16. El ascenso de de los nuevos reyes
El ascenso de de los nuevos reyes
El sol de los viejos reyes de Europa descendía.
En días aciagos se recibía la noticia de la muerte de un viejo monarca.
Las pesadas coronas serían ceñidas a los sucesores.
Con fuerzas renovadas aceptarían el mandato divino, dispuestos a embarcarse en empresas vistas como imposibles por aquellos que les precedieron.
Algunos se coronaban como nuevos reyes y otros habían empezado a emprender el camino.
Siguiendo el consejo del señor de Chièvres y en contra del criterio de Margarita, el emperador Maximiliano había declarado la mayoría de edad de su nieto Carlos a sus quince años.
Pero diez días después de que aconteciera dicho suceso y como si de un juego del destino se tratase, un nuevo rey de apenas veinte años era coronado en Francia.
Se trataba del yerno del difunto rey Luis XII, quien no había tenido hijos varones.
La catedral de Reims se vestía como no lo había hecho en años.
Sus dos torres normandas parecían más altas, como gigantes durmiente que contemplaban a la multitud concentrada en los aledaños del edificio gótico.
En su interior los nobles alineados en los bancos contemplaban a su nuevo señor, vestido con ricas telas de plata y joyas incrustadas tan resplandecientes como el juego de luces que se colaba en la nave central de la catedral a través de los vitrales .
Era un rey fuerte y vigoroso, de excepcional altura.
Su frondoso cabello negro le aportaba una apariencia más feroz, capaz de equipararse al mítico Hércules.
En primera línea ya contemplando la coronación de su hijo estaba su madre, Luisa de Saboya, de carácter fuerte: al enviudar joven hubo de mostrar fiereza ante aquellos que quisieran usurpar los derechos de su hijo, pero también fue una madre sufridora.
Cuando su hijo Francisco contaba solo con siete años cayó de su caballo.
Veló por él día y noche hasta el punto de caer enferma.
Por fortuna de ella, Francisco sobrevivió y creció sano como el más fuerte árbol.
A pesar de sentir orgullo, Luisa de Saboya no se permitió sonreír.
Seguía atenta con sus ojos claros y rasgados cada uno de los movimientos de su hijo, como si le estuviera evaluando.
Junto a la madre estaba Claudia, la nueva reina e hija del difunto rey Luis XII.
Las formas de su cuerpo eran redondeadas, algo orondas para los gustos de Francisco.
Poco agraciada debido a su baja estatura y su espalda encorvada.
Sin duda la nueva reina quedaba eclipsada por su propia suegra y por la hermana del rey, Margarita, de cabellos negros esbelta y de singular belleza.
El rito de la coronación se había realizado tal y como estaba planeado.
Francia tenía un nuevo rey, joven y fuerte.
Su paso a la salida de la catedral era lento, pausado, quería empaparse de las felicitaciones de sus súbditos.
Dejó a su esposa, la reina Claudia en un segundo plano a varios pasos por detrás, dejando que su hermana Margarita y su madre Luisa se llevasen toda la atención.
El rey Francisco asentía agradecido ante todos aquellos que le felicitaban, pero se paró de súbito ante un hombre que vestía ropajes borgoñeses , donde destacaba con una chaqueta ajustada de un intenso burdeos. Era un hombre menudo de ojos saltones.
— Majestad — empezó a decir el hombre borgoñés —.
Quería trasmitir mis felicitaciones de parte de Carlos de Habsburgo, por la gracia de Dios príncipe de España, de Sicilia, Nápoles, de Jerusalén.
— El rey Francisco tornaba los ojos mientras el emisario borgoñés seguía enumerando los títulos de Carlos —.
Archiduque de Austria, Duque de Lorena, Brabante, Estiria, Carintia, Carniola, Limburgo, Luxemburgo y Güeldres.
Conde de Flandes, Habsburgo, Tirol, Artesia, Borgoña, el Palatinado y Henao.
Landgrave de Alsacia, príncipe de Sabía, marqués de Burgao, Holanda, Zelanda, Ferrette, Kyburgo, Namur y Zutphen, señor de Frisia, Eslavonia, Pordeone, Salins y Malinas.
El emisario borgoñés concluyó y permaneció en silencio mientras que el rey francés se llevaba los dedos de su mano a sus sienes. Francisco miró a su alrededor: los cortesanos que le rodeaban esperaban una contestación que rompiera el incomodo silencio y dejó soltar una sonrisa forzada.
— ¿Habéis acabado ya? — preguntó el rey francés con una sonora carcajada que sus cortesanos secundaron
— Majestad — respondió algo cohibido el borgoñés por los cientos de ojos que le auditaban —. Mi señor Carlos de Habsburgo, desea ante todo la paz entre los cristianos. Incluso estaría complacido de emprender acciones conjuntas si fuese preciso, así como una unión santa en contra de los paganos.
Francisco amargó la sonrisa que pretendía mantener, pero que mezcló con una mueca.
— Seré un buen pariente, amigo y señor del joven príncipe, duque de Borgoña. — Francisco hizo énfasis su última palabra —. Puesto que es mi vasallo. Y como vasallo mío le mandaré a llamar si precisara de sus servicios.
— Ma… majestad. — El borgoñés miraba a un lado y a otro, entre los cortesanos. Sin pestañear, sabedor de que el rey Francisco había lanzado un desafío.
— No penséis que yo seré manejado ni por el emperador Maximiliano, ni por el rey Fernando de las Españas, como fue manejado mi difunto predecesor.
No, que no se le vaya a pasar por la cabeza a ese vasallo mío que no se ha dignado a presentarse a la coronación de su señor — dijo entre dientes Francisco —.
Cuando ese joven príncipe herede las Españas, si algún día las hereda, no solo tendrá que lidiar con ese pirata al que llaman Barbarroja que dicen que asola las costas de sus posesiones.
También deberá retomar conmigo conversaciones para responer sobre todo aquello que su abuelo el católico ha arrebatado al reino de Francia.
Francisco siguió su camino, congratulado por las felicitaciones de aquellos que encontraba a su paso. El emisario borgoñés se quedó de pie plantado. Tenía el presentimiento de que aquel rey tenía sus propios planes. Y el debía ser quien transmitiera las malas nuevas al joven príncipe Carlos.