Carlos V. Trilogía Completa 17. La princesa liberada
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17. La princesa liberada

La princesa liberada

Desde que Maximiliano había concedido la mayoría de edad a su nieto Carlos, el joven príncipe siempre estaba acompañado por un gran séquito.

Entre ellos destacaban los dos hombres que habían velado por él y sus hermanas desde su orfandad.

Uno de ellos era Enrique, dueño de las posesiones de Nassau y Breda en los Países Bajos y caballero de la Real Orden del Toisón de Oro.

Carlos también lo admiraba por su aguerrida carrera militar: Había luchado junto a Maximiliano contra Francia y junto a los ingleses de nuevo contra los franceses a los que hicieron huir del campo de batalla en Guinegate.

Fiero en la guerra pero afable en el trato cercano, corpulento pero con rostro gentil, Carlos le había nombrado su chamberlán y le había convertido en su principal confidente.

Otro de sus chamberlanes era Federico de Baviera, quien ya había entrado al servicio de su padre Felipe.

Con la prematura muerte del padre, tras haber sido nombrado rey de Castilla, Federico procuró siempre el cuidado y el cariño hacia los hijos de su señor, entre ellos Carlos al que solía obsequiar con todo tipo de regalos, como un pequeño caballo de madera que le regaló a los cinco años.

También tuvo especial aprecio hacia su hermana Leonor.

Federico contaba ya con treinta y dos años.

Aún así conservaba la piel tersa un cuerpo atlético y el brillo de la juventud.

Leonor, la hermana mayor de Carlos, también había florecido.

Acompañaba a su hermano en sus viajes. Se sentía dichosa y liberada, para ella los años en Malinas, criándose junto a sus hermanos, habían pensado demasiado, siendo privada hasta ese momento, de ver el mundo más allá de los muros de palacio.

Su cara era fina y agraciada, de una belleza frágil, sus ojos eran rasgados y caídos, sus labios carnosos y finos.

Parecía que su aparente inocencia apresara dentro un ardiente fuego que trataba de resaltar en el grácil cuerpo que había desarrollado y que en esa velada cubría por un suntuoso vestido verde.

En el palacio de Coundenberg la noche era fresca y propicia para la organización de un banquete.

Se hizo en el patio interior, entre las fachadas blancas coronadas de tejas azules, dejando a la vista de las decenas de invitados los jardines que alcanzaban el horizonte.

Los músicos amenizaban la velada, Leonor, sentada al lado de Carlos, seguía con su cabeza el ritmo de los acordes, mientras que el joven príncipe, charlaba con Enrique de de Nassau.

— ¿Creéis que ese Carlos de Egmond volverá a atacar nuestros territorios? — preguntaba Carlos en medio de la conversación.

— Joven príncipe. El señor de Egmond se ve como legítimo dueño del ducado de Güeldres. Recuperar esa posesión para su familia es la principal aspiración en la vida de ese miserable.

— No lo entiendo, querido amigo — El joven Carlos tomó una copa de vino que había rebajado con agua —.

Mi abuelo Carlos el temerario, compró el derecho a la sucesión del ducado de Güeldres, eso me contaron, que el padre de ese Carlos de Egmond se había revelado contra su propio padre.

Desde ese momento el condado pasó a formar parte del patrimonio Habsburgo. No entiendo dichas demandas.

— No estoy justificando al señor de Egmond.

Espero que no me hayáis mal interpretado, alteza, pero debéis tener en cuenta las razones de los demás, más allá de las vuestras.

En el momento en que vuestro abuelo Carlos el temerario compró la sucesión de Gūeldres, muchas ciudades dentro del condado no estaban de acuerdo con dicha decisión.

Al señor de Egmond no solo le alienta su propio pueblo, sino que también ha sido alentado por el rey Luis de Francia que en paz descanse.

No creo tampoco que Francisco, el nuevo rey, vaya a aplacar la ambición del señor de Egmond.

Pero por ello no os preocupéis alteza, estaré dispuesto a mandar de nuevo a ese pretendiente a duque y a los franceses por donde han venido y con el rabo entre las piernas.

Carlos sonrió y alzó su copa.

— Brindo por vos, mi leal amigo.

Leonor que había estado distraída también alzó su copa.

— Yo brindó por que dejéis de hablar de guerras y política esta noche. De hecho con tanta charlatanería acabaríais con todos vuestros enemigos sin hacer uso de las armas.

Todos rieron en la mesa por el comentario de Leonor.

— Mi querida hermana tiene razón — Carlos alzó la copa frente a Leonor —. Por ti que nos haces abstráenos de lo mundano.

Federico de Baviera y Enrique de Nassau acompañaron el brindis propuesto por Carlos. Los comensales siguieron interactuando entre ellos, mientras que Carlos prestó toda su atención en Leonor, que se mostraba resplandeciente aquella noche.

— Te veo feliz hermana, se podría decir que risueña.

— Carlos notó que Leonor ampliaba más su sonrisa e incluso encendía sus mejillas —.

Te he visto cantar en los jardines, bailar con tus damas de compañía.

De verdad que pensaba que te apenaría aún más la marcha de nuestras hermanas, pero me alegra ver que lo llevas bien.

— Soy feliz Carlos. Feliz de ver mundo junto a ti y de no seguir presa en aquel palacio que para mí se había convertido en una jaula. — Leonor tomó la mano de Carlos sobre la mesa —. Quisiera… quisiera seguir viajando contigo, ver mundo contigo y con la corte.

Carlos miró a su hermana con ojos enternecedores, pero sabía que la que le hablaba no era una princesa, sino una doncella de dieciséis años, un año mayor que él, guiada por el fuego de su juventud.

— Leonor, todos tenemos que cumplir con nuestras obligaciones , yo como príncipe, tú cómo princesa. Debemos anteponer nuestros deberes a los placeres. No estarás conmigo eternamente, serás reina y madre de reyes, no mereces menos.

— No es justo que no podamos decidir nuestro destino — replicó Leonor.

— ¿ Crees que el campesino ha elegido el suyo?

Leonor borró su sonrisa en el acto, se levantó y se marchó al centro del patio donde otros invitados habían salido para danzar de manera protocolaria al ritmo de la música.

Carlos la miró preocupado mientras trataba de recomponerse en medio de los invitados, la miraba, más que como un hermano a una hermana, como un padre miraría a su hija, era extraño para él al tratarse de su hermana mayor.

No le preocupaba el libertinaje que mostraba, sino disgustarla.

Sus ansias de libertad eran lo de menos, ya que su desparpajo siempre había traído algo de luz a su vida gris.

Pronto dejó de observarla para volver a su conversación con Enrique de Nassau.

Pero faltaba uno de los comensales que se había levantado de la mesa, casi sin llamar la atención ni de Carlos, ni de Enrique de Nassau.

Federico de Baviera se había acercado al centro del baile donde se encontraba Leonor danzando con otros invitados.

La contempló durante unos segundos, ella le devolvía la mirada, acompañándola de una sonrisa traviesa.

Cuando los músicos detuvieron la música, el baile se detuvo y los comensales aplaudieron.

Federico no aplaudía ni a los músicos, ni a aquellos que habían danzado, solo aplaudía a Leonor sobre la que tenía el foco.

Entonces se dirigió al hombre que había servido de pareja de baile de la joven princesa.

— ¿Me permitís? — Casi sin obtener respuesta del joven, Federico tomó el relevo y para cuándo los músicos reanudaron con una nueva melodía, se encontraba danzando con Leonor.

Las palmas de sus manos casi se tocaban, incluso Leonor rozó con la llena de sus dedos la piel de aquel hombre que le doblaba la edad, amigo de su difunto padre y que había velado por ella desde pequeña.

Leonor le regalaba cada movimiento, cada gesto y Federico no hacía más que ruborizarse como si fuera él un inesperado novicio.

— Permitidme deciros que esta noche estáis espléndida.

— Me vestí y me preparé, pensando en que hoy me veríais. — Leonor hablaba entre susurros, sentía que sus mejillas ardían —. ¿Os veré esta noche?

— ¿Por qué no vernos ahora? ¿Por qué esperar? — Federico contenía el fuego en su mirada.

— ¿Ahora? — Leonor soltó una media carcajada como si estuviese a punto de realizar una travesura.

— Los invitados están entretenidos, distraídos. Nadie preguntará por vos.

Entonces Leonor se separó de Federico conteniendo en la comisura de su boca la picardía.

Se alejó hasta abandonar el grupo de los que danzaban embriagados por la música.

Federico la siguió con la mirada. Ella iba despacio, midiendo sus pasos, tal vez para no llamar demasiado la atención de sus damas de compañía o de su propio hermano.

Se fue alejando más y más, hasta introducirse entre dos setos que daban a un laberíntico jardín.

Federico respiró hondo y siguió los pasos de la joven princesa, se alejó del baile y de las luces para adentrarse en una noche más profunda en medio de aquel laberíntico jardín de setos.

Ni un ruido, solo los insectos de la noche y algún ave interrumpían la calma.

Lejos de sentir temor por aquella oscuridad en la que se adentraba, Federico se sentía sumergir en un plácido sueño, uno que al despertar recordaría con cada sensación y cada olor, como en las contadas ocasiones en las que se había visto a solas con Leonor.

Mientras recorría uno de los pasillos franqueados por la verde maleza, Federico sintió unas pisadas que estaban a la vuelta de la esquina, o eso creía.

Con dos zancadas trató de sorprender a Leonor, pero al llegar se había esfumado con una risa tan traviesa como la de una ninfa en el bosque.

Parecía que de nuevo la princesa había empezado a jugar con él, como solía hacer, llegando a desesperarle.

Miró hacia un lado y a otro, frunció el ceño, hasta que sintió unos leves toques en su espalda.

— ¿Os habéis cansado ya de buscarme? — Cuando se volvió vio a Leonor. Su belleza resplandecía más bajo la luz de la luna, otorgando otros matices a sus facciones.

— ¿Creéis que os perseguiría eternamente? Os tenéis en muy alta estima.

Entonces Leonor sonrió y echó a correr. El juego continuaba para ella.

Federico la siguió, esta vez no la perdería de vista.

No tardó en darle caza agarrando su cintura, para después estrecharla entre sus brazos con fuerza, quería asegurarse de que no volvía a desvanecerse.

Leonor llevó sus manos sobre las de su amante y alzó el mentón para descubrir su esbelto cuello.

— Veis, me habéis perseguido y seguiríais persiguiéndome hasta el final de vuestros días —. Dijo entrecortada, entregada al placer al sentir los labios de su amado recorriendo su cuello hasta el lóbulo de su oreja.

La joven sentía como se humedecía, su deseo resbalaba entre sus piernas, dispuesta a entregarse a aquel amor prohibido. Lo sentía aun más, cuando tomó sus manos y se las llevo a sus pechos. Federico los sentía, prietos jóvenes y firmes, como hacía tiempo no sentía otros.

— Leonor se volvió y beso a su amante, profundamente hasta encontrarse con la pasión en su lengua, danzando rítmicamente con la suya.

Se devoraron con la intriga y la excitación de ser descubiertos en ese jardín del Edén a pesar de que el banquete se encontraba lejos.

No les importaba, no había mejor festín que tomar de aquel pecado de la carne.

— Decidme que sois mío y de nadie más — exigió Leonor con la voz entrecortada —. ¡Decídmelo!

— ¿Soy yo el único para vos? — preguntó Federico entre el frenesí.

— ¿Por quién me habéis tomado? — Y Leonor llevó la mano de su amado a su entrepierna para desvelar su deseo —. Estoy dispuesta a entregarme a vos porque sois el único.

Federico quiso arrancar ahí mismo la ropa de su amada para así tomarla, pero se contuvo. Pensó que la tierra y el barro no eran un lecho propicio para su amada. Por ello dio un paso atrás. Sabía que si seguía con los besos y las caricias, sus ansias se apoderarían de su razón.

— Quisiera dejar de ocultarme princesa. Dejar de dirigirme a vos en palacio a través de señales de las cuales solo nosotros sabemos el significado.

Dejar de decir lo que siento a través de cartas, con palabras que se perderán con el fuego al ser leídas, por temor a ser descubiertos.

Quisiera decir cuánto os amo a viva voz y no con susurros.

— Paciencia y prudencia amor mío. — Leonor dio un paso hacia delante y hundió su cabeza en el torso de Federico —.Paciencia y prudencia. Ese día llegará.

Leonor quería creer en sus propias palabras.

De hecho, pensó que si de verdad lo deseaba se haría su voluntad y que su hermano olvidaría aquello de hacerle reina y madre de reyes, una posibilidad que no existía con el príncipe del Palatinado.

Quería convencerse de que en verdad así sería y podría vivir sus días junto a Federico.

La maldición de ser una Habsburgo, no le dejaba por el momento lugar a la elección.