Carlos V. Trilogía Completa 11. El niño y el maestro
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11. El niño y el maestro

El niño y el maestro

Aquel niño nacido en una letrina estaba creciendo.

Lo hacía en Flandes, al cuidado de su tía paterna Margarita.

Poco tiempo había pasado Carlos junto a sus padres, sobre todo tras morir su abuela Isabel a la que llamaban la Católica.

Juana y Felipe hubieron de viajar al reino de Castilla para presentarse a las Cortes como nuevos reyes.

Las disputas con Fernando el católico prolongaron aun más la ausencia de sus padres, a tal punto que Juana y Felipe tuvieron a dos hijos más, Fernando y Catalina.

Dos hermanos que Carlos no conocía. Su padre Felipe, había muerto de manera súbita y su madre Juana como única reina de Castilla.

Carlos pasaba su tiempo de ocio jugando con su hermana mayor Leonor, una niña de extraordinaria belleza, Isabel y la más pequeña, María.

Solían jugar al escondite en el gran patio interior del palacio, entre los setos y arbustos que formaban laberintos.

Lo hacían ajenos a las convulsiones políticas que sacudían el continente.

En ocasiones los viejos amigos de su padre y que estuvieron a su servicio, Enrique de Nassau y Federico de Baviera, se unían en el juego a los hijos de su difunto señor, velando por su bienestar, Federico sobretodo mostraba una especial preocupación por Leonor, Enrique en cambio, había guardado especial empatía por Carlos.

Carlos detuvo su juego. Vio en los pasillos que franqueaban el patio a su tía Margarita.

Siempre caminaba erguida y pocas veces sonreía.

Parecía que en todos aquellos años desde que enviudase de Juan, el hijo mayor de los reyes católicos, aquella mujer guardase el luto, cubriendo sus cabellos rubios siempre con un manto.

Junto a ella caminaba el nuevo tutor de Carlos, Adriano de Utrecht; un hombre religioso, de mirada decidida, pero de voz cálida.

Lejos de lo que pudiera aparentar, era gentil con Carlos.

Carlos se ocultó detrás de un seto para tratar de averiguar de que estaban hablando su tía Margarita y su maestro.

Parecía que estaban tratando un asunto serio y discreto, ya que su tía miraba de un lado a otro en el patio.

Adriano, su maestro, también estaba haciendo lo mismo.

Carlos se sobresaltó al sentir una mano que se posaba sobre su hombro, cuando se volvió encontró el rostro de su hermana Leonor.

— No deberías estar escuchando — musitó la niña.

Carlos se llevó el dedo índice a su boca para pedirle a su hermana que guardara silencio.

— ¿Dónde está Isabel? — preguntó el niño.

— Está ocupada jugando al escondite ella sola — sonrió Leonor —. Ella la lleva. Nos está buscando, aunque si te ocultas tan mal, es de lo más normal que siempre pierdas a este juego. María está en su habitación.

Carlos dirigió su atención en la conversación que estaban manteniendo Margarita y Adriano.

— Deberéis llevar este asunto con tacto. Carlos es aún un niño, pero merece saber lo que está pasando. Además, es un asunto que bien le concierne, ya que es de su futuro de lo que estamos hablando. Sus responsabilidades vendrán antes de tiempo.

— Archiduquesa, descuide, lo entiendo perfectamente — respondió Adriano.

— ¡Os encontré! — La voz indiscreta e infantil de Isabel sorprendió a los niños escondidos, a la archiduquesa Margarita y a Adriano. Revelando así el escondrijo de Carlos y Leonor.

La archiduquesa se acercó al seto con pasos rápidos y decididos. Pronto descubrió a los niños agazapados tras el seto.

— ¡Carlos y Leonor! Desde cuándo os dedicáis a espiar conversaciones ajenas —acusó con los brazos en jarra.

Carlos se incorporó avergonzando. Miró el rostro lleno de severidad de su tía y una sonrisa en el rostro de Adriano que trataba de disimular.

— Querida tía — empezó a balbucear el niño mientras su hermana se incorporaba a su lado—.

Dis… discúlpadme por este malentendido. Solo estaba aplicando las enseñanzas del Rey Blanco, escrito por mi abuelo, el gran emperador Maximiliano y que mi buen maestro Adriano me ha encomendado leer.

— Adriano arqueó las cejas sorprendido al escuchar a Carlos —.

Lo que se enseña en ese libro es que un soberano debe interpretar y entender las cosas por si mismo, para así no depender de nadie.

Puesto que hablabais de mi, pensé que sería buena idea averiguar lo que decíais.

Margarita exhaló aire durante unos largos segundos y miró a Adriano que sonreía complacido. Carraspeó y trato de adquirir un tono serio.

— No voy a negar que el tratar de salir airoso de cualquier situación comprometida no sea una virtud y por ello debo felicitaros.

Pero temo deciros joven príncipe que lo que quiere decir vuestro abuelo en ese libro no tiene nada que ver con escuchar conversaciones ajenas ni tampoco con no dejarse aconsejar.

— Adriano caminó hacia el príncipe —. Precisamente lo que quiere decir vuestro abuelo tiene más que ver con vuestras carencias que con vuestras virtudes.

A partir de hoy intensificaremos la lectura del latín y del castellano, porque lo que quiere decir El rey blanco es que un soberano debe poseer todo tipo de conocimientos para leer las cartas por si mismo para que nadie las lea por él, o para hablar y que nadie malinterprete sus palabras por culpa de un mal traductor.

Carlos quedó cabizbajo y pensativo, era cierto que sus clases de lengua castellana no estaban dando el resultado deseado ni para su tía, ni para su abuelo, pero ¿a qué se debería aquella urgencia por aumentar las horas de dichas clases?

— Acompañadme joven príncipe — dijo Adriano, y Carlos obedeció..

Tanto el niño como el maestro empezaron a andar por el pasillo lateral del patio para ir a un estancia apartada que les servía de aula. Adriano miró hacia atrás, donde estaba la archiduquesa asintiendo antes de llevarse consigo a Leonor e Isabel, parecía que también debía hablar con ellas.

Mientras andaban, Adriano se dirigió a Carlos con una voz cándida.

— Decidme joven príncipe ¿Sabéis por qué se marcharon vuestros padres?

— Fue por deber — respondió Carlos con la seguridad de una lección sabida.

— También sabéis que siempre el deber se antepone a la familia y por eso vuestro padre con dolor os dejó a vos y vuestras hermanas bajo la protección de vuestra tía ¿Verdad?

— Así es — respondió Carlos con un nudo en el estómago .

Adriano se detuvo y con su acción hizo que Carlos le imitara. Con sus manos entrelazadas en su espalda miró directamente a los ojos del niño.

— Sé que vuestro padre habría querido pasar más tiempo con vos, pero no podemos controlar los designios del señor.

— Adriano inhaló hondo para seguir hablando —.

La muerte de vuestro padre, tan repentina, en el apogeo de su juventud, afectó profundamente a vuestra madre.

La reina Juana de Castilla. Se resiste a abandonar el luto y su comportamiento…

¿Cómo lo diría? en ocasiones se torna irracional.

Carlos recogía aquellas palabras con dolor.

Tenía fugaces recuerdos de sus padres: la difícil convivencia de la pareja; los gritos en palacio; las discusiones.

Carlos era demasiado pequeño para entender el porqué de aquellas desavenencias entre familiares.

Era demasiado pequeño para entender los celos de su madre.

En una ocasión su padre encerró a su madre en sus aposentos tras uno de sus ataque de ira.

Su padre dejó a su madre vigilada por el servicio.

Juana respondió golpeando con una vara de metal a todo sirviente que se le acercaba.

Para Carlos, Juana, acabó siendo poco más que una desconcida.

— Joven príncipe — continuó Adriano —, tal vez lo que os diga ahora no os agradará, pero es necesario que lo sepáis.

Vuestro abuelo el rey Fernando de Aragón ha decidido dejar recluida a vuestra madre.

No, no me miréis así. Ella está bien, a buen cuidado, está en una casa palacio en Tordesillas.

Ahí no le faltarán las atenciones dignas de una reina.

Es por su bien. — Carlos observaba a su maestro boquiabierto sin emitir sonido alguno —.

Tal vez la perdida de vuestro padre haya causado en ella una gran melancolía que ha podido agravar ciertos problema que padeciera.

Al estar vuestra madre incapacitada, os habéis convertido en rey de Castilla como heredero que sois.

Pero vuestro abuelo Fernando se ha convertido en regente hasta que cumpláis la mayoría de edad.

Fernando de Aragón es regente de la misma manera que vuestra tía Margarita lo es de los Países Bajos ¿Entendéis ahora por qué debemos intensificar el aprendizaje? Las circunstancias lo exigen.

— Lo entiendo maestro — respondió Carlos.

Adriano retomó la marcha y siguió caminando un paso por delante de Carlos.

— Con esta charla no pretendo regañaros.

Aunque vuestro castellano sea deficiente, debo reconocer que tenéis otra cualidades.

Lo que quiero decir es que desde hoy cazareis, pescareis y jugareis menos .

Seguiremos repasando textos de Aristóteles, Livio, Tácito y las enseñanzas militares de Vegecio. Y recordad lo que siempre os digo…

— Comprender es mejor que aprender — respondió Carlos.

— Bien, muy bien. Pero no solo de hombres del pasado debemos comprender las palabra, también de nuestros contemporáneos, como Luis Vives o del propio Erasmo.

Y un día más, Carlos escuchaba a su maestro con el que en ciertas ocasiones debatía.

Le gustaba aprender de él sus lecciones de teología pero sobretodo, las grandes historia de los grandes hombres del pasado, tan hacedores de tales hazañas que su memoria pervivía imborrable durante el declive del tiempo llegando hasta sus días: Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno.

A todos ellos los veía como gigantes y en su imaginación, aquel niño, soñaba en alcanzarles algún día.