24. El orgullo del comendador
El orgullo del comendador
Diego de Vera era ya casi un anciano. Había vivido mucho, añoraba tiempos mejores, cuando bajo el mando del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, participó en gestas coma la conquista de Granada o en la toma del castillo de Castilnovo, uno de los últimos bastiones que precedieron la conquista de Nápoles.
Había vivido el cambio de la guerra, comprobando que el acero de las espadas ya no era suficiente para alcanzar la gloria.
La pólvora cada vez más presente hacia que aquellos hombres que se enfrentaban a la muerte en el campo de batalla, vieran un elemento más en la escenografía del infierno que la belicosidad dejaba a su paso.
Vidas sesgadas por el fuego de los cañones que dejaban el hedor de los cuerpos quemados que se pudrían tras la batalla, un condimento más para los buitres y el resto de alimañas que esperaban ansiosas su gran festín.
Pero Diego de Vera se había adaptado a los cambios bélicos: Capitán General de artillería, nombrado así por el mismísimo Fernando el Católico, se encargó también de la fundición de cañones en Málaga.
Su experiencia y su conocimiento de la nueva guerra hicieron que el regente de Castilla, el cardenal Cisneros, depositara su confianza en él para una nueva misión en su longeva carrera militar.
Sobre su navío y bajo el sol de mediodía, miraba su objetivo, la ciudad de Argel salpicada por la costa de un mar embravecido. La misma que meses atrás tomó aquel pirata turco al que llamaban Barbarroja.
Ensimismado en el mar, su segundo de a bordo, Rodrigo Delgado, le interrumpió, tras sentir sus pasos acercándose sobre los tablones.
— ¿ Será verdad todo lo que cuentan de él? Me refiero a ese tal Barbarroja. Dicen de él que no se le puede matar.
Diego de Vera lo miró de arriba abajo, con una mueca de desagrado.
— Saca tus malos augurios de mi navío, Rodrigo, y menos compartas esos cuentos con los hombres.
— Comendador, veréis. Precisamente las palabras de infortunio son las que más se escuchan entre los hombres, solo he venido aquí a compartir mi pesar y a trasmitirle el miedo de la tripulación.
— Rodrigo tragó saliva —Esa... esa tormenta que nos ha sobrevenido en este viaje.
De las cuarenta y cinco naves que partieron de Castilla, nos quedan treinta, a las otras quince el mar se las ha engullido.
Es como si ese maldito turco nos enviase las nubes negras cargadas de rayos y truenos, como un aviso para que no nos acerquemos a sus costas.
— Deja ya de decir sandeces o te mandaré a azotar.
— Diego de Vera parecía enfurecerse por momentos —.
El cardenal Cisneros me ha encomendado a mí personalmente la toma de la ciudad y cumpliré con mi misión.
También encomendó a Alonso de Granada perseguir a los piratas por mar.
Imagínate volver a Castilla con las manos vacías, mientras Alonso vuelve tras cumplir su misión ¿Dónde está tu honor?
¿Vuestro honor? El de todos esos hombres aterrados por ese maldito turco. Lloriqueáis como putas primerizas.
La nave de Diego de Vera arribaba al peñón, donde la guarnición de los doscientos españoles había resistido heroicamente y milagrosamente a penas habían percibido bajas.
Ataviado con su armadura, el viejo comendador pisó tierra en la arena de una pequeña cala, tras ser trasladado por un bote.
Ahí le esperaba el hombre al mando de la guarnición, Sancho Lezo.
Era el vivo retrato de la penuria y el sacrificio, delgado y cansado, con las ropas sucias: no se había alimentado más que ninguno de sus hombres.
Diego de Vera se acercó a Sancho y posó su mano sobre el hombro del capitán, de la misma manera contempló los rostros de muchos hombres que habían acompañado el calvario de Sancho y que parecían haber recuperado la esperanza en sus ojos cadavéricos.
— Os traemos víveres, agua potable, avituallamiento y munición.
Lo justo y suficiente. Pero espero que no preciséis más pues esto se acabará pronto —.
Los hombres se abrazaron y lanzaron palabras de agradecimiento a Diego de Vera, mientras que los marineros de los barcos descargaban los suministros para los asentados en el peñón.
Entonces Diego de Vera se dirigió a Sancho —.
Os felicito por vuestra entereza y valentía.
En mi dilatada carrera militar pocas gestas he visto comparables a esta.
— Gracias comendador, ha sido el raciocinio y la lealtad de los hombres lo que nos ha llevado a resistir.
— No os quitéis mérito Sancho. Vuestra supervivencia no hubiese sido posible sin un buen mando.
Sancho no quiso embriagarse de los elogios de Diego de Vera, miró al mar, hacia las naves castellanas que lo poblaban.
— Disculpad la pregunta, pero… ¿cuántos hombres traéis con vos? — preguntó Sancho.
— 2000 soldados y 3000 marineros partieron de Castilla junto a mí.
Pero hemos sufrido algunos inconvenientes, así que contamos con poco más de 4000 hombres, más los que os hayáis aquí en el peñón, suman otros 200.
No he podido reunir más. En Málaga muchos se han revelado contra Cisneros y contra ese maldito nuevo rey extranjero, Carlos, que ni está ni se le espera.
Con 15.000 ducados he reunido lo que he podido en los puertos de Cartagena.
— Tal vez tengamos tiempo para encontrar alianzas en las ciudades vecinas que temen a Barbarroja — se precipitó a sugerir Sancho —. Muchos lo temen como en la vecina Tenés y otros buscan venganza, como los hijos de Sheik Selim, el antiguo gobernador de la ciudad.
Diego de Vera se detuvo y miró incrédulo a Sancho.
— ¿Más moros que nos pueden traicionar? ¿Os estáis escuchando? Mañana mismo desembarcaremos y lanzaremos toda nuestra fuerza sobre los muros de la ciudad. Además por lo que se ve gran parte de su flota a partido. Esos encontrarán la muerte en el mar.
— Comendador. No subestiméis a ese demonio. Nuestros hombres no son suficientes para tomar Argel. Ese maldito pirata es más astuto de lo que pensáis.
Diego de Vera agarró fuerte del antebrazo a Sancho y le susurró con rabia, salivando y escupiendo sus palabras.
— ¡Vos no sabéis quien soy! Estoy harto de los cuentos de piratería que se escuchan entre nuestros hombres.
Ese maldito pirata es solo un hombre que hasta ahora no se ha topado con un enemigo a su altura.
No os equivoquéis. Incluso sus vecinos moros lo repudian, porque no es nada más que un sucio pirata.
— Diego de Vera soltó el brazo de Sancho y le habló con una actitud distante —.
Prepare a sus hombres. Mañana cuando desembarquemos avanzaremos sobre cuatro columnas.
Derribaremos sus murallas si hace falta. Usted vendrá conmigo y será testigo.
Sancho negó con la cabeza. Le daba igual el rango del hombre que se encontraba frente a él.
Era un imprudente. Finalmente asintió. El lado bueno es que se acabaría el calvario de los últimos meses sitiados en el peñón, todo para que un viejo imprudente llegara y quisiera vivir su última batalla.
Por la mañana embarcaría, para morir con honor.
Ciudadela de Argel.
Aruj temblaba al contemplar en el mar las naves españolas que habían arribado a sus costas.
No temblaba de miedo, sino de emoción, se llevó la cabeza hacia atrás y soltó una risotada, tal vez algo nerviosa.
Hassan y su hermano Ishaq permanecían a su lado, le contemplaban sin entender la reacción del autoproclamado Sultán.
Aruj fue a Hassan y le rodeó con su brazo sano, como lo haría un padre a su propio hijo.
— Han llegado los cristianos ¿Los ves Hassan? ¿quieres irte con ellos? Son muchos.
Hassan negó con la cabeza.
— Me confundes Baba Aruj ¿Qué quieres decir con eso?
— Quiero decir que tal vez tu sangre cristiana arda por dentro — dijo Aruj dando una palmada en su espalda —. Aún recuerdo cuando te recogí siendo un niño ¿Fue en Córcega?
— Fue en la isla de Mallorca, Baba Aruj.
— Sí, cierto. Vi agallas en ti, hijo. De verdad que las vi. En seguida me recordaste a mi hermano pequeño Ilias. Por esas dos razones te acogí y no te vendí como esclavo ¿A ti no te recuerda a Ilias? — preguntó Aruj a su hermano Ishaq.
— Ilias era el hermano más agraciado de todos — respondió Ishaq —. Solo por ese motivo, se parece más a Ilias que a ti, Hizar o yo mismo.
— No dudéis de mi lealtad ninguno — dijo Hassan —. La hoja de mi espalda se impregnará de la sangre de esos cristianos.
Aruj sonrió y dio otra palmada más a Hassan.
— Buena respuesta chico. Buena respuesta. No tardarás mucho en demostrarme con hechos tus palabras.
Al día siguiente, tal y como había asegurado Diego de Vera, los españoles empezaban a desembarcar en una cala, muy próxima a Argel.
Desde una de las naves el comendador observaba el avance de sus tropas con la artillería dispuesta.
Sonreía satisfecho porque se venía ganador de aquella contienda, pero su sonrisa se desdibujó cuando sintió un impacto húmedo en la palma de su mano, y después en su frente.
Alzó la mirada y se encontró sobre él las nubes más negras que había visto en los últimos meses.
El viento se levantó y anunciaba el temporal.
Se sacudió la cabeza, no quería creer en aquellas historias que contaban que Barbarroja dominaba los temporales y los mares. Eran solo cuentos.
Avanzando en una de las columnas, Sancho miraba hacia los barcos, en uno de ellos se encontraba Diego de Vera.