13. La ambición de Aruj
La ambición de Aruj
Las fuerzas del rey de Aragón y regente de Castilla, Fernando el Católico, se habían expandido hacia diferentes territorios del norte de África: Orán, el Peñón de Argel y Bugía entre otros.
Así la cruz extendía sus dominios sobre suelo islámico.
El gobernador depuesto por los cristianos que habían tomado la ciudad de Bujía, Abou Barkc, quiso acudir a los hermanos Aruj e Hizir para recuperar la plaza, prometiéndoles no solo riqueza, sino convertirlos en señores de la ciudad.
Aruj se acercaba a la costa por mar, comandando doce galeotas, cada una con dos mástiles.
Las embarcaciones eran pequeñas pero de gran velocidad, dando la sensación de ser flechas atravesando las olas.
Su pericia y su fácil de manejo, hacían que no importara cuan grande fuese la nave que debía tomar.
Sus cañones y el fuego griego hacían que aunque pequeñas, sus naves resultasen mortíferas.
A bordo , distribuidos en las naves, un millar de turcos y cientos de voluntariosos bereberes, siguían con diligencia las órdenes de su comandante, quién a tantas victorias les había llevado.
Aruj se encontró frente a él una tierra verde y fértil rodeada de montañas, dando cobijo a los muros de la ciudad.
Las casas blancas de tejas rojas se ocultaban tras aquella muralla que debía franquear antes de tomar la ciudad.
En tierra, el antiguo gobernador de la ciudad esperaba impaciente con tres millares de bereberes a su mando.
Aguardaban a que la artillería de los corsarios debilitasen las defensas de la ciudad.
Aruj desenvainó su espada, y alzó la voz para hacerla llegar más allá de su embarcación para llenar de coraje y moral a todos los hombres de todos y cada uno de sus barcos.
Pero también alzó la voz para que sus palabras escalasen las murallas de Bugía y penetrasen en los oídos de aquellos que iban a defenderla.
Y sonó poderosa, como un titán alzándose desde las entrañas la tierra después de un largo letargo:
— ¡Oíd bien mis palabras! — se hizo el silencio, escuchándose únicamente el leve baile de las olas —.
Escuchadme bien hermanos, porque no lo volveré a repetir.
No nos iremos de aquí hasta tomar esta ciudad.
Quiero que desde ahora, hasta que esas ratas salgan de sus escondites, solo se respire la pólvora de nuestros cañones.
Quiero que no vean más amanecer, pues cubriremos el sol, con el humo del fuego que les abrasará.
—Los hombres asentían en silencio. Aruj trataba de alentarlos una vez más —. ¿Queréis mujeres?
— ¡Sí!
— ¿Riquezas?
— ¡Sí!
— Pues tomadlas porque son vuestras, pero para llegar a ellas debemos derribar esa maldita muralla. — Arruj señaló con su cimitarra la ciudad de Bugía —. ¡Abrid fuego!
Los cañones de las embarcaciones apuntaban a las murallas.
En lo alto los hombres armados buscaban refugio.
Aquel al que llamaban Barbarroja, indestructible, de recursos infinitos y del que algunos pensaban que era el mismísimo espíritu de la furia del mar había llegado.
Pronto las primeras balas de cañón impactaron sobre la muralla y tal como Aruj había profetizado a los suyos, el cielo empezó a enrojecerse, a cubrirse de humo y polvo y el aire que respiraban los sitiados en la ciudad se llenó con el olor de la pólvora.
— ¡Ajustad ese cañón! ¡Más centrado! ¡Así! —. Aruj repartía las órdenes entre su tripulación mientras paseaba por la cubierta. Controlado los mandatos que trasmitían sus hombres de confianza en las otras galeotas. Hizir emulaba a su hermano mayor desde su propio navío.
Un estruendo proveniente de lo alto de la muralla les sorprendió.
Como el rayo que sucede al trueno, una bola de cañón pasó por encima de la embarcación de Baba Aruj, sobrevolando su cabeza hasta caer en el mar para ser engullida.
A este disparo, siguieron muchos más provenientes de la muralla.
Alguno impactaba contra los tablones provocando grandes desperfectos.
También hubo impactos sobre los más insensatos que seguían disparando sin saber que la muerte les sobrevenía.
— ¡A los remos! ¡Todo a estribor desgraciados! — aullaba Aruj —. ¡Nos alejamos! ¡ Remad como si os fuera la vida en ello!
Hizir y los demás oficiales, hicieron lo propio desde sus embarcaciones, virando la nave para huir del ataque de los sitiados.
Los cañones en lo alto de las murallas seguían resonando.
Ya poco quedaba de la resplandeciente mañana.
Aruj se acercó a la popa de su galeota. Quedó observando aquella ciudad que debía conquistar, era un lobo relamiéndose ante la presa que se le había escapado.
Cuando escuchó unos cañones más alejados, al otro lado de la muralla, sonrió.
Hizir también dirigió su vista y sus oídos, donde los había posado Aruj.
— ¡Parad!— ordenó el corsario y los remeros descansaron sus brazos.
— Parece que Abou Bakr y sus hombres están cumpliendo con su parte. — Baba Aruj asintió ante las palabras de su hermano. Estaba en lo cierto. La ciudad estaba siendo atacada desde tierra.
Baba Aruj se volvió hacia los suyos con el pecho henchido.
Entre ellos se encontraba uno de los más jóvenes, Hassan.
Había cumplido los dieciocho, pero había aprendido mucho junto a Aruj, al que tenía como un mentor.
Sus brazos y sus piernas se habían fortalecido.
Se había dejado crecer el cabello y una fina pelusa cubría su rostro iluminado por sus ojos claros.
Lejos quedaban aquellos días de vejaciones bajo la fusta de su capataz y olvidado su nombre cristiano.
Con el pasar de los días y de los años, había creado un vínculo especial con Aruj, el hombre que le había liberado de la miseria y como el resto, le llamaba Baba.
— Tenías razón Baba Aruj. Todo marcha según lo previsto.
— Te lo dije, chico. — Aruj sonreía —.Ahora manda a que reparen los desperfectos con premura.
Que atiendan a los heridos. Bebed agua en abundancia si queréis, pero hacedlo rápido.
Volveremos a atacar y así lo haremos día y noche.
Quitándoles el sueño y el descanso. Haciéndoles saber que esta ciudad caerá. Tal vez no hoy, pero caerá.
Jornada tras jornada el asedio continuó.
No había descanso para los cristianos que defendían la ciudad.
Los ataques llegaban desde tierra y mar, no sin heridos por ambas partes, pero por cada palmo de muralla derruida, el coraje y el ánimo de los atacantes crecía, mientras que el de los cautivos entre los muros de su propia ciudad menguaba.
No se distinguía el día de la noche, pues el sol se ocultaba tras las nubes de azufre y el resplandor del fuego vencía a la oscuridad.
El calor se hacía más intenso en aquellas jornadas de verano, más por el sudor de los hombres que se embarullaba entre la tierra y la sal. Mientras unos defendían, otros atacaban, unos reparaban y otros destruían. Y con la luz del noveno día la muralla fue al fin derruida.
Baba Aruj elevó su cimitarra al cielo mientras su flota se acercaba a la costa para atracar.
Navegando a su lado a unos pocos metros, Hizir contemplaba las llamas con un brillo en sus ojos.
Deseaba más que ningún otro hombre, entrar en aquel infierno, para salir de él y contarlo.
Sería una nueva historia de pesadilla sobre el pirata Barbarroja para los cristianos.
— ¡Os lo dije! — bramó Aruj —. Os dije que lo podríais tomar todo, pues esta ciudad es vuestra. No dejéis que nadie se interponga entre vosotros y vuestros deseos.
Y Aruj e Hizir junto al millar de sus hombres pisaron la tierra que les había sido vetada al llegar nueve días atrás. Sin vacilaciones corrieron hacia los restos de la muralla donde les esperaban sus enemigos con hierro y fuego.
— ¡ Enviad a estos cristianos a conocer a su falso Dios!. — La voz de Aruj alimentó el corazón de sus hombres y encogía la de sus enemigos.
Pronto miles de metales chocaron ensordeciendo al propio mar.
Los gritos de los unos y los otros retumbaban en los muro reducidos a escombros.
La sangre empezaba a llover para regar la costa magrebí.
El dolor de los heridos, el último aliento de los muertos, el llanto de los cobardes y la sorpresa en los rostros de aquellos a los que sin esperarlo sentían cercenadas sus cabezas.
Los hombres de Abou Barkr se unieron al combate igualando aun más las fuerzas entre los dos bandos combatientes.
Pero la fiereza de los turcos y los bereberes reducían con cada grito la gallardía de los cristianos, no solo luchaban, también rugían estremeciendo al más entregado.
Aruj luchaba como uno más, aprovechando la mala organización defensiva del enemigo.
Ensartaba con su cimitarra, mataba y amputaba sin miramientos a todo cristiano que encontraba a su paso.
Con paso firme se dirigía a un mosquetero que trataba de cargar su mosquete , el terror se veía en la cara de aquel hombre que apenas tendría diecinueve años.
Era cierto lo que se contaba de aquel pirata sobre su inmortalidad, debía ser cierto que por alguna extraña maldición resultase indestructible.
El arma era pesada para sus brazos, se la había arrebatado a un veterano caído, a penas tenía una guía para apoyarse y apuntar por lo que hasta ese momento había disparado de manera instintiva.
Aruj se acercó a él hasta el punto de cubrir la luz del sol a aquel joven soldado con su cabeza.
El soldado tiró el mosquete sin cargar y elevando la palma de su mano suplicando por su vida.
— ¡No!… por favor ¡no!