10. Por el bien de un reino
Por el bien de un reino
El peregrinaje de Juana y su séquito por las tierras castellanas seguía tal y como había planeado la monarca.
De día paraban a descansar y de noche emprendían de nuevo la marcha entre salmos.
Los murmullos que dudaban sobre su lucidez se acrecentaban día tras día entre los súbditos que le acompañaban mientras que Juana empezaba a cuestionar la lealtad de aquellos que la seguían.
Para sí misma se decía que no estaba loca, tenía un propósito y debía cumplirlo, debía satisfacer los deseos de su marido en el lecho de muerte.
La reina cada vez estaba más debilitada por el embarazo. Resistió hasta que se vieron obligados a detener la marcha en Torquemada, que se alzaba entre la verde campiña con la iglesia de Santa María en el centro de la villa.
La reina Juana no confiaba de nadie así que ordenó a sus caballeros abrir cada noche el féretro de su marido, para que así fuese reconocido su cadáver embalsamado, temía que se lo hubiesen robado o que alguien lo hubiese malogrado para poner fin a aquel peregrinaje.
El camino que muchos definían como locura seguía, debían darle el descanso digno al rey.
Y el día llegó. En un convento, asistido por cinco religiosas, Juana gritaba de dolor.
Era sujetada por las muñecas mientras sentía como sus carnes se abrían.
A penas tenía fuerzas para empujar. La partera rezaba por ella debido a su estado: estaba agotada por el viaje que había emprendido meses atrás, no esperaba que sobrevivieran ni la criatura ni la madre, pero la pertinencia de aquella reina, que algunas voces identificaban como demencia, también le ayudaron en la difícil tarea de traer una nueva vida al mundo.
La criatura salió y después lo hizo la placenta.
La reina quedó adormilada, sus siervos esperaban que Dios se la llevase al fin para que tuviera el descanso merecido junto a su amado y acabar así con la locura que les había arrastrado a todos.
Pero el llanto de la niña, hizo que Juana, recostada, sonriera y abriera los ojos para tomar a su hija entre brazos.
Entre su séquito eran más los que se lamentaban que los que respiraban aliviados por la buena dicha del parto.
— Catalina — Juana miraba a su hija con dulzura.
Juana se sobresaltó al sentir el galope de cientos de caballos provenientes de más allá de los muros del convento , cada vez más próximos, junto a voces y gritos.
En un principio la reina pensó que se trataba de algún delirio que le habría sobrevenido por el lamentable estado que le había dejando viajando entre la vigía y el sueño.
Pero no, los golpes en la puerta del convento, le hicieron volver en sí. Algo estaba pasando.
— ¡Abrid en nombre de Dios! — ordenaba una voz que traspasaba la puerta a la vez que la aporreaba —. ¡Abrid he dicho!
Una de de las religiosas más veteranas se acercó a la puerta para responder.
— En estas dependencias se encuentra la reina recién parida. No se encuentra disponible para atender visita alguna.
Los golpes volvieron a resonar en la puerta.
— ¡Abrid en nombre del arzobispo de Toledo!
La religiosa miró a sus compañeras y asintió.
— Acicalad a la reina — ordenó
Las mujeres obedecieron la orden sin dilación.
Juana hacía esfuerzos para moverse, mantenerse en pie y ser vestida mientras una de las mujeres de compañía de Juana sostenía a la niña.
Una vez vestida la sentaron en una silla y colocaron a la niña en su regazo.
Juana aún sentía los dolores del parto. Hacia un esfuerzo sobrehumano para mantenerse erguida.
La más veterana de las monjas miró a Juana una vez más y asintió.
Abrió la puerta dejando entrar la luz del sol y de ella emergió la figura de un oficial y tras él, la cara afilada de Cisneros.
Lo primero que hizo el arzobispo de Toledo fue realizar un vistazo rápido a aquella humilde morada y después con perplejidad miró a la niña recién nacida que Juana sostenía en sus brazos.
Cisneros no pudo evitar dejar su boca entreabierta, ahí mismo, en aquella estancia vieja y polvorienta, indigna para traer a la hija de una reina al mundo, Juana había alumbrado a una criatura.
El arzobispo miró una a una a las religiosas y estas respondieron inclinándose ante él.
— Dejadnos a solas — ordenó Cisneros.
Las mujeres obedecieron. Salieron una a una por la puerta, pasando frente a la adusta mirada de Cisneros y los dos hombres de armas que le acompañaban. La estancia se vació quedando únicamente Juana con su hija en brazos, Cisneros y los dos oficiales que le acompañaban.
— ¿Qué hacéis aquí? — Juana había sacado su pecho para amamantar a la niña, provocando que Cisneros apartase la mirada
— La pregunta majestad es ¿Qué hacéis vos aquí?
— Ya sabéis lo que hago aquí y cuál es mi cometido. Ahora sí me disculpáis, estáis invadiendo la privacidad de vuestra reina.
— Majestad. Si no ponéis fin a esto, me veré obligado a hacerlo yo por el bien del reino.
— ¿Cómo os atrevéis Cisneros? — Juana hizo el amago de levantarse de la silla, pero estaba aún demasiado débil para hacerlo.
Cisneros dirigió una mirada inquisidora a la reina, tan severa que ningún otro súbdito se habría atrevido a lanzar a su soberana.
— Presido el consejo de regencia majestad.
Vos convendréis conmigo que el destino de Castilla está por encima de todos.
— Cisneros cerró los ojos. No quería ver la reacción de la reina al pronunciar aquellas palabras —.
Vuestros delirios majestad, vuestras… extravagancias, están dejando en mal lugar al reino.
Vuestras acciones… no son actitudes propias de una reina cristiana.
— ¿Qué pretendéis decir con eso Cisneros? ¿Pretendéis traicionarme? — La voz de Juana era áspera: salía de su garganta después de rasgar sus entrañas —. ¿Qué pensaría de esto mi madre a la que tan bien servisteis?
Cisneros hizo oídos sordos ante las réplicas de la reina.
— El rey Fernando, vuestro padre, está de camino. Aguardareis aquí a su llegada.
— ¿Mi padre? — Juana empezó a hiperventilar —. Vos mismo estabais a favor de la elección de Felipe cómo rey de Castilla en detrimento de la regencia de mi padre ¿Acaso os ha prometido el capelo cardenalicio?
—Felipe ya no está.
—Yo sigo estando.
— Majestad. Debéis entenderlo. Vuestro padre se encargará del gobierno de Castilla hasta que de nuevo podáis gobernar. Tal vez sea este largo luto el que os ha hecho perder el juicio
— Sí, definitivamente sois un traidor. — Juana miró con furia a los dos oficiales que acompañaban a Cisneros —. ¡Prendedle! ¡Prended a este traidor en nombre de la reina!
Los oficiales miraron a Cisneros y éste asintió con cierto pesar.
El arzobispo dio media vuelta y salió de la habitación.
Los dos hombres armados le siguieron. Juana sola en aquella habitación escuchaba como se giraba el cerrojo, antojándose el sonido de un nuevo cautiverio.
Con su hija en brazos se levantó y con un esfuerzo se dirigió a la puerta. No abría.
— ¿Qué significa esto? — Juana empezó a golpear la puerta desesperada ignorando el llanto de la pequeña —. ¡Abrid a vuestra reina! — se desgañitaba.
Madre e hija lloraron durante horas, estremeciendo al guardia que aguardaba tras la puerta. El llanto de las dos se tornaba débil, hasta que finalmente se durmieron.
Pasaron los días. Larga se hizo la espera y el rey de Aragón no llegaba.
Mientras Juana aguardaba en su habitación recuperándose del parto junto a la recién nacida Catalina.
En el pueblo, cortesanos y soldados hacían vida.
Los campesinos contemplaban con admiración aquel cortejo que vestía ricas sedas que no se veía todos los días.
Los nobles comían juntos, bebían juntos, brindaban juntos.
Mientras Juana miraba desde su ventana y los maldecía a todos.
Como una de las únicas concesiones a la reina, la solían dejar salir de la habitación para rezar sobre el féretro de su esposo.
Juana también ordenó abrir el ataúd, para presentarle a Felipe a su pequeña hija.
Sus súbditos pensaban que, tal vez, al otorgarle dicho permiso, conseguirían aplacar su enajenación.
Todos hablaban de ello, de la demencia de la reina.
Pasó el invierno y las primeros brotes de la primavera empezaron a florecer.
Pero ni el adulzado aroma de la flora podía disipar el hedor que sentían cada vez que aquel féretro era abierto.
Algunos pensaron enfermar por ello, les sobrevinieron fiebres repentinas, hasta que un joven campesino que llevaba días yaciendo en cama fue señalado por un vecino debido a las postulas que presentaba en su rostro.
El arzobispo Cisneros, había habilitado unas dependencias de la iglesia de Santa María como su despacho personal. Ahí contemplaba desde la planicie hasta la sierra y dedicaba tiempo a escribir misivas. Con la pluma en mano se vio interrumpido cuando alguien llamó a la puerta.
— Adelante.
Un soldado, apareció por la puerta con el rostro desencajado como si acabase de ver al mismísimo diablo.
— La peste excelencia. Está aquí, en Torquemada.
Al rostro preocupante del arzobispo de Toledo le secundó los preparativos de la marcha junto al féretro del rey Felipe.
Atrás se dejarían a los enfermos y a los que presentaran algún tipo de dolencia, tapiándoles en sus casas para evitar que aquel mal se extendiera al resto de campesinos.
Un buen destino para huir de la maldita plaga y mantener a la reina cautiva a la espera del rey Fernando era Burgos.
De nuevo se emprendió la procesión. Juana no se separaba de su difunto marido, pero en esta ocasión, la marcha no se haría de noche, aguardados por las luces de las antorchas que iluminaban los oscuros caminos.
En esta ocasión se marcharía de día y de noche se descansaría, para así evitar las habladurías de los plebeyos que especulaban sobre la locura de la reina.