14. Aprendiendo a gobernar #2
— Hasta las cuestiones más ínfimas requieren ser consultadas.
— Margarita volvió a posar su copa sobre la mesa auxiliar —.
Si hubieses consultado a Jean de Sauvage, tal vez te hubiera aconsejado algo diferente a lo que te has impulsado a hacer.
Como yo te hubiese dicho que por muy bien que en su día hubiese servido a tu padre, ese caballero de la Orden del Toisón de Oro cometió graves perjurios sobre tu abuelo el rey Fernando.
La herencia de Isabel la católica los enfrentó.
Si tu abuelo Maximiliano, como el emperador que es, actuase desde las entrañas como haces tú, víctima de tu juventud, no hubiese ordenado la detención de Don Juan Manuel.
Pero tú padre está muerto y enterrado, la vida sigue, la política no se detiene y lo que busca Maximiliano es apaciguar a Fernando el Católico —.
Con sus manos vacías y con pasos medidos Margarita volvió a aproximarse a Carlos, erguida y segura —.
Fernando ve como un mejor candidato para trono de Castilla a tu hermano menor criado en las Españas.
— Carlos escuchaba con la boca entreabierta, mientras que su tía seguía explicándose serena —.
Los movimientos de los gobernantes siempre deben ser medidos y pensados y es por eso Carlos, que hasta que no lo aprendas, no estarás preparado para gobernar.
— Tenemos diferentes puntos de vista. No quiero tampoco enfrentarme a un hermano que no conozco.
— No os quiero ningún mal, ni a ti, ni a tu hermano, ni ha ninguna de mis sobrinas. Pero sobretodo no quiero mal para los que he criado en mi palacio. He tratado de ser una madre para ti y tus hermanas.
— ¿Madre? — Carlos elevó la voz con el brío de un caballo descarriado ante una Margarita que conservaba el temple —. ¿Madre dices? ¿Y dejaste marchar a mis hermanas? ¿Tan jóvenes? La has enviado a una vida incierta.
— María está en la corte de tu abuelo. No se desposará hasta que el emperador considere que tiene la madurez suficiente. Isabel ya tiene catorce años. Su futuro no es incierto, es el de ser reina y madre de reyes, tal y como cualquier progenitora hubiese deseado para sus hijas.
— ¿Qué sabrás tú, tía? — dijo altivo Carlos. Pero al momento de haber lanzado sus palabras y al ver como una flecha, habían penetrado en la piel de su tía, perforando carne y corazón, Carlos trató de disculparse —. Lo… lo siento.
Margarita alzó la mano de manera desinhibida.
— La vida no es siempre como nos agradaría — empezó a decir Margarita con cierto desánimo —.
Tengo treinta y cuatro años, enviudé dos veces.
La primera vez del hermano de tu madre, Juan, heredero de las Españas.
Si Dios no se lo hubiera llevado tan joven, hubiese reinado junto a él Castilla tras la muerte de tu abuela Isabel, y Aragón en un futuro en el día en el que el rey Fernando pereciera.
Si Juan, mi añorado marido viviera, tus padres no tendrían que haberse marchado, dejando a mi cuidado a un hijo y tres hijas.
— Margarita sostuvo la mano de su sobrino —.
No he tenido hijos, eso es cierto. Pero créeme que os quiero a ti y a tus hermanas como propios.
Pero ante todo busco engrandecer el apellido Habsburgo.
— Margarita soltó la mano de su sobrino y le dio la espalda —.
Ahora márchate, pero recuerda bien cada una de mis palabras como si te las hubiese dicho tu tutor Adriano.
Carlos bajó su mirada invadido por un sentimiento de frustración, pero también de culpa. Tal y como le había indicado su tía, se marchó apretando puños y mandíbula.
Al salir de la estancia, se cruzó con su hermana Leonor, cada día más envidiada por su belleza. La muchacha pudo adivinar una tenue lágrima que se deslizaba por la mejilla del joven Carlos.
— ¿Hermano? — se interesó Leonor.
Pero Carlos no se detuvo, siguió su camino, tratando de lidiar con la vorágine de pensamientos que bullían en su mente. Leonor siguió con su mirada clara sus pasos. Al fin pudo ver al fondo del pasillo al hombre que le arropaba con sus brazos, el señor de Chièvres, consolando a su señor.
Margarita quedó sola, engullida por el silencio del gran salón durante unos segundos.
Aguantó el aire en sus pulmones y lo expulsó.
Una figura emergió de una sala continua, semioculta, la archiduquesa no se sorprendió.
Era Mercurio de Gattinara acompañado por el rictus serio que solía enmascarar sus emociones.
Su cabello empezaba a clarearse por filamentos de plata que contrastaban con su negra indumentaria.
Gattinara era un hombre de confianza tanto de Margarita cómo de Maximiliano, de hecho fue consejero de la propia archiduquesa, para después pasar a ser embajador del emperador tanto en Francia como en Aragón.
— Ya lo habéis visto — empezó a decir Margarita sin volverse —, por esta razón os he mandado a llamar.
— El joven Carlos es como cualquier otro muchacho a su edad, archiduquesa — se apresuró a decir Gattinara—. No debería porque alarmaros. Madurará.
— Mi sobrino no es cualquier muchacho de su edad.
En él está depositado el sueño de mi padre, el emperador Maximiliano: el de hacer más grande el apellido Habsburgo.
Ese muchacho debe crear un verdadero imperio que devuelva a la cristiandad los días de grandeza de los tiempos de Carlomagno.
Carlos debe estar a la altura de lo que se espera de él, pero para ello debe estar bien aconsejado por hombres que antepongan el bien hacia Carlos, antes que su propio interés personal.
— Supongo que os referís al señor de Chièvres . Quiero pensar que procura cumplir dignamente con su cometido, tal y como le encomendó el propio emperador.
— Entonces debo suponer que Chièvres, como miembro de la Orden del Toisón de Oro, no ha tenido nada que ver con la convocatoria de esta asamblea. — Margarita soltó sus palabras el el aire sin alterarse un ápice.
— Como bien le habéis dicho al joven Carlos, sería contraproducente para sus intereses.
— Intereses. — Margarita se volvió de súbito hacia Gattinara —. Eso es, intereses. Sé de las ambiciones de los hombres. Todos las tienen, por ello no confío en el criterio de Chièvres. Temo que haya olvidado que antes de ningún otro, están los intereses de Carlos.
— Insistir en la influencia que el señor de Chièvres tiene sobre vuestro sobrino, no hará más que alejarlo de vos — indicó Gattinara —. Debemos dejar que el muchahco se equivoque.
— Carlos no se puede permitir equivocaciones.
Siento que la hora está próxima y que el tiempo apremia.
— Margarita se lamentaba con unas últimas palabras —.
Ha dejado de ser un niño hace muy poco y sin apenas tiempo de empezar a ser hombre.
La inmensidad y la eternidad, se abrirán ante él ¿Eso es demasiado?