5. Baba
Baba
El sol que se hundía en el mar enrojeciendo las aguas, la tierra y las nubes del cielo, tornando dorados los muros ocre de la ciudad.
Desde lo alto de las murallas del puerto, el joven sultán, Muhammad bin al-Hassan, se deleitaba con aquel espectáculo, no extraño para sus ojos pero con el cual siempre se maravillaba: aquel atardecer debía dar paso a una nueva noche estrellada que junto a los aromas de la ciudad deleitaría a propios y extraños.
El sultán seguía contemplando la salida del sol mientras que uno de sus consejeros, dos hombres de su guardia personal y un visitante se acercaban donde él, inmóvil se encontraba.
— Lo he hecho traer aquí, tal y como ordenó
El sultán mantuvo sus ojos entrecerrados y fijos por unos instantes más, dirigiéndolos al horizonte, donde la esfera celeste parecía sucumbir al mar, contemplando así el fuego en todo su esplendor.
Tras sonreír para sí mismo se volvió para ver al visitante: No era noble, ni siquiera el señor de unas tierras, pero vestía como el más rico de los príncipes.
Tenía una mirada fiera, una nariz ancha y un cabello que cubría con un turbante, pero supo que era cobrizo por su espesa Barba. Su nombre era Aruj .
— Por vuestras ropas y vuestras joyas veo que os va bien — señaló el sultán.
Aruj no respondió al sultán. Miró al consejero y a los jenízaros que habían tomado posesión de sus armas antes de encontrarse con su amo: no todas, siempre guardaba una daga en su bota.
Se acercó más al sultán hasta ponerse a su altura, para contemplar con sus propios ojos el atardecer con el que se deleitaba bb el hombre que le había mandado a llamar.
Miró con el rabillo del ojo a la guardia del sultán y respondió.
— Me habéis mandando a llamar sultán. Aquí me tenéis.
Esperó a que el sultán hablase, contempló a un lado el mar y al otro la hermosa ciudad de edificios blancos que se mezclaban con la arenisca, muchos de ellos coronados en lo alto por cúpulas esféricas que sobresalían de la estructura.
Entonces Aruj entendió el motivo del deleite y admiración que aquel hombre hacia su ciudad.
— Aruj — empezó a decir el sultán —, hace dos años el castillo donde te tenían cautivo fue arrasado.
Te pusiste al servicio del príncipe Korkud de Antalya, quién te proporcionó hombres y galeras.
Con esos recursos has mantenido a raya a los cristianos, sobretodo a los caballeros de San Juan.
Eres temido, de eso no hay duda. Sé bien que recientemente has establecido tu cuartel general en mis costas, concretamente en la isla de Yerba.
— Si me habéis hecho llamar por ello y si os inoportuna, mis hombres y yo buscaremos otro lugar donde establecernos. Pensé que no os importaría ya que estamos manteniendo a los cristianos a ralla y…
El sultán alzó la mano con un grácil gesto para tomar de nuevo la palabra.
— ¿Es cierto todo lo que he oído de ti?
— Seguramente todo lo que hayáis oído de mí no sean exageraciones.
— Además de tomar el botín que encuentras a tu paso, también tomas a niños y mujeres, algunas de ellas para tu disfrute personal. La suerte de los hombres en cambio, es morir entre tormentos ¿Eso también es cierto?
— No todos mueren sultán. Si habéis oído de mis métodos es porque suelo dejar vivo a algún afortunado para que cuente y advierta a los incautos infieles de lo que les espera si se adentran en estos mares.
— Aruj se apoyó a la cornisa para contemplar mejor el mar —.
En cuanto aquellos que mueren tienen suerte dispar.
Los cobardes son los que suelen acabar peor parados.
Aquellos que se enfrentan a la muerte sin miedo y la encuentran suelen partir rápido de este mundo.
Así lo permito. — Aruj miró directamente al sultán que atentamente escuchaba su relato —.
Hace un año encontré al hombre que mató al más pequeño de mis hermanos.
Cuando se vio superado, suplicó por su vida.
Lo tendríais que haber visto, lloró como un niño, se orinó encima.
Le arranqué la verga y los huevos y se los metí en la boca.
Dejé que tuviera ahí sus criadillas hasta desangrarse.
Es lo que les espera a los cobardes. Sí, lo que le pasó a ese hombre es lo que les espera a los cobardes, aquellos capaces de atacar por la espalda.
—. Aruj se reafirmaba, recordando el momento de la muerte de su hermano Ilias.
El sultán guardó silencio durante unos instantes mientras interiorizaba el relato de Aruj y volvió a posar su mirada en el mar, donde el sol ya se había fundido en las aguas, quedando solamente la estela anaranjada de su paso.
— ¿Te gusta lo que ves Aruj? — Aruj recorrió con sus ojos el puerto y asintió, haciéndole saber su respuesta al sultán —.
Quiero que me prestes tu servicio. Que sigas haciendo lo que haces y lo hagas para mí.
Expulsa a todo cristiano que veas en mis aguas y usa este puerto cómo más te plazca.
A cambio solo te pido la mitad de todo botín que obtengas ¿Qué me dices?
Aruj recogió la propuesta del Sultán. No tardó mucho en meditarla y dar su respuesta.
— Habéis oído hablar de mí, por lo tanto sabréis de mi eficacia a la hora de limpiar de alimañas los mares, al igual que sabréis que he obtenido grandes fortunas con los saqueos — Aruj reflexionaba cruzándose de brazos —.
Pero no he realizado estas empresas solo, muchos hombres leales me han acompañado.
Yo he devuelto esta lealtad con generosidad.
Quiero seguir colmando a mis hombres de riquezas y mujeres.
Acepto vuestra propuesta, pero solo si aceptáis un tercio del botín.
El sultán sonrió y asintió satisfecho.
— Eres tal vez demasiado ambicioso, pero a la par convincente Aruj.
Que así sea entonces. La tercera parte del botín a cambio de todo lo que he dispuesto.
— En el momento en que el sultán asintió y le dio la espalda a Aruj, el pirata supo que aquel hombre ceremonioso daba por concluida la entrevista.
El acuerdo dio sus frutos. Ambas partes salieron beneficiadas.
Las aguas del Mediterráneo se tenían de rojo al paso de las galeras y las cimitarras de Aruj en el oeste y de Hizir en el este.
No había galeón imposible de capturar ni puerto inexpugnable, Mucho se empezaba a decir de aquel pirata otomano, muchas leyendas se empezaban a construir en torno a él, con la rapidez en la que el tiempo cambia en un día de primavera: todos hablaban de aquel espíritu que habitaba en el mar y que estaba en todas partes.
Muy pocos sabían que la omnipresencia de aquel pirata sanguinario era debida a que se trataban de dos hermanos con casi idénticos rasgos que extendían sus velas por todos los mares.
En Italia, en las Españas e incluso en Tierra Santa se contaban las hazañas de aquel nuevo pirata, que se tornaban en pesadillas irrumpiendo en el sueño de niños y mayores, infantes y reyes.
En los puertos las campanas sonaban cuando las velas de su flota se alzaban en el horizonte desde el Mediterráneo al Egeo.
Cuando se daba la voz de alarma todo el que quería vivir huía, porque se sabía que cuando uno solo de sus hombres pusiera un pie sobre la tierra, la espuma en la orilla arrastraría la sangre de aquellos que se quedaban a luchar.
No habría compasión, ni para hombres, ni mujeres, ni niños.
No solo había lugar para el pillaje y la muerte en los días en que Aruj se hacía a la mar.
Mientras que para unos era un sanguinario asesino que a su paso cubría el cielo más despejado con el humo de la pólvora, tornando el aroma salino en azufre y tiñendo el azul de rojo, para otros era un héroe y liberador que ayudaba a transportar a los mudéjares expulsados del Al-Ándalus reconquistado por los reyes cristianos de las Españas, de un lado al otro del estrecho.
Un buen día en suelo magrebí, en un saliente de rocas en la costa que servía como balconada al mar, Hizir se le había unido para recibir a los refugiados.
En cuanto se vieron, los dos hermanos se fundieron en un abrazo.
Los dos habían prosperado: Se percibía en la tela de sus ropas y en las joyas que adornaban sus vestimentas, o los anillos que lucían en sus dedos.
Muchos hombres que se iban a unir a ellos los aclamaban.
— ¡Baba Aruj! ¡Baba Aruj! — bramaban y Aruj e Hizir los contemplaban satisfechos.
— Parece que nos quieren — sonrió Aruj.
— Por su puesto. Tú y yo somos sus padres.
— No recuerdo haber tenido hijos tan feos. — Los hombres rieron ante el comentario bufonesco de Aruj.
Hizir también reía, pero dejo de hacerlo para adquirir un tono mucho más serio.
— A muchos de estos hombres se lo han arrebatado todo, a otros los han abandonado sus familias.
No les queda nada. — Y Hizir gritó a pleno pulmón para que todos, hasta el hombre más alejado le pudieran escuchar con claridad —.
¡Y ahora lo pueden tener todo!. — Los hombres le jalearon con aquellas palabras, hasta que Hizir alzó la mano y los hombres entendieron que pedía silencio.
— No sé si sabes hermano, que gracias a ellos nos conocen en todos los rincones del mar.
Te llaman Baba, hermano, para ellos eres su padre, el que los ha liberado.
— Así es, me llaman Baba. Me llamaban padre. Y a mis hijos más fieles y obedientes se lo entrego todo.
— Exacto. Baba Aruj te llaman . ¡Baba Aruj, Baba Aruj!
¡Y nuestros enemigos se estremecen también al escuchar ese nombre!
. — Hizir no solamente hablaba para Aruj, sino también para que los hombres lo escucharan y siquiera agasajándole.
—. ¡Cuando pasamos por la espada a todos aquellos que nos encontramos por delante en nuestro camino, los hombres siguen proclamando a Baba Aruj!
— Los que escuchan a Hizir, aclamaban sus palabras con el rugido de miles de gargantas —.
A algunos los dejamos vivir para que cuenten quienes somos, los dueños del mar, y escuchan tu nombre.
— Hizir dejó solar una risotada —. Pero esos necios cristianos no saben pronunciar bien tu nombre.
Tal vez por el color cobrizo de mi barba repiten “Barbarroja”.
— Aruj escupió al suelo al escuchar aquella confusión que producía su nombre —.
No te ofensas hermano — continuó Hizir —.
Pues Aruj, Baba Aruj o Barbaroja, tu nombres ya es temido en todos los rincones del mar y haremos que se estremezcan aún más.