Carlos V. Trilogía Completa 20. Un sultán a las puertas
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20. Un sultán a las puertas

Un sultán a las puertas

El rey católico del otro lado del mar había muerto, aquel que en los últimos años se había propuesto a perseguir a las tribus bereberes para imponer a su Dios y a su cruz.

El rey cristiano ya no estaba, el trono estaba vacante y muchos lo celebraban, algunos festejarían con fuego y la sangre derramada de los infieles cristianos sobre la tierra de Alá.

Aruj avanzaba día y noche, sin descanso por llanuras y caminos pedregosos.

Seis mil hombres entre bereberes y turcos le seguían, a su lado cabalgaba Hasan el muchacho que con tanta admiración, un buen día decidió seguirlo hacia lo desconocido.

Los que le seguían continuaban llamándole Baba Aruj, sus enemigos Barbarroja y los príncipes otomanos habían empezado a llamarle Aruj brazo de plata.

En realidad Aruj cubría el muñón de su antebrazo con un brazo de hierro, pero las noches de luna llena, en el mar profundo, donde no se divisaba costa alguna, su brazo parecía de plata.

Su piel estaba más curtida por el sol, su torso y diafragma se habían engrandecido y ablandado, debido a que cada vez más se había entregado a los placeres mundanos y carnales. Aún así seguía siendo temido.

Su hermano Hizir, se desplazaba por mar, comandando dieciséis galeotas, cargadas con abundante artillería para el asedio y transportando quinientos hombres entre todas las naves.

Mientras unos navegaban sin perder de vista la tierra, los otros avanzaban por la costa en caminos rocosos donde el mar embravecido martilleaba con fuerza, advirtiendo de que estaban al borde de sus dominios.

Ya se divisaba su destino, la ciudad portuaria de Cherchell, donde los minaretes se alzaban sobre las murallas y el canto ya se entonaba, llamando al último rezo del día.

— ¿No temes la respuesta del gran sultán Selim en Estambul?

— Hassan preguntaba, pero Aruj solo sonreía, no respondía.

Entonces Hasan volvió a formular unas palabras que torcieron el gesto de Aruj —.

Algunos hombres han empezado a hablar, Baba Aruj, son menos los botines, menos las incursiones, menores las recompensas. Empiezan a dudar, empiezan a murmurar.

— ¿Y qué opinas tú, Hasan? — preguntó Aruj tornando su semblante agrio—. ¿También dudas?

— Por supuesto que no, Baba Aruj — respondió Hasan sin dudar.

— Me alegra escuchar eso. — Aruj asintió pero seguía áspero —.

Llevas a mi lado muchos años. Has sido mis oídos y mis ojos, te considero como a uno más de mis hermanos.

También espero que seas mi espada cuando yo no esté presente.

Así que, al que vuelvas a escuchar dudando de mí, sea quien sea, le arrancas la lengua de cuajo.

Hassan asintió, sabía que Baba Aruj hablaba en serio.

Había visto con sus propios ojos como había ejecutado a hombres con sus propias manos, algunos por cobardía, otros por desertores y unos pocos por traidores.

Aruj no tenía reparos, no le importaba haber reído o brindado el día anterior con aquellos hombres a los que sentenciaba.

Era sin duda implacable con todo aquel que le cuestionaba.

Desde la ciudad, en lo alto de las murallas, con los brazos cruzados, un turco de ricas ropas observaba el avance de Aruj y sus hombres que como una marabunta se encaminaban hacia la población. Su nombre era Kara Hassan , el turco sonrió y gritó a viva voz para ser escuchado.

— ¡Es Aruj!.— Al decir aquel nombre, sus hombres rujían con fuerza a través de miles de gargantas —. El que no puede morir viene a unirse a mí para limpiar esta tierra infesta de infieles cristianos ¡Abrid las puertas! ¡Dejad que entren!

Las órdenes de Kara Hassan fueron obedecidas al instante, sin dar tiempo a ningún otro tipo de preparativo para recibir a las huestes de Aruj. Mano de Plata y sus hombres ya estaban atravesando las puertas. Kara Hassan bajó de las murallas para recibir a Aruj y unirse al clamor de sus tropas.

Kara Hassan enseguida reconoció a Aruj, entre la masa humana que penetraba por las puertas de la muralla. Era corpulento y su mirada era fiera e intimidante.

— Bienvenidos. — Cuando Kara Hassan le rodeó con sus brazos, Aruj no se inmutó.

Kara Hassan ignoró el desplante de Aruj y mantuvo una forzosa sonrisa —.

Ordenaré que dispongáis de todas las comodidades posible para que podamos mantener una reunión para establecer los términos de nuestra alianza. Seguidme.

Aruj no contestó y se limitó a seguir a Kara Hassan y a sus cuatro guardias que se abrían paso entre la multitud a empujones. Hassan fue el único hombre de los hijos de Aruj que le acompañaba para esa reunión.

Aruj seguía a Kara Hassan entre calles estrechas de muros blancos, iluminados por las primeras antorchas que anunciaban la noche.

A Mano de Plata le sobrevino el aroma de las especias.

Se sentía embriagado y más relajado, tal vez por eso mismo.

Kara Hassan pensó que el temido pirata se había destensado y había dejado su gélida presentación en las puertas de la ciudad.

— Y dime hermano ¿es cierto lo que dicen? — preguntó Aruj a Kara Hassan —. ¿Te has proclamado sultán de esta ciudad?

— Así es — respondió orgulloso.

— ¿Así sin más?

— Así sin más.

Aruj soltó una sonora carcajada, Hassan la siguió. Los cuatro guardias y Kara Hassan no entendían a que venía aquella risotada. Los anfitriones se miraban con incertidumbre ante los nuevos huéspedes arribados a la urbe , pero finalmente se unieron a las risas.

— Sin duda tienes coraje. Más sabiendo que está proclamación no será del agrado del Gran Sultán Selim.

Kara Hassan escupió en el suelo.

— El gran sultán está lejos en Estambul. Si le desagrada que me haya proclamado sultán de estas tierras puede venir aquí. Se topará con las murallas de la ciudad, largos meses de asedio y la muerte de todo aquel que se atreva a intentar traspasar estos muros.

Aruj rumió:

—Hablas con seguridad, pero deberías desconfiar de todo y todos, estás muy seguro de que tus hombres te sigan hasta el fin.

— ¿A caso los tuyos no lo hacen? — preguntó Kara Hassan mientras subían unos peldaños que conducían a la residencia del autoproclamado sultán.

— ¿Traicionarías a tu padre? Así me ven los que me siguen, como un padre, Baba Aruj me llaman. Quién es capaz de traicionar a su sangre no merece más que la muerte. Sí. A lo largo de estos años me he visto en la obligación de ajusticiar a unos cuantos. Pero han sido solo unos pocos.

— Te envidio Aruj. — Kara Hassan le dio paso a Aruj a la entrada de su gran residencia —. Envidio la devoción que tus hombres tienen hacia ti.

Los dos hombres se acomodaron sentados en cojines en un salón, dejando a fuera a sus propios custodios.

El aroma del banquete que se estaba preparando en la cocina llegaba a la habitación de la reunión.

Kara Hassan dio dos palmadas. De las sombras que desembocaban en una puerta, salió una joven esbelta, de pechos firmes y caderas pronunciadas.

Sus telas rojas eran casi transparentes haciendo ver más de lo que se podría intuir bajo sus ropajes Con el temor en su faz se acercó a Aruj y se sentó a su lado.

— Un obsequio amigo mío — dijo Kara Hassan —. Acepta a esta esclava como regalo. Como muestra de mi buena fe.

— Tengo esclavas más que de sobra. Seguramente tenga bastardos de los que desconozca su existencia — dijo Aruj sin dirigirle la mirada a la joven —. Tendrás que agasajarme con algo más que mujeres.

— Por supuesto — Kara Hassan asintió, la esclava se levantó a una señal de su amo y sirvió dos copas que entregó a cada uno de los hombres. Hassan sostuvo su copa y observó a su interlocutor —. Es el mejor Raki que probarás.

Aruj esperó a que su anfitrión bebiera de su copa, después de ver cómo probaba su propio licor, le imitó. Encontró la bebida deliciosa, se relamió los labios y asintió satisfecho.

— Lo cierto es que tú hospitalidad es más que generosa — indicó Aruj —. Discúlpame si voy directamente al grano, pero pienso que en estos momentos en los que los cristianos son débiles en estas tierras, el tiempo apremia. ¿De que medios dispones?

— Tienes razón. El tiempo apremia, así que sin rodeos.

— La esclava esta vez se sentó junto a su amo, Kara Hassan acariciaba sus muslos mientras seguía hablando, provocando que la chica se estremeciera al sentir su tacto —.

Como has podido comprobar al entrar en mi ciudad, dispongo de casi un millar de hombres entre bereberes y turcos.

Además de contar con ocho galeotas en el puerto.

Si sumamos nuestras fuerzas combinadas a las de Sheik Seilm, podremos doblegar a los cristianos en Argel.

— Selim— Arruj hizo una mueca de desagrado —. Sí, me ha invitado a unirme a él. Ese Árabe ha sido llamado por los notables de Argel para liberarles del yugo cristiano. Supongo que cuando tomemos Argel se autoproclamará sultán de la ciudad.

— No sé nada sobre los planes de Selim. Solo sé que hasta ahora a actuado como gobernador de Argel, dispuesto ahí por los propios cristianos.

— Demasiados sultanes — rumió Aruj a la vez que irrumpieron los gritos que venían de las calles.

— ¿Qué ha sido eso? — Kara Hassan se sobresaltó mientras se oían los disparos y el choque de las espadas — ¿Qué está pasando?

Aruj se levantó dejando ver toda su envergadura y la robustez de su cuerpo, más grande y más hinchado de como Kara Hassan lo recordaba unos instantes atrás.

— Deben haber sido los gritos de aquellos de tus hombres que han decidido no unirse a mí — Aruj dio un paso hacia Kara Hassan que, atemorizado, se cubría bajo el terso cuerpo de su esclava que luchaba por librarse de los brazos que la apresaban —. Como te he dicho, desconfía de todo y de todos.

— !Espera…! ¡Pídeme lo que quieras!

Aruj dio un paso más y desenvainó su cimitarra. Agarró a la esclava del brazo. Gritaba aterrorizada. La lanzó con fuerza hacia un lado, haciendo que se golpease con violencia contra la pared.

— Como ya te he dicho, tampoco hay nada que me puedas ofrecer. Lo que yo quiero… lo tomo.

Aruj asestó el primer mandoble sobre la carne desnuda del cuello del autoproclamado sultán que ahogaba sus gritos en su propia sangre.

Era demasiado ambicioso, un árbol que empezaba a germinar, había que talarlo antes de que se hiciera lo suficientemente fuerte y de que sus raíces socavasen los propios planes de Mano de Plata, Había que arrancar esa mala hierba de la tierra, antes de que ese hombrecillo se convirtiera en un bosque fuerte que con el tiempo lo cubriera todo .

Asestó un golpe, otro y otro más, hasta desmembrar su cabeza que había capturado en su rostro el horror del último instante de su vida.

Y rodó hasta los pies de la esclava que gritaba horrorizada.

— ¡Mírame! — ordenó Aruj acercándose a la esclava que no reaccionaba y que cubría sus ojos con las palmas de sus manos —. ¡He dicho que me mires!.

La esclava obedeció, temblorosa sollozaba. Al alzar la vista vio la sangre de su amo salpicada en la cara, la barba y la ropa de Aruj, como si este fuese un ogro que se hubiese servido de su carne para saciar su hambre. Y la chica volvió a gritar espantada.

— Si dejas de llorar no te haré nada.

Aruj le tendió la mano a la esclava y la ayudó a levantarse.

Mano de Plata abrió las puertas del salón, afuera aguardaba Hassan con su cimitarra ensangrentada, alimentada por la vida de sus víctimas y dos más de sus hombres.

Tres guardias que le habían acompañado a aquella reunión yacían en el suelo sin vida, con la sangre aún emanando de sus heridas.

Otro de los guardias esperaba cabizbajo y desarmado la sentencia de Baba Aruj.

— Ha decidido rendirse — se apresuró a informar Hassan —. Muchos en la ciudad también han optado por rendirse. Te temen Baba Aruj.

— Yo no quiero que me teman, Hassan.

Aruj se acercó al guardián, arrastrando aún a la esclava a la que sujetaba del brazo. Lo miró de arriba abajo. Era joven, posiblemente hacía poco que había dejado de ser niño, pero por la vida que protegía, debía ser valeroso.

— ¿Prefieres servirme o prefieres morir? — preguntó Aruj arrastrando sus palabras como una serpiente en la tierra.

— Quiero servirte, Baba Aruj.

— ¿Aunque servirme te lleve a la muerte?

— volvió a preguntar Aruj y el guardián no respondió —.

Lo más posible es que mueras por qué ambiciosa es mi visión, para mí y para los míos.

Cuando mayor es la recompensa, mayor es el riego que se corre.

Aún así… — Aruj tomó la mano del guardián y la entrelazó con la de la esclava.

El guardián alzó la vista y se encontró ahí a una joven de ojos almendrados y de una belleza extenuante —…

Cuido de mis hijos. Tómala. El resto de tus días, sí me sirves bien, tendrás todo cuanto quieras, como también lo tienen el resto de mis hijos.

El guardián se arrodilló ante Aruj, a tal punto que casi besaba sus pies.

— Baba Aruj, no creo ser merecedor…

Aruj le ayudó a incorporarse y posó su mano sana sobre su hombro.

— Solo haz que se corra la voz entre los que se han entregado a mis hombres. Quien me sirva dispondrá de todo cuanto desee, no volveréis a pasar hambre, poseeréis mujeres tan hermosas cono la que te entrego y riquezas inimaginables. Ahora puedes retirarte.

La esclava escuchaba perpleja a Aruj. Había sido objeto y se había convertido en moneda, no sabía por cuántas manos pasaría, ni lo quería imaginar .

Entonces una lágrima resbaló por su mejilla.

El guardián la tomó con fuerza y la arrastró, la esclava quiso gritar, pero ahogó su grito, al menos estaba viva pensó, pero ¿sería una agónica vida peor que la muerte?

Los hombres de Aruj le siguieron, todos menos Hassan que permaneció junto al legendario pirata.

— A penas hemos tenido bajas Baba Aruj.

— Ya está hecho — dijo Aruj —. Ha sido más fácil de lo que pensaba, como una emboscada en un paso de montaña. Solo que ha sido en la propia ciudad de este incautó que se había proclamado así mismo sultán.

— Espero que Estambul no responda — Hassan se mostró preocupado.

— Ten por seguro que el Gran Sultán responderá. Ya me he encargado de ello. Pero no deberías preocuparte. Tenemos otros planes. La toma de Argel es lo único que debemos tener en mente.

— ¿Y ese otro autoproclamado sultán en Argel?

— Es otro cabo suelto como Kara Hassan que merece mi personal atención. Pero como te he dicho. La mente de todos debe estar en Argel. Ya me encargaré yo de que estas tierras tengan en mí a un único sultán.