8. Un hallazgo inesperado
Un hallazgo inesperado
Se respiraba un ambiente festivo: era día de mercado.
Mientras algunos regateaban el precio de la mercancía que querían adquirir, otros cantaban, algunos de buena mañana ya andaban ebrios.
Juan tenía doce años aquel día en la que su vida cambió para siempre A pesar de que quería ver mundo sabía que sus días los pasaría trabajando la tierra y cuidando el ganado de un hombre al que sus padres, a los que apenas recordaba, dejaron a su cargo.
De ojos azules y cabello negro como el azabache, era escuálido, sin duda estaba mal alimentado, además estaba lleno de golpes por replicar más de la cuenta a Sebastián, el capataz que le mantenía y mal alimentaba.
Algunos llegaban al mercado tras escuchar la misa de la mañana en la iglesia de San Bartolomé.
Juan pensaba que era increíble las riquezas que atesoraba el templo cristiano, en aquella urbe pérdida entre el mar cristalino y a los pies de las verdes montañas pobladas de encinas.
Prácticamente vivían casi aislados del resto de los centros urbanos de la isla.
Juan se encontraba ensimismado en sus pensamientos cuando recibió un golpe en la cabeza.
— ¡Vuelve al trabajo maldito trozo de carne bautizada! — le espetó Sebastián —. ¡Ya has vuelto a quedarte en babia!
Juan asintió. Tenía que limpiar el pequeño corral que habían montado en el mercado para mantener ahí a los cerdos mientras muchos curiosos pasaban y miraban a los animales.
Aquel no era el primer golpe que había recibido ese día y tal vez no sería el último.
Soportaba el castigo físico, lo que no soportaba era que Sebastián le privase de alimento, aunque era verdad que el capataz esperaba la mínima oportunidad para arremeter contra él, aunque fuese con el pretexto de ahorrarse una ración.
Con esos pensamientos parecía que el día iba a discurrir como cualquier otro Pero de repente y como la llamada de un canto de sirena, todo el mundo dirigió la vista al inmenso mar que se abría ante la ciudad.
Varias velas se estaban acercando desde el horizonte en aquel día despejado. Juan dejó su trabajo a medias.
— ¿Qué haces chico?
Juan no atendió a la pregunta de Sebastián, a pesar de saber que su falta de respuesta le llevaría a recibir otro golpe más.
Estaba contando las naves que se aproximaban a tierra: Una, dos, tres, cuatro y cinco por el momento, formaban una flecha que se dirigía a una cala cercana al mercado.
De repente las campanas de la iglesia empezaron a repicar de la misma manera en que lo hacían para anunciar las grandes lluvias torrenciales de noviembre.
Todo el mundo se mantuvo quieto y en silencio durante unos eternos segundos hasta que alguien rompió a gritar.
— ¡Piratas!
Muchos huían hacia la iglesia mientras que los mercaderes trataban de recoger sus pertrechos, a sabiendas que los piratas arramblarían con todo lo que encontrasen a su paso.
Algunos caían y otros en su ánimo de salir corriendo, pisaban al derribado.
Juan trató de imitar a aquellos que huían, pero Sebastián lo detuvo.
— ¿Dónde vas zoquete? ¡Tú te quedas aquí! Recógelo todo si no quieres recibir. — Y tras dar sus órdenes Sebastián se marchó corriendo.
Como almas que caminaban sobre las aguas, los piratas ya habían pisado tierra. Juan les escuchó gritar. Hablaban en una lengua extranjera, desconocida para él.
«Son moros» pensó. Tienen que serlo. El niño no tenía intención de quedarse ahí ni de cumplir las órdenes de su despreciable capataz y tomó la huida.
Salió del centro del mercado. No iba a ir a la iglesia, sabía que el templo sería el primer lugar que los piratas registrarían, se convertiría en una trampa donde seguramente los más devotos sucumbieran.
Mientras corría echó la vista atrás. Muchos mercaderes se habían unido, portando todo tipo de herramientas, dispuestos a usarlas como armas.
Querían proteger su sustento de vida aunque no fuesen rivales para los piratas.
Con una velocidad pasmosa se deshicieron de ellos, con cortes limpios en sus cuellos, haciendo que la sangre regara el suelo, cubriendo incluso la atmósfera con una nube rosada, ocultando así la luz de aquella brillante mañana.
De entre todos ellos había uno de complexión gruesa, con una gran barba cobriza y la piel curtida por el sol.
Sus manos eran grandes y su nariz gruesa y retorcida.
Aruj dirigía a sus hombres. Arrasaban con lo que veían. Sonreía, aquel día se llevarían un suculento botín. Aún quedaba lo mejor de todo. La iglesia.
— A esos dejadles marchar. — Con su profunda voz detuvo a sus hombres que perseguían a unos campesinos que corrían a refugiarse a la montaña.
Hizir alcanzó a Aruj y empezó a caminar a su lado.
— Hoy será un buen día — dijo Hizir.
— Sin duda — respondió Aruj.
El sonido de una cerámica rompiéndose en un puesto cercano alertó a los dos hermanos.
Cuando se acercaron vieron aquel puesto de venta aparentemente abandonado: debía ser de un artesano que vendía utensilios de cocina, manufacturados por él mismo.
Aruj se llevó el índice a su boca, pidiendo silencio a Hizir.
Caminó despacio, pisó sobre la cerámica que se había caído y partido en pequeños pedazos.
Una tela que colgaba de una mesa se extendía hasta el suelo.
Se agazapó frente a la tela como un león acechando, extendió la mano, deslizándola en el espacio, en silencio y de un fuerte tirón la apartó.
Ahí encontró la sorpresa. Alargó su mano y tiró de una pierna que sobresalía de un pequeño hueco, para arrastrarla al exterior.
Por fin descubrió a su presa, una chica joven y apetecible.
Su piel era blanca y suave, sus ropas estaban rotas tras arrastrase sobre el suelo para esconderse, dejando ver así, parte de uno de sus pechos prietos. Aruj se relamió los labios.
— Esta será para mí. A quien la toque le cortaré las manos.
— Creo que los hombres ya están suficientemente ocupados. — Hizir señaló la iglesia.
Del templo cristiano se elevaba una humareda.
Los gritos recorrían el valle. Muchos lugareños salían despavoridos de la iglesia momentos antes de ser ensartados por las cimitarras de los piratas.
Otros llevaban a las jóvenes a horcajadas.
Algunos no esperarían a llevarlas a las embarcaciones para ser violadas.
Lo harían ahí mismo, en corrales, cobertizos o en el resguardo del bosque.
Usarían toda la fuerza necesaria para saciar sus apetitos.
Aruj lo permitía: demasiadas semanas en el mar, hambrientos de carne.
De esa manera se sucedían los clamores, las voces que pedían auxilio.
Muchas habían dejado de ser niñas hacía relativamente poco, otras eran madres curtidas.
Daba igual, Aruj sabía que sus hombres se estaban cobrando parte de del botín.
Aruj echó la vista abajo. Un hombre que parecía el padre de la joven que había encontrado, la estaba cubriendo con su cuerpo. Lloraba y suplicaba y ello era algo que a Aruj le adqueaba.
— ¡Apártate! — ordenó Aruj. Y con su fuerza lanzó al padre de la joven a un lado.
El padre de la joven tomó un cuchillo de una de las mesas y se abalanzó sobre Aruj cogiéndolo de esa manera desprevenido .
Antes de que le alcanzara, el hombre se detuvo, luchaba por al menos alcanzar el cuello de Aruj, pero le era imposible, las fuerzas le abandonaban.
Hizir fue más rápido y atravesó con su cimitarra la espalda del padre de la joven lugareña.
La chica empezó a chillar, la sangre de su padre la había salpicado el rostro.
— Maldito viejo — mascullaba Hizir mientras limpiaba la hoja de su cimitarra —. Te has confiado y casi te cuesta la vida.
— Estabas aquí para protegerme. — Aruj sonreía, restando importancia a lo sucedido.
Unos gritos sorprendieron de nuevo a Aruj e Hizir.
Provenían de uno de sus hombres. Los dos hermanos se miraron y corrieron en dirección a los alaridos, ignorando a aquella chica a la que habían arrebatado a su padre.
Pronto vieron en un pequeño cercado a un niño de no más de doce años.
Estaba rodeado por cuatro hombres y blandía una cimitarra para enfrentarse a los piratas.
Junto a él yacía un turco inerte del que emanaba un río de sangre que nacía de una incisión en su cuello, se hallaba muerto en el suelo.
Otro pirata frente al chico cojeaba: le había herido en la pierna.
No había miedo en los ojos de aquel pequeño cristiano, era fuego, era furia.
Los hombres que le rodeaban se reían cada vez que el niño pegaba una embestida, todos se reían menos el pirata que cojeaba y que con su cimitarra bloqueaba sus ataques, a pesar de que parecía que el acero pesaba en las manos del joven lugareño.
El resto de los hombres de Aruj quería jugar con él antes de ensartarlo.
Quién quería acabar con él era aquel pirata al que había dejado cojo.
Con todas sus fuerzas blandió su arma con tal furia que partiría en dos al muchacho, pero pasó lo impensable, tal vez por exceso de confianza, el niño lo esquivó y encontró el pecho desprotegido del hombre, acertándole le clavó la hoja y atravesó la carne, hasta llegar a su corazón interrumpiendo su pulso.
Su adversario se desplomó en cuestión de segundos.
El resto de hombres dio un paso atrás. Era miedo, así lo vieron los ojos de Aruj que quedó impresionado por como temían a ese joven, no pudo evitar dejar la boca entreabierta.
Los hombres, sus aguerridos piratas, le temían, tenían motivos: aquel chico había matado a dos de sus compañeros, le tomaron en serio, ya no había risa en los rostros de aquellos que debían enfrentarse a la muerte.
El niño no se amedrentaba y blandía la hoja con la intención de acabar con alguno más.
Dos le hacían frente mientras otro le rodeaba: su intención era atacarlo por la espalda.
Aruj pestañeó varias veces. A su mente le sobrevino su hermano pequeño Illias, y aquel momento en el que frente a él, aquel cristiano le arrebató la vida atacándole por la espalda después de ganarle en combate. Aquel chico era como Illias.
— ¡Dejadlo! — ordenó Aruj —. Este se viene conmigo.
— Baba Aruj. Ha matado a dos de los nuestros.
Aruj avanzo y se puso entre los dos hombres y el niño que aún blandía la cimitarra que había arrebatado al primer pirata al que había matado con sigilo.
— He dicho que guardéis los aceros — los hombres obedecieron a la orden de Aruj —.
Os tendría que avergonzar que un pequeño cristiano mate a dos de los nuestros en vuestra presencia.
Cinco contra uno. Y tú… — Aruj se giró hacia el pirata que estaba a la espalda del muchacho — ¿Ibas a matarle cobardemente?
eres incapaz de hacer frente a un muchacho ?
Juan tenía sus manos manchadas de sangre.
En el momento en que aquellos piratas le alcanzaron sorprendió a uno de ellos arrebatándole su cimitarra y cercenando su cuello.
Al segundo también le sorprendió al atravesar su pecho.
Lejos de sentir miedo, una sensación se apoderó de todo su cuerpo, ante la muerte se sentía más vivo que nunca, parecía como si todo su cuerpo se llenara de una fuerza oculta que él desconocía poseer.
De repente, los dos piratas que tenía frente a él blandieron sus aceros.
Aquel turco de espesa barba que parecía ser el que estaba al mando, lo había ordenado en aquella lengua extraña, incluso se diría que le protegía.
Era extraño que actuara así tras matar a dos de sus hombres.
No había castigo, no había golpes como aquellos con los que arremetía su capataz Sebastián por cada vez que cometía una torpeza.
Juan entendió que debía también cesar en su lucha y tiró la cimitarra al suelo.
El sonido metálico del acero chocando contra el suelo hizo que Aruj arquease las cejas.
Vio a aquel muchacho mirándole con extrañeza .
Se acercó lentamente. La primera reacción de Juan fue dar un paso atrás.
Aruj extendió despacio sus manos, pidiéndole calma y Juan se detuvo: estaba tranquilo, se sentía arropado por aquel hombre que había venido del mar en el que él siempre había soñado marchar.
Arruj hincó la rodilla frente a él y posó su gran mano sobre su enclenque hombro.
— Yo Aruj… Baba Aruj. — Aruj hablaba despacio, con su voz profunda, lo hacía para que el muchacho le entendiera. Pero el chico no reaccionaba y de nuevo Aruj insistió, señalándose —. Baba Aruj.
— Yo Juan — finalmente el muchacho entendió y se señaló a la vez que repetía su nombre.
Aruj frunció el ceño y miró a Hizir acompañándose de una sonora carcajada.
— Ese nombre cristiano no es apropiado para alguien de mi tripulación.
— ¿Te lo vas a llevar? — preguntó Hizir mostrando su desconfianza —. No sabes nada de este mocoso ¿Qué mosca te ha picado Aruj?
— Sé lo que me digo. El muchacho tiene agallas. — Aruj colocó sobre la cabeza del muchacho su mano —. Pero ese nombre… Juan… Te llamaré Hassan. Tú Hassan… tú Hassan. Yo Baba Aruj y tú Hassan — repetía Aruj.
El muchacho no acababa de entender lo que aquel pirata le quería decir.
Los extranjeros se marchaban, habiendo dejado aquella mañana muerte y destrucción.
Hassan se quedó quieto un instante, pero Aruj que ya había avanzado tras sus hombres se dio la vuelta y le hizo una señal con la mano para que lo siguiera.
El muchacho se dejó llevar, lo siguió sin más, no dejaba nada atrás, solo una vida de penuria.
Siguió a aquel que se hacía llamar Baba Aruj, no sabía hacia donde se dirigía su vida, pero seguro que estaría lejos de aquella mísera existencia que vivía, siendo el objeto de golpes y vejaciones.
No. No tenía nada que perder, se marchó a la mar junto a ese extraño que se hacía llamar Baba Aruj y que le había protegido frente a sus propios hombres. Se perdería en el mar, como Hassan, su nuevo nombre.