7. La locura de la reina
La locura de la reina
La muerte de su madre Isabel en Castilla podría haber sido una buena oportunidad para alejar a su esposo Felipe de la corte de Flandes.
Le enloquecía ver las no pocas mujeres por las que Felipe se dejaba seducir —era suyo, solo suyo— Aunque marcharse significase decirle adiós a Leonor, Carlos, Isabel y María, sus hijos, debía marchar.
Aún así , le quedaba el consuelo de tener en Castilla a su hijo Fernando.
La despedida con los niños que dejaba en Borgoña al cuidado de Margarita de York fue breve, no había tiempo para sentimentalismos.
Guardaba fuerzas para el viaje que debía afrontar y para dedicar todo su cariño a su esposo, Felipe, de quien se había propuesto recuperar su afecto y la pasión perdida de los primeros días de noviazgo.
Tal vez el trono de Castilla le hiciera ver que ninguna doncella podría ser comparable a una reina.
El viaje hacia Castilla no hacía presagiar nada bueno: varios barcos de la flota que acompañaron a Juana y Felipe a su nuevo mandato como reyes naufragaron debido a las inclemencias del invierno.
Además, el retraso de la llegada de los nuevos reyes hizo que su padre Fernando, viudo de la difunta reina Isabel, moviera ficha, pues Fernando, el viejo rey aragonés, quería mantenerse como regente de Castilla.
Había que resolver dicha disputa, así que tras varios meses de viaje, el encuentro entre padre, hija y yerno se produjo en Villafáfila, Zamora.
En medio de la campiña semidesnuda de árboles donde las aves atravesaban el vuelo sin descanso se iban a encontrar dos bandos que con picas en alto parecían dispuestos a batallar. Una batalla que de haberse producido podría haber sido favorable a Felipe, ya que contaba con más hombres y espadas.
Fernando iba a trote sobre su caballo, con el ceño fruncido, más tenso que de costumbre.
La tez oscura que marcaba su barba, hacia ver que no se había preocupado por afeitarse en varios días.
Fernando, dejó descubierto su cabello negro.
Iba vestido de grana morada. A su lado cabalgaban sus fieles. Muchos aragoneses y pocos castellanos.
Un paje que portaba una pica les salió al paso.
— Las picas sobrarán aquí — dijo de mala gana el rey aragonés —. Marcha atrás si quieres servir bien a tu rey. Hoy esto no se debe resolver con sangre sino con palabras.
El paje asintió y acató la orden del rey.
Fernando lo siguió con su mirada severa y de nuevo volvió la vista al frente.
Al disiparse la polvareda del camino visualizó a su yerno Felipe, vestido con terciopelo azul y luciendo franjas de oro.
Le acompañaban dos mil de sus hombres armados con picas y arcabuces.
Pero lo que más hizo enrojecer de rabia a Fernando, uno rabia que hubo de masticar en silencio, fue ver a los grandes nobles de Castilla que le habían acompañado a aquel encuentro, luciendo sus estandartes como si hubieran acudido al lugar dispuestos para la guerra.
Fernando sintió la puñalada de la traición al contemplar aquella estampa frente a él.
El rey aragonés desmontó de su caballo. También lo hizo Felipe.
Los dos se aproximaban a la sombra de una encina que quedaba a medio camino entre ellos.
Lo hacían tensos, estudiándose y tratando de mostrar seguridad y templanza.
Al rey Fernando lo acompañaba su secretario Miguel Pérez de Almazán, a Felipe lo acompañó el señor de Belmonte, Don Juan Manuel, uno de los mejores aliados que había encontrado entre los castellanos.
El arzobispo de Toledo Francisco Jiménez de Cisneros también se aproximaba junto a Felipe, lo hacía como autoridad religiosa, un hombre de faz y nariz afilada, ojos diminutos y que lucía su tonsura con orgullo.
También se aproximó un embajador enviado por el emperador Maximiliano para actuar de intermediario.
El rey Fernando y su yerno se quedaron a tres pasos, una distancia significativa para intuir que existía un abismo entre ellos.
— Suegro. — Felipe inclinó la cabeza.
El rey de Aragón no le devolvió el saludo a su yerno, miró más allá, hacia la espalda de Felipe, reconociendo entre los que habían acompañado a su adversario muchas caras conocidas, algunos hombres con los que incluso había compartido mesa.
— Veo que no solo habéis traído a vuestros siervos de Flandes, también habéis traído oro para comprar la lealtad de aquellos que me sirvieron en el pasado.
— Sirvieron a vuestra difunta esposa, la reina de Castilla — respondió Felipe con condescendencia—. Ahora servirán a la legítima heredera, la reina Juana, vuestra hija.
— Algún día yerno, comprobaréis como yo, lo maleable que puede resultar la fidelidad. — Fernando regurgitaba su rabia con cada una de sus palabras —. Cuando vuestras arcas estén vacías veremos si vuestros nuevos súbditos os sirven con tanta devoción.
— Esos hombres son hombres de honor, suegro.
Atienden a la legitimidad de Juana cómo nueva reina.
Hace cinco años, mi esposa y yo, préstamos juramento como herederos de Castilla en las Cortes de Toledo.
Esos hombres son testigos. Dios es testigo.
— Felipe dirigió sus ojos al arzobispo Cisneros y éste asintió — ¿Dónde veis el problema?
— Sabéis tan bien como yo que mi hija está enajenada. Su locura llevará a Castilla al desastre y esos hombres, vendidos a vos, también lo saben. Isabel lo sabia y su última voluntad fue dejarme a mí el gobierno hasta que vuestro hijo Carlos pudiese gobernar.
— Por eso no os preocupéis, yo reinaré como marido suyo que soy — indicó Felipe — ¿O acaso queréis privar a vuestra hija de sus derechos?
Tan buen esposo sois y tan melancólico estáis que ya habéis acordado vuestro matrimonio con la joven Germana de Foix de Navarra — ironizó Felipe con inquina — ¿Cuáles serán vuestras pretensiones si os procura un heredero?
No dudéis en que lucharé para que se respete la herencia de mi esposa.
Fernando dejó soltar una risa llena de amargura, recorrió sus ojos por los rostros del arzobispo , el emisario imperial, su secretario y Don Juan Manuel.
Ninguno de ellos se había atrevido a interrumpir el duelo dialéctico entre el rey de Aragón y el futuro rey de Castilla.
Finalmente volvió a dirigir sus ojos cargados de odio hacia su yerno.
— Hacéis ver que sois gentil, noble y leal hacia vuestra esposa, cuando sois vos el que habéis inducido a Juana a la locura.
La habéis enfermado de celos a causa de romper vuestros votos sacramentales.
No sois dignos de ser un rey cristiano. — Fernando apretaba la mandíbula con la intención de contener la verdadera fuerza con las que quería pronunciar sus palabras —.
Tengo ojos y oídos en todas partesz yerno, sé que no la respetáis y que habéis yacido constantemente con cortesanas y plebeyas por igual.
— Está vez Fernando no solo dirigió sus palabras hacia Felipe, sino también hacia el hombre que le acompañaba, don Juan Manuel —.
La traición se paga cara, en Castilla y en Aragón.
— La calumnia también se paga cara — respondió Felipe apretando los labios.
—¿Os atrevéis a llamarme mentiroso?
El emisario imperial dio un paso al frente para situarse entre el yerno y el suegro.
— Si me permiten majestades, esta conversación no nos llevará a ningún buen camino.
Todo lo hablado está hablado ya. Han sido meses de intensas negociaciones por parte de los embajadores de una y otra parte.
Todo lo que tenía que aclararse está aclarado.
— Ambos reyes asintieron con ciertas reticencias—.
Bien. Como ya se ha acordado, las dos partes reconocen la incapacidad de la reina Juana para gobernar.
Así entonces, el rey Fernando abandonará Castilla, dejando su cargo como gobernador y recibirá una retribución por los beneficios que puedan llegar de América.
Por otra parte Felipe de Habsburgo será nuevo rey iuro uxoris cómo esposo de la heredera.
Aún incapacitada, la reina Juana será reconocida con todos sus títulos, siendo su heredero su primogénito Carlos de Habsburgo.
Tras las palabras del intermediario imperial, los dos reyes asintieron. Felipe, con el mentón alto no podía disimular una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Los presentes se retiraron a una pequeña capilla cercana, ahí ante los hombres que les habían acompañado a aquella reunión, firmaron los documentos del tratado: Felipe lo hizo con premura, Fernando con pesar.
— Podríamos sellar esta concordia con un abrazo — sugirió Cisneros.
Felipe fue el primero en acercarse a su suegro que abrió los brazos de mala gana. Fue un abrazo rápido, fugaz donde ninguno encontró el calor del otro.
— Os agradezco suegro el esfuerzo hecho por llegar a este acuerdo. Habéis salvado muchas vidas — Felipe acercó su boca al oído del rey Fernando para susurrarle —. Incluida la vuestra.
El rey Fernando dio un paso atrás. Repasó a su yerno de arriba abajo, como si tratase de medir la osadía y el orgullo mostrados.
— Si aceptáis un consejo, más que de vuestro suegro, de un rey que ha vivido ya muchos años.
— Fernando trataba de controlar el tono de su voz para no mostrar la ira que le devoraba las entrañas —.
Disfrutad cada día. Con la perspectiva que da el paso de los años os puedo bien decir lo efímera que es.
Disfrutad… rey. — Fernando acentuó la palabra rey como si hubiese hecho un esfuerzo sobrehumano por pronunciarla —, pues nunca se sabe qué día podría ser el último.
— Es una amenaza — Felipe sonrió.
— Un consejo querido yerno, de un padre que perdió a un hijo joven y que si estuviera vivo por derecho se ceñiría tu corona.
No intercambiaron más palabras, ni más misivas, cada uno de los reyes se volvió por donde había venido: uno con orgullo y el otro con resentimiento.
Palacio de los Condestables (Burgos)