19. La iglesia de los hombres
La iglesia de los hombres
Robustas eran las torres de la iglesia de Santa María.
Parecían dos pilares que soportaban todo el peso del cielo, evitando que aplastase la vida de los mortales.
Bastos pero también frágiles, pues solo su resistencia separaba la vida del justo castigo que merecían los hombres.
Así lo veía Martín Lutero, tras años y años dedicado al estudio, tal y como le había sugerido el vicario Staupitz.
Dedicó su tiempo a formarse académicamente, obteniendo brillantes resultados: no tardó en ser ordenado sacerdote, en impartir clases de teología en la misma universidad en la que se había formado.
Lutero era un prodigio, sus superiores lo sabían, así que no tardó en ser ordenado vicario de los agustinos en sustitución del propio Staupitz.
Lejos de sentirse orgulloso por los resultados obtenidos, Lutero sentía un vacío en su interior, algo le faltaba.
No sabía cuál era el propósito divino que se le había encomendado ni la razones que tendría Dios de haberle salvado aquel día de la tormenta hacía ya tantos años.
Sentía que erraba en sus pasos y era por ello también, que su carácter se había tornado más agrio con el paso del tiempo.
Aún así, siempre estaba dispuesto a dirigir sus palabras hacia aquel que quisiera escuchar y a debatir con todo el que se atreviera a cuestionar sus argumentos.
Aquella tarde, tras impartir sus clases de teología en la universidad, se dirigió a la iglesia de Santa María.
Esa era su rutina habitual. Y como cada tarde la nave central del edificio religioso se llenaba con feligreses sentados en los bancos, algunos de pie, ansiosos por escuchar la elocuencia del padre Lutero.
Desde el altar Lutero, hablaba con pasión y convicción, elevando su voz hasta las bóvedas donde se perdían en una maraña de nervios de piedra y volvían descendiendo en picado con el vuelo de una rapaz, penetrando en las mentes de los oyentes.
— Muchos pensáis erróneamente que el pecado se puede comprar.
— Lutero hablaba claro y con seguridad. Hizo una pausa para ver la curiosidad en la cara de los presentes —.
Muchos piensan que el perdón se puede comprar mediante indulgencias, no solo para ellos, sino también para las almas de sus difuntos que vagan en el purgatorio.
De esta manera pensáis que el que tiene más, merece más perdón que el humilde.
— Lutero abrió un libro que tenía sobre el altar, pasó una página, pasó dos y con fuerza señaló las líneas que quería leer con el índice.
Miró a los presentes y entonó en voz grave —.
Porque no me avergüenzo del mensaje del evangelio porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación, los judíos en primer lugar y luego a los griegos.
Pues este mensaje nos muestra de que manera Dios nos libra de culpa: es por fe y solamente por fe.
Así lo dicen las Escrituras: El justo por la fe vivirá.
— Martín Lutero cerró el libro y un profundo eco retumbó, haciendo vibrar los vitrales de la iglesia —.
Carta a los Romanos, uno, versículo dieciséis.
Lutero dejó un tiempo para la reflexión, repasó las caras desconcertadas de los feligreses, trató de captar los murmullos que se perdían entre cientos en la gran nave.
Hasta que reparó en un rostro que le miraba fijamente, cabizbajo, como si le juzgara.
Le era familiar, no tardó en identificar en el tercer banco a Johann von Staupitz, su antiguo mentor.
Lutero dejó sus ojos enfrentados a los suyos, ignorando al resto de los asistentes, hasta que finalmente, elevando aún más su voz, continuó su predicación.
— No lo digo yo. Lo dicen las santas escrituras. Nadie puede conceder el perdón más que Cristo nuestro señor ¡Nadie! El perdón solo lo puede obtener el arrepentido a través de la oración. Ahora hermanos, podéis ir en paz.
Todos los feligreses se marcharon en orden, intercambiando impresiones sobre la misa que Martín Lutero había dado.
Algunos se acercaron a Lutero para felicitarle por sus palabras, otros disconformes, trataron de mantenerse distantes con el sacerdote.
A Lutero no le importaban ni las felicitaciones ni los reproches, solo le importaba sacar de su mente lo que pensaba y de sus entrañas lo que sentía.
En pocos instantes la iglesia se había vaciado de toda alma.
Los pasos, la respiración, su carraspeo, todo sonido emitido sonaba más, como si el sacerdote formase parte mismo del edificio Sacro.
Con esos pasos resonantes, Lutero se sentó en el confesionario y quedo a solas, con sus pensamientos y la oscuridad.
Unos pasos que se acercaban rompían la calma, el dueño de esos pasos, esperados por Lutero, pronto apareció frente a él.
— Padre Staupitz. Os estaba esperando.
— Mi querido Martín — Staupitz sonrió —. ¡Qué bien te veo!
Lutero se levantó y le dio un profundo abrazo a su mentor. Un gesto recíproco, pero que sin duda Lutero notó algo más frío que lo habitual.
— Os tenía en vuestro nuevo cargo en el sur — dijo Lutero.
— He venido brevemente. Unos asuntos que debía resolver. Pero siempre queda tiempo para los viejos amigos.
— Os agradezco la visita. — Lutero se volvió para encender unas velas, dando de esta manera la espalda a Staupitz —. También os agradezco el haber escuchado mi sermón de hoy.
Staupitz carraspeó un par de veces y tragó saliva, mientras buscaba suavizar el mensaje que quería trasmitir a su antiguo pupilo.
— Estaba interesado en escuchar de tu propia boca lo que predicabas. Quería saber que palabras son aquellas que están escandalizando tanto en las diócesis como a otros sacerdotes. Lo cierto es que tenía curiosidad.
Lutero había escuchado cada una de las palabras de Staupitz, mientras seguía afanado en encender las velas.
— Y… ¿Qué opináis vos padre Staupitz?
— ¿Sinceramente? Que tus palabras son gruesas.
— ¿Gruesas? — preguntó Lutero volviéndose despacio —. No esperaba tal respuesta de alguien tan instruido como vos.
— Son graves, por así decirlo, querido Lutero.
Lutero caminó despacio hacia Staupitz, marcando su paso con cada pisada y se detuvo frente a su interlocutor.
— ¿Sabéis lo que es grave padre Staupitz? Lo grave es mirar hacia otro lado mientras algunos usan la venta de indulgencias para llenar sus estómagos.
— Martín, tu cometido no es juzgar la interpretación de las escrituras, ni en esta iglesia ni en la universidad donde impartes enseñanza.
— Lo grave es… — Lutero ignoró las palabras de Staupitz —. Lo grave es vender indulgencias para financiar la edificación de una nueva basílica en Roma en nombre de San Pedro.
— ¿Te estás escuchando? — Staupitz estaba sofocado y su piel se había tornado roja —.!Tus palabras pueden considerarse herejía!
— ¿Habéis venido a acusarme? — Lutero se puso a andar para escapar de aquella conversación y del juicio de su antiguo mentor.
— No, he venido a aconsejarte. Eres un hombre brillante, sin duda lo eres, pero estás errando en el camino que has tomado ¿Sabes lo que significan tus palabras? Sabes lo que puedes causar llenando de fábulas a los feligreses. Dios no quiera que tus palabras lleguen a la santa sede.
Martín Lutero se volvió indignado para encarar a Staupitz.
— Llevo años estudiando las escrituras. Las fuentes originales, en griego y en hebreo.
En estos años he leído más que lo que jamás leerá en su vida el santo pontífice.
De lo contrario, él sería el primero en decir que se están interpretando mal las enseñanzas de Cristo.
En el peor de los casos, se está usando a la iglesia para la conveniencia de ciertos hombres que no solo quieren conservar sus privilegios, sino aumentarlos.
Por lo que yo entiendo, el Papa es solo un hombre más, que se puede equivocar como cualquier otro.
— Lutero vio el horror en la cara de Staupitz, aun así, no se amedrentó —.
Me conocéis bien. Por ello sabréis que no soy alguien a quien se pueda persuadir.
Nadie me puede comprar, nadie me hará callar y no temo lo que me pueda pasar porque solo Dios juzgará mi alma y la vuestra también, incluso la del mismísimo Santo Padre de Roma.
Seguiré hablando, diciendo lo que pienso, no me importa si mis palabras derriban los cimientos de nuestra santa iglesia católica apostólica, si sobre los escombros nace una nueva iglesia más cercana a la idea primigenia de lo que debe ser.
Con esas últimas palabras, Lutero dio por concluida la visita del padre Johann von Staupitz y se alejó, dejando el temor en el cuerpo de su antiguo mentor.
Sabía que a Lutero no habría manera de hacerle recapacitar, nadie podría hacerlo, ni siquiera si desde el papado se le ofreciera un puesto de mayor envergadura.
A él, que renunció a su antigua vida por un acto divino, a él no podría, solo Dios podría, enviando a uno de sus ángeles para que le hiciera llegar su mensaje.
Si de algo estaba convencido es de que aquel hombre seguiría predicando hasta las últimas consecuencias, incomodando a los más poderosos, al Papa o al emperador Maximiliano.
Aquel hombre estaba dispuesto a demoler lo que por todos era asumido.
Lo haría porque estaba convencido de que todos estaban equivocados.