14. Aprendiendo a gobernar
Aprendiendo a gobernar
Carlos estaba creciendo muy rápido, quizás demasiado. Tal vez no aceptaba el desapego: tan joven y había perdido a su padre; su madre según se decía estaba loca; y además tenía hermanos a los que no conocía.
Sus dos hermanas pequeñas ya no estaban, se habían marchado de Flandes: Isabel con trece años se debía casar con el rey Christian de Dinamarca veinte años mayor que la niña y María que solo contaba con diez años debía hacerlo con Luis II de Hungría, quién también era un niño.
A Carlos se le quedó enquistado aquel recuerdo del día en que sus hermanas partieron, lo hicieron entre sollozos pero con el temple de aquellos que sabían cual era su deber.
Fue un día triste donde incuso su tía Margarita que las había cuidado como una madre, contuvo las lágrimas que acudían a ella, aunque tampoco hizo nada para impedirlo, o al menos así lo veía Carlos.
Tan rápido se sucedía todo que la inocencia era arrancada de súbito como una mala hierba.
Era por ello que el joven príncipe se sentía furioso a sus catorce años.
Margarita esperaba a Carlos en la sala de audiencias: su sobrino había enviado a uno de sus cortesanos para anunciar que exigía ver a su tía.
Aunque no disponía de mucho tiempo debido al cargo de regente de los Países Bajos en nombre del jovencísimo Carlos, aceptó de mala gana, consideraba que no tenía tiempo para los caprichos del príncipe, pero quiso limar asperezas y tratar de domar su puberta rebeldía.
Su deber como regente le quitaba mucho tiempo.
En ocasiones se sentía superada, tanto que incluso había pedido ayuda a su padre el emperador Maximiliano, pero tuvo que aguantar y mantenerse fuerte en su cargo, por el bien de la dinastía a pesar de que la actitud de Carlos no ayudase.
Sentada en un trono, con su habitual toca blanca. Margarita esperaba, se impacientaba con cada minuto que pasaba, su joven sobrino llegaba tarde a la audiencia que él mismo había pedido. Repicaba sus dedo en el brazo del trono hasta que las puertas del salón de audiencias se abrieron.
Ahí apareció Carlos. Había dejado de ser niño y poseía un brillo en la mirada que contenía el fuego de su juventud.
Caminaba con ímpetu, sus pasos movían con brío el cabello que colgaba sobre sus hombros.
Le seguían siete caballeros. Por las cadenas de oro que colgaban de sus cuellos sobre sus jubones se identificaron.
Margarita supo que se trataban de miembros de la orden del Toisón de Oro.
Carlos, se plantó un paso por delante de aquellos siete hombres y se dirigió a Margarita, ahorrándose cualquier tipo de saludo cortés.
— Tía. Estos buenos hombres me acompañan hoy ante vuestra presencia.
Margarita contuvo un resoplo y miró a su sobrino llena de escepticismo.
— ¿Vos diréis? — respondió Margarita.
— Estos gentiles caballeros vienen en nombre de los familiares de don Juan Manuel.
Miembro de la orden del Toisón de Oro y leal servidor de mi difunto padre, vuestro hermano, que en paz descanse.
— Carlos se explicaba con energía, quizás con demasiada, tanto que le hacía tartamudear.
El aspaviento en sus brazos, delataba su vigor —.
Don Juan Manuel abandonó Castilla poco después de la muerte de mi señor padre y al arribar a Flandes fue prendido, según dicen por orden vuestra.
Al ser miembro de la orden del Toisón de Oro, el honorable Juan Manuel solo puede ser juzgado por un igual.
Puesto que ha habido un error en esta diligencia, quiero creer que así ha sido, aunque grave, un error.
Exijo la liberación inmediata de Don Juan Manuel.
Margarita paseó sus ojos verdes sobre las figuras que acompañaban a Carlos, reparando bien en cada uno de ellos, para finalmente clavarlos en su sobrino.
Todos ellos habían cuestionado su buen juicio, pero la regente no se mostró molesta, no tensó ni uno de sus músculos y con voz serena e ignorando la descortesía se su propio sobrino respondió.
— No ha habido error alguno en esta decisión.
— Margarita reposó su espalda en el trono, permitiéndose relajarse.
Estaba a punto de dar por finiquitada aquella intromisión —.
Si eso era todo, siento que me hayáis hecho perder el tiempo.
Ahora sí me disculpáis, hay asuntos importantes que requieren mi atención.
Cuando Margarita se dispuso a levantarse para marcharse, Carlos replicó:
— Creo que no lo habéis entendido. Según los estatutos…
— Según los estatutos de la Orden del Toisón de Oro...
— Margarita interrumpió a su sobrino robándole las misma palabras que estaba recitando —, un miembro de la orden solo puede ser juzgado por un igual.
— Margarita se levantó y se acercó a Carlos con pasos lentos pero firmes mientras seguía argumentando —.
Esta decisión la he realizado en nombre del emperador Maximiliano, vuestro abuelo.
Y puesto que el emperador es miembro de esta orden, no veo ninguna incongruencia en la detención de Don Juan Manuel.
— Tía, deberíais volver a consultar esta cuestión con el emperador.
Algo más tensa, pero aún con un tono contenido, a un palmo de Carlos contestó.
— Y vos deberíais, joven sobrino, a no mostraros tan dispuestos a aceptar puntos de vista contrarios a las órdenes del emperador y no contradecir a los que actúan en su nombre.
— Ahora Margarita se dirigió al grupo de caballeros—.
En cuanto a vosotros dad gracias que no sea un hombre, vuestros estatutos os hubiesen salido muy caros, más al aprovecharos de la ingenuidad de un joven que aún no está preparado para gobernar.
— Aquellas palabras fueron una punzada en la sien para Carlos —.
La próxima vez que tengáis alguna demanda acudiréis a mí como regente. Ahora marcharos todos de mi vista.
Hubo un silencio, los caballeros se miraron entre ellos y asintieron.
Volvieron sobre sus pasos para abandonar la sala.
Carlos los iba a seguir, apretando su mandíbula, masticando su rabia por las palabras que su tía le había dedicado frente a los convocados, dejándole como un incompetente debido a su juventud.
— Tú no Carlos. — El joven se detuvo, aún cabizbajo sin volverse al escuchar las palabras de su tía —. Aguarda.
El salón se vació, haciendo aún más grande el espacio y más largas y temblorosas la sombras allá donde la luz de las velas no iluminaban. Carlos se lanzó a protestar una vez más, pero Margarita se anticipó elevando aún más su voz junto a su mano.
— En presencia de otros debes dirigirte a mí como es debido. En presencia de otros no soy tu tía. En audiencias y en los actos públicos te dirigirás a mí como archiduquesa de Austria o la duquesa de Saboya, que es lo que soy.
— Como ordenéis, duquesa . — Carlos arrastró con desdén sus palabras y se dispuso a marchar.
— No he acabado — indicó Margarita —. No, sin duda no estás preparados para gobernar.
Por eso debes confiar en mí como lo ha hecho tu abuelo el emperador al confiarme tu tutela y la regencia de los Países Bajos y ello no admite que cuestiones mi autoridad en público.
— La voz de Margarita sonaba más cándida y compasiva por momentos —.
No te haces ningún favor. Eres joven Carlos.
Tienes que aprender, tal vez demasiado pronto.
No eres aún consciente de la herencia y la responsabilidad que recibirás.
Primero debes entender que no puedes contentar a todos.
— Trato de ser justó — protestó Carlos —. Al menos así lo siento, que se ha cometido una injusticia contra Don Juan Manuel.
— ¿Lo sientes así? — preguntó Margarita.
— Así lo siento. No quiero ser cruel en mi gobierno, más bien magnánimo. Sí, así lo siento.
Margarita suspiró, se acercó a una mesa cercana y se sirvió vino en una copa. Hizo lo mismo con otra copa, rebajando el vino con agua y se la entrego a Carlos.
— Gobernar siguiendo los dictámenes de tus entrañas no te convierte en un rey justo, sino en un rey imprudente.
— Margarita tomó un pequeño sorbo de vino y aguardó hasta que Carlos también tomara de su copa —.
Siempre vas a estar rodeado de consejeros, cortesanos o caballeros: escucharás muchas voces a lo largo de tu vida, algunas te aconsejaran por qué emprendas un camino y otras te pedirán que tomes otro.
Al final serás tú, por muchas causas nobles que se argumenten en tus oídos, el que deberá decidir cuál es la mejor decisión para tu gobierno.
Dime Carlos ¿Te has tomado un momento para reflexionar sobre esta demanda?
¿Has consultado a caso con tu asesor Jean de Sauvage?
— ¿Ante una cuestión tan ínfima?