Carlos V. Trilogía Completa 10. Por el bien de un reino #2
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10. Por el bien de un reino #2

Cerca de Tórtoles de Esgueva, un jinete salió al paso de la marcha real. Portaba un jubón dorado y las mangas rojas además de un mensaje. El cardenal Cisneros fue quien atendió al viajero, escrutándole con su afilada mirada.

— ¿Qué queréis? — preguntó Cisneros —. ¡Hablad!

— El rey don Fernando de Aragón solicita entrevistarse con su hija la reina Juana de Castilla. — Con aquellas palabras el jinete revelaba que se trataba de un emisario aragonés —. Mi señor aguarda en Tórtoles.

Cisneros asintió.

— Que tu montura sacie su sed — respondió Cisneros —. Cuando estéis listo volved con vuestro rey. Con premura la reina de Castilla acudirá al encuentro.

Ya anochecía. Sobre una suave ladera el pueblo dormía, nutriéndose de las aguas del Duero.

Juana había llegado junto a un pequeño contingente de hombres a aquel lugar que se había convertido en la corte temporal de su padre.

La reina de Castilla se había adelantado al resto de su comparsa.

El más de medio año de peregrinaje había hecho mella en su salud y su aspecto: andaba agotada, todo el cuerpo le pesaba y también lo hacían los párpados.

Los aragoneses que fueron a su encuentro a la entrada de un pequeño palacete se preguntaban si aquella mujer de pelo enmarañado, era realmente la hija de su señor rey.

Al abrir las puertas del edificio. En el salón de entrada, franqueado por dos escalinatas aguardaba el rey de Aragón.

Recibió a su hija con severidad en su rostro, como el padre que debe aleccionar a su estirpe.

Juana evitaba mirar directamente hacia la adusta mirada de Fernando y clavó sus ojos en el suelo, dispuesta a recibir la reprimenda.

— ¡Marchaos! — ordenó Fernando en cuanto Juana se plantó frente a él —. ¡Todos!

Los hombres siguieron las órdenes de su rey y las puertas se cerraron tras ellos, dejando que el eco resonara entre todas las paredes del salón, haciendo que la figura de Juana se menguara mientras que la de su padre crecía.

— Solicitabais la presencia de la reina de Castilla y aquí me tenéis — dijo Juana con un hilo de voz.

Fernando empezó a caminar en torno a Juana. Sus pisadas resonaban en el silencio del salón. La evaluaba, examinaba sus ropas sucias, su piel blanquecina y enfermiza y cada uno de sus tímidos gestos.

— No he solicitado la presencia de la reina de Castilla. He solicitado la presencia de mi hija, puesto que debo hablar como un padre hablaría a su hija y no como un rey dirigiéndose a una reina extranjera.

— Ya me tenéis aquí padre. Vos diréis.

El rey asintió, se sentó en una silla y se llevó los dedos a las sienes.

Parecía destensar su cara, lo que ahora reflejaba era preocupación, la de un padre que había sobrevivido a su heredero: Juan y a su hija Isabel quienes murieron tan jóvenes.

Solo le quedaba Juana, frente a él; María casada con el rey de Portugal; y Catalina reina de Inglaterra por su enlace con Enrique Tudor.

Pero ninguno de sus hijos le había dado tantos quebraderos de cabeza como Juana

— Tienes que acabar con esta locura Juana. Debes dejar descansar ya a tu marido. Llevas meses vagando de un lugar a otro, desatendiendo tu reino, el legado de tu madre.

— El deseo de Felipe era ser enterrado en Granada y haré valer su deseo.

— Mientras me quede un solo aliento de vida, mi yerno no saldrá de Castilla y menos para ser enterrado junto a tu difunta madre.

No me mires así Juana. Acaba con esta locura de una vez.

Descansa, presta atención a tus hijos y cuando estés mejor, vuelve a ocuparte de los asuntos de tu corona.

Mientras tanto yo me ocuparé de Castilla en tu ausencia.

— ¿Me tratáis de loca? ¿Se trata de una nueva artimaña?

Fernando se levantó como un resorte, de nuevo la severidad se apoderó de su rostro.

— ¿Qué estás insinuando? Habla sin rodeos.

— Felipe estaba lleno de vida padre. — Las lágrimas empezaron a brotar en los ojos de Juana y la reina de Castilla empezó a hablar entre sollozos —.

Tenía salud, era joven. El poseía la corona de mi madre, en mi nombre, la que vos ansiabais.

Lo quitasteis de en medio y ahora disfrazáis mi dolor en el duelo.

Mi deber como viuda pasa por que la última voluntad de mi marido se cumpla.

Sí, disfrazáis mi obligación y le dais el nombre de locura.

— ¡Deja de calumniarme Juana! ¡!No te atrevas a volver si quiera a pensar que yo tuve algo que ver con la muerte de Felipe! ¡ Es otro de tus delirios!

— ¡Y aunque verdad fuera, no seríais capaz de confesar vuestro crimen! — Juana seguía sollozando.

El rey alzó la mano con intención de arremeter contra su hija.

Juana se cubrió el rostro, pero Fernando frenó su acción: vio el pánico, la desesperación, el desconsuelo en la faz de su hija.

Fernando de nuevo relajó sus facciones y sintió compasión.

Rodeó a Juana entre sus brazos y se llevó su cabeza a su pecho.

Tal como la abrazaba para consolarla cuando era una niña.

Aún sentía el temblor que recorría el cuerpo de Juana y más aun la apretaba entre sus brazos, para hacer que sintiera su calor.

— Por la memoria de tu madre, Juana. Por tus hijos y por ti misma, debes descansar y debes recuperarte.

Juana alzó el mentón y miró a su padre, aún sollozaba.

Tímidamente asintió. No porque pensará que Fernando tuviese razón, sino por el mero hecho de contentarle.

Y cuando movió varias veces su cabeza para sentir afirmativamente, quiso volver al refugio en el pecho de su padre.

Quería mantenerse ahí, unos instantes más, entre el calor de sus brazos que alumbraba las tinieblas, solo desgarradas por el haz de luz de la plata que desde el cielo penetraba en las ventanas.

En Arcos de Llana, cerca de Burgos Juana aguardó.

Solo lloraba y solo acudía al féretro de su marido, colocado en la capilla, para rezar sobre él.

Apenas comía, apenas veía a sus hijos. Había adelgazado y la palidez en su piel se había acentuado, haciendo aun más negros sus vestidos.

Así pasó meses y la llegada de un año nuevo.

Castilla seguía sin tener a su reina y la reina seguía sin encontrar consuelo.

Así pasaba sus días hasta que una mañana de invierno los soldados fueron a buscarla.

Sabían donde estaría, rezando sobre el féretro de su esposo muerto hacía ya más de un año.

Con las manos aún orantes, Juana se alzó al escuchar abrir las puertas de la capilla.

No solía permitir que nadie la molestara mientras estaba a solas con Felipe.

Juana miraba perpleja a los cuatro hombres que se le acercaban.

— ¿Qué significa esto? — preguntó Juana, mirando a un lado y a otro mientras le sujetaban de los brazos para arrastrarla —. ¿Qué hacéis? ¿Y mis hijos?

Uno de los soldados habló.

— Son órdenes del rey Fernando, majestad. Nuevo gobernador de Castilla. Estaréis bien majestad. Vuestros hijos estarán bien. Catalina irá con vos, y vuestro hijo Fernando, permanecerá junto a su abuelo en la corte castellana.

— ¡No. Dejadme¡. !Mi esposo¡… !Mi corona¡

Juana era llevaba a rastras. Trataba de resistirse.

Pataleaba, mordía, arañaba, pero los brazos de los soldados la rodeaban como tenazas.

No le habían dado más explicación, no sabía cuál sería su destino.

Sus gritos se escucharon en su traslado y en su encierro.

Eran estremecedores al igual que su llanto, truncaban la calma de todo aquel que los escuchaba.

En salones reales, en casas nobles, hasta en las tabernas se hablaba de ella.

Algunos decían que estaba loca, otros que entre su padre y su difunto esposo la habían hecho enajenar.

Otros simplemente decían que se trataba de una mujer desesperada, a la que su padre quiso quitar de en medio por ambición o por el bien de un reino.