13. La ambición de Aruj #2
La luz del sol no volvería a acariciar su vida, para él llegó la noche eterna: con un tajo rápido a penas perceptible rebanó su cuello.
El mosquetero se llevó una mano a la garganta tratando de apresar en su interior todo fluido vital.
Se estaba ahogando en su sangre, quería llenar sus pulmones, pero no podía.
Su otra mano la llevo a la pierna de su enemigo y la agarró fuerte, como si con ello se aferrase a la vida o tal vez pretendiera llevarse a Aruj con él a la muerte.
Arruj sacudió su pierna como el que trata de zafarse de una alimaña.
Observó a Hizir: seguía luchando con bravura, cruzaron miradas y se sonrieron.
Ninguno de los dos hermanos era consciente de que durante ese breve periodo de tiempo se llegaría al desenlace de la batalla.
No tuvo tiempo a reacción. El cañón de un mosquete le estaba apuntando directamente al corazón, apenas a unos pasos, en medio del caos de la batalla donde miles de hombres seguían luchando por sus vidas.
Al volverse el mosquetero erró el tiró. A Arruj primero le sobrevino la sacudida, y después un fuerte quemazón que se extendía por todo su brazo.
Cada movimiento le desgarraba los músculos y machacaba sus huesos, alcanzando un dolor que jamás hubiera imaginado.
Aulló y sus hombres se volvieron. El. Primero fue Hizir.
Hizir corrió hacia su hermano. Arruj, el indestructible pirata, se había dejado caer sobre sus propias rodillas, seguía aullado como jamás lo había visto.
Un soldado enemigo iba a rematarlo, elevando sobre su cabeza la espada que portaba.
Hizir fue más rápido. Llegó antes de que la espada que iba a segar la vida de su hermano bajara con todo su peso.
El soldado aragonés bloqueó el primer y el segundo golpe, hasta perder el equilibrio por la fuerza con la que Hizir defendía a Aruj.
Otro turco atacó por la espada al aragonés, degollándole, sin darle oportunidad a reaccionar.
— Vamos Aruj. — Hizir se arrodilló ante su hermano.
Sus hombres habían hecho un circulo para protegerlos de los ataques cristianos.
Hizir llevó sus ojos al brazo destrozado de su hermano.
La mugre penetraba en sus heridas. Volvió sus ojos de nuevo a la cara pálida de Aruj.
Casi había perdido el sentido. Entonces Hizir tomó una decisión sin vacilar —. ¡Retirada! ¡Retirada he dicho!
Los turcos y los bereberes por un momento dejaron de martillear sus cimitarras contra los enemigos.
No sabían si habían entendido bien aquellas órdenes.
Hassan, se acercó a donde estaba Aruj en brazos de Hizir.
No se había percatado de la gravedad de las heridas de su mentor, no pudo evitar mostrar una mueca de horror.
— Debemos ponerle ya a salvo. — Hassan trataba de reincorporar a Aruj, desprotegiéndose así mismo.
Hizir miró a su alrededor, ahora él tenía el mando absoluto de los hombres. Con un gritó potente, empezó a organizar la retirada.
— ¡Qué formen una línea de defensa mientras retiramos a Aruj! — ordenó Hizir apretando los dientes mientras ayudaba a Hassan a reincorporar a su mal herido hermano —. Tú después organiza la retirada — le encomendó a Hassan.
Mientras Hizir y otro de sus hombres llevaban a Aruj hacia el mar. Un centenar de hombres le escoltaban, sirviéndoles de escudo contra las espadas, los mosquetes y los arcabuces. Pero la línea de defensa formada por medio millar de hombres impedía que los cristianos abortasen la retirada.
Hzir pronto llegó a la línea del mar, dejando atrás la batalla.
No tardó en darse cuenta de que ya estaba anocheciendo.
Ahí en una pequeña barca ayudó a acostar a Aruj para que fuese transportado a la galeota.
Cuatro hombres se subieron junto a Aruj para llevárselo.
Las aguas mansas contrastaban con la tormenta de espadas que se estaba produciendo a menos de quinientos metros.
— ¡Daos prisa! — ordenó Hizir!
Abou Bakr irrumpió a su espalda con su cimitarra impregnada de vísceras y la cara bañada en la sangre de sus enemigos que hacían ver los estragos de la batalla. Iba a paso ligero y sorteando a los hombres de Hizir.
— ¿Qué creéis que estáis haciendo?
— Marcharnos — Hizir le dio la espalda al antiguo gobernador de la ciudad —. Ahora si me disculpas tengo una retirada que comandar.
— ¡No podéis! — Abou Bakr — agarró por el brazo a Hzir —. ¡Teníamos un acuerdo!
Hizir se giró hacia el antiguo gobernador.
Lo miró con fiereza y con una lumbre en sus ojos capaz de encender su barba cobriza.
Abou Bakr retiró su mano de inmediato. Tenía la impresión de que si seguía azuzando al hombre que tenía frente a él podría acabar ensartado en una lanza.
Optó por lo más inteligente, retroceder.
— Si aprecias tener tu mano unida a tu brazo, no vuelas a tocarme . — Con aquella amenaza, Abou Bakr dio otros dos pasos hacia atrás —. Mi hermano ha caído. Debemos irnos, necesita ser tratado.
— Hoy… hoy muchos hombres han caído por tomar esta ciudad. Estamos a punto de vencer. No os podéis ir ahora. — Las palabras del antiguo gobernador sonaban como la súplica de un hombre desesperado.
— Mi hermano no es cualquier hombre. Y sin él, los que nos acompañan también se marchan. No los dejaremos atrás. Vosotros volved a buscar refugio en las montañas. Ya habrá otra oportunidad.
Con aquellas palabras Hizir se marchó sin esperar réplica.
— Malditos seáis tú y tu hermano — susurró Abou Bakr con un hilo de voz contenido, viendo que sus sueños de reconquista se marchaban con Hizir.
Túnez. Unos días después.
Aruj despertó. Lo hizo con un grito, preparado para defenderse de algún golpe, rememorando los momentos de su última vigía.
Pero no había fuego a su alrededor ni partículas de ceniza en el aire — el aire estaba limpio —, tampoco enemigos al frente.
No había nadie de quién defenderse. Tumbado en una cama con sábanas de seda, con el olor de las especias de la ciudad y una brisa de aire marítimo que entraba por la balconada.
Arruj quiso mover su brazo izquierdo para incorporarse, pero sentía que le dolía, como si estuviera entumecido, no le respondía, sentía un dolor fuerte.
Con su otra mano fue a tocarlo para tratar de aliviarlo pero no lo encontró, no estaba ahí.
Volvió sus ojos sobre él y en su lugar encontró un muñón envuelto en una venda.
— ¡Aghhhhhh! — Aruj estaba aterrorizado. Había perdido su brazo en aquella batalla, era una herida que llevaría por siempre y que no sanaría.
Las puertas de la habitación se abrieron y de ella emergió Hizir junto a su otro hermano Ishaq. Los dos hombres se arrimaron a la cama donde Arruj esperaba tendido. Tras ellos, con un paso más pausado, el mismísimo sultán de Túnez les seguía.
— ¡Hermano! — Hizir se llevó la cabeza de su hermano a su pecho para enjuagar sus lágrimas —. Has despertado hermano.
Ishaq se aproximó al otro lado de la cama.
— Estamos aquí hermano. No te preocupes.
— ¿Qué me ha pasado? Miradme, soy un maldito despojo.
— Sigues siendo temido — respondió Hizir —. Sigues siendo Baba Aruj y puedes seguir comandando tu flota.
— Hassan… ¿Está bien el muchacho? — Aruj se mostraba preocupado.
— Dirigió con éxito la retirada — repuso Hizir —. No te equivocabas con él.
Aruj asentía. Las palabras de Hizir le reconfortaron. Antes de poder formular al otra pregunta puso ver al sultán acercarse a los pies de la cama.
— He puesto a tu disposición a mis mejores médicos.
Han hecho todo lo posible por salvarte el brazo, pero …
. — El sultán negaba con la cabeza — . Afortunadamente, después de doce días con sus noches, de fiebres y delirios, estás mejor.
Aunque aún debes descansar Si Hizir no te hubiera traído, ahora estaríamos lamentando tu perdida.
— ¡La batalla ! — Aruj se sobresaltó —. ¿Tomamos la ciudad? . —Hizir cerró los ojos, soltó un suspiro y negó con la cabeza —. ¡Esa contienda estaba ganada! ¡Estás loco!
— ¡A la mierda la ciudad! ¡Ibas a morir! — protestó Hizir y se marchó hacia la balconada.
Aruj farfulló algo por lo bajo. Apretó los dientes y se tragó su orgullo.
— Sultán, me podéis dejar solo con mis hermanos. —El sultán Muhammad asintió y salió de la estancia —. Ishaq. Ayúdame a levantarme
Ishaq atendió la orden como uno más de los hombres bajo el mando de su hermano. Le ayudó a incorporarse con la delicadeza que poseen las madres.
Aruj ya de pie empezó a andar, aún estaba débil, cada paso era como andar sobre la cubierta de una de sus naves en medio del mar más embravecido.
Hizir seguía de pie con sus pensamientos y la vista en el horizonte que le ofrecía la ventana.
Nublado en su mente por el juicio que su hermano había hecho.
— Perdóname hermano — dijo Aruj arrastrando las palabras —. Entre tomar esa ciudad y tú vida, yo también hubiese elegido tu vida.
— Entonces, porque has sido tan duro conmigo, más delante del sultán. — Hizir no apartaba la vista de su mar.
— Porque eras mi mano derecha Hizir. Y sigues siendo mi mano derecha.
Ahora más que nunca. — Con su único brazo sano, Aruj rodeó a su hermano —.
Y Ishaq el administrador de las riquezas — elevó la voz para que su otro hermano le escuchara —.
Acércate Ishaq. Os necesito a los dos a mi lado, ahora.
Durante mi convalecencia he soñado. Sí, he soñado que podríamos ser más grandes de lo que jamás ni nuestro padre, ni nosotros mismos hubiésemos imaginado.
Para ello necesito que apartéis toda misericordia porque la ambición tiene un precio ¿Qué me decís a eso?
— Cuenta conmigo — contestó Ishaq.
— Juntos hasta el final — respondió Hizir.
Los tres quedaron juntos frente aquella ventana con vistas al horizonte infinito, decididos y sopesando sus pasos para hacer historia y ponerse a la altura de sultanes y reyes.