7. La locura de la reina #3
— ¡No habéis hecho suficiente! — Juana gritaba desesperada —. ¡Lo habéis matado entre todos! Los que le envenenaron y vos por incompetente. — Juana se desgañitaba a la vez que lanzaba una escupidera hacia la cabeza del maestre que este esquivó a tiempo.
— Majestad. No hay evidencia alguna de envenenamiento. Tal vez el rey haya sucumbido por una neumonía.
Juana quería arremeter una vez más contra el médico. Tal vez aquel maestre tuviese razón en sus palabras, pero no encontraba consuelo en ellas.
El llanto desgarrador de la reina recorría las estancias del palacio, estremeciendo a todo aquel que lo escuchaba.
Jamás se había escuchado a una mujer tan desesperada.
Ahí junto a su amado, permaneció abrazada durante horas, perdiendo la noción del tiempo, hasta que el frío del cadáver heló toda la habitación, entonces fue cuando uno de sus guardias la escoltó a sus aposentos.
Tras el entierro de Felipe, sin rey y sin control, desde su habitación planificó el destino que realmente debían tener los restos de su esposo.
Merecía que todos sus deseos en vida se vieran cumplidos.
Debía tener una despedida digna de su persona.
Pero el llanto y los gritos día y noche se sucedían, inundando salones y galerías.
Un llanto de penumbra que para el que lo escuchaba hacía maldito aquel lugar.
Al llegar a palacio para mostrar sus condolencias, el arzobispo de Toledo fue testigo de aquel llanto, más débil, ya que sus gritos habían ahogado su voz.
Cisneros se encontró con la reina en sus dependencias. Hablaron ahí mismo, en el umbral de la puerta.
— Estoy preocupado por vos majestad — dijo en un tono paternalista —.
Me han informado de lo que planeáis hacer con su esposo y no creo que sea prudente.
Pretendéis desenterrar al difunto rey y llevarlo a Granada para que ahí sea enterrado.
No creo que vuestro padre vea con buenos ojos que el rey Felipe sea enterrado junto a vuestra madre antes que él.
Además si me permitís decirlo, el reino tiene otras prioridades y requiere ser gobernado.
— Se hará lo que ordene. Ha muerto un rey de Castilla — aseveró Juana — ¿Acaso habéis olvidado quien es la reina?
¿Habéis olvidado quien era el rey de Castilla hasta hace poco?
El deseo de Felipe era ser enterrado en Granada y que su corazón fuese llevado a Flandes.
Así se hará. En cuanto al cortejo fúnebre, yo y mi hijo acompañemos a mi esposo hasta Granada, junto a tantos caballeros y cortesanos dignos de la despedida de un rey, será entonces cuando podamos reemprender las cuestiones del reino.
Viajaremos de noche. Pasaremos por el máximo de villas para que todo noble y plebeyo pueda despedirse de su rey.
— Pero majestad. — Cisneros miraba a Juana incrédulo —. Os llevará meses llegar de esta manera a Granada.
— El tiempo que sea necesario arzobispo — trató de zanjar Juana con dureza —. Es mi decisión como reina ¿Acaso creéis como los demás que no puedo gobernar mi reino?
— Majestad. El pacto entre vuestro difunto esposo y vuestro padre….
— ¡Ese pacto ha muerto con Felipe! — Juana quería gritar, pero su garganta magullada no se lo permitía —. Soy reina de Castilla como lo fue mi madre. Como volváis a nombrar ese pacto entre las paredes de este palacio, no volveréis a ser bienvenido.
— Majestad. Ya sabéis lo que dicen de vos — inquirió Cisneros, ajustando el tono para no encolerizar aun más a Juana —.
Si cumplís con el propósito que queréis llevar a cabo, siento deciros que los rumores sobre vuestra locura se propagaran por el reino como un virulento incendio entre vuestros aliados y vuestros enemigos. Deberíais al menos meditarlo.
— ¡Como os atrevéis Cisneros! ¡Abandonad ahora mismo mi palacio! Por muy hombre de Dios que seáis, vuestra posición en la iglesia me es indiferente. ¡Marchaos ya o haré que os prendan!
Cisneros, calló y se marchó dejando que Juana siguiera adelante con su cortejo fúnebre. Tiempo tendría de volver a dejar las cosas en orden.
En navidades empezó aquel periplo de marchas nocturnas.
La reina en su octavo mes de embarazo, formaría parte en la marcha.
Como una santa comparsa y en el absoluto silencio que ofrecía la noche, los pasos de las cientos de almas que custodiaban el féretro de Felipe rompían la calma.
Atravesaron pueblos y ciudades, campos y bosques por caminos reales.
Iban de riguroso negro y en silencio por respeto al difunto, acompañados por cantos y salmos.
Los campesinos, incluso los menos supersticiosos, huían de su paso al ver acercarse el cortejo de almas en pena que iluminaban el camino con antorchas, por cientos de velas de las iglesias o por la plateada luz de la luna en las noches más abiertas.
Temían que aquella marcha fuera la venida de una leyenda ya olvidada.
Una procesión de muertos que perecieron en el campo de batalla.
Pero no… eran la reina y su corte que la seguían en su locura, como muchos decían.