Carlos V. Trilogía Completa 23. El águila y la salamandra
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23. El águila y la salamandra

El águila y la salamandra

A pesar del verano, la bruma se extendía sobre la ciudad.

Los pináculos numerosos en la urbe señalaban el cielo, elevándose en busca de un sol que no encontraban.

Carlos estaba sentado en unan mesa situada en una balconada desde la cual se podría apreciar perfectamente la urbe en su magnitud y los campos más allá.

Le acompañaban el señor de Chièvres y su canciller Jean de Sauvage. Ahí esperaban todos al rey de Francia.

Francisco I, llegaba tarde a la cita y ello molestaba al joven príncipe.

— El rey de Francia debería saber que está tratando con un igual — masculló Carlos —. Pero creo que me trata como un vasallo por culpa de este tratado.

Guillermo de Croy miró a de Sauvage preocupado y pronto intervino para apaciguar el ánimo de su señor.

— Majestad, este tratado nos beneficia a todos. Le garantizará años de paz.

— Así es majestad — continuó Sauvage —. No nos interesa la confrontación con Francia. Este tratado dejan legitimados vuestros dominios en Italia: Nápoles seguirá siendo vuestra y el Milanesado de Francisco.

— ¿Y que hay de las posesiones que los franceses le arrebataron a mi tía Margarita? Ese tratado dice que pasarán a la corona francesa.

Guillermo de Croy sonrió para destensar el ánimo de su rey.

— Pero debéis pensar majestad que el rey francés se compromete a no brindar más apoyo a los pretendientes al trono de Navarra, posesión vuestra también.

— Pero a cambio yo no le puedo prestar ayuda a mí abuelo, el emperador Maximiliano y ¿qué hay de ese duque de Güeldres? ¿Seguirá Francisco apoyando la ambición de ese usurpador? ¿En qué lugar me deja este tratado?

Antes de que el joven rey pudiera formular otra pregunta las puertas que daban a aquella balconada se abrieron.

Francisco I erguido con su imponente estatura, caminaba orgulloso hacia la mesa, acompañado de dos consejeros franceses.

Al ver entrar a Francisco, Guillermo de Croy y Jean de Sauvage se levantaron.

Carlos permaneció sentado, manteniendo la mirada a aquel rey Francés que lo observaba de arriba a abajo con arrogancia, superioridad y con cierta mueca de asco que no supo disimular.

Francisco tomó asiento, al igual que sus dos consejeros. En ese momento también lo hicieron los consejeros de Carlos.

— Vos también podéis sentaros pequeño rey. — Francisco acompañó aquel jocoso comentario con una sonora carcajada. Carlos no sé arrugó, no cambió la expresión de su rostro en ningún momento —. Disculpad que quiera destensar el ambiente de esta reunión.

Carlos miró al señor de Chièvres que sostenía unos documentos en sus manos.

— Acabemos ya con esto — se pronunció el consejero.

— ¿Tan rápido? — Francisco no abandonaba su burlesca actitud —.

Esperaba alguna jornada caballeresca de esas que tanto gusta a los borgoñeses.

Tal vez un partido de tenis o alguna actividad recreativa más de mi gusto, como un combate de lucha libre ¿Acaso teméis mediros conmigo?

No temáis pequeño rey, no pretendo abusar de vos.

Guillermo de Croy, señor de Chièvres puso los documentos sobre la mesa y los arrastró al centro, haciendo oídos sordos a los ademanes del rey francés.

— En estos documentos está el grueso del tratado que garantizará la paz entre el reino de Francia y los dominios de mi señor Don Carlos de Habsburgo.

El rey de Francia extendió el brazo y atenazó con una de sus manos los papeles.

Echó una ojeada rápida a lo escrito, miró a Carlos y a continuación hizo lo propio con Guillermo de Croy.

La sonrisa que dibujó en su boca, no decía lo mismo que sus ojos, dictando veredicto a Carlos y sus representantes.

Los ojos no suelen mentir. A continuación, el rey de Francia le entregó los documentos a uno de sus consejeros, apoyó los codos en la mesa, entrelazó sus dedos y adquirió un tono más serio y altivo.

— ¿Habéis incluido el acuerdo matrimonial entre mi hija Claudia y el Habsburgo? — Francisco hablaba como si Carlos no estuviese presente en la sala.

A Carlos aquella parte del tratado le cogió por sorpresa. Se inclinó hacia Guillermo de Croy y le susurró al oído.

— No me habías dicho nada de este acuerdo matrimonial. La hija del rey solo tiene un año.

— Ha sido un punto que hemos incluido hoy mismo majestad — respondió el señor de Chièvres con un hilo de voz imperceptible para los franceses —.

Como bien decís tan solo tiene un año por lo que no tendremos un matrimonio que se vaya a celebrar inmediatamente.

Podremos cambiar este punto en cuanto gocemos de una mejor posición.

Carlos asintió, pero lejos de estar conforme, su rostro era de preocupación. Francisco miró desconcertado al señor de Chièvres y a Carlos.

— ¿Algún problema? — Francisco se impacientaba —.

Un niño y una niña que cuando crezcan se unirán en el sacramento del matrimonio.

No veo la razón de vuestros cuchicheos en mi presencia.

— A pesar de ser solo seis años mayor que Carlos, Francisco le trataba como un infante, aquellos comentarios sentaban como una punzada en la boca del estómago al nuevo rey de Castilla y Aragón.

— Ningún problema. Todo bien en este punto del tratado.

— Bien. Solo espero que mi futuro yerno se mantenga célibe a la espera de mi hija.

No creo que le cueste, no veo fuego en esa mirada de niño.

— Francisco arrastró sus palabras sinuosas, dibujando ondas en su recorrido hacia el oído de Carlos, como el movimiento de una serpiente.

Carlos no respondió, solo miraba al rey de Francia, pero no mostraba miedo, al contrario, señalaba firmeza.

No se inclinaba, permanecía firme como un junco ante las embestidas de un fuerte viento —.

Estaba bromeando — indicó Francisco ante la seguridad de aquel rey al que él veía como un niño —.

Esperaba que respondierais. Pero veo que no tenéis ni siquiera sangre en la venas.

— ¿Sabéis que animal representa a la casa de Habsburgo?

— Carlos finalmente habló ante la sorpresa de Chièvres.

Normalmente siempre dejaba que fuese su consejero el que hablase en las reuniones— El águila.

Tengo entendido que decoráis algunos de vuestros escudos y blasones con la salamandra ¿De verdad creéis que un Habsburgo descendería de las alturas para ponerse al nivel de un ser que pasa su vida arrastrándose por la tierra?

Francisco se levantó como un resorte al escuchar las desafiantes palabras de Carlos, haciendo ver de nuevo la amplitud de su prominente cuerpo.

Sin duda era evidente que en un combate cuerpo a cuerpo el rey francés tendría todas las de ganar, pero ello no parecía cohibir al rey de las Españas.

Carlos permaneció sentado y Guillermo de Croy y Jean de Sauvage se despegaron de sus asientos.

— Disculpad el ímpetu de nuestro joven rey — dijo Guillermo de Croy secándose el sudor de su frente con un pañuelo.

— No os disculpéis en mi nombre, señor de Chièvres — ordenó Carlos.

— El reyezuelo tiene razón — dijo Francisco con una risa nerviosa y tratando de recuperar la compostura —.

Me gusta. Después de buscar he encontrado sus agallas.

Un digno vasallo. Sí, sin duda. — Guillermo de Croy y Jean de Sauvage miraron la reacción de Carlos, pero no encontraron ninguna —. Firmaremos el acuerdo.

Al escuchar aquellas palabras el señor de Chièvres respiraba más aliviado:.

— Nos… nos satisface vuestra generosidad.

— Solo una cosa más. — Francisco indicó levantando su dedo índice —. Cuando vuestro abuelo, el emperador Maximiliano muera, es de derecho, como rey más poderoso de la cristiandad, que la corona imperial recaiga sobre mi cabeza.

Aquello dejó sin palabras por unos instantes a Guillermo de Croy y con la boca entreabierta a Carlos. De nuevo el señor de Chièvres se adelantó a las palabras de su rey.

— Esa cuestión no depende de nosotros. Es una decisión que está en manos de los príncipes electores.

— De una manera u otra conseguiré la corona. Solo espero que llegado el momento no mostréis impedimento alguno— advirtió Francisco —. Y ahora dadme una pluma.

Uno de sus consejeros le alcanzó la pluma y un tintero. Francisco impregnó la punta con la tinta y firmó el acuerdo.

Cuando Carlos firmó no hubo despedidas, no hubo un abrazo fraternal.

Ninguna palabra más. Aquel no parecía un acuerdo que garantizara la paz, sino el principio de una gran enemistad.

Carlos se marchó con la sensación de haber sufrido su primera derrota.

Francisco lo hizo herido en su orgullo y pensativo.

Aquel rey al que veía como un muchacho enclenque podría ser un obstáculo en sus ambiciones personales.

El señor de Chièvres salió de aquella reunión con la sensación de haber cumplido su objetivo. No le dio tiempo a saborear su victoria personal cuando uno de sus siervos le entregó una carta alejada de los ojos tanto del canciller como de su señor. La carta estaba destinada al rey. La abrió.

De nuevo era un correo de Cisneros, pidiendo fondos y ayuda para afrontar los peligros que llegaban del mar de Argel. Chièvres tenía otros asuntos importantes que tratar, al igual que su señor. Cómo todas las demás cartas relacionadas con el asunto de aquel pirata, el consejero del rey la rompió.

Carlos se llevó aquella sensación amarga a Flandes.

Pasaba las horas pensando, recordando las palabras de su tía Margarita, pero se sentía mal por dudar de la honestidad de Guillermo de Croy, un hombre que en tantos momentos difíciles le había acompañado.

Solo le satisfacía ver a su hermana Leonor, más risueña de lo habitual.

Pero también más parca en palabras, como si le ocultara algún secreto.

Una tarde Carlos se encontraba en su cámara. Estaba escribiendo una nueva carta a su hermano Fernando, cuando alguien tocó a la puerta y la abrió. Era Enrique de Nassau. Al verlo Carlos dibujó una sonrisa. Las visitas de Enrique siempre eran gratas para él.

— Majestad — dijo el señor de Nassau desde el umbral de la puerta.

— Enrique. No esperaba tu vista.

— Siento importunaros. Si lo preferís, podría venir en otro momento. Mañana mismo. — El señor de Nassau hizo el ademán de marcharse.

— Parece que tus palabras guardan cierta urgencia. Todo lo que pueda hacer por ti no puede esperar a mañana.

Enrique dio un paso y cerró la puerta tras de sí.

— En realidad majestad, no vengo por mí, vengo por vos.

— ¿Por mí? — Con un gesto Carlos ofreció una silla frente a él que el señor de Nassau aceptó.

— Así es majestad. Me preocupas ¿Habéis vuelto a perder el apetito?

— Demasiado observador eres Enrique.

— Bueno. No soy el único. Federico también se ha dado cuenta — confesó el señor de Nassau.

Carlos frunció el entrecejo y se quedó pensando en voz alta.

— Federico también debería preocuparse por él mismo. Últimamente lo veo como ausente, incluso diría que me evita.

— Tal vez lo que necesite sea una buena esposa — respondió con sorna Enrique.

Aunque últimamente lo veo poco interesado por las doncellas a las que antes acostumbraba a hostigar.

Vos también necesitáis a una. Vuestras hermanas ya tienen compromisos matrimoniales con descendientes acordes a su edad.

Pero vos… con esa princesa, Claudia, es sólo una niña.

Demasiado tiempo de espera, el suficiente para perder la cordura.

Siempre tendréis a vuestra hermana Leonor para que os pueda acompañar en la soltería.

Carlos suspiró.

— Los embajadores ya están negociando el enlace entre Leonor y el príncipe Juan de Portugal. Mi hermana es tres años mayor que él, no hay mucha diferencia en cuanto a la edad, además me han hecho saber que el príncipe está entusiasmado con la idea.

— Vuestra hermana es bella, culta y de modales exquisitos. Estoy seguro de que ese enlace llegará a buen puerto.

— Leonor aún no está informada de los detalles — indicó Carlos —. Espero que reciba la noticia con agrado. En fin. Supongo que todos tenemos nuestras preocupaciones querido amigo.

Enrique de Nassau asintió.

— No quisiera importunaros majestad. Pero ¿Cuáles son las vuestras?

Carlos miró hacia el techo de la habitación e incluso hacia las esquinas para encontrar una respuesta clara en el lugar más inhóspito, pero no la encontraba.

— No lo sé Enrique… no lo sé. Tal vez los que pensaban que aún no tenía edad para gobernar tuvieran razón… No… no lo sé. Me siento vacío. Si agrado a unos disgusto a otros y al revés.

— ¿Os puedo hablar con franqueza?

— No espero menos de ti.

— Ese tratado que habéis firmado con el francés.

Muchos no lo entienden, incluso los ingleses lo ven con cierta extrañeza.

Escuché a su embajador comentarlo. No entienden que vos, por herencia , el rey más grande que ocupa el trono de Castilla desde hace quinientos años, hayáis firmado ese tratado que os deja prácticamente a merced de la voluntad de ese francés.

— Nos interesa estrechar lazos con ese rey francés — se excusó Carlos.

— ¿Os interesa a vos o al señor de Chièvres? Preguntaos que gana él con este tratado y que gana él, retrasando tanto vuestro viaje a Castilla. Un viaje que no deberíais posponer en demasía, pues vuestro abuelo el emperador se está empezando a impacientar con dicha cuestión.

—¿Os envía mi tía?

—¿Por quién me habéis tomado? Os habla un hombre con voluntad propia, impulsado por la estima y la lealtad que os guarda.

La declaración de el señor de Nassau cayó como la espada del verdugo, dejando el sonido del filo cuando se corta el aire a punto de cercenar la carne.

— No. Enrique. Te equivocas con las intenciones de Guillermo.

Siempre ha velado por mí.— Carlos se mostró ofendido —.

Haré lo que sea por preservar la paz, Enrique, lo que sea.

Una buena paz es mejor que una guerra, por justa que sea.

— Las palabras de Carlos dibujaron una sonrisa espontánea en el rostro de Enrique de Nassau —. ¿Qué os hace tanta gracia?

— No es gracia majestad. Es orgullo. Vuestras palabras me hacen ver que tenéis un buen corazón, ello hace que me enorgullezca por serviros.

Sin embargo majestad, vuestro corazón es tierno, accesible y pienso que deberíais endurecerlo.

Pero ya habrá tiempo para ello. Y cuando os deis cuenta caeréis en la conclusión y me daréis la razón, de que más vale una buena guerra que una paz incierta.