18. El último aliento del viejo aragonés
El último aliento del viejo aragonés
Muchos curiosos se habían concentrado alrededor de una humilde casa. Sus muebles eran modestos y su suelo de barro. Cualquiera que pasara por delante podría decir de aquella morada que era indigna de un rey. Lo que pocos sabían es que las circunstancias requirieron de aquel alto en el camino.
Todas las ventanas estaban abiertas. A pesar del frío invernal, la reina Germana de Foix así lo había ordenado.
Quería ventilar el espacio, dejar que la luz traspasará en todas las estancias, disipar el hedor de la muerte y vencer lo lóbrego.
Fernando de Habsburgo se encontraba sentado a los pies de la cama.
Con cada respiración luchaba por atrapar una bocanada de aire más.
El rey hizo un esfuerzo para mover las manos pidiendo a su nieto que se acercara a su oído.
— Abuelo, no habléis… debéis descansar — decía el príncipe Fernando de Habsburgo.
— No hijo… no — decía el rey forzando cada palabra —. Eso eres para mí Fernando, un hijo. Tú… tú eres todos los hijos que perdí. Cuanto hubiera querido darte aunque fuese Aragón. Cuanto lo he deseado… cuanto lo he deseado ¿Podrás perdonarme?
Fernando sujetó la mano de su abuelo.
— No debo perdonaros nada mi rey. Solo que no me abandonéis — respondió el niño conteniendo las lágrimas que acudían a sus ojos.
El rey, el conquistador de facciones duras. El que bajo su reinado conquistó Navarra y Nápoles y que extendió sus dominios cristianos a Granada y más allá del estrecho a Orán, ese rey, dejó derramar una lágrima por primera vez desde que le alcanzaba la memoria.
— Me voy tranquilo — dijo con una débil voz el viejo aragonés —. Dios te bendiga con muchos años de vida. Dios te de…
Y cerró los ojos, había agotado sus últimas fuerzas para dedicarle aquellas palabras a su nieto.
Respiró unas pocas veces más, se aquejaba como si el aire que pasara por su garganta fuesen cien cuchillas que le desgarraban por dentro.
Finalmente y tras una larga exhalación, su pecho dejó de moverse y todos los músculos de su cuerpo se relajaron.
De él solo quedaba la última expresión de dolor atrapada en su mirada.
El niño que había crecido junto a su abuelo no pudo contener más el océano que ocultaba en sus ojos Con la palma de su mano cerró los ojos de su abuelo.
Germana en cambio no lloraba, aunque con la mirada triste se mantenía fuerte, se acercó al niño y lo abrazó para consolarlo como nunca antes lo había hecho.
— Ahora ya descansa — decía la viuda —. Ya descansa.
— Germana miró al niño fijamente a los ojos —.
Para él fuiste su hijo. Le has bendecido estos últimos años.
Ahora compórtate como tal. Demuestra que eres nieto del aguerrido rey de Aragón y ordena que la noticia llegue a todos los rincones de sus dominios.
Fernando de Habsburgo enjuagó sus lágrimas con el dorso de su mano. Asintió. Sabía que en la hora más aciaga debía ser fuerte. Y así transmitiría que Fernando II de Aragón, rey de Aragón, de Mallorca, de Valencia, de Nápoles y Navarra, rey de Castilla iure uxoris y conde de Barcelona, había muerto.
14 de marzo de 1516. Catedral de Santa Gúdula, Bruselas
Hacía un mes que la noticia sobre la muerte del rey Fernando de Aragón había llegado a la corte de Carlos.
Aconsejado por sus consejeros el duelo durante seis semanas en todas las iglesia de los Países Bajos, como antaño se había hecho tras perecer su padre.
El negro en las vestimentas estaba presente en aquellos días del final del invierno.
De la misma manera Chièvres le aconsejó escribir una carta a Fernando, aquel hermano al que no conocía, para transmitirle su dolor.
Muchos eran los que habían acudido a la catedral aquel día con total solemnidad.
Los primeros que entraron en el templo cristiano fueron los caballeros del Toisón de Oro formando en procesión.
Portaban las insignias del difunto rey en sus estandarte: un yugo y cinco flechas que simbolizaban el orden, la justicia y la unión, pero también hacían alusión a las iniciales de los nombres de los reyes católicos, el yugo de “Ysabel” y las “Flechas” de Fernando.
Carlos siguió en su entrada a la catedral a la procesión de caballeros de la orden. El joven príncipe sentía que todas las miradas se dirigían a él. Se acercó al catafalco que fue cubierto por una tela negra. Sobre el reposaban una corona de oro y una espada.
Alonso Manrique, arzobispo de Badajoz, empezó oficiando la misa en honor a Fernando el Católico.
El joven príncipe le seguía con la mirada y Manrique se inclinaba ante él, con sus profundos ojos negros y su cadavérica faz que ocultaba bajo su barba gris.
Trataba a Carlos como si ya fuese el mismísimo rey de Castilla, como lo hacían otros tantos autoexiliados españoles.
No era para menos, como muchos otros, Manrique se sentía en deuda con el joven príncipe y sus consejeros: Guillermo de Croy, el señor de Chièvres, escuchaba también atento todas las palabras del arzobispo.
Manrique como tantos otros había huido de Castilla hasta recabar en Flandes.
Habían sido partidarios de Felipe, padre de Carlos, por su acenso al trono castellano y tras su muerte, habían huido de la ira del viejo aragonés.
Incluso Manrique se había convertido en el confesor del joven Carlos.
Manrique entonó con una profunda voz unas palabras dirigiéndose al catafalco que simulaba ser el féretro rey aragonés
— Don Fernando: rey de los reinos de Aragón y de Nápoles. — Manrique siguiendo el rito trataba de invocar al rey aragonés. Repitió su llamamiento dos veces más.
— ¡Está muerto! — advirtió alguien al fondo de la nave.
Manrique asintió y entonces cruzó una mirada con Chièvres. El consejero de Carlos movía la cabeza afirmativamente, satisfecho y haciendo así la señal de que debía continuar. Manrique respondió de la misma manera, pareciendo que aceptaba cumplir una orden preestablecida.
— Muerto el rey don Fernando. Los herederos son su hija Juana y su nieto Carlos. — Manrique se acercó al catafalco y tomó la corona de oro. Alzándola se acercó a Carlos —. Mi señor, la corona os pertenece ahora a vos.
Carlos dudó. Miró a su consejero Chièvres con el rostro lleno de dudas. Aquella misa que debía ser un homenaje a su abuelo se convirtió en una toma de posesión.
— No debería — dijo Carlos —. No así. No sin antes informar a mí madre.
El señor de Chièvres sonrió.
— Es un acto simbólico majestad, todos los presentes aquí aguardan. Como bien sabéis vuestra madre no está capacitada para llevar el gobierno de los reinos que deja vuestro abuelo. Aceptadlo. Os aclamaran aquí y en Castilla.
Carlos se arrodilló y el arzobispo ciñó la corona en su cabeza. Manrique volvió sobre sus pasos y tomó la espada para entregársela a Carlos que la sostuvo entre sus manos. El chico sintió sus palmas sudorosas, temía que la hoja o el mango se escurriesen entre sus dedos.
— Puesto que sois rey, ved aquí la espada con la que impartiréis justicia.
Carlos la sostuvo durante un momento más y se volvió hacia todos los asistentes que detrás suya le observaban llenando aquella catedral Ahí pudo ver al fin como todos lo aclamaban, dejando el luto a un lado para dar paso al festejo.
Las trompetas sonaron y el coro cantó en honor al nuevo rey.
Carlos se sobrecogía, aquella era una ceremonia ensayada, nada fue espontáneo, miró a Guillermo de Croy, señor de Chièvres y el sonrió y asintió, confirmando que el había sido el artífice.
Lejos de corresponderle con una sonrisa en señal de agradecimiento, aquel día el joven príncipe se mostró serio, dubitativo y sin ánimo de unirse a las celebraciones.
Sabía que ser rey era su derecho divino, pero por otro lado no se sintió henchido de orgullo, como siempre había imaginado, antes de que llegase el día.