de los españoles se deshicieron en medio de aquel caos.

Luchaban sobre el barro generado por la lluvia que había aumentado su intensidad.

Sin duda turcos y bereberes les habían estado esperando y se habían preparado bien.

Los hombres armados de cimitarras cubrían a los arcabuceros que habrían fuego contra los españoles a los que habían sorprendido mientras se preparaban para el asedio.

Los cristianos aún no se habían desplegado en la costa, muchos todavía estaban desembarcando o arribando en los botes.

El cielo bramaba, no eran truenos, eran cañones en el mar.

Sancho sacaba su espada del pecho de un turco al que había sesgado la vida.

Se volvió hacia el mar al escuchar el primer cañonazo.

Había más naves en el mar. La flota de Aruj intercambiaba fuego con las naves españolas, pero poco podían hacer a tan poca distancia.

Los rodeaban con facilidad y abrían fuego impactando la bala de sus cañones contra los cascos de las grandes naves.

Las primeras astillas se perdían en el mar.

Vio claro de que aquello se trataba de una emboscada.

Mar de Argel.

Diego de Vera contemplaba el dantesco espectáculo desde el puesto de mando de su nave.

Apretaba los puños Le temblaba el labio inferior.

Era una sensación que mezclaba el miedo y la vergüenza.

Ante él vio a su propia flota entre el agua y el fuego.

Alguna herida ya en su casco empezaba a ser engullida por las aguas.

Las otras embarcaciones poco podían hacer frente al fuego de las galeotas que con agilidad sorteaban la línea de fuego de los cañones españoles.

Era impresionante a los ojos de Diego de Vera.

Jamás había visto nada igual: como manejaban sus barcas aquellos piratas sobre las olas danzantes del mar embravecido. Solo quedaba huir.

— ¡Hemos topado con las puertas del infierno comendador! — Rodrigo gritaba desde su espalda —. ¡Cuáles son sus órdenes!

Diego de Vera, el curtido militar que en tantas ocasiones había combatido junto al mismísimo Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, se veía superado, como un soldado en su primera batalla con las náuseas que causan impulsos involuntarios.

Sabía que pesaría más el tachón de su última batalla que el resto de victorias gloriosas que había protagonizado.

— ¡Tocad a retirada! — gritó Rodrigo viendo la ausencia de Diego de Vera y sin esperar una orden más —. ¡Nos vamos!

Frente a las murallas de Argel.

Sancho Lezo seguía luchando por su vida estocada tras estocada.

A su lado veía caer a españoles. Sus cuerpos acababan mancillados de sangre y barro.

Los españoles retrocedían y los turcos y bereberes avanzaban sobre los cadáveres de los caídos.

De repente, las campanas en las naves españolas tocaban la retirada.

Los que se encontraban aún en los botes, remaban con empeño por volver a los barcos que ya se hacían a la mar.

Las galeotas de Barbarroja habían dejado de disparar contra la flota y había dirigido su furia contra los botes, arrollando algunos con sus espolones.

Sancho miró a su alrededor, ya ni pisaba tierra si no un mar de cadáveres.

De los dos mil hombres que habían pisado tierra solo quedaban la mitad, sin contar los cuerpos de aquellos que flotaban en el mar y que regresaban a la orilla junto a la espuma rosada por la sangre de sus cuerpos.

El enemigo estallaba en carcajadas, estaban deleitados por sus superioridad y el festival de muerte.

«¿Por qué seguir luchando?» Se preguntaba Sancho. El capitán se dejó caer sobre sus rodillas y se hacía aquella pregunta una y otra vez «¿Por qué seguir luchando?» Se quedó ahí esperando su muerte, mientras sentía a su lado el cuerpo de sus compañeros caer inertes sobre roca y arena.

— ¡ Yo te maldigo Diego de Vera! — gritaba Sancho hacia el mar como si su voz pudiera atravesar el viento y las olas y su clamor llegase a los oídos del comendador—. ¡Que la deshonra te persiga hasta la tumba!

La hoja de la cimitarra de Hassan se había teñido de rojo.

No quería limpiarla, quería llevarle la prueba de su lealtad a Baba Aruj.

Pocos de aquellos cristianos quedaban en pie aún peleando.

Uno de ellos permanecía boca arriba y malherido.

Tenía sed. Abría la boca para saciar su sed con la lluvia que caía.

Hassan se puso de cuclillas sobre él, le miró a los ojos y al instante pasó la hoja de su cimitarra por su garganta.

Contempló así como se apagaba la luz en los ojos de ese cristiano mientras se ahogaba en su propia sangre.

Lo miró fijamente hasta que su alma abandonó el cuerpo.

— ¿Qué hacemos con este, Hassan?

Hassan se volvió y miró a aquel cristiano arrodillado que gritaba hacia el mar. Estaba lleno de odio y de furia. Le habían abandonando. Hassan se levantó y se acercó a él.

— No lo matéis — advirtió.

3000 cristianos murieron aquel día. Cuatrocientos fueron hechos prisioneros.

Sancho esperaba su suerte arrodillado. Una voz le espetaba a que se levantase, pero no iba a cumplir una sola orden más.

Trataron de agarrarlo del brazo para levantarlo, pero no surgió efecto, Sancho se removía para permanecer ahí a esperar su ejecución.

Hasta que tras un golpe seco sobre su cabeza, todo se tornó negro e incierto, como su futuro.