21. El pendón real
El pendón real
El pendón real se había alzado para que todos lo vieran.
De un rojo vivo que rompía la armonía del cielo azul, aguardando en su interior un castillo.
Danzaba en el mástil con una ligera brisa que recorría y abría su tela.
Aquella era la señal que indicaba que en Castilla había un nuevo rey.
Los heraldos reales lo anunciaban a viva voz y Fernando de Habsburgo, como tantos otros, en palacio y a extramuros, escucharon el anuncio por la voz de los heraldos.
—¡ Castilla, Castilla,Castilla! ¡lPara la reina doña Juana y el rey don Carlos, nuestro señor y señora!
Fernando no vio proclamas entre los cortesanos que escuchaban el anuncio mientras franqueaba los jardines de palacio.
Solo murmullos. Tras los pasos del muchacho, le seguía de cerca un hombre curtido, de ojos rasgados y de una barba y cabellos negros como las telas que vestía. El hombre se dirigió al príncipe.
— ¡Os veo alterado don Fernando!
El chico se volvió. A pesar de sus trece años se veía como un pequeño hombre. Maduro para alguien tan joven.
— Señor de los Cobos — dijo Fernando — Os tenía en tierras andaluzas.
— Debo resolver unos asuntos antes de partir.
— ¿Partir?
— A Flandes mi príncipe — dijo con pesar de los Cobos —. ¿Hay algún último servicio que pueda hacer por vos?
— No os preocupéis. Iba a retirarme a mis aposentos. Tal vez más tarde organice alguna jornada de caza para los próximos días. Necesito hacer algo para tratar de no pensar.
Francisco de los Cobos se acercó aún más al joven Fernando, a una distancia en la que él solo le oyera.
— Si se me permite preguntar ¿Pensar en que?
— No sé si es apropiado decíroslo. Pero lo que está sucediendo hoy me perturba. Sé que puedo confiar en vos. Servisteis a mi abuelo Fernando hasta el final de sus días. Pero creo que es mejor callar.
Francisco de los Cobos. Suspiró y miró a Fernando mostrando compasión por el joven príncipe.
— ¿Es por la subida al trono de vuestro hermano? ¿Ello os causa algún tipo de incertidumbre.
Fernando se contuvo durante unos segundos pero finalmente sus palabras no pudieron ser contenidas.
— Tendría que estar aquí en Castilla. O al menos haber hecho acto de presencia.
Así lo habría querido mi abuelo. Temo que se derrumbe todo lo que construyeron mis abuelos por su desidia.
Tengo entendido que ese Barbarroja amenaza ahora con tomar Argel.
Mi abuelo se fue a la tumba pensando que ese pirata había muerto.
También murió en paz pensando que sus conquistas al otro lado del mar serían duraderas.
Francisco de los Cobos clavó sus ojos en el suelo, como si una losa de pesadumbre le impidiera alzar la vista.
— Comprendo vuestra inquietud majestad y apreciando vuestro amor hacia la grandeza de este reino, no puedo más que dar la razón a aquellos señores que ven en vos un rey, son más de los que pensáis. Sois joven sí, pero sabéis elegir vuestras palabras.
Fernando miró extrañado a Francisco de los Cobos.
— Si dais la razón a los que me ven como rey ¿Por qué marcháis a Flandes?
— Son tiempos inciertos en las Españas. —Francisco de los Cobos sonrió —.
El cardenal Cisneros como regente en Castilla y el arzobispo Alonso como regente en Aragón.
Cisneros quiere alejarse de las maneras de vuestro abuelo y para ello ha dejado de contar con aquellos que le éramos más fieles.
Entre ellos yo. Deseo entrevistarme en Flandes con vuestro hermano o al menos con sus consejeros.
Castilla necesite un rey que esté en Castilla.
— Creo que a Cisneros no le hizo mucha gracia que proclamasen a Carlos rey sin antes haberse presentado a las Cortes. — pensó Fernando en voz alta.
— Ni a Cisneros ni a muchos otros, ya fuesen grandes o hidalgos. Pero pienso que estos asuntos políticos deben aburrir a un joven como vos.
— No si el legado de mi abuelo está en juego.
De los Cobos hizo una reverencia ante el príncipe.
— Con vuestro permiso me despido. Tened por seguro que solo deseo lo mejor para Castilla, independientemente de quien se siente en el trono.
No sé si seréis vos o vuestro hermano. Pero creedme que si fueseis vos con gusto os serviría.
No olvido quién es el rey ahora y por la estabilidad del reino, espero que venga pronto.
Flandes.
Margarita de Austria, libre ya de su cargo, avanzaba con presteza por los pasillos de palacio con la tensión presente en todos los músculos de su cuerpo, pues a pesar de librarse del peso de la gobernanza, sobre sus espaldas recaía un peso mayor, el de una madre.
Los guardias apostados a las puertas del salón donde estaban reunido Carlos la miraban acercándose, perplejos sin saber que hacer.
Antes de que dijeran nada, Margarita abrió la puertas de par en par y accedió a la sala.
Junto al nuevo rey de Castilla, Aragón y Nápoles estaba el canciller de Carlos, Jean de Sauvage y el principal consejero de Carlos, Guillermo de Croy, señor de Chièvres, que aún no se había percatado de la presencia de Margarita.
— Una reunión con Francisco I ayudaría a limar asperezas con respecto a la actual situación en Italia.
Pienso que… — Guillermo de Croy finalmente percibió que la atención del canciller y del rey no estaban puestas en él, sino a su espalda.
Se volvió. Ahí pudo ver a Margarita, firme y con las manos cruzadas en su regazo.
Escuchando como una más las palabras del señor de Chièvres.
— No os preocupéis por mí. Acabad. —Margarita se mantuvo de pie esperando.
— Archiduquesa… verá… — Guillermo de Croy carraspeó un par de veces —. Verá, esta es una reunión del consejo privado con su majestad. Estamos tratando asuntos que son más apremiantes para…
— ¿Para quién señor de Chièvres? ¿Para Carlos? ? ¿Para vos? ¿Para Francisco de Valois? Entiendo que no queráis disgustar al rey de Francia. Pero mucho menos deberíais descuidar a los siervos españoles, impacientes por la llegada de su rey.
— Tía… — Carlos por fin se pronunció, miró a sus consejeros y recordó al instante el trato que Margarita quería que tuviera con ella en público —…. Archiduquesa. — Margarita asintió ante la rápida corrección de Carlos. Al instante Carlos se dirigió a los dos hombres —. Dejadnos solos.
Jean de Sauvage asintió. Guillermo de Croy también lo hizo. No abandonó la sala sin antes apremiar al rey.
— Permitidme recordarle majestad que hay asunto urgentes que requieren vuestra atención.
Carlos, con los ojos clavados en la mesa, asintió como un chico obediente.
Margarita no perdía detalle de las reacciones de su sobrino, propias de muchacho tímido al que parecía que la cabeza le bullía y del señor de Chièvres, que abandonaba con paso firme y satisfecho la reunión.
Margarita esperó a que la puerta se cerrara y se dirigió a Carlos, apoyando la palma de su mano sobre su espalda.
— Prioridades sobrino. Solo tú puedes saber cuáles son. Ni Castilla ni Aragón te esperarán eternamente. Sé que has recibido otra carta del cardenal Cisneros.
— No sabía tía que tuvierais acceso a mi correo.
— Sigo teniendo a siervos leales en tu corte sobrino.
Aquellos que velan por ti. — Margarita dibujo una sutil sonrisa que se apreciaba en la comisura de su boca —.
Dale una respuesta digna a Cisneros. Tiene razón en sus palabras.
Lo que pasó en la catedral, cuando te nombraron rey, no fue correcto, no es el proceder ni las costumbres de las Españas.
Acude aunque sea a presentarte a las Cortes, de lo contrario temo que los castellanos nombre a otro rey.
— ¿Os referís a mi hermano? — Carlos pareció sacar el fulgor que apresaba en su interior—. Es joven. Muchos de los que le rodean, por conveniencia propia, envenenarán su conciencia con buenas palabras. Mi hermano debería también ver que ya se ha alzado el pendón real en varias ciudades.
— No en todas las ciudades se ha alzado el pendón sobrino: otras ciudades como Plasencia o Zamora se resisten a proclamarte como rey.
— Ellos sabrán. El emperador y el Papa me reconocen como tal. Mi hermano debería saber cuál es su lugar y dejar de especular con un trono que no le corresponde. Debería eliminar de su círculo a aquellos que le alientan a alzarse contra mí.
— Eso es algo que a todos les puede ocurrir, al joven y al anciano, y Fernando es solo tres años más joven que tú.
Tal y como hablas, deberías darte cuenta si alguna vez te rodean serpientes.
— Margarita bajó los hombros rendida y como un ruego delante de Carlos, dispuso sus manos orantes —.
Si algún día se alzase contra ti, lo haría contra un rey extranjero al que no conoce y que se ha autoproclamado rey de Aragón , Castilla y Nápoles y no contra un hermano.
Sal a su encuentro, parte hacia España y acalla cualquier rumor.
Deja que Fernando te conozca cómo te conozco yo.
Carlos se dejó caer en la silla y se llevó los dedos a las sienes.
— Tengo muchos asuntos de los que ocuparme. Entre ellos tía, vuestras tierras hostigadas por ese maldito rey francés.
Margarita se agachó frente a Carlos y sujetó su mano.
— Todo ello puede esperar sobrino. Aprovecha ahora las aguas tranquilas del verano. Si te demoras el invierno te hará el viaje más difícil. Solo te pido que no seas tan ingenuo y creas que podrás gobernar Castilla o Aragón desde aquí.
Antes de que el joven rey se pronunciara, las puertas del salón se volvieron a abrir y de ellas Guillermo de Croy emergió con la seguridad del principal consejero del rey.
— Majestad. He parlamentado con el embajador inglés. Sin duda es un buen momento para establecer un interesante acuerdo comercial y garantizar la seguridad de nuestros puertos a los navíos ingleses.
Carlos se levantó y miró a Margarita.
— Ya os dije que tengo demasiados asuntos por atender.
Margarita también se incorporó y asintió casi haciendo una reverencia al rey.
A continuación se marchó, pasando a pocos pasos del señor de Chièvres, sin dedicarle una sola palabra, ni siquiera una sola mirada.
Margarita solo dejo unas palabras antes de marchar para que fuesen recogidas por Chièvres y que resonaron en un eco entre las cuatro paredes y que se alojarían en la mente del rey Carlos.
— Castilla no esperará eternamente.