22. Una mano de plata en un brazo de hierro #2
— Tened los botes preparados — dijo el muchacho —.
Los notables aceptan vuestras condiciones, se han puesto en contacto con poblaciones vecinas que no quieren correr la misma suerte de estar a merced de ese maldito Baba Aruj.
En dos noches nuestra gente incendiará las naves atracadas en el muelle.
Cuando los hombres de Aruj salgan a sofocar los incendios, cerraremos las puertas de la ciudad.
La caballería de nuestros vecinos y vosotros deberéis encargaros de los que hayan quedado fuera de las murallas.
Nosotros nos encargaremos de los de dentro.
El capitán quedó meditando durante un momento mientras los hombres que le rodeaban esperaban unas palabras por su parte.
— Suena bien — se adelantó a decir García.
— Demasiado bien — enfatizó Sancho con cierto escepticismo.
Antes de que el mensajero se dispusiera a marchar, Sancho le sujetó del brazo.
— Recuérdela a tu gente que no queremos más divagaciones. Habéis elegido bien. No os volváis a equivocar como cuando decidisteis llamar a ese maldito Barbarroja y le abristeis las puertas de la ciudad.
El mensajero subió a su barca y empezó a remar. Portaba con él la advertencia de los españoles. Sancho no le perdió de vista hasta que se perdió en la profunda oscuridad de una noche cerrada.
Ciudadela de Argel.
Aruj solía dedicar unos pocos ratos al día a apearse en lo alto de la ciudadela y divagar.
Desde ahí no solo contemplaba gran parte de la medina que a aquellas horas de la noche dormía.
También aquel mar al que añoraba domar con sus naves.
Hizir se acercó a él para compartir su misma visión que les evocaba la pasión por el mar.
Incluso en las noches, cuando no se apreciaba el fondo de las aguas cristalinas, se quedaban hipnotizados por su embrujo, como si todos sus misterios fuesen a emerger en las horas donde la noche es más negra.
— Han visto volver del peñón al mismo muchacho que va y viene desde hace dos lunas. — Hizir rompió el silencio.
— Bien , bien. Que nadie mueva un dedo. Seguiremos como hasta ahora, esperando.
Hizir descubrió una daga que ocultaba en la manga de su túnica y la miró como el famélico al contemplar la primera comida de un largo día.
— Déjamelo a mí hermano. Hurgaré entre sus tripas hasta sacarle la verdad.
— No será necesario — aseguró Aruj —. Siento no haberlo compartido contigo antes, pero hemos tenido pocos momentos a solas. Intervenimos una carta dirigida a nuestros vecinos árabes. Están planeando incendiar nuestra flota para que salgamos de la ciudad en dos noches.
— Entonces es la hora de ajusticiar a los traidores — dictaminó Hizir.
— Lo que haremos es doblar la guardia sobre nuestra flota — ordenó Mano de Plata —.
Si vamos a buscar justicia ahora, huirán como hacen las ratas, en todas direcciones.
Solo cazaremos a una o dos de esas alimañas, por eso te digo que esperemos.
Esos necios están esperando al viernes de oración para llevar a cabo su traición. Esa precisamente será su perdición.
Había llegado el día en el que los notables de Argel iban a ejecutar su plan contra Aruj, un huésped que se había tornado indeseado y que perjudicaba sus intereses.
Cuando el sol estaba en lo más alto anunciado el mediodía, los cantos llamaban a los fieles para realizar la yumu’ah .
El rezo de los viernes era de obligado cumplimiento para los hombres y aconsejable para las mujeres, solo el estar indispuesto, podría librar al musulmán de no asistir a la mezquita.
Para que todos, ancianos y niños incluidos, pudieran asistir, el rezo era el más corto de la semana, al igual que el sermón.
Era por ello que Aruj sabía que debía actuar con rapidez.
Los fieles accedían en orden a través de los veintitrés peldaños que les conducían al gran pórtico del edificio religioso, que armoniosamente era flanqueado por dos minaretes.
El mármol blanco que cubría la mezquita, sin duda resplandecía sobre el resto de las construcciones de la ciudad.
En pocos minutos la nave central de la mezquita se llenaba con los ciudadanos de Argel .
Sus voces inundaban el espacio hasta elevarse y retumbar en la gran bóveda.
Todo estaba dispuesto para que aquel fuese un viernes más de rezo y confraternización.
Ibn Ahmad saludaba a amigos y conocidos.
Pero aquel día estaba nervioso, sabía que en unas horas se iban a vivir momentos clave para el futuro de la ciudad.
Miraba a su alrededor a todos los fieles que también habían ocupado las naves laterales para escuchar el sermón.
Se respiraba júbilo y veía en el resto de notables, tan conspiradores como él, la satisfacción y seguridad en sus rostros.
Confiaban en que todo lo planeado iba a ir bien y que al fin se iban a deshacer de Aruj .
Pero el estruendo de las grandes puertas al cerrarse les hizo despertar de sus fantasías.
Ahmad alzó su vista sobre el resto de los que habían acudido a la mezquita, ignorantes de lo que estaba sucediendo.
En la gran puerta ya cerrada, una decena de hombres de Aruj, armados se habían alineado custodiando la salida.
Los murmullos de la muchedumbre cesaron cuando se escuchó el cierre de los portones laterales.
Ahmad trataba de pasar entre los fieles concentrados en la mezquita que se miraban desconcertados.
Se sentía en peligro, quería huir y ponerse a salvo.
Metía el pie y el codo para acabar metiendo el cuerpo.
Se sentía indefenso, como un ratón que había caído en una trampa ¿Podría haberse anticipado a sus planes ese maldito de Aruj?
Por fin llegó frente al gran portón, trató de alcanzarlo con su mano. Pero dos hombres de Aruj de gran envergadura, con sus cimitarras desenvainadas le cortaron el paso. Ahmad trató de recoger todo el valor que acumulaba para lanzarse de nuevo sobre la puerta.
— ¡Dejadme pasar! ¡Esto es indignante! ¿Sabéis quién soy?
Pero el mercenario de Aruj le empujó haciendo que retrocediera tres pasos.
Ese hombre se había atrevido a ponerle una mano encima y se había atrevido hacer un movimiento de izquierda a derecha con su cabeza, negando con una media sonrisa.
Ahmad se volvió para buscar otra salida.
Ahí vio a muchos más notables nerviosos, algunos una veintena, conocedores de la conspiración contra Aruj que se había fraguado.
Todos asustados como animales atrapados.
De uno de los laterales de la nave central surgió como una aparición.
Al principió pensó que se trataba del mismo Aruj, pero enseguida se dio cuenta que el que había acudido era Hizir, algo más joven que su hermano, Mano de Plata, pero con el que compartía misma corpulencia y misma barba dorada.
A Hizir le seguía un séquito de treinta hombres que iban tras él obedientes y ordenados.
Todos los ciudadanos les habrían paso, hasta que se detuvo y con él sus hombres.
Se hizo un silencio que no fue absoluto por las respiraciones entrecortadas de las cientos de almas que habían llenado la mezquita.