12. La voz detrás del príncipe
La voz detrás del príncipe
Una noche el príncipe, se sentía inmovilizado en su lecho, angustiado.
Aquella noche solo había tomado agua, nada más, acostumbraba a ser parco en sus ingestas, pero la garganta le ardía.
Era un fuego que se deslizaba hacia su estomago.
Carlos miró a sus pies, en medio de la oscuridad solo encontró los pies de Felipe, su padre ¿Le habrían envenenado como decían que habían hecho con su padre?
La oscuridad le invadía, primero cubría sus pies, subía por sus piernas, a su torso, hasta que como un espeso manto negro ascendía por su cuello hasta su boca, introduciéndose, impidiéndole tomar una bocanada de aire más.
Trató de vislumbrar algo de claridad en las tinieblas, el espacio era estrecho.
Sus manos solo palpaban la fría piedra de un féretro.
— ¡Ahhhh!
Carlos se incorporó de súbito. Miró a su alrededor, aún era de noche, pero tras frotarse los ojos pudo ver con claridad los muebles de su cámara. Sentía la frente empapada de un sudor frío y busco en medio de aquella lobreguez una figura.
— Príncipe… príncipe — A su cama acudió un hombre de voz profunda, de cabellos oscuros, ojos negros como aquella noche, torso fuerte y de facciones marcadas —. ¿Otra pesadilla?
— Sí — respondió el niño con la respiración agitada.
— ¿Otra vez ese sueño. El de su padre? Pediré que os traigan agua.
— No Guillermo por favor, quedaos, no me dejéis solo. No os marcháis está noche. Hoy tampoco.
Guillermo asintió. Sabía bien los terrores que padecía Carlos.
En parte había perdido la alegría, apenas comía.
Era normal, más allá de ser un príncipe, seguía siendo un niño que había perdido a un padre al que apenas conocía.
De su madre pocas noticias le llegaban, más allá de aquellas que hablaban de que había caído en la demencia.
— Mi príncipe, siempre estaré a vuestro servicio. Dormid tranquilo, si es necesario yo velaré por vuestro sueño. No hay nada que desee más que vuestro bienestar.
— Gracias. —Y el niño cerró los ojos, lo hizo tranquilo, sabiendo que aquel que siempre le escuchaba ahí estaba.
El destino no es una línea recta, es una maraña de nudos y acontecimientos, un cúmulo de casualidades, un torbellino en medio de un día en calma.
El destino es un momento capaz de bifurcar los caminos de cientos, de miles.
El destino había hecho que Carlos, un niño, se convirtiera en el heredero de tantas y tantas posesiones.
El símbolo del poder en la persona de aquel infante.
Eran muchos los que lo sabían, pero pocos los que aprovecharían el poder del que disponía el pequeño príncipe.
Guillermo de Croy, el señor de Chièvres, había servido a Felipe y en ese momento se disponía a servir a su hijo Carlos tras suceder a su primo, el príncipe de Chimay, como primer chambelán del joven heredero.
Sabía bien cuál era su papel y como interpretarlo, su ocupación era velar día y noche por el bienestar del príncipe.
Velaba por él, mientras jugaba con sus hermanas, le esperaba en el pasillo a que saliese de las herméticas clases de Adriano y dormía en su misma cámara, convirtiéndose en su sombra y llenando su cabeza a su propia voluntad.
Al día siguiente Carlos jugaba con sus hermanas como bien era habitual en sus momentos de ocio.
Siempre hacia equipo con la mayor, Leonor en contra de las pequeñas, con la intención de divertirse sin malicia.
Estaban en los jardines de palacio, correteaban bajo la supervisión de cortesanos que velaban por ellos.
Carlos se detuvo al escuchar la voz del señor de Chièvres quien con el sigilo de una culebra, siempre estaba preparado para sorprender a su joven señor.
— Alteza. — Carlos se volvió, los ojos negros de Guillermo de Croy le miraban fijamente, le acompañaba una sonrisa cándida, como en él era habitual cuando se dirigía al joven Carlos.
Llevaba de su mano a un niño un poco más mayor que Carlos, de cabellos oscuros y cejas despobladas —.
Hoy me ha venido a visitar mi hermano Henry.
Le ha acompañaba mi sobrino Guillermo. He pensado que tal vez queráis conocerle.
Carlos miró a sus hermanas, sentía dejarlas de lado y abandonar el juego con ellas, pero por otro lado, siempre estaba pasando el rato con niñas.
Quería probar el juego con aquel pequeño, conocerle, no había demasiadas oportunidades para pasar el tiempo con niños.
Se acercó al sobrino del señor de Chièvres.
No sabía cómo romper el hielo, Carlos era tímido e indeciso y le costaba entablar conversación con propios y extraños. Pero Guillermo sobrino se adelantó.
— Vamos Carlos, no podemos jugar sin ti a este juego.
Leonor protestaba, pero no tenía razón, aquel juego donde se pasaban la pelota, los hermanos mayores, mientras las pequeñas trataban de alcanzarla, se podía jugar perfectamente con tres jugadores.
Pero por otro lado sentía que las dejaba de lado.
Iba a volver con ellas pero el sobrino de Guillermo de Croy habló.
— ¿Qué os gusta hacer alteza?
Carlos se alegró de que Guillermo hubiera tomado la iniciativa de la conversación.
— Suelo jugar con las casas de muñecas de mis hermanas… Leonor también sabe muchos juegos…
El niño se rio ante el comentario de Carlos.
El señor de Chièvres no tardó en pellizcarle en el brazo, de manera disimulada, para que su sobrino rectificara en su comportamiento.
El niño se frotó el brazo, miró a su tío y asintió, siguió a Carlos para emprender algún juego.
El señor de Chièvres contemplaba aquellos primeros momentos entre Carlos y su sobrino, un peón más que había colocado en el tablero para arrinconar al rey a su merced.
Su contemplación se vio interrumpida por la voz de un cortesano.
— Señor de Chièvres. La regente solicita vuestra presencia.
Guillermo de Croy no contestó, se limitó a asentir, era lo que podría hacer por el momento.
Margarita, la tía de los niños, era la reina en aquel tablero, la ficha más poderosa, pero ello no quería decir que con tiempo y paciencia, aquella valiosa dama, no pudiese ser neutralizada gracias a su mente siempre pensando en la siguiente jugada.
El señor de Chièvres siguió al cortesano hasta intramuros de palacio.
No tardaron en llegar a la gran cámara de la regente, donde también se encontraba su estudio, decorado con ricos retablos y pinturas flamencas, de colores vivos y acabados realistas.
Alrededor de una mesa, Margarita se encontraba en medio de una conversación con uno de sus hombres de confianza.
— Se que tenéis buen ojo. Pensad que este encargo no será para mí, sino para mi padre, el emperador ¿Entendéis?
— Por su puesto alteza.
El cortesano que acompañaba al señor de Chièvres carraspeó y forzó una tos seca para hacerle ver a la regente que había llegado.
— Alteza. El señor de Chièvres acude a vos tal y como solicitasteis.
Margarita ignoró la presencia tanto de su cortesano como la de Guillermo de Croy.
Hizo oídos sordos, sin duda el tono utilizado por el cortesano era lo suficientemente audible, pero Margarita también sabía colocar a todos los que le rodeaban en su posición sin necesidad de hacer uso de la palabra, dándole más importante al asunto que en aquel momento llevaba entre manos.
— No me importa él tiempo que tardéis en buscar a alguien adecuado para el trabajo. Lo importante es que el emperador se sienta complacido. Se trata de captar el linaje de nuestra familia. A mí sobrino e incluso a mi hermano Felipe, lleno de vida, como si aún viviera entre nosotros.
— Si me permitís la sugerencia majestad.
Sé de un artista alemán, Bernhard Strigel.
Ha hecho un excelente trabajo con el altar de la virgen en el monasterio de Salem.
Tal vez se aleja del realismo de Jean Van Eyck por el que tanta predilección sentís.
Pero se acerca a un estilo que sin duda dará fuerza a vuestro linaje.
Margarita asintió. Guillermo de Croy contemplaba la escena, se sentía un espectador admirando la obra, ignorado por los actores que la interpretaban.
En ningún momento Margarita le había dirigido la mirada, ensimismada en aquel asunto que llevaba entre manos, que bien podría ser el mecenazgo de algún artista.
Aquello no le sorprendía al chambelán. Era conocedor del gusto exquisito por el arte y la protección de artistas de la que había hecho gala la regente.
En el palacio disponía de una galería exclusivamente dispensada para albergar retratos de la familia, suyos y de los niños, realizados de manera individual.
Aquella mujer también sentía predilección por los ilustrados en letras.
En su corte había recibido a humanistas de la talla de Erasmo de Róterdam.
— Bien. Eso es todo por el momento. Ahora dejadme a solas con el señor de Chièvres,
Los sirvientes obedientes abandonaron la cámara de la regente y dejaron en ella a Margarita y a Guillermo solos, acompañados de un cortante silencio inicial que Margarita atajó en seguida.
— ¿Cómo os encontráis esta mañana, señor de Chièvres? He sabido de la visita de vuestro hermano junto a vuestro sobrino.
— Sí archiduquesa, así es. Una visita agradable.
— Me alegro — Margarita asintió —. Supongo que pasaréis el día con ellos.
— Si no tenéis otro cometido para mí… — respondió Guillermo de Croy entusiasmado —. De hecho ya le he presentado al príncipe a mi sobrino. Se llevan muy poco tiempo.
Margarita de Austria abrió los ojos de par en par e interpretó una cara de extrañeza.
— ¿ Carlos decís? Pensáis pasar todo el día con mi sobrino…
— Espero que no os suponga un impedimento. Sé que el príncipe se mostraría complacido por ello.
Margarita empezó a caminar de un lado a otro del escritorio. Lo hacía con pasos medidos, marcando su autoridad con cada pisada.
— Ya veo. Veo que hoy no será diferente. Lleváis un tiempo siendo la sombra de mi sobrino gracias al beneplácito de mi padre.
— No… no sé qué queréis decir con vuestras palabras majestad.
— Lo que quiero decir es que estaría bien que dejasteis espacio a mi sobrino. — Margarita ladeo la cabeza haciendo ver su extrañeza —. Me han informado que también dormís en su cámara.
Guillermo de Croy conservaba la serenidad. De hecho incluso dejó entrever una pequeña risa desenfadada.
— Alteza — empezó a explicar con serenidad —, el príncipe se despierta en medio de las noche. Lo hace con frecuencia. No está pasando por un buen momento. Lo único que le doy es mi apoyo y un oído en el caso de que quiera hablar con alguien en medio de esas noches de insomnio.
— También le dais una boca, por la que salen todo tipo de palabras con las que poder manejar a mi sobrino — atajó Margarita sin miramientos —.
Le habéis dicho a mi sobrino que pronto estará preparado para tomar el poder, antes de lo que piensa, que no es necesario que cumpla la mayoría de edad.
Vos no sois el único al que mi sobrino se lo cuenta todo.
Guillermo de Croy soltó una desganada risotada.
— Supongo que ha sido su tutor, Adriano de Utrecht quién os lo ha dicho.
— Quien me informe no es de vuestra incumbencia — respondió Margarita a la vez que le daba la espalda a su interlocutor —.
Si de mí dependiera no estaríais en mi corte, pero tengo que respetar la voluntad de mi padre.
Sabed que no tengo hijos y mis sobrinos son lo más cerca que estaré de ser una madre, como tal los defenderé.
Y ahora marchaos de mi vista con esta advertencia — zanjó sin volverse para despedirse.
Guillermo de Croy asintió y salió de la estancia, deslizándose casi como una serpiente, lo hizo sereno.
El enfado de la regente no le preocupaba en absoluto.
Margarita era astuta, aquella conversación era esperada y tarde o temprano iba a producirse, de hecho, la charla no fue usada por Margarita para reprochar nada, sino que más bien tenía la finalidad de conocer la reacción del señor de Chièvres y este asentía satisfecho mientras caminaba de vuelta junto a su señor: había pasado la prueba mostrándose firme y calmado.
No fue difícil, aquel fue un movimiento ya planteado en su mente, el de la reina en el tablero, moviéndose en todas las direcciones.
Ni mucho menos todo estaba perdido, pues era cuestión de tiempo que el rey, de movimientos lentos y cuasi inútiles se volviera contra la más poderosa de todas las figuras.