9. El sueño de un emperador
El sueño de un emperador
Maximiliano era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Era un honor y una responsabilidad. El imperio pretendía continuar el legado de Carlomagno y a su vez conservar la dignidad del antiguo imperio romano.
Su función era garantizar la paz y la estabilidad política en los territorios cristianos, ofreciendo también protección a sus súbditos.
Veinte años atrás, el propio Maximizando había sido elegido con la dignidad de emperador por los siete príncipes electores de Alemania, desde entonces acarreaba el peso del imperio a sus espaldas.
Era media mañana. Cientos de soldados escoltaban a la comitiva del emperador Maximiliano de camino a palacio.
Cabalgaban cruzando la campiña más verde, recién regada por las lluvias.
El cielo gris anunciaba tormenta y habían acelerado el paso para encontrar así refugio.
En el carruaje rojo de franjas doradas, adornado como el más hermoso de los tapices, viajaba Maximiliano junto a su nieto Carlos y sus tres hermanas.
Maximiliano portaba telas de tal calidad que parecía que vestía de bronce.
Una gorra negra cubría su plateado cabello.
Dedicaba miradas tiernas hacia sus nietos, pero cuando se dirigía a sus súbditos tenía la capacidad de transformarla y tornarla severa.
El joven príncipe Carlos también vestía con ricas telas flamencas, era un niño de piel rosada y cabellos castaños. Su hermana Leonor poseía unos cabellos mucho más claros, como Isabel, más pequeña que ella. María en cambio había heredado el cabello más oscuro de su madre castellana.
— Vais a estar muy bien aquí, ya lo veréis — aseguraba el emperador sonriente a medida que se aproximaban al palacio.
El edificio se erigía rasgando el cielo gris con sus pináculos.
Se apreciaba en sus naves laterales como se estaban realizando las obras para la ampliación del palacio.
Cuando la comitiva se acercó a las puertas junto a sus cortesanos, Margarita, la hija del emperador esperaba en la escalinata.
Su piel blanca se acentuaba aun más por el vestido tan rojo como la sangre que portaba y más aún sus cabellos tan rubios que hacía parecer que el sol los había untado con sus rayos.
Estaba erguida y firme, con el rostro serio, a la espera de recibir a su padre y a sus sobrinos.
El emperador bajó del carruaje por su propio pie. Un cortesano ayudó a los niños. Margarita hizo una reverencia solemne ante su padre, pero Maximiliano se adelantó para reincorporarla con sus propias manos y abrazarla.
— Por favor hija — dijo el emperador con la voz compungida debido a que posiblemente en aquel momento se le había venido a la mente su difunto hijo Felipe —. Tú y estos niños sois lo único que queda de mi propia sangre.
— Además de tu hija soy tu fiel súbdita, emperador. Así lo deben ver también mis sobrinos.
Maximiliano asintió satisfecho por aquella respuesta, al tiempo que Margarita se acercaba a los niños que habían formado una fila ante su tía.
Sus sobrinos alzaban el mentor para contemplar su figura.
Las dos más pequeñas, María e Isabel, se mostraban más nerviosas, a diferencia de Leonor que le dedicó una amplia sonrisa y Carlos que permanecía con el rostro impasible.
Margarita les dedicó a cada uno de ellos la más amable de sus caras.
—¿ Largo viaje? — preguntó la tía y todos asintieron —. Dejémonos de preámbulos, ahora os acomodarán este será vuestro nuevo hogar.
— ¿No volveremos a Borgoña? — preguntó Carlos.
Maximiliano negó con la cabeza.
— No es posible volver a Borgoña en este momento, Carlos. No es seguro debido a la guerra contra los franceses. Pero os aseguro que vuestra tía os cuidará como si fueseis sus propios hijos.
— ¿Y madre? — preguntó Isabel.
Maximiliano no contestó. Compungido intercambió miradas con Margarita y suspiró. Había muchas preguntas que requerían respuesta medidas y unos corazones fuertes para aceptarlas.
Mientras los sirvientes instalaban a los niños en sus dependencias, padre e hija recorrían los salones de palacio en una marcha pausada, dejando en el exterior el aire frío y abrazando el cobijo de las estancias iluminadas por candelabros para combatir la oscuridad de aquel día de tormenta.
— Aún crees que estás maldita, hija mía — preguntaba el emperador a Margarita.
— Mi primer esposo, el heredero de Castilla y Aragón, Juan, abandonó este mundo con diecinueve años.
Mi segundo esposo Filberto, lo ha hecho con veinticuatro.
Y ahora mi hermano se ha marchado con veintiocho.
Parece ser que los hombres de mi vida perecen demasiado jóvenes.
— Margarita trataba de mantener firmeza en sus palabras, aunque no pudo disimular la tristeza en su mirada.
— No digas eso, hija mía. — respondió Maximiliano —.
No lo digas. No estás maldita, no lo estás.
Si yo creyera que estás maldita, no acudiría a ti.
— Margarita cabizbaja escuchaba a su padre y asentía —.
Tras la muerte de Felipe eres mi única hija y a mi edad no creo engendrar otro heredero.
Confío en ti Margarita y por eso te confío a ti la crianza de estos niños y el gobierno de Flandes hasta que Carlos tenga edad suficiente para asumir su responsabilidad.
— Padre ¿Qué hay de vos?
— Tengo un imperio que atender, hija. No confío en nadie más que en ti para desempeñar tan ardua labor.
Guillermo de Croy, el señor de Chièvres, también asistirá a Carlos y lo mismo hará Jean de Sauvage.
Enviaré a los mejores para que Carlos tenga buenos tutores.
El rey Fernando de Aragón también enviará a sus humanistas para la educación del niño.
Evidentemente no te dejaré sola en esta titánica tarea.
— Fernando de Aragón. — Margarita reposó el nombre en una voz que revelaba amargura —. Se dice que fue él quien envenenó a Felipe.
— Eso se dice Margarita, eso se dice. También se dice que pudo haberlo envenenado cualquier señor castellano que no estuviera dispuesto a ser gobernado por ningún rey extranjero o que simplemente murió porque Dios así lo quiso.
— El emperador se detuvo para coger aire, tratando de maquillar la emoción que sentía al hablar de su difunto hijo —.
En todo caso todo lo que se hable son rumores y especulaciones.
Pequeñeces a las que no debemos hacer caso.
— ¿ Vos qué sentís padre? ¿Qué os dice el corazón sobre lo que le pudo pasar a Felipe? — preguntó con insistencia Margarita con una mirada llena de dudas.
— Lo que siento hija mía, me lo guardo para mí, no me atrevo ni siquiera a compartirlo contigo.
Conozco bien la ambición de Fernando de Aragón, pero un buen gobernante no debe dejarse guiar por los dictámenes de su corazón.
Demasiado ocupados estamos con los franceses para enfrascarnos en una disputa contra España, basándonos únicamente en elucubraciones.
Margarita se tensó, cruzó los dedos de sus manos en su regazo. La expresión en su rostro era de disgusto y desaprobación.
— No entiendo padre que no queráis llegar hasta el fondo de dicho asunto.
Maximiliano dirigió una mirada llena de melancolía hacia su hija. Tras el cristal contenía las lágrimas que no se había permitir derramar en ninguno de sus días de duelo.
— La situación es complicada Margarita, muy complicada. He intercambiado cartas con el arzobispo de Toledo, Cisneros: está presidiendo el consejo de regencia en ausencia de la reina Juana. Debo decir que me preocupa, me preocupa mucho que esa mujer ponga en peligro la herencia de sus propios hijos.
— ¿Tan grave es el asunto?
— Lo es — sentenció Maximiliano —. Está desquiciada.
Está paseando el féretro de tu hermano con su cuerpo presente por toda Castilla.
Nobles y plebeyos están alarmados por la demencia que muestra.
La solución ante este asunto pasa por que Fernando de Aragón se ocupe de la regencia de Castilla.
Cisneros aunque no está del todo conforme con ello, está de acuerd9 conmigo.
Es por ello que debemos avenirnos con Fernando y dejar los rumores y los rencores a un lado.
Por el bien de Carlos y por la supervivencia de la casa Habsburgo. Espero que lo entiendas.
— Lo entiendo padre — asintió Margarita.
— Bien. — Maximiliano respiraba más tranquilo y reemprendió la marcha por un largo pasillo hacia una estancia iluminada por el calor de una chimenea donde el crujir de los troncos en el fuego hacía la atmósfera más agradable—.
En tus manos dejo una gran responsabilidad.
Yo debo ocuparme del presente del imperio y de nuestro linaje, pero tú hija mía, tú prepararás el futuro.
— Espero estar a la altura, padre. — Padre e hija llegaron al umbral de la puerta. Ahí la mayor, Leonor, leía un libro a las pequeñas. Carlos también se encontraba ahí, escuchando atentamente las palabras de su hermana.
— Debes estarlo Margarita. Debes ser recta, pero también debes ser la madre que ellos nunca han tenido.
Tal vez Dios te ha privado de esposo para encomendarte dicha tarea.
En Borgoña no estarán seguros, el reino de Francia siempre será una amenaza.
Pero contigo estarán mejor que en ningún otro lugar.
Margarita guardó cada una de las palabras que le había dedicado su padre. Ella era mujer, viuda por dos veces. Su padre confiaba en ella. Cerró con suma delicadeza la estancia donde los niños se encontraban.
— Si esa es la voluntad del emperador de buen agrado la cumpliré. Como bien os he dicho antes, además de vuestra hija, soy vuestra fiel súbdita.
El emperador asintió satisfecho.
— ¿Entiendes la magnitud de tu cometido?
Las grandes hazañas requieren de más de una vida.
Carlos será mi legado. Llegará a cotas que yo jamás podré alcanzar en lo que me queda de tiempo en este mundo.
Sé que él no solo garantizará la supervivencia de nuestra familia, sino que también engrandecerá el nombre de todos los que le precedieron.
Un nuevo sueño empieza desde hoy, con él, entre estas cuatro paredes.
El sueño de un imperio que una a la cristiandad y que se expanda por todos los rincones del mundo.
— Desearía que su propia madre no fuese un obstáculo para alcanzar tal grandeza — confesó en un susurro Margarita.
Maximiliano se volvió y dio la espalda a Margarita, como si no quisiera mostrar su rostro junto a las palabras que iba a decir.
— Pronto la locura de Juana dejará de ser un impedimento. Cisneros va de camino a su encuentro.