22. Una mano de plata en un brazo de hierro #3
Hizir no pronunció una sola palabra, pero portaba con él el semblante del verdugo.
Miró a un lado y a otro, auditando las caras de todo el que su mirada cruzaba.
Eran muchos los que no soportaban el juicio de su rostro y agachaban la cabeza.
Caminaba muy despacio, entre los presentes.
Sus pasos resonaban hasta la techumbre, haciendo que aquellas fuesen las pisadas de un gigante acechante, antes de desatar su destrucción.
Entonces Hizir levantó su mano armada con su cimitarra y señalaba.
Todo al que marcaba era apresado por sus hombres en el acto.
— ¿Qué… qué hacéis? — gritaba uno de los notables señalados al que sus hombres arrastraban hacia las puertas de la mezquita.
— Poca utilidad veo en estos hombres… — La voz de Hizir sonaba atronadora en el templo sagrado —, capaces de conspirar y maquinar con los cristianos, con el único fin de mantener y acrecentar sus riquezas.
Los habían descubierto. Ahmad era consciente de ello, incluso antes de que la espada de Hizir le señalase a él también, antes de que fuese arrastrado a las puertas de la catedral, tras diecinueve noble más y encontrarse a sus cómplices amarrados con sus propios turbantes.
Antes de ver la primera cabeza empalada en las puertas de la catedral: la de aquel muchacho al que enviaban a la hora más oscura de la noche en una barca al peñón de los cristianos para trasmitirles loa últimos planes.
Ahí mismo Ahmad vio su propio destino: en los ojos sin vida de la cabeza humana y en la sangre joven que resbalaba por la estaca hasta encharcar el suelo.
Habían pasado dos horas, dos horas de incertidumbre para aquellos que aguardaban en el interior de la mezquita.
Feligreses que intuían el horror que acontecía fuera por los gritos desgarradores que enturbiaron aquel viernes de rezo.
Cuando se abrieron las puertas y la luz del sol volvió a iluminarles, se encontraron una atmósfera más densa y cargada.
Las cabezas de los nobles acompañaban a las del joven muchacho de la barca.
Estaban empaladas en estacas, perfectamente alineadas, como si se tratase de un macabro ornamento que vestía la vía de terror.
Aruj había dejado que aquellas cabezas que servían de festín para las moscas se secaran bajo el sol y que sirvieran para recordar que les pasaba a aquellos que trataban de traicionarle.
Las exclamaciones de horror y el pánico invadían a todos los feligreses que salían de la mezquita.
Pero aunque muchos lo pensaban nadie se atrevía a pronunciar palabras en contra, a través de las ejecuciones que acontecieron aquel día.
Quisieron mirar hacia otro lado o no mirar cómo aquellos que tapaban su rostro.
Más agacharon la cabeza cuando Aruj, con su mano de plata ensangrentada por las heridas mortales de los traidores, los evaluaba.
Algunos quisieron marchar pero los hombres de Aruj se lo impidieron, nadie se podía ir sin antes escuchar las palabras de Mano de Plata.
— Escuchadme...por vuestro bien escuchadme —.
Era extraño para muchos el tono empleado por Baba Aruj: paternalista, amenazante, conciliador e intimidante —.
Las cabezas que veis aquí, no son las de todos los que han traicionado a su fe para confraternizar con los infieles cristianos.
— Cuando Aruj dijo aquellas palabras, los feligreses entre ellos muchos poderosos de la ciudad, sabiéndose culpables, se miraron entre ellos —.
Soy justo, pero también soy misericordioso.
Dejaré que aquel que se arrepienta vuelva a la senda correcta.
Todo lo que hago es por el bien de Argel y por el bien de los buenos ciudadanos que habitan en ella ¡Soy vuestro nuevo sultán!
— Aruj dijo aquellas palabras con toda la fuerza de sus entrañas.
Provocando el estremecimiento de los presentes.
Entonces miró uno a uno a los notables de la ciudad supervivientes —.
Sería un acto de buena fe, que participarais con aquellas riquezas que se bien que os sobran, en mejorar los edificios de la ciudad.
Compartid vuestra abundancia con el pueblo —.
Muchos de origen humilde aclamaron a Aruj al escuchar como el nuevo sultán reclamaba sus riquezas a los acaudalados nobles —.
Ayudadme a fortificar las defensas. Estoy seguro que pronto vendrán a nosotros miles de estos cristianos a reclamar lo que mal regalasteis en nombre de todos.
Aruj se bañaba en los vítores de los más humildes y de sus propios hombres.
Mientras tanto los nobles con los ánimos bajos reflejados en sus ceños, veían que tiempos compulsos se avecinaban con aquel nuevo sultán.
Un dirigente que decía ser piadoso, mientras que la sangre de los muertos salpicada en su cara era la prueba de la ferocidad de sus actos.
El ensañamiento que estaba dispuesto a emplear contra aquellos que le contradijeran fue suficiente para infundir miedo entre los más reacios ante su presencia.
Aquel era el sueño de Aruj, más allá del mar, un sultán en la tierra que sería capaz de impartir la más truculenta de las justicias.