Carlos V. Trilogía Completa 6. La señal de Dios
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6. La señal de Dios

La señal de Dios

Era un día más en la vida monacal de los monjes agustinos.

El gallo ya había cantado y todos los hermanos, más de un centenar entre laicos y ordenados, se enfrascaban en sus tareas alrededor del gran edificio blanco con tejas rojas y apagadas debido a que los rayos de sol no penetraban entre las nubes.

Algunos salían del claustro, otros a almacenar el grano en los silos y otros a realizar trabajos para producir el tinte azul índigo, por el que Erfurt era reconocido entre todos los comerciantes de Europa.

El ir y venir de los monjes era anunciado por cientos de pasos: desde la capilla al Studium generale.

Pero uno, solo uno entre todos ellos, se mantenía en su celda, mientras las obligaciones se lo permitieran.

El vicario general Johann Von Staupitz, que había llegado al monasterio aquella misma mañana, caminaba con soltura a pesar de los kilos de más que envolvían su cintura.

Pasaba un pañuelo por su frente y ojos pequeños en comparación con la prominente carne rosada que le envolvía.

Los filamentos blancos que salpicaban los cabellos negros que rodeaban su tonsura, revelaban que se trataba de una persona experimentada.

En un largo pasillo que servía de enjambre de las celdas de los monjes, Staupitz se cruzó con uno de los hombres que portaba el hábito negro de los agustinos. El monje inclinó la cabeza al pararse frente a él.

— Ilustrísimo señor.

— Hermano… — Staupitz devolvió el saludo al monje —. ¿Hoy tampoco ha salido de su celda?

— Ayer se pasó el día en ayuno. Me temo que hoy tiene pensado hacer lo mismo.

Staupitz asintió y siguió caminando hasta la única celda del pasillo que permanecía abierta.

En su interior se encontró a un joven de poco más de veinte años.

Era delgado, de cara afilada, pómulos pronunciados y mirada severa, demasiado severa para su juventud.

El joven portaba su hábito, estaba arrodillado con sus manos orantes sobre la cama.

No había percibido la presencia del vicario.

Staupitz le observó durante unos largos segundos, impresionado por la devoción que parecía mostrar el muchacho.

— Hermano Lutero — dijo al final Staupitz.

El muchacho se volvió y miró al Vicario, relajó su rostro para recibir con amabilidad a su superior.

— Preferiría que me llamaseis Martín, ilustrísimo señor. Dejé mi apellido atrás junto a todas mis pertenencias.

— Disculpadme entonces, hermano Martín —respondió el Vicario que pronto tomó asiento a los pies de la cama del novicio.

— Me reconforta vuestra presencia — señaló Martín Lutero —. Hay algo que pueda hacer por vos.

Staupitz entrelazó sus dedos y se llevó las manos a su regazo, mostrándose receptivo en todo momento con el joven Martín Lutero.

— La cuestión es ¿Qué puede hacer esta orden por ti?

El tuyo es un caso excepcional: De familia bien posicionada, tengo entendido que vuestro padre Hans, dirige unas minas de cobre en Mansfield.

También sé que eras un alumno excepcional ¿Cursabas derecho en la universidad verdad?

Seguramente hubieses sido un acomodado jurista.

Sin duda, de seguir aquel camino, habrías llenado de honor a tu familia.

—El vicario frunció el ceño extrañado —.

Cuando el abad de este monasterio me habló de ti pensé que estaría exagerando.

Ahora que te veo con mis propios ojos siento orgullo.

Muchos acaban en un monasterio por ser segundogénitos, para que la herencia de los padres no se diluya, otros simplemente lo hacen por tener algo que llevarse a la panza día a día, pero son pocos los que ingresan en una orden por vocación.

— Si aquellos que vivimos en la iglesia no tenemos devoción por la fe ¿Qué podemos esperar del resto de los mortales? — preguntó sorprendido Lutero —. Para mí es más importante la devoción hacia Dios que todas las riquezas terrenales que habéis nombrado.

El vicario se sintió satisfecho por la respuesta de Martín Lutero. Así se lo hizo ver con una sonrisa que se le escapó.

— Háblame de aquella tarde, hermano Martín, la que dices que te cambió la vida ¿Es cierto todo lo que dicen?

Lutero suspiró y se llevó sus manos, cubriendo nariz y boca, sin duda hablar de ello le emocionaba, le erizaba la piel. Le llenaba compartir su historia con aquel que preguntara.

— Aquella tarde volví a nacer. Aquella tarde lo cambió todo.

— Lutero tragó saliva al rememorar lo ocurrido —.

Me encontraba con mi amigo Alejo, volviendo de visitar a mis padres.

Lo hicimos apresurados, pues debíamos retomar los estudios.

Acortamos caminos, atajamos por campos y bosques.

El día había sido claro, luminoso, nada hacia presagiar lo que vendría.

Lutero quedó pensativo, como si guardase sus vivencias solo para él. Staupitz lo miró, interesado en su relato, expectante a lo que aquel hombre tenía que contar.

— Continua hermano Martín, continua.

— El cielo en el horizonte se tornó negro y una leve ventisca movió las primeras hojas.

De súbito, el aire se enfrió Las ramas bramaban y luego lo hizo las corteza de los arboles, como si clamaran por desprender sus raíces de la tierra.

Se hizo de noche habiendo pasado muy poco desde el mediodía.

Os aseguró que así fue, nos invadió la noche, pero no el silencio que la acompaña.

Solo los destellos en el cielo nos iluminaban el camino.

Pero no era una luz prominente la que nos guiaba, sino un intermitente haz furioso el que nos atormentaba.

El cielo bramaba, era la cólera de Dios.

— Una tormenta, hermano Martín. — El vicario transmitió aquellas palabras con el ánimo de tranquilizar al novicio emocionado.

Martín Lutero miró directamente a los ojos a Staupitz sin apenas pestañear. Sus pupilas estaban dilatadas, como si quién se asomase por ellas pudiera encontrar un balcón con vistas a sus recuerdos.

— He visto muchas tormentas en mi vida, excelencia.

Pero ninguna como esa. Alejo y yo empezamos a correr para huir de ella.

Todo era más confuso, más negro, más… — Lutero calló durante unos segundos, se detuvo para pensar sus próximas palabras y continuó —.

Alejo corría a mi lado, a pocos centímetros, cuando de nuevo el cielo se iluminó.

Un látigo de luz descendió de los cielos.

Rozó con sus espinas de plata a Alejo e hizo que se desplomara en el suelo.

Me paré: él estaba sobre la tierra mojada, con los ojos y la boca entreabierta, no respiraba, estaba muerto.

Fui a tocarlo, quería arrastrarlo. Pero de nuevo el cielo se iluminó y otra acometida de aquel látigo divino impactó contra el suelo, a un pie de mi, ensordeciéndome.

Pensé que era el fin, de verdad que lo pensé. Me oculté bajo un árbol.

» Al principio grite y luego recé. Empecé rezando por mi vida y finalmente le prometí a santa Ana que si me ayudaba a salir de aquella tormenta, entregaría mi vida a Dios e ingresaría en esta orden agustina.

— Lutero sonrió —. Fue como despertar de una pesadilla.

Sentado en el suelo pude ver en el cielo como la lluvia amainaba y las luces se disipaban.

Había vuelto la calma. Pero no, no fue ningún sueño, cuando me volví hacia Alejo para comprobar si aquella tormenta había sido fruto de mi imaginación, su cuerpo seguía ahí, boca abajo y sin vida.

Era el único rastro que quedaba de aquella tormenta.

— Y aquí estás ahora, cumpliendo tu promesa — pensó el vicario Staupitz en voz alta —.

Prometiste dejar todo lo terrenal atrás y dedicar tu vida al servicio de Dios.

Pero lo que me preocupa es que el abad de este monasterio me ha dicho que a penas sales de tu celda ¿Acaso pretendes vivir una vida de reflexión y de contemplación?

¿Nada más? ¿Es esta la manera en la que servirás a nuestro señor?

Martín Lutero caminaba de un lado a otro de la pequeña celda, lo hacía pensativo e inseguro, cabizbajo y llevándose la mano al mentón, dándole la razón a las palabras del vicario..

— Trato de encontrar una explicación razonable al suceso de la tormenta. Sé que lo que me pasó fue una señal divina. Dios me eligió pero no entiendo con que propósito. Es lo que trato de desenmarañar. Tal vez espero que me hable o que me de alguna otra señal, pero no hayo respuesta.

— Los milagros no ocurren todos los días — respondió el vicario, atajando las dudas de Lutero —.

El señor es, por así decirlo, caprichoso en sus manifestaciones.

Eres un joven talentoso, hermano Martín, eres instruido, por ello estoy seguro de que tu propósito no es echarte a perder.

Te invito a que te formes y a que compartas tu sabiduría con el mundo.

Lutero se detuvo. Sí, tal vez el vicario tuviera razón., Miró por la ventana de su habitación, pero no encontró señal alguna, ni en el cielo gris, ni en la verde hierba que brillaba como el jade en aquel día sin luz.

— ¿Qué podría hacer, ilustrísimo señor?

— Fórmate, cambia el derecho por la teología. Marcha a Wittenberg donde yo seré tu decano y si algún día te pierdes en el camino mi puerta siempre estará abierta.

Entonces Lutero vio aquella señal, vio la señal en el brillo de los ojos de Staupitz.

Era el brillo del que carecían aquellos hombres que le tomaban por loco cada vez que relataba su historia.

El brillo que no poseían aquellos que se habían reído de él cuando comunico su decisión de ingresar en el monasterio.

Era el brillo de un hombre que le hablaba con total sinceridad y emocionado.

Tal vez la señal del señor estaba también ahí, en los pequeños detalles, capaces de contener en una pulgada toda la inmensidad de la creación.

Lutero asintió, lo hizo lentamente, pero convencido. Había tomado una decisión, la de seguir el consejo del hombre que había acudido a verle. Había tomado una decisión que por siempre cambiaría la historia del mundo y el orden de lo establecido.