22. Una mano de plata en un brazo de hierro
Una mano de plata en un brazo de hierro
Por mar y por tierra. Arruj y su ejército llegaron a las puertas de la ciudad de Argel.
La urbe estaba amurallada y servía como balcón al mar, donde frente a ella, a unos doscientos metros de tierra, en un peñón, se podían apreciar las fuertes fortificaciones de los españoles, que con una guarnición de doscientos hombres, se habían quedado para controlar los movimientos del gobernador Sheikh Selim, quién debía entregar tributos a los cristianos.
Precisamente Selim fue quien había mandado a llamar a Aruj y a su hermano Hizir, por lo tanto, la llegada de los miles de combatientes, era anunciada y esperada por todos los que habitaban en ella. Ante Aruj las puertas de la urbe se abrieron, como ya ocurrió en Shershell..
Mientras Aruj se asentaba en la ciudad, Hizir desde el mar inició el hostigamiento a los españoles refugiados tras las fortificaciones del peñón.
Las naves comandadas por Hizir se replegaban en el puerto para bloquear por mar a los cristianos — el peñón se convirtió en una prisión para ellos — Hizir tuvo la astucia de colocar sus naves lejos del alcance de los cañones de los cristianos.
El aire se llenó de pólvora y salitre pues los españoles respondían desde el peñón, con fuego dirigido a las murallas de la ciudad.
Más que derrumbar las murallas de Argel, se pretendía minar la moral de aquellos hombres que aguardaban en ella, imposibilitando que el comercio floreciera en los puertos, algo que sin duda afectó los intereses de los notables de la ciudad, que no tardaron en trasmitir sus quejas a Selim.
El gobernador de la ciudad recogió cada una de las reclamaciones de los nobles y hombres de negocios y se dirigió a Aruj para trasmitírselas.
Selim tenía la cara llena de surcos que los años le habían otorgado y el cabello lleno de las canas que el paso de tantos inviernos le había dejado.
Pero en sus ojos aún conservaba el brillo de la juventud.
El gobernador encontró a Aruj en una balconada de la ciudadela.
Desde ahí contemplaba el mar y aquel peñón que le impedía alcanzar su objetivo de pacificar la ciudad.
Ardía por dentro . Solo eran doscientos hombres, de carne cartílago y hueso que le impedían alcanzar la gloria.
Pensó que sus hombres y sus naves bastarían para doblegar su voluntad.
Pero ya habían pasado veinte días y todo seguía igual que a su llegada, solo que había llegado a sus oídos que algunos notables de la ciudad empezaban a dudar de su capacidad.
— Algunos en la ciudad se están empezando a preocupar — dijo Salim a la espalda de Aruj —. Este bloqueo marítimo no solo les perjudica a ellos, también perjudica nuestros intereses comerciales.
Como un destello, el rostro de su hermano pequeño Ilias, sobrevino a su mente.
Su vida se desbrozó frente a él, repentinamente, sin tiempo a reaccionar.
Fue un cristiano el que le arrebató a Ilias una vida llena de vida y a la que le quedaba tanto por hacer.
Su asesino fue un hombre, como aquellos infieles que aguardaban en el peñón, como aquellos que le arrebataron la mano.
Apretó los dientes y se contuvo, pues con sus palabras Selim insinuaba que era mejor rendirse.
— Lamento que te importe más los intercambios comerciales que vivir bajo el yugo de los cristianos respondió Aruj sin volverse —. Fuiste tú que me mandó a llamar y yo he acudido a la llamada con mis hombres. No pretendas ahora que me vaya sin nada.
— Esperaba otros resultados, pero lo que estamos perdiendo estos días no es comparable al tributo que estábamos pagando a los cristianos — determinó el gobernador —. Esperaba no tener que pagar un precio tan alto.
Selim se marchó, dejando a Aruj con la amargura de un fracaso que le costaba digerir.
Desde lo alto de la ciudadela vio de nuevo como desde el peñón se reanudaban los bombardeos.
Sabía que cada impacto de cañón, cada fuego que se debía apagar, erosionaba más y más la confianza que los ciudadanos de la ciudad habían puesto en él.
Por el momento ni él en tierra ni Hizir en el mar, no podían hacer con esos españoles nada más que esperar.
Aunque si que quedaban cabos sueltos por cortar para así afianzar su posición en Argel.
Con Selim, Aruj fue mucho más discreto, pues sabía de antemano la fidelidad que muchos hombres, entre ellos notables de la ciudad, tenían hacia él.
No hubo testigos. En una noche muy fría, propicia para el baño caliente.
Selim se relajaba con un baño el Al-bayt al-sajún.
El vapor se elevaba cubriendo la estancia.
Fue el propio Aruj, quiéns ocultándose en el vapor, surgió de entre la bruma sorprendiendo a Selim sin darle tiempo a reaccionar.
Envolvió una toalla alrededor del cuello de Selim.
Aruj apretó con todas sus fuerzas. Selim quiso gritar para pedir auxilio, pero ningún sonido salía de su garganta atenazada por la fuerza de Aruj.
Chapoteó en el agua con sus pies, mientras con sus manos trataba de liberarse.
Aruj no atendió las súplicas de Selim y siguió apretando hasta que los movimientos de Selim se tornaron más débiles.
Hasta que sintió como sus vértebras se astillaban como un viejo árbol.
Aruj fue su asesino y Aruj fue quien con sumo pesar fingido, reunido con los notables a las puertas de la gran mezquita de la ciudad anunció su muerte.
— Siento deciros que Sheik Selim ha abandonado este mundo.
El grupo de nobles murmuraba. A pesar de haber superado el medio siglo de edad, el gobernador parecía gozar de buena salud. Los notables intercambiaban impresiones y recelos ante lo sucedido. Uno de ellos, de tez curtida y una barba blanca que contrastaba con su piel, llamado Ibn Ahmad, habló.
— Selim gozaba de buena salud ¿Cómo ha podido ser?
— Tal vez un colapso mientras tomaba un baño caliente — argumentó Aruj —.
Fuese lo que fuese ha sido la voluntad de Alá.
— Aruj acompañó sus palabras con una maliciosa sonrisa y pudo ver al instante, en las caras de los nobles que lo que les decía no les convencía —.
Pero las suposiciones sobre la muerte del honorable Selim no son importantes.
Lo que importa ahora es librarnos de los cristianos que aguardan en ese maldito peñón.
Mi hermano Hizir ya ha empezado las operaciones por mar.
Lo único que os pido a los que permanecemos en tierra es resistir y algo de sacrificio.
De nuevo los murmullos sobrevolaron entre las cabezas de todos. Lejos de lo que esperaría Aruj, no vio entusiasmo en los nobles.
— ¿A que sacrificios te refieres? — preguntó uno.
— ¿Hasta cuánto debemos resistir aquí? — preguntó Ahmad.
Con la impaciencia marcada en su sien, Aruj respondió con hosquedad.
— Sacrificaremos lo que sea necesario. Resistiremos cuanto sea necesario.
Peñón de Argel.
Fuertes eran las defensas construidas por los españoles.
Por mar aguardaban los barcos de Hizir, la huida era imposible, solo quedaba resistir.
En la fortaleza, los ánimos de los doscientos españoles menguaba día a día.
El hambre y la presencia del enemigo desde hacía semanas no les permitía conciliar el sueño.
El capitán Sancho Lezo, paseaba entre sus hombres, apostados en las murallas, dándoles ánimo, regalándoles aprecio y palabras de consuelo.
A pesar de ser joven y con escasa experiencia en el mando, se movía con seguridad y la trasmitía a los suyos.
Como uno más, se apostó a otear la ciudad tomada por Aruj y las naves replegadas donde Hizir vigilaba en el mar.
Pero entrando la noche que devoraba la luz, todo era menos perceptible.
Hernán García, su segundo se acercó a Sancho. El capitán se percató de su presencia y posó su mano sobre su hombro, apretando sus dedos, regalándole afecto.
— ¿Cuáles son las órdenes para mañana, capitán?
— Lo de cada día García. — El capitán acompaño sus palabras con un largo suspiro —.
Seguiremos racionando los víveres, haremos inventario del armamento y seguiremos disparando nuestros cañones para que esos malnacidos se acuerden de estos doscientos hombres.
Y un día más, seguiremos esperando que venga la ayuda, ya sea de Castilla o de Orán.
— Ese maldito nuevo rey tiene la vista puesta en Flandes. Maldito crío — espetó García.
— Es nuestro rey, García, así que contén tus palabras, al menos delante de nuestros hombres.
— Sí, capitán — respondió García de mala gana.
Sancho compartía la opinión de García —tenía razón— el nuevo rey extranjero, tenía la vista puesta en otros asuntos, ignorando las penurias de los doscientos de Argel.
El como tantos otros echaba de menos su hogar, tenía una esposa que le esperaba y una pequeña hija a la que aún no conocía, pero no podía permitirse mostrar su frustración frente a sus hombres.
Un soldado que subió a la alameda interrumpió al capitán la inmersión a sus pensamientos. Estaba agitado, trataba de recuperar el aire a la vez que hablaba.
— Ca… capitán. Ya está aquí.
García y Sancho se miraron, los dos sonrieron y siguieron al soldado que dejó aquel mensaje y se marchó apresurado.
Pasaba a través de los hombres que se encontraba a su paso hasta que llegaron a una pequeña cala rocosa, donde un círculo formado por unos pocos soldados rodeaban a una figura que cubría su cabeza con una capucha, apeado junto a una pequeña barca, que se movía con el vaivén del agua.
Casi a empujones, Sancho se abrió paso entre los hombres. Tendió su mano y ayudó al encapuchado a alzarse.
La figura descubrió su cabeza. Era un muchacho de rasgos semitas. Aún no era un hombre. Parecía fatigado, no solo por haber remado sino también por el miedo que le pinzaba los músculos, los pulmones y el corazón.
— Que le den agua, vino o lo que quiera Dios que pida — ordenó Sancho y dos hombres acataron la orden y prestos se marcharon —. ¿Qué nuevas traes, chico?