Carlos V. Trilogía Completa 15. El peso del tiempo #2
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15. El peso del tiempo #2

Maximiliano alzó el mentón y la vista al escuchar los argumentos del señor de Chièvres.

— Hablas con sabiduría Guillermo. Es por eso que te nombré consejero de mi nieto. Sin duda debo tener en cuenta tus palabras.

— ¡Padre! — Margarita alzó la voz, provocando que los reunidos en la mesa le prestarán toda su atención —.

Emperador — rectificó la archiduquesa —.

No me importa que mi sobrino me esté escuchado ahora mismo.

No me importa herirle con mis palabras, pero aún no está preparado.

— Carlos escuchaba cabizbajo las palabras de su tía.

— Archiduquesa. — El señor de Chièvres acompañó sus palabras con una sonrisa y tono conciliadores —. Pensad en el peso que os quitareis de encima cuando abandonéis la regencia de los Países Bajos.

— Llevo ese peso con gusto. Como una madre llevaría el peso de sus hijos sobre sus espaldas o en su vientre. El mismo gusto y responsabilidad por el que velo por los intereses de mi sobrino.

— El príncipe tiene en sus consejeros a los que velarán por sus intereses desde este momento. — El señor de Chièvres trataba de destensar la conversación con un tono afable.

— ¿Los intereses de mi joven sobrino o los vuestros? — Margarita lanzó aquellas palabras junto a una mirada inquisidora hacia Chièvres.

— ¡No sois justa con el señor de Chièvres, tía…! — Cuando Carlos protestó desde el otro extremo quiso rectificar el trato que le estaba dedicando a Margarita —... Archiduquesa.

El señor de Chièvres miró al emperador Maximiliano, con un halo de indignación en su semblante.

Maximiliano endureció sus facciones y alzó la voz.

— ¡Basta Margarita! Guillermo no merece está descortesía por tu parte.

— Chièvres asintió conforme ante las palabras del emperador y Margarita, orgullosa, mantuvo la vista al frente, rígida sobre su asiento.

Maximiliano se dirigió esta vez al consejero de Carlos —.

Dejadme solo con mi hija y mi nieto. Parece que este asunto de estado ha pasado a ser un conflicto familiar.

Guillermo de Croy, señor de Chièvres, se levantó e hizo una leve reverencia a Maximiliano y a Carlos y otra aun más leve a Margarita.

La archiduquesa le retiró la mirada al instante.

El consejero del joven príncipe se marchó, y al cerrar la puerta dejó un eco que se paseaba entre el emperador, su hija y su nieto.

Maximiliano lo rompió al dirigirse directamente a su nieto.

— ¿Qué piensas de todo esto Carlos? ¿Te ves capacitado para asumir tus responsabilidades?

Carlos asintió con seguridad.

— Ya habéis escuchado al señor de Chièvres, emperador.

Las circunstancias así lo requieren. Si la grandeza del apellido Habsburgo se ve en peligro, es mi deber asumir dicha responsabilidad.

Ya quisiera yo tener a mi padre vivo, o a mi madre cuerda para seguir aprendiendo y formándome, pero esta y no otra es la dicha que me toca vivir y con honor la acepto.

Maximiliano arqueó las cejas, sorprendido por la seguridad que mostraba aquel nieto suyo al que le quedaba muy poco para cumplir los quince años.

— Sin duda acerté al encomendar tu crianza a tu tía aquí presente. Hablas y lo haces bien.

— Si me confiasteis su crianza, también podrías confiar en mi buen juicio en este momento.

— Margarita interrumpió al emperador y se dirigió a Carlos con cierta súplica en un ruego que salió de su boca —.

Carlos, que no te ofendan mis palabras. Lo único que trato de hacer es protegerte ¿Lo entiendes?

¿Te das cuenta que asumiendo tu mayoría de edad vas a tener el peso del mundo en tus espaldas?

No creo que aún las tengas lo suficientemente anchas sobrino.

No lo creo. No te preocupes por cuando se apague la vida del rey Fernando de Aragón, el cardenal Cisneros ha demostrado ser siempre fiel a tu legitimidad. Puedes esperar Carlos.

— Al cardenal Cisneros también le pesan los años — ahora era el emperador quien interrumpía a su hija —.

Si lo que sugieres hija, es que él sea quien se encargue de la regencia de Castilla hasta que Carlos alcance su mayoría de edad, no puedo estar más en desacuerdo contigo ¿Cuánto crees que resistirá el viejo cardenal la presión de los señores de Castilla?

Para cuando Carlos alcance la madurez de la cual dices que carece, ya habrán nombrado rey al príncipe Fernando.

Lo último que deseo es que mis dos nietos, estos dos hermanos, se enfrenten y viertan la sangre Habsburgo en ponzoñosas guerras.

— Mi deseo es conocer a mi hermano Fernando, emperador — empezó a decir Carlos —. Congraciarme con él. No deseo otra cosa.

El emperador asintió de nuevo satisfecho.

— De nuevo con tus palabras demuestras sentido de la responsabilidad.

No se hable más entonces. Ratificaremos mi decisión con los Estados Generales, para que así sea nombrado señor de los Países Bajos y tú tía abandone la regencia.

Por suerte Adriano de Utrecht ya fue enviado a España para disuadir de cualquier tentativa que tenga el rey Fernando de legar el reino de Aragón a mí otro nieto.

Eso te allanará el camino—. El emperador observó durante unos segundos, con los dedos entrelazados, el rostro serio de su hija —. ¿ Alguna objeción más, hija?

— Os equivocáis emperador . Pero si es esa vuestra voluntad mis palabras no serán un impedimento para que vuestra decisión sea formalizada.

Maximiliano no respondió y dio por concluida aquella reunión. Se despidió, tenía asuntos que un emperador siempre debe atender.

Carlos y Margarita también se disponían a marchar, pero antes de separarse, Margarita posó su mano sobre el hombro de Carlos. Su sobrino se volvió y la miró. Estaba recta como era ella, pero con ojos compasivos como solía dedicarle pocas veces y solo cuando hablaba desde el corazón.

— La decisión está tomada Carlos. Rezaré por ti. De verdad.

— No es lo que parecía cuando hablabais frente al emperador. — Carlos se mostraba dolido por la actitud contraria que había mostrado su tía a la declaración de su mayoría de edad.

— Que no quiera dar la espada a la realidad, no quiere decir que mis mayores deseos no estén depositados en ti. Te he criado Carlos. Te conozco y si no comprendes mis palabras es porque aún no estás preparado.

— La decisión está tomada, es lo que vos acabáis de decir. No hay vuelta atrás. Guillermo de Croy me ayudará en mi tarea. Por ello no debéis preocuparos. Descansad, ya habéis hecho demasiado — Carlos se dispuso a marchar por el largo pasillo, para despedirse así de su tía.

— El ímpetu y la inexperiencia te hacen oír solo lo que tú quieres escuchar .

Nada más. — Con sus palabras Margarita detuvo a Carlos —.

Tal vez ahora no quieras escuchar mis palabras, pero tengo la esperanza de que las recuerdes, no mañana sino de aquí unos años, cuando añores mis consejos.

Serán muchos los que te agasajen, los que resalten tus virtudes, pero pocos serán los que se atrevan a cuestionarte cuando de verdad piensen que erras en tus decisiones.

Valora las opiniones sinceras, pues ellas vendrán de los más leales en tu corte.

Y se escéptico con aquellos que te den siempre la razón, pues ellos mismos no velarán por tu interés, sino por el suyo propio.

Lo harán también mantener su posición. Este es el último consejo que te doy por mi propio pie. Tendrás más cuando me los pidas.

Carlos no respondió, perdió su mirada en el suelo.

Cabizbajo escuchó como los pasos de su tía se alejaban tras él, recorriendo el pasillo y dejándole solo como si la penumbra le invadiese.

Sintió el frío, no era el frío de aquel invierno, sino un frío que jamás había sentido.

Margarita se alejaba, ya no le arropaba con sus brazos, como lo había hecho en los últimos años, con el cariño y la autoridad de la madre que nunca estuvo.

Y por primera vez pensó, que Margarita en realidad estaba en lo cierto. No estaba preparado.

Por el orgullo, por el maldito orgullo, no dio marcha atrás.