7. La locura de la reina #2
Dos meses habían pasado desde que Felipe fuese coronado. Volvió a Burgos junto a su mujer Juana quién estaba en cinta y al pequeño Fernando de tres años. Fue ahí donde Felipe había instalado su corte, en el antiguo palacio de los condestables.
Desde la ventana de su alcoba, Juana observaba a su esposo en el patio.
El nuevo rey, había organizado jornadas de caza y juegos de pelota junto a sus hombres de confianza.
A Felipe le daba igual que Juana le observase desde las alturas del palacio, era el rey, no le importaba lanzar alguna mirada lasciva a alguna de sus doncellas: seducir era uno más de los juegos que entretenían al nuevo rey de Castilla.
No había nada en aquella mañana en la que ninguna nube se vislumbraba en el cielo que hiciera presagiar tormenta alguna.
Felipe le había echado el ojo a una doncella que les servía el vino a él y sus fieles.
Se llevaba su copa a los labios, bebía a pequeños sorbos y miraba a la joven con lujuria.
La doncella le devolvía la mirada con las mejillas encendidas y picardía.
Su piel era tersa, sus pechos firmes y generosos.
Se inclinaba hacia delante frente al rey, para que Felipe pudiese adivinar la forma bajo sus ropas.
La joven le devolvía una sonrisa insinuante al rey.
Juana era espectadora de aquella escena.
Respiraba aceleradamente, apretaba sus dientes, una vez más, como tantas veces había hecho antes: no era nuevo para ella.
Tenía ganas de gritar pero no lo hacía, porque sabía cuál era la respuesta que le brindaría su esposo: “estás loca”.
La dama de compañía de la reina llegó con su hijo Fernando en brazos.
Juana permanecía asomada en la ventana, como un ornamento más de la fachada de piedra gris, con las manos en su vientre.
sintiendo las punzadas. El aumento en su vientre aún no se percibía, pero ella sabía que estaba a la espera de otro hijo, hacía ya tres meses que no tenía sangrado alguno.
— ¿Quién es esa puta? — Juana miraba con inquina a la joven que coqueteaba con su marido —. No quiero verla nunca más en palacio.
— El rey ha ordenado que no salgáis de vuestros aposentos majestad — recordó la dama de compañía —. ¿Por qué no descansáis?
Juana se volvió airada hacia la doncella. Amagó con golpearla con la palma de su mano, pero se frenó al ver la mirada acongojada de Fernando. Sabía las consecuencias que tendrían su acción. La volverían a encerrar en sus dependencias día y noche, hasta nueva orden de Felipe.
— Estoy harta de que todos me tratéis como si estuviera loca ¡Harta! Yo soy la reina.
— Lo sé majestad pero…
— ¡Ahhhg! — un grito sobrevino del exterior, proveniente del lugar donde hacia unos instantes la reina Juana había dirigido sus ojos.
Los gritos provenientes del patio interrumpieron las explicaciones de la dama.
Felipe se había levantado de su silla tras un dolor repentino que estaba sacudiendo sus entrañas.
Se llevó sus dos manos al bajo vientre. Los caballeros que le rodeaban se miraban unos a otros desconcertados, alguno vertió el líquido de su copa al suelo por si alguna mano asesina pudiera haber envenenado la bebida.
Felipe seguía en el suelo retorciéndose, gritando, dejando de lado toda dignidad regia, sufriendo como cualquier otro hombre lo haría; campesino o caballero.
Un sudor frío recorría su piel. Su estómago ardía.
Apretaba los dientes y se retorcía como si quisiera expulsar aquel mal que le poseía.
Juana había bajado al patio. Gritaba desesperada, aterrorizada al ver la palidez en la piel de Felipe. Algunos trataron de detenerla, pero el deseo de Juana por estar junto a su amado era más fuerte. Finalmente y vencidos, le abrieron paso para que se encontrase con su esposo.
El rey escupía sangre. Trataba de apresar aire pero su tráquea se había inflamado hasta tal punto que el aire no satisfacía la demanda de sus pulmones.
Su piel se había tornado azulada. Ardía.
Juana se echó de rodillas para llevar sus labios a la frente de su marido.
Felipe la miraba, estaba asustado, desesperado, sentía que su alma estaba luchando por abandonar el sufrimiento de su carne mortal.
— ¡No os quedéis mirando! — Juana se dejaba la voz con cada orden —. ¡Traed a los médicos! ¡Los médicos!
Durante los siguientes tres días, Juana no se separó de su esposo. Sostuvo su mano, velaba por él. Era hermoso, seguía siendo hermoso, a pesar de los sudores, su palidez, sus ojeras o sus ojos somnolientos. Juana lo contemplaba, acariciaba sus cabellos.
«Que dulce era cuando duerme» pensó. Era para él, solo para él. Rezaba por su recuperación, pero sentía paz por estar a su lado, por posar su cabeza sobre su pecho, sin queja alguna. Pero la paz dio paso al duelo.
Felipe dejó de respirar.
— Majestad hemos hecho todo lo que ha estado en nuestra mano para procurar la recuperación del rey. Pensamos que las sangrías harían que presentase mejoría — lamentaba uno de los médicos a los pies de la cama donde se encontraba el cuerpo inerte de Felipe.