15. El peso del tiempo
El peso del tiempo
—Viejo aragonés me llaman —. El rey tosió tras pronunciar aquellas palabras —.
Y tienen razón, ha sido pasar de los sesenta y ya todo me pesa: los huesos y los años.
Además no he sido capaz de darte un heredero y el único hijo que tuvimos murió a los pocos días.
No os culpo querida esposa, seré yo que he sido afortunado en mis conquistas en Granada, América , Nápoles y el norte de África, pero incapaz de procurar que alguien siga con mi legado.
Demasiadas veces el sol había salido y se había puesto para el rey de Aragón, Nápoles y Navarra y ahora también regente de Castilla.
Su humor se había agriado, el abatimiento copaba sus días.
Solo aquellos momentos que pasaba junto al nieto que portaba su mismo nombre avivaban su ánimo .
Ya no se sentía como aquel rey aguerrido que tantas empresas militares había colmado con éxito.
El rey sentando en una poltrona y cubierto con una manta se aquejaba.
A su lado aguardaba Germana de Foix, su joven esposa de veinticinco años.
Llamaba la atención la belleza natural y la figura esbelta de la consorte, de exquisitos modales y la atención afable que ofrecía a su viejo marido.
Germana aquel día había recogido sus cabellos rizados y oscuros, trenzándolos y cubriendo sus orejas con ellos.
— No penséis en ello — respondió Germana —. Debéis descansar, reponer fuerzas y Dios proveerá.
Las puertas de la estancia se abrieron, irrumpiendo en la sala un joven de apenas once años.
Era alto para su edad, de piel blanca como el primer como de nieve de invierno y cabellos oscuros que hacían palidecer aun más su dermis.
A él le acompañaba Adriano de Utrecht, quien había viajado a España para aplacar el humor del rey y conocer sus intenciones.
Los dos se plantaron frente al viejo aragonés y su esposa Germana. El primero que habló fue Adriano.
— El joven príncipe es un infante muy avanzado para su edad. Se le ha instruido bien.
— Mi nieto predilecto. — El rey esbozó una sonrisa —. Mi querido Fernando. — El rey de Aragón se volvió hacia su esposa —. Él podría Germana. Él podría continuar mi legado. No sólo porta mi misma sangre, sino que también mi mismo nombre.
— Pero sabéis que no puede ser así, mi rey — respondió Germana y mirando con compasión al niño —. Deberíais aplacar tales alabanzas hacia vuestro nieto.
— Vuestra bella esposa tiene razón. Vuestro legado puede ser mucho mayor de lo que imagináis — Adriano posó su mano sobre el hombro del príncipe Fernando. Pero sé que Carlos encontrará un buen apoyo en su hermano.
El rey volvió a toser fuerte, y trató de recuperar el aire.
— Más quisiera legarle más a mi Fernando — se lamentó el rey de Aragón —. Y no solo las rentas de Nápoles.
— Querido abuelo. Sé cuál es mi lugar. — Fernando mostraba una madurez inusual en sus palabras. Alzó la vista para encontrar a Adriano que asintió satisfecho por la respuesta —. No os preocupéis por mí. Solo pensad en recuperaros. Solo eso.
El rey de Aragón hizo un esfuerzo por levantarse de su poltrona.
Su nieto se acercó a él para ayudarle a incorporarse, pero el rey alzó la mano, haciendo ver que ordenaba que se detuviera en su auxilio, quería demostrar que aún se podía hacer valer por sí mismo.
Finalmente el rey Fernando se alzó y encorvado miró con satisfacción a su nieto.
— Con tu palabra demuestras lo noble que eres.
— El rey posó su mano temblorosa sobre el hombro de su nieto —.
¿Lo habéis visto Adriano? — Fernando dirigió la pregunta al antiguo tutor de Carlos y asintió, para después volver a dirigirse a su nieto—.
Estoy muy orgulloso. Que buen rey hubieses sido para Aragón, pero ni eso puedo legarte.
Aunque lo desee no puedo. Si el emperador Maximiliano sueña con un imperio cristiano unido, yo sueño con que los reinos de España queden inquebrantablemente ligados por siempre.
— El abuelo se apresuró a recoger un pañuelo de la mesa para llevárselo a la boca al toser y expulsar las flemas —.
Tú hermano Carlos, es el legítimo heredero de tu madre en Castilla y yo en estas tierras solo gobierno en nombre de ella.
Que más quisiera que tú fueses el heredero y no un nieto que no conozco.
Tú te has criado aquí, en nuestras costumbres y tú deberías ser el rey que uniera definitivamente a los reinos de España.
Pero no será así, por desgracia no será así Fernando.
— Siempre me lo has dicho abuelo — dijo con timidez el niño —. Lo acepto.
El rey sonrió de nuevo. Esta vez lo hizo con una mueca de dolor. Entonces el rey se dirigió a Adriano que aún permanecía en pie contemplando la escena.
— Debo hablar con mi nieto… a solas.
Adriano asintió satisfecho y se retiró con la sensación de haber llevado su cometido a cabo, el de tratar de alejar al rey católico de cualquier impulso que le llevará a proclamar al príncipe Fernando como su heredero.
Habían sido días de insistencia por parte de Adriano, esgrimiendo todo tipo de argumentos, pero parecía que finalmente, el viejo aragonés, había entrado en razón.
En la estancia dejo a Fernando y su nieto junto a la joven Germana. Cuando el rey se cercioró de que ya no había ninguna intromisión indeseada, se volvió hacia su nieto.
— Escúchame hijo, sé que me has dicho que sabes cuál es tu lugar, lo dices porque no posees aún la ambición de los hombres, la que tantas veces nos ha llevado a destruirnos.
Pero la poseerás. Cuando ya no esté y los grandes de Castilla te agasajen y te digan que tú y solo tú mereces ser el rey de Castilla, te verás legitimado para reclamar tu trono.
Prométeme Fernando… — El rey se volvió a sentar en su poltrona, dejando reposar la espalda en el respaldo, sintiéndose más aliviado —.
Prométeme Fernando que no verterás la sangre de tu hermano.
No hay mayor dolor que aquellas disputas con nuestra propia familia.
— El rey se mostraba cansado —. A mí aun me duele haberme enfrentado a mi hija, a tu madre. Pero lo hice por el bien del reino.
— Fernando es aún joven para llegar a comprender tus palabras — intervino Germana que había seguido la conversación entre el abuelo y el nieto con total atención.
— Fernando es inteligente — respondió el rey —. En pocos años será un hombre.
El rey Fernando de Aragón miraba con estimación a su nieto, no como lo haría un abuelo, sino como miraría un padre hinchado de orgullo a un hijo. El nieto se acercó, arrastró una silla y se sentó junto a su abuelo
— Abuelo... quisiera preguntarte.
— Pregunta.
— He escuchado a ciertos hombres en la corte, algunos venidos de la mar. Dicen que ese Barbarroja sigue vivo.
Fernando echó a reír y mezcló sus carcajadas con tos.
— Son fábulas de marineros. No creas todo lo que escuchas. Dicen los hombres que se enfrentaron a él en Bugía que murió de un cañonazo.
— Entonces ese hombre debe ser inmortal o un espíritu, ya que los hombres a los que escuché hablaban con convencimiento.
La voz y el semblante del rey Fernando adquirieron un tono serio.
— Son historias para asustar a los niños.
Pero un príncipe cristiano como tú no debería creer en dichas herejías que sirven para engrandecer a los paganos.
Barbarroja ya no asola las costas cristianas desde aquella batalla y nuestros dominios se expanden más allá del estrecho por territorio bereber.
Al único que debes temer es a Dios. — Fernando contuvo el aliento y volvió a un tono desenfadado —.
Y a tu abuelo. Créeme que aún puedo prestar batalla.
— El rey se abalanzó con sus manos hacia la tripa de su nieto, provocando las carcajadas del príncipe.
El rey Fernando había recuperado algo de vigor con la irrupción de su nieto, como casi siempre que cruzaba palabra con él.
Pero por otro lado, con gran pesar, sentía que no podía recompensar a su nieto con una buena herencia.
Pasaba los días temiendo su destino, frente a la fuerza del heredero de un imperio. Un nieto al que no conocía.
Flandes.
Carlos, era aquel hermano tres años mayor, al que Fernando no conocía.
Ignoraba cual debía ser su carácter y cuáles serían sus planes de futuro.
Era por así decirlo un completo desconocido, criado en otras costumbres y en otra lengua.
Aquel desconocido tampoco conocía a su abuelo paterno, pero si su férrea voluntad por alcanzar el sueño de un gran imperio Habsburgo.
El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Maximiliano I. Se había presentado en Flandes para entrevistarse con aquel que debería cargar con ese sueño sobre sus espaldas.
En torno a una mesa, en una sala decorada con ricos mosaicos, estaban reunidos el mismo Carlos y Maximiliano que aquel día resaltaba con un llamativo jubón dorado Ahí también se encontraban Guillermo de Croy, señor de Chièvres, consejero del joven príncipe y la tía de Carlos, Margarita.
Maximiliano escuchaba con atención a Guillermo de Croy, que le había propuesto declarar la mayoría de edad de Carlos, mientras que Margarita se mantenía rígida como una tabla, negando sutilmente en un leve movimiento de cabeza, de izquierda a derecha.
— Emperador. Esas son las preocupantes noticias que llegan de Castilla. El rey Fernando está cada día más débil, su vida se apaga, pronto nos dejará. La herencia del príncipe y heredero de ese reino, pueden peligrar.
— No veo motivo alguno para que la herencia de mi sobrino peligre — respondió Margarita.
— Bueno. Me desagrada decirlo — replicó el señor de Chièvres —.
Pero Fernando, el propio hermano del príncipe Carlos, podría ser más del agrado de los castellanos.
Nuestro príncipe es un extranjero frente a ese niño criado en Castilla.
Por lo menos debemos sopesar todo lo que podría pasar el día en el que el rey Fernando de Aragón nos abandone.